—Sororitas… Sororitas…— anunció el ángel de la muerte, quien se irguió ante nuestra llegada.
Luego del anuncio, emitió una carcajada débil pero lóbrega. Cientos de cuervos, posados en los árboles secos, en el suelo, en las rocas, en las murallas y sobre los cadáveres, graznaron en réplica. Un instante tétrico.
Manteniéndome al frente de la formación, avancé hasta quedar frente al ángel de la muerte.
—Nos conoces… —repuse.
—Mucho sé de los mortales, sor. Dominica Testa Mizrachi fuiste nombrada; naciste un veintiséis de enero, de madre llamada April y de padre llamado Leo. Conocí ambas almas cuando las reclamé al inicio del ataque demoníaco. Y sé de tu hermana Brisa: actualmente en ordenamiento con las sororitas —pausó—. Y sé de todas aquí… y más.
Todas exhibimos algún gesto de sobresalto.
Tragué saliva y grité:
—¡Ángel de la muerte…!
Carcajeó. O quizá fueron sus cuervos.
—¡Ja, ja, ja, ja…!
—¿Eres amigo… o enemigo?
—Permanezco neutral, por órdenes de arriba… —respondió con calma, tras un instante de silencio.
—¡Explícate! —exigí. Sí, una mortal exigiéndole al mismísimo ángel de la muerte: suceso bizarro.
Mantuve la mirada firme.
—¡Vale…! ¡Vale…! Cuando estos caprichosos demonios asaltaron el plano terrenal, desajustaron el funcionamiento del cielo y del infierno. Mantienen atrapados a buenos y malos, induciendo pecados en quienes no los tienen. Aunque permiten el salvamento de las almas infantiles —y algunas pocas adultas logran cruzar los dominios infernales—, niegan el rescate de las demás. Afectan mi labor. He luchado contra demonios para recuperar unas cuantas almas —suspiró—. Nada bueno puede esperarse de los demonios; siempre nos han contrariado…
—¡Ayúdanos! —imploré—. Podríamos tener ventaja…
—¡No! —declaró, cortante—. Ya te lo dije, Dominica: permanezco neutral por órdenes de arriba. Observo. Sirvo como mensajero para mi padre.
—¡Eh…! —lamenté—. Pero ¿por qué los otros ángeles, tus hermanos, no nos ayudan?
El ángel de la muerte soltó un largo suspiro.
—Mirad, sororitas: arriba están cansados de tantas muertes en nombre de nuestro padre. Los humanos han matado a demasiados inocentes, justificándose en un supuesto designio divino. ¡Farsa! Soberbia religiosa —alzando ambos hombros, en gesto de disquisición.
Miré a mi alrededor. Todas mostraban gestos de espanto.
—¡No…! ¡No…! —lamentó sor Eva, afligida—. ¡No creo que Dios nos haya abandonado!
Otros lamentos se escucharon a nuestras espaldas.
—Bueno… no abandonadas del todo —concedió el ángel de la muerte, oteándonos—. Al menos las bendiciones y las oraciones aún funcionan, ¿cierto?
Fruncí el ceño, quizá con demasiada intensidad.
—Aunque la humanidad ha fallado en demasía, nuestro padre aún piensa en ustedes. Consideren esto una prueba de redención. Solo que, en esta prueba, en lugar de una puntuación, se define el salvamento… o el exterminio de la humanidad.
¿Exterminio de la humanidad?, pensé.
Entonces irrumpieron pensamientos invasivos: el Diluvio Universal, Sodoma y Gomorra y otros episodios consignados en nuestras escrituras. Me arrepentí de inmediato.
¡Perdón…!, recé, pues aquello debía ser obra demoníaca.
Tras un instante de silencio, rompí el mutismo:
—Pero eres el custodio…
Miré más allá del ángel de la muerte, hacia el acceso a la ciudad, intentando señalar nuestra necesidad de ingresar. El ángel mostró una leve duda.
—¡Conozco esos gestos…! —acercó su rostro sombrío, cubierto por la túnica negra como la noche, hasta el mío—. ¿Crees que deberán luchar contra mí para entrar en la ciudad?
Asentí, aparentando valentía; por dentro, estaba quebrada como una niña aterrada.
—No, sororitas. Voy donde hay muerte. Aquí hay muerte; aquí debo estar. No obstante, mi padre, en un acto de absoluta piedad, me ordenó advertirles… —dijo, alzando la mirada hacia el cielo—. Nunca antes han enfrentado lo que aquí les aguarda. Jerusalén ya no es lo que solía ser: los demonios la han convertido en un infierno literal. Encontrarán siete dominios infernales, siete pecados. Siete demonios poderosos deberán desterrar, siendo Lucifer el último. Si lo destierran, alcanzarán la salvación… para ustedes y para la humanidad.
En ese instante, el ángel de la muerte se desplazó lentamente hacia un costado. Todos los cuervos alzaron el vuelo; algunos regresaron para posarse en sus hombros. Las puertas se abrieron solas y rechinaron como si él mismo las estuviera matando.
—Ingresen, sororitas. Pero tengan cuidado: además de enfrentar aquello para lo que fueron entrenadas, la ciudad está envuelta en un flujo intenso de energías demoníacas que distorsiona el tiempo y el espacio. Podrían corromperse… en cuerpo, alma y mente.
Intercambiamos miradas inquietas.
—¡Entendido! —clamé, dando la señal para avanzar hacia el interior de Jerusalén.
Quedándome al final del ingreso, dije:
—Gracias, ángel de la muerte…
Y, mientras cruzaba las puertas, escuché:
—Permaneces bendecida, sor Dominica…
No comprendí el alcance de esa bendición sino mucho tiempo después.




