
“Sentíase reina, emperatriz y dichosa,
ahora sentíase lo que en realidad era:
un pedazo de barro humano; de barro
pestilente y miserable que ensucia, rueda,
lo pisotean y se deshace.”
– FEDERICO GAMBOA
Querido amigo:
Te escribo esta historia, con la condición de que se la hagas llegar a mi hija cuando cumpla la mayoría de edad. No me queda mucho tiempo, me he contagiado de SIDA. Gracioso decirlo, sabiendo que existen formas de retrasar sus efectos. Por desgracia, no llegué a tiempo para atendérmelo. Te preguntarás por qué. Eso es, lo que te voy a relatar.
Nací en Cintalapa de Figueroa, hogar del poeta Rodulfo Figueroa. Mi familia y yo éramos muy felices hasta cumplir tres años. Es cuando todo se fue a la mierda. Mi madre tenía un secreto que hasta la edad que te dije, no sabíamos mi padre y yo. Ella había sido bailarina exótica. Su tiempo en esa ocupación no duró más de un año. Lo dejó para trabajar como secretaria en una empresa de construcción, que se encontraba en las afueras de Socoltenango, lugar donde conoció a mi padre y contrajo matrimonio.
Fue hasta que regresó a Cintalapa, con mi padre y dos meses de embarazo, que se supo la verdad. Le causó indignación a mi padre, que decidió romper su compromiso. Mi madre trató en el tiempo que estuvo embarazada de mí, convencerlo de que no lo hiciera. Según me contó mi abuela, “era más por seguridad mía, que por algún sentimiento de amor que tuviese por mi padre”. Para desgracia suya, eso sólo causó que hubiesen más personas de su oscuro pasado, revelando datos de ella que creía, habían quedado olvidadas.
Mi padre reprendía a mi madre por su traición cada vez que se revelaba un secreto de ella, su odio era tan grande, que lo desahogaba con golpes, patadas e insultos. Mi abuela me dijo que una vez, él dañó a mi madre de gravedad, que la llevaron al hospital para atenderla y cerciorarse de que estuviera bien.
Tras darme a luz, mi madre no tuvo más remedio que divorciarse. Mi padre le mandó los papeles, cuando ella apenas tenía un día de haberse aliviado. No volvimos a saber de él. Nuestra permanencia en Cintalapa ya no era el idóneo, debido al escándalo. Tuvimos que emigrar, sin nada.
Nos fuimos a Tuxtla Gutiérrez. Allí, creyó mi madre que podríamos vivir, si no bien, al menos de manera decente y libre de prejuicios. Por desgracia, no fue así. Mi padre divulgó en todos lados el pasado de mi madre. Eso a ella le causó una conmoción tan grave que no estaba en paz la mayor parte del tiempo. Pasábamos mucho tiempo en la calle, yo en sus brazos, mientras ella tocaba puertas en busca de algún trabajo disponible, para luego cerrarnos la puerta en la cara, luego de saber lo que fue. Mi abuela nos mandaba un dinero para que sobreviviéramos, o al menos yo porque, según supe más adelante, mi madre pasó hambre, para que yo pudiese comer.
Pensarás que aquello era lo peor, pero no fue así. Lo más terrible, fue cuando a mi madre le ofrecieron trabajo después de tanto tiempo. Seguro que ya sabes de qué, ¿verdad? Bailarina exótica.
El local se encontraba a las afueras de la ciudad, en la carretera que va a Chiapa de Corzo. Creo que le llaman “La zona galáctica”, nunca lo supe, ni me interesó saberlo. Mi madre estaba indignada, no podía creer que tendría que volver a esa vida de indecencia para sobrevivir. Sin embargo, tampoco podía quejarse, la paga era buena y tenía una hija que debía vestir, alimentar y mantener. Aceptó el trabajo, para pasar los siguientes diez años, los cuales se aseguró de darme lo mejor: educación, comida, vivienda y su compañía. Se aseguró de que yo viviera bien y feliz, a pesar de ser tratada todas la noches, como un pedazo de carne, dispuesta a ser devorada con los ojos, por hombres tan indecentes, como mi padre.
Tras cumplir los trece años, mi madre conoció en su trabajo a quien sería su nuevo esposo y mi nuevo padre. El hombre le dejaba grandes propinas por sesiones privadas, donde ella le bailaba para complacerle. Yo jamás fui testigo de eso, pues sus compañeras se aseguraban de que viera tras bastidores, incluso ya siendo una adolescente. El hombre era un degenerado, pero muy enamorado, le regalaba obsequios muy caros y finos, le prometía una vida de lujos y riquezas si se iba con él. Mi madre alguna vez la escuché decirle al tipo ese que sólo le daría el “sí”, si me aceptaba también.
La mayoría de los hombres muestran una cara de asco cuando ven al bebé de la mujer que quieren tener, pero en mi caso, él mostró expresión de interés, como si hubiera encontrado algo más valioso en mí, que en mi madre.
El tipo y mi madre se casaron, nos mudamos a su casa y todo se presentó como “un cuento de hadas”. Me sentía de la opulencia, mucho mejor de lo que vivía antes. Podría decirte que había olvidado las cosas malas que pensaba de él y empecé a quererlo como un papá. Nos sentíamos de la realeza mi madre y yo, ella era una reina y yo una princesa.
Por desgracia, yo era muy joven para entender una posible “bandera roja” en sus acciones y regalos. Una noche, el maldito entró a mi cuarto a hurtadillas. El muy cerdo se sentó en un extremo de mi cama y abrió mis sabanas en las que dormía, me masajeó las piernas y fue subiendo hasta llegar a mi parte íntima. Me desperté de inmediato, quise gritar en cuanto lo vi, pero él me tapó la boca con su mano y me advirtió:
-“Tú dices algo, perra, y te desuello aquí mismo.”-sacó su mano que tenía en mi entrepierna y bajó debajo de mi cama para sacar algo. Era una navaja.-“Después de ti, seguiré con tu madre. ¿Eso quieres, perrita?
Negué con la cabeza, él volvió a poner la navaja de donde lo sacó y puso de nuevo su mano a mi entrepierna. Después se acercó para darme un beso en la boca. Lo siguiente que pasó me dejó tan horrorizada que no me atrevo a mencionarlo. El tiempo se detuvo para mí esa noche. Al día siguiente no pude ver a mi madre a los ojos, mucho menos decirle lo que pasó y a manos de quién. Me sentía sucia, indigna y también, rota.
El tipo me hizo lo mismo todas las noches durante seis meses, me recordaba, tras acabar de violarme, lo que nos haría a mí y a mi madre, si decía algo. Seguí guardando silencio, aceptaba sus regalos, cumplidos, entre otras cosas, con tal de no decir la verdad. Cuando pensé que las cosas no podían ser peores, me enteré de la peor noticia de mi vida, a mi madre le habían diagnosticado VIH, es decir, el virus del SIDA.
No podíamos creerlo, ni mucho menos entenderlo. Mi madre jamás había estado con alguien que tuviera la enfermedad, como para que ella lo contrajera. El doctor que la atendió le preguntó si había sentido algunos síntomas previos a la consulta. Mi madre le dijo que poco después de habernos mudado con el hombre. Es cuando varias verdades, las mías y mi madre, salieron a la luz. Al parecer, el desgraciado tenía la enfermedad y nos la contagió a las dos. Mi madre y yo jamás supimos que estaba enfermo, no parecía tener los síntomas. Al parecer, mi padrastro se aseguró de inyectarse varios remedios para que no se notara.
Lo confrontamos y el maldito sólo se burló de nosotras. Nos echó en cara lo estúpidas que fuimos, por no ver la verdad. No prestamos atención a lo que dijo y le amenazamos con exhibirlo. De inmediato, adoptó un semblante que no habíamos visto, puedo decirte que era lo más parecido a un “demonio”. El maldito sacó la navaja que por muchas noches me amenazó y se fue contra nosotras. Mi madre se interpuso en su camino y recibió una puñalada en el vientre. Aproveché que estaba distraído para tomar un recipiente de porcelana y golpearle la cabeza. El tipo se derrumbó en el piso y nunca más se levantó.
A mi madre la llevé al hospital para que le curaran la herida. Lograron cerrarle el corte, pero por desgracia, eso provocó que el virus se extendiera aún más, acortando su tiempo de vida. Me derrumbaba por dentro, la única persona que amé y me amó de verdad, se iba de mi lado y rápido.
Pasaron seis meses, que se sentían agónicos y tristes, veía a mi madre morir cada día, para colmo, durante ese tiempo, empecé a padecer mareos y vómitos. Al principio creí que era producto del SIDA. Fui a una clínica para saber si era aquello y fue una noticia abrumadora: estaba embarazada.
Recuerdo que antes de contárselo, lloraba a mares, tuve que calmarme antes de entrar al departamento que rentábamos en ese entonces, para decirle la verdad. Mi madre se puso a llorar en cuanto supo la noticia, sólo que no de tristeza, sino de felicidad. No entendía esa parte y le pregunté por su reacción, fue cuando me dijo lo siguiente: “-Ese bebé que tienes en tus entrañas puede ser tu desgracia o la luz en tu vida. La decisión es tuya”. Esa misma luz de la que me habló se vio en sus ojos, me dio un beso en la mejilla y se quedó dormida.
Recuerdo que cuando murió mi madre, utilicé los únicos ahorros que tenía ella para pagar su entierro. Quería que estuviese en un panteón bueno, donde su tumba estuviese vigilado constantemente. También tenía tres meses de embarazo en ese entonces, ya no tenía más con qué sustentarme, ni siquiera pagar la renta. Fue cuando recordé a mi única amiga de la escuela. Fui a su casa a pedirle asilo, en lo que buscaba trabajo para mantenernos a mí y a mi bebé. Ella y su familia aceptaron, con la condición de que sólo hasta que diera a luz.
Viví con mi amiga por un año, tiempo que me aseguré de buscar trabajo. Me dieron chamba en un restaurante de cinco estrellas que había del otro lado. Me sentí bien acogida, como si fuera parte de su familia, igual que con mi madre.
Por desgracia, me fui debilitando a causa del SIDA, eso causó que la familia de mi amiga no tuviera de otra, que pedirme que me fuera. Afortunadamente, llegó el día en que nació mi bebé. Fue una niña. Cuando nació, no pude evitar llorar de felicidad, pues no le detectaron ninguna enfermedad ni deformidad congénita. Sus ojos denotaron un brillo que sólo le vi a mi madre antes de morir. La llamé Luz, pues sí, mie estimado, resultó ser mi luz entre tanta oscuridad.
Me fui de la casa de mi amiga, no sin antes darle las gracias por el tiempo que me acogió. Renté un departamento muy cerca de mi trabajo. Actualmente estamos allí Luz y yo, viviendo como se pueda, eso sí, con mucho amor y felicidad, como alguna vez lo viví a su edad, mientras espero el momento en que deba despedirme de ella.
Por favor, asegúrate de hacerle llegar esta historia a Luz. Si el momento lo requiere, puedes mandárselo mucho antes. Quiero que mi hija entienda la vida que llevaron su madre y abuela; que no elegimos esta vida por gusto, como tampoco merecer el repudio y odio de la gente. Que entienda que fuimos víctimas de un mundo horrible y hostil, gobernado por hombres que saciaban su hambre hormonal con nuestros cuerpos, hasta dejarnos secas por dentro y por fuera, mientras sólo pedíamos ser felices y libres.
Con cariño.
Constanza Sánchez Uribe, una “princesa rota”



