Un universal metafísico

Una avispa revoloteando alrededor de un caño de chorro constante no debería haber sido algo extraño para él, que frisaría los doce años, edad que resultaba más que suficiente para haber potreado por ahí, por otros pueblos y otras plazas, por fincas y caseríos, que para eso era un niño de pueblo. Pero, por alguna razón, ese día en concreto aquella avispa que no le dejaba beber (iba para su casa después de haber jugado al fútbol en el lejío con sus amigos y estaba sudado y sediento) por temor a que le picara, le suscitó un pensamiento diferente al que solía tener cuando veía cosas de todo tipo. Es verdad, eso sí, que para que su mente descifrase la composición avispa/caño de agua tal y como lo estaba haciendo en esa ocasión (de una manera tan peculiar y siempre que convengamos en llamar a aquello “descifrar”, pues, precisamente, veía la composición confusa y como con una especie de eco), tenía que mirarla desde una posición peculiar, justo la que, en primera instancia, había adoptado involuntariamente. Se había percatado de esto en el preciso instante en que, dada la delicadeza de la citada posición, la había perdido por un momento para después recuperarla otra vez por un pequeño rato, porque -y se dio cuenta de ello también en ese momento- la posición en cuestión no duraba mucho de manera natural; es decir: era de natural efímera.

Había notado también que, durante el decurso de la extraña mirada -o punto de vista, o posición perceptual-, era como si lo que estaba viendo, o su eco, le fuese reverberado desde detrás, aunque fuera una voz solo audible dentro de su cabeza la que le preguntase sobre el misterio encerrado en aquella composición y, como digo, el fantasmal emisor de aquella voz se encontrase a sus espaldas. La voz le decía que aquella composición formada por avispa/caño no era, definitivamente, casualidad. Pero iba aún más lejos: tan inveterada asociación (la de avispa/caño) no era tampoco fruto de la lógica natural, sino que se trataba de una especie de Universal. Pero de uno, se deduce, un tanto ilógico.

Aquí se hace necesario abundar en el temperamento y, también, someramente, en ciertas circunstancias familiares del niño: Gabriel (Grabi), era el hijo mayor del matrimonio formado por Juan el carnicero y Felisa la costurera. Del primero había heredado la veta práctica, cierto gusto por el contacto manual con la materia. En cualquier caso, todavía estaba por determinarse del todo si, unido a ello y como era esperable, acusaba el zagal la crónica tendencia a cierta bestialidad de carácter propia de su estirpe paterna. Se ignora si, en lo relativo a esta parte de su más directa ascendencia, el hecho de ser su padre un hombre cierta y genéticamente bruto habríase de paso alimentado de su constante contacto con la carne: con su desmembramiento, troceado, aplastamiento, picadura. Y con los huesos que le confieren estructura a esta, a los que desencajó, cortó con un certero golpe de su hacha, arrancó y hasta trituró. Así pues, tal y como manejó siempre a los cuerpos, hacía también, el padre del Grabi, con las ideas: las manoseaba lo necesario para adecuarlas al gusto de la gente, seguramente al suyo propio; luego, si no eran despachadas de inmediato, las dejaba en la vitrina para muestra, y si la gente no se las compraba todas, acababa por consumirlas él mismo, con la avidez de un auténtico carnívoro de ideas, pero, quizá por ello, sin reparar demasiado en matices degustativos. Todo, claro está, teniendo en cuenta que el género ideológico era siempre el mismo dentro de un limitado abanico de posibilidades, tal y como la propia carne que despachaba. Como carne semoviente trataba también a todo bicho viviente que no tuviese la capacidad de hablar o, lo que al parecer era lo mismo, que no fuese tributario de su porción alícuota de la gran Alma Mater que a todo bípedo implume nos asiste (a excepción del canguro, supongo). Así lo pudo constatar el pequeño yorkshire que, correteando junto a la puerta de la casa de su dueña, lo importunó un día que él pasaba por allí y que, dada la insistencia del pequeño can en mordisquearle los tobillos, recibió tal patada en la cabeza que jamás volvió a saber la mascotita exactamente quién era.

La madre del Grabi, sin embargo, era una criatura peculiar; no digamos, en contacto con la gente de aquella alquería dependiente administrativamente del cercano pueblo de Ribera del Afrancesado. Adelantada a su tiempo, su mente generaba ideas extrañas. Tan despegada de la gente de la localidad estuvo siempre, que pareciera no querer nada de ellos. No le faltaban, sin embargo, clientes entre la gente de cierto estatus: medianos propietarios de tierras de toda la comarca, sus señoras, pequeños industriales dueños de las escasas fábricas salpicadas por la demarcación, la mayoría relacionadas con el tratamiento de las labores del campo. Tampoco desdeñaba, desde luego, trabajos de arreglos a cualquier vecina común que se los solicitase. Pero la inefable doña Virtudes era voluble, como móvil era aquella famosa piuma al vento, pero más. De hecho, pasaba etapas en las que dejaba de atender clientes porque entraba en una especie de melancolía crepuscular, a veces rayana en lo psicótico, atendiendo a las reacciones airadas que se gastaba por cualquier nimiedad. Aun cuando estaba bien, era doña Virtudes imprevisible, en no pocas ocasiones, en sus respuestas: dulce y aparentemente empática a ratos y casi colérica apenas luego, a pesar de que su cerebro pareciera de antemano estar sumido en un lecho de oxitocina. Otras veces se arrellanaba en su butacón preferido, echaba la cabeza hacia atrás y se quedaba como en trance durante horas, generalmente junto a la ventana del saloncito de arriba, el mismo lugar en donde le gustaba coser, cuando las telas ya estaban cortadas y marcadas, por la buena luz que allí había, mirando de vez en cuando por la ventana y diciendo cosas como «valiente panda de gaznápiros» al paso de la gente. Aunque no sirva para su descargo, lo cierto es que ella no era de aquel lugar de apenas un par de puñados de habitantes, sino de Avellanoviejo, que contaba con cien veces más población; aunque al parecer despotricaba igual de la gente cuando vivía en su pueblo, antes de casarse. En su pueblo había estudiado también, más allá de la educación básica, como preparándose para la universidad, a la que no llegó a ir porque se puso a trabajar en la botica de doña Pilar Ocaña, que era señorona viuda y bien viajada que le trajo algo de mundo -aunque fuera a través de sus propios ojos- a la misma puerta de su casa, por así decirlo.

Ya es sabido que la imprevisibilidad de la señora Virtudes era extensiva a los más cercanos, demostrando así una capacidad poco común hasta para los locos de sorprender a los consumidores habituales de sus creaciones. Tal cosa ocurrió, por ejemplo, el día aquel en que, atravesando el pueblo matriz de Ribera del Afrancesado para ir de compras a la capital de la provincia, se percató -cómo no- de los aparatosísimos badenes que la localidad había colocado y tenía repartidos a lo largo de toda su travesía, que obligaban a ralentizar todo lo que fuese dable. Conocedor de las suspicacias de su madre, de sus hechuras más que neuróticas, el Grabi no dejaba de mirarla desde el asiento de atrás, esperando alguna queja en forma de gruñido al paso por la primera de las pequeñas mesetas de asfalto, que desbarataban el dibujo sobre el asiento de la mujer, oronda y prematuramente desvencijada por culpa de los malos hábitos que acompañaron siempre a su cierto grado de insania. Pero he aquí que, lejos de toda lógica, la esposa y madre se puso a llorar callada, sutilmente. Interpelada por su marido por el motivo de su llanto en lugar de despotricar de los nativos que le salían al paso por los pasos de cebra y las aceras, la inusitada mujer respondió que la emoción que en ese momento la constreñía se debía a un hecho obvio que le había saltado a los ojos al atravesar aquel pueblo, y que no era otro que el de la existencia allí, tan meticulosamente repartidos, de todos aquellos obstáculos destinados a que esos locos de los coches no pudieran atropellar a la gente, fundamentalmente a sus niños y a sus ancianos. Aquello, añadía, demostraba que había algo, una suerte de inteligencia superior, posiblente también humana, que estaba por encima de todos aquellos hombres y mujeres estúpidos, castrados mentalmente, perdidos. Y el hecho de que esa inteligencia allí evidenciada se dedicase a velar por aquellos hombres débiles y a medio hacer, la llenaba de una alegría interior, de una esperanza en el hombre histórico que sobrevolaba sobre todas las cosas, que tenía que salir por algún lado.

Otra vez, fue a visitarlos al pueblo un hermano solterón de la madre que vivía en la capital provincial, a quien el Grabi casi no conocía. Era una época en que doña Virtudes estaba bastante bien, donde predominaba en ella cierto espíritu constructivo. Pero algo pasó hacia el final de una comida, casi a los postres ya. Resultó que a su hermano le dio por hablar de los tres tenores, que estaban en ese tiempo en la cresta de la ola. Que si Plácido no tenía mucho que envidiarle a Luciano (así los llamaba, por su nombre de pila), porque su chorro de voz era el mejor para la ópera en su conjunto, para la alemana por ejemplo. Y que Luciano, por su parte, podía pasar por ser el más privilegiado, sí, pero su “color” vocal solo era ideal para la ópera italiana clásica, no tanto para otras. ¿Y de Carreras?… Carreras era el menos naturalmente dotado; sin embargo, también era el que mejor se desenvolvía en la parte central del pentagrama. La señora Virtudes lo miraba decir todas esas cosas mientras comía, que para eso tenía un apreciable corpachón que mantener. Arrugó el hocico un par de veces, eso sí, preludio de lo que podría llegar a pasar. Y que terminó pasando apenas el hermano intentó volver a introducir el tema tras una leve pausa para ingerir, centrándose esa vez en la actuación de los tres juntos en no sé dónde. «Ya está bueno con esa horterada, ¿no te parece?». «¿Horterada dices, los tres tenores?». «Sí, horterada, horterada de libro. Resulta que en la jodida vida ha habido por aquí un gusto por esas cosas y ahora que la televisión ha decidido hacer negocio con eso, vais vosotros y, hala, expertos en tenores y en voces… expertitos de pacotilla. ¡Un poco de saber estar, hombre, por Dios!».

No era tanto que el invitado no supiera de las oscilaciones de su hermana, pero al parecer no se esperaba uno de sus raptos con eso. La mujer continuó, aprovechando el momentáneo mutismo de su hermano provocado por la sorpresa. «A ver, entendido, ¿y qué pasa con Kraus, entonces… dónde lo colocas? Quizá nos podrías decir algo sobre el color de su voz… o de por qué el mismo Kraus piensa que los tres tenores son una atracción de feria».

El muchacho era muy habitualmente víctima de los ataques chillones de su madre; sentía que le troceaba los nervios en pequeños pedazos desconectados entre sí. Eso ocurría cuando la mujer montaba en cólera por cualquier nimiedad que solo adquiría cuerpo en su cabeza. Su madre no era de soltar la mano, eso no; pero estaba seguro que esos chillidos hacían mucho más daño. Como quiera que era niño rural, sabía que cierta fase de los gritos de su progenitora (aunque no sabría especificar si en la parte central del pentagrama) sonaba muy similar a los que emitía una zorra en celo. Pero la misma obligada cercanía a mujer con tantos ratos atrabiliarios le propiciaban al Grabi ser también testigo de ciertas vetas de la mentalidad de su madre que no había visto nunca en nadie más, fuera mujer u hombre. Y como quiera que la señora era gran consumidora de televisión, era de ahí de donde sacaba la materia prima para mostrar ante su único hijo, a modo de reflexión que llevase a la enseñanza (¿era esto lo que pretendía?), el resultado de lo que su mentefactura ofrecía de todo lo que por ese medio obtenía. Abundaban en su apreciación los actores, y cabe decirse que en este contexto le producían cierta ojeriza artistas como Fernán Gómez o Sacristán, que a su criterio no hacían más que hablar por los codos, matando así la esencia del cine, que debía a todas luces ser, sobre todas las cosas, un entretenimiento visual. Esta consideración iba, además, unida a otra que no podía disimular: le espeluznaban los hombres que no hacían más que hablar y hablar, y que lo hacían las más de las veces sentando cátedra. Y se ve que los dos citados suponían para ella la quintaesencia de eso. Con respecto a otro tesoro patrio muy en boga en aquella época, Almodóvar, toda la labor cinematográfica de este se reducía para la prematuramente destartalada dama a una sola opinión: era un perfecto chabacano. Le gustaban, por el contrario, Steve McQueen y Gregory Peck. El primero porque resultaba imposible atribuirle la menor faceta femenina y, por si no fuera suficiente, hablaba poquísimo, limitándose su comunicación a una mirada varonil que, además, tendía a esconder a las primeras de cambio. Del segundo, que según ella hablaba lo normal y necesario, le gustaban su altura y cierto desgarbo, además de su viril bonhomía.

De entre lo más de andar por casa, por su parte, concluía doña Virtudes que el país tenía un ramalazo tercermundista, y que sus gentes eran irrefragablemente obtusas, básicas, tirando a ganado fácilmente manejable con simples ideas ya descatalogadas como aguijada para conducir al personal en otros países europeos. Y esto mismo, siendo muy generosos, pues pensaba más bien que España debiera ser considerada como parte del norte de África. Tal vez por eso no acusaba la mujer rasgo alguno de racismo, xenofobia o cosa parecida; si bien, eso sí, se mostraba indisimuladamente clasista, siendo así que para ella gozaba de mayor sentido la vida, pongamos, de un subsahariano culto y bien vestido que la de cualquier compatriota desarrapado y menesteroso de su entorno.

En cuanto a la relación matrimonial, digamos que se basaba en cierto respeto mutuo, asentado sobre todo en la tendencia al mutismo hogareño del marido, cosa que le venía muy bien a ella como catalizador de sus invectivas. Véase, por ejemplo, este episodio: ella (mientras miraba el paso de una procesión por la ventana): «Míralos a todos esos catetos calcinados por el sol, siguiendo a la figura de la Virgen… ¿pero qué demonios veneran, exactamente?»; él: «sí, ya ves… a un trozo de cartón piedra pinchado en un palo»; «no, hombre, no; no me refiero a eso… Pues claro que ha de ser un trozo de cartón o de cualquier otra cosa, ¿qué iba a ser si no? Igual una bandera es mero símbolo, pero puede estimular las almas y salvar a un país de una invasión, si se la utiliza bien». Añadió que ella lo que menos comprendía es la devoción hacia la Virgen. << ¿Por qué esa devoción hacia una mujer irrelevante que, en el imaginario cristiano, no fue más que una herramienta?>>, se preguntaba ante su marido -aunque más hablando con ella misma que con él-, que permanecía allí sentado frente al televisor. << ¿Qué clase de espíritu pazguato, pusilánime se jacta de sacar a hombros un símbolo de la más odiosa sumisión, del puritanismo más cerril y pacato? Más, teniendo en cuenta que, en rigor, se trata de una mujer violada; además, por las más altas instancias…>>. Con este tipo de reflexiones embestía, de alguna manera, también contra su marido, por más que él tampoco fuese muy seguidor de los pasos que digamos, y eso que tenía un buen lomo que podría usar para ayudar a acarrearlos. Además, a su marido no lo atacaba demasiado, por lo menos de forma directa, porque era silencioso, cosa que no cambiaría por nada del mundo, y, por si fuera poco, era carnicero, con lo cual no debería nunca tratar de buscar los límites de su paciencia. «Entendería, quizá, si la pleitesía esa tuviera una asociación con el amor a la patria, aunque para eso preferiría que se venerase a Agustina de Aragón… Pero qué va, esos tipejos solo dejan el arado para sumirse en la obediencia de lo que sea… porque segura estoy de que la mayoría ni creyentes son». «Esta península es un continente muy mal contenido. Es una pena tantísimo espacio desaprovechado», llegó a decir también en algún momento de la misma conversación.

Sin embargo, no debían ser los mimbres con los que estaban sostenidas las principales instancias del cerebro del Grabi los mismos que los de su señora madre, pues ella, su pensamiento, si bien original y arriesgado, no parecía fluir por los derroteros de la abstracción profunda que al muchacho le asaltaba en aquel momento de la avispa. Como su temperamento era, además, curioso (ni su padre ni su madre lo eran, de modo que tal vez fuera esta una innovación introducida por él en el seno de su estirpe; tal vez lo hubiera heredado de alguno de sus ancestros), sabía que las avispas, al contrario que sus primas las abejas de miel, eran insectos solitarios -al menos las avispas papeleras, que eran las propias de la región-, que sus clanes eran exiguos y que apenas una de ellas era la que se encargaba de buscar avituallamiento para la escasa familia. También sabía que esta, en su deambular, se detenía en su camino siempre que fuese necesario para nutrirse y así recuperar fuerzas. ¿Fue en base a este conocimiento previo sobre las avispas del terruño que al zagal lo abordó aquel pensamiento que sintió como si no fuera suyo? Parece que no puesto que, en rigor, la ristra de datos sobre el insecto fue pasando por su cabeza con posterioridad a aquella especie de revelación. Como fuera, el caso es que al ver, como tantos otros días, a la avispa mariposeando alrededor de la fuente, al muchacho le vino la idea de que aquello era un Universal, o algo parecido. Pero el Grabi no era ducho en filosofía tardomedieval ni, en puridad, tampoco en la griega clásica ni en ninguna otra (había leído de soslayo sobre los Universales por casualidad, mientras buscaba saciar su curiosidad sobre no recordaría por qué otra cuestión), por lo que su runrún de que el tema avispa/caño fuese lo que se daría en llamar un Universal, no habría de responder seguramente a lo que se entendía en realidad por tal. Puede que sí a algún tipo de Universal en concreto, bien mirado (llegó a indagar en este particular en la biblioteca de Ribera del Afrancesado, adonde iba a veces con su padre cuando este se desplazaba hasta allí para mirar género y él se quedaba a veces un rato husmeando por el lugar); ¿pero, a cuál de ellos?, ¿a los realistas radicales (los objetos o los seres son cosas reales, anteriores a las cosas individuales), o a los nominalistas o conceptualistas radicales, que apuestan decididamente por la sola existencia de las palabras de la que luego derivan las ideas o abstracciones, única realidad de las categorizaciones existentes? No parecía esto último, dadas las circunstancias. Tal vez, en realidad, la cuestión estuviera un paso más allá (o más acá); el caso es que el cuadro avispa/caño se le apareció como nunca como algo eterno: casi ubicuo allá adónde iba que hubiera un caño (o, quizá, una avispa), aparecía el conjunto avispa/caño.

Poco después, no obstante, dejó de lado esa apreciación tan exagerada. No, no era para tanto: había visto muchos caños sin avispa, estaba seguro; y, por supuesto, avispas sin caño, muchas más aún. Pero eso no quitaba que la composición en cuestión tuviese carácter como categoría en sí misma, porque, al margen de que no se pueda negar la existencia de los dos componentes por separado, lo cierto es que su experiencia personal le dictaba que aparecían unidos con una frecuencia inusitada; hasta el punto, se dijo, de que no recordaba una sola vez en la que, teniendo él la intención de ir a beber el agua límpida, pudiera hacerlo sin problemas: siempre recordaba la interferencia del uniformado insecto. Luego siguió reflexionando, y ante la disyuntiva de si la composición se le presentaba siempre que tenía que hacer uso de un caño para beber o se trataba de una falsa impresión que en ese momento lo impregnaba llevado por la sed, el chaval resolvió hacer una investigación por su cuenta que lo había de llevar primero al que le pareció que debía ser el primer motivo de sus pesquisas: el arroyo que corría en medio de la arboleda de la Culebra, que distaba de la plazoleta del caño como kilómetro y medio. Pero antes espantó suavemente al insecto y bebió, no sin cierta aprensión, para zanjar el asunto de la sed antes de emprender el pequeño viaje. Cuando llegó, constató lo que esperaba: el arroyo discurría por su cauce, como casi siempre. Es verdad que alguna vez se secaba, cuando tardaba demasiado en llover, pero no era el caso. Es decir: aquella avispa tenía agua fresca y pura más cerca de su casa que la del caño, que además comportaba un riesgo real de muerte porque esta última la exponía a tener que interactuar con los humanos.

Sí: sabía el Grabi dónde estaba el nido de la avispa. O, al menos, dónde estaba con mucha probabilidad. Dentro del pueblo no era, por supuesto; la poca gente que allí vivía se cuidaba mucho de tener sus casas bien adecentadas, por dentro y por fuera. De hecho, parecía ser uno de los alicientes existenciales del villorrio: las casas limpias, relucientes sus fachadas de blanco español la mayoría de las veces; las aceras barridas con esmero por las dueñas de casa en todo lo que abarcaban sus fachadas. No: conocía el Grabi cada esquina de la orgullosa alquería, la tendencia al adecentamiento, incluido el de sus crecientes ruinas, casas de antiguos habitantes que habían muerto y cuya descendencia se fue a hacer vida a la ciudad; caserones que terminaban cayéndose a pedazos por olvido de los propietarios (nadie de fuera en su sano juicio se quería ir allí a vivir, motivo por el cual aquellas casas tenían mala venta) más que otra cosa; porque tampoco allí permitían los lugareños que medraran las alimañas o las plagas; casi, se podría decir, era como si aquellas gentes venerasen de algún modo aquellas ruinas como asunción confesional del polvo que seremos. Que el avispero estaba en otro lado, por tanto, era cosa segura, y él sabía exactamente dónde: en el viejo esqueleto del cortijo del Viento.

El cortijo del Viento estaba en todo lo alto del cerro y aún mantenía cierta estructura. Había pertenecido a una familia con tierras, pero se ve que tampoco nadie lo reclamó cuando el clan campestre se evaporó. Tras su abandono pasó a tener una cierta dimensión totémica, allí arriba, velando por todo lo que en el poblacho acontecía; cosa que quedaba demostrada por el hecho de que a su lento derrumbe no contribuyó la acción vandálica, que para algún grupo de gamberretes daba la aldea o, si no, la muy cercana matriz. Gracias a esto, entre otras cosas, era que anidaban allí las avispas.

Ese día regresó a casa cansado, aunque nada que a su edad no se restableciese apenas hubiera almorzado. Como estaba de vacaciones, se daría el paseo -y la escalada- esa misma tarde. Era su siguiente paso en el periplo científico, etológico alrededor de las avispas. Cuando llegó al viejo cortijo del Viento, pudo comprobarlo: las avispas estaban allí, sobre sus nidos de sutil cartón llenos de pequeños hexágonos, algunos de los cuales se veían sellados porque servían de nicho a las larvas que habrían de renovar a la población. Reparó también en que había varios nidos, repartidos por frisos, ángulos de las ventanas, huecos y hasta una especie de voluta totalmente desfigurada. Gente potente, sin duda, pensó el zagal a tenor también de la evidente férrea estructura de la muy antigua edificación, que sin duda no hubiese resistido aún relativamente en pie de no haber sido hecha con tino y materiales de primera.

Cuando regresó al poblado -demonios: bajar la cuesta empinada del cerro puede resultar aún más cansado y farragoso que subirla- pasó por la plazoleta para comprobar si la avispa seguía allí. Ya no estaba. Pero eran alrededor de las nueve y media y el sol estaba a punto de acobardarse tras el cerro, así que le pareció normal. Una cosa era que el cuadro avispa/caño pudiese ser (hasta que llegase al final de su investigación empírica no era más que una teoría) una especie de Universal (que no, que definitivamente no era ese el concepto… tal vez, quién sabe, esto hasta tenía más que ver con algo relacionado con ciertos indicios que a la gente avispada -valga la expresión- les proporciona la Matrix), y otra que una avispa fuese a estar en plena noche revoloteando alrededor de un caño.

El día siguiente era clave para que la cuestión se dirimiese. Esperó hasta primeras horas de la tarde, con el sol en su apogeo calefactor, y regresó a la plazoleta. Desde cierta distancia ya pudo verla: la avispa estaba allí. Aun sin entrar en conjeturas filosóficas… ¿cuándo demonios es que trabaja esta avispa?, pensó. Se acercó un poco más para cerciorarse, sabía que una avispa en esas circunstancias rara vez pica, por no decir nunca. Es verdad que esta vez no sintió esa voz trasera que le indujese a ver la composición avispa/caño de una manera especial, diferenciada de la realidad; pero ahora eso era secundario y lo urgente era comprobar si la ubicua asociación tenía carácter gnoseológico u ontológico, aunque él, en su discurrir, no utilizase estos términos.

Una vez constatada, pues, la presencia otra vez del insecto, se marchó a casa y entró en la caseta del patio donde estaba instalado el bidón del gasóleo que hacía las veces de depósito para alimentar la calefacción central de la vivienda durante el invierno. Debajo de él, esquinada, había una garrafa llena de carburante hasta un poco más de la mitad. El nivel del líquido aromático y rojizo podía verse perfectamente a través de las paredes de plástico de la garrafa. La tomó y salió con ella, con esfuerzo, de la caseta, del patio y, finalmente, de la casa.

Mientras caminó por la calle se las arregló para pasar desapercibido, eligiendo los tramos o callejuelas donde no había nadie. Luego, una vez fuera del pueblo, anduvo un largo camino con la garrafa a cuestas, primero; a rastras, después. Por fin logró llegar hasta la base del cerro, donde se sentó a descansar porque estaba agotado. Cuando se restableció un poco, continuó cerro arriba, deteniéndose cada poco para tomar resuello. Una vez arriba, dejó con cuidado la garrafa junto a la pared del arruinado cortijo y tomó distancia para observar los nidos de las avispas, sentándose un rato sobre una piedra. Se preguntó a cuál de aquellos avisperos pertenecería la avispa del caño. Por supuesto, era conveniente permanecer alejado, porque, aunque no suelen picar si no se las importuna, conviene no permanecer cerca de sus asuntos más importantes.

Lamentó no haberse llevado de casa algo para recuperar un poco de glucosa, un plátano, por ejemplo, porque notaba cómo las piernas le flaqueaban un tanto después del descomunal esfuerzo con la garrafa. Pero, según calculó, sus fuerzas debían ser suficientes para regresar, y aunque también sentía una sed aguda y la garganta seca, rechazó la idea de acercarse al curso de agua que le proporcionaba el arroyo de la Culebra, porque tendría que bajar el cerro para llegar hasta allí y poder refrescarse. Cuando hubo descansado un rato, se levantó y puso manos a la obra. Dirigióse a la garrafa, la abrió y, con sumo cuidado, fue esparciendo su contenido sobre el suelo inmediato a la base de la construcción, a lo largo de los flancos donde las avispas anidaban. Cuidó también de que la base de la pared quedase mojada. Dos largas franjas de carburante terminaron por humedecer el suelo reseco y los altos yerbajos pajizos a lo largo de dos de los laterales, llegando el chaval a utilizar todo el líquido de la garrafa para que la zona quedase bien empapada, pues aunque la costra exterior del suelo le pareciese bastante impermeable, algo de líquido, naturalmente, embebía. Sin más dilación, para evitar que todo el gasoil fuese absorbido, sacó una caja de cerillas que llevaba preparada en el bolsillo, encendió varias y, apartándose del charco, las lanzó con cuidado. Luego se alejó corriendo, deteniéndose un instante para comprobar que aquello funcionaba.

Las llamas comenzaron a escalar las paredes de la vieja casona al tiempo que él tomaba la garrafa vacía y corría cerro abajo mirando atrás de vez en cuando. Las piernas le seguían flaqueando un poco, como alambres débiles dispuestos a doblarse ante el menor mal paso, pero no le importaba porque su principal afán radicaba en que las avispas que custodiaban los avisperos no le diesen caza en el supuesto de que algunas hubieran decidido huir en lugar de morir calcinadas junto a sus nidos de papel. Una vez abajo del cerro, sintió que el peligro había pasado y caminó ya tranquilo en dirección a la cercana alquería. Mientras lo hacía, pensaba en la necesidad que lo había impulsado a acometer aquello utilizando un método más propio de su padre que otra cosa. Se daba cuenta, no se crea lo contrario: era consciente, ya, a su edad, de cierta dicotomía en su carácter que lo llevaba a sentirse las más de las veces imbuido del espíritu de su madre, por más que esta fuese manifiestamente menos curiosa que él y los pensamientos atípicos que pudiera albergar terminasen yéndose por el desagüe de una total indisciplina a la hora de abordar una ulterior elaboración; pero había otras veces en las que el muchacho sacaba la inteligencia escueta, pero activa y hasta visceral de su padre; como en ese momento, a la hora de actuar con crueldad, y hasta fuera de la ley con el fin de desentrañar de una vez por todas lo que sospechaba, la hipotética razón metafísica de la existencia eterna de la avispa en el caño. La disposición de sus cartas era clara: si después de haber destruido a sus familias, la ínclita avispa de la salida de agua seguía allí, se trataría de una cuestión medio numinosa. Pero de desaparecer en un tiempo prudencial, entonces significaría no más de lo obvio: que el ubicuo himenóptero formaba parte de la familia quemada y se quedó descabalgada y sola cuando aquella desapareció, tomando las de Villadiego; marchándose a donde sea que se van las avispas cuando se quedan sin nadie en el mundo. O, tal vez, muriendo.

No notaba el Grabi asomo de pena por su empresa insecticida, pues sentía, entre otras cosas, que el suyo había sido un acto de investigación necesario para aclarar de una vez si lo extraño existe más allá de la ciencia. En cuanto a su decantación personal, prefería, a pesar de lo que a él mismo le había parecido en algún momento, que el resultado de su pesquisa arrojase la evidencia de una realidad reconocible, cabal que le devolviese la tranquilidad de habitar un mundo razonablemente interpretable.

Esperó casi un día entero para regresar al caño: debía darle tiempo a la avispa para que se largase si es que se trataba de un bicho normal, como Dios manda. Mientras cenaba, a la mesa con sus padres, estuvo más callado de lo habitual mientras se zampaba uno de los majestuosos bistecs que su padre había traído de la carnicería. Pensaba en el resultado del día siguiente, desde luego; pero también en la regañina que le esperaba cuando, llegado el invierno, su padre se diese cuenta de la garrafa de gasóleo vacía. Ya se inventaría algo para entonces.

La tarde siguiente salió como la anterior, soleada por los cuatro costados, pero aún más calurosa. Cuando llegó a la altura del caño, el niño pudo comprobar que allí no había ni rastro de la avispa. Una anciana fue a tomar un poco de agua con un cubo. Aún esperó un rato más para asegurarse de que el insecto no regresaba. Tal vez se vio por un momento sorprendido al darse cuenta de que, quizá, otra vez, cierta parte de su ser deseaba que la avispa siguiera allí, pero se le pasó enseguida y concluyó que era mucho mejor que las cosas fueran exactamente lo que parecían ser. Por fin, volvió camino de su casa, satisfecho por los resultados evidentes de su acción científica. Unos resultados que fueron igualmente científicos, realistas, sin aristas.

Al día siguiente, por la mañana, el joven Gabriel se levantó ufano. En apenas una hora había quedado con algunos amigos para dar una vuelta por el mercadillo de los viernes, que aunque era ínfimo, sus cuatro tenderetes solían estar bien surtidos. Además, iría la Marisa, la jovencita más guapa del pueblo al menos para él, que, para colmo, juraría que le hacía ojitos; que aunque esto lo pusiera un poco nervioso, también le gustaba sentir aquellas mariposillas en el estómago («¿qué demonios hacían aquellas mariposas en su estómago?», llegó a pensar en broma). Lo primero, no obstante, siempre sería lo primero, de manera que saltó de la cama y fue al baño para orinar. Se colocó frente al retrete y bajó el frontal del pantalón del sedoso pijama con la mano izquierda para poder maniobrar con la diestra. Luego, claro, sacó su pequeño muñón de niño, todavía demasiado infantil, para su gusto; aún sin asomo de vello; impresentable ante la Marisa dada la eventualidad de que llegasen a encontrarse a solas si conseguía alguna vez acompañarla a casa. No era que creyese en la verdadera posibilidad de que esto sucediese en el corto plazo, pero nunca se sabía con las niñas. Y menos, con las que pasaban buena parte de su vida en la ciudad. Como fuera, su irrelevante accidente corporal empezaba a beligerar, enarbolándose ante sus propios ojos con el solo pensamiento de la posibilidad ya descrita junto a la niña; cosa que, de paso, aprovechó para retraer la piel antes de empezar a mear, procurando así un chorro limpio y sin amortiguar. Por cierto que la liviana sensación de cosquilleo que había empezado a sentir en el escroto, apenas un hormigueo, comenzó a resultar evidente a medida que se extendía, por debajo del pene ya endurecido, hacia adelante. Fue entonces cuando, justo a la altura del nacimiento del bálano, vio asomar primero unas antenitas anaranjadas, luego una cabecilla triangular de grandes ojos negros sobre un dibujo amarillo; después, con las alas aún plegadas, el cuerpo entero, listado, como estrangulado hacia la mitad. Por último, la avispa se dejó caer y comenzó a revolotear alrededor de su chorro amarillento.

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Juan Manuel Caballero Parejo (España)
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