Kim: el arte de pertenecer a todas partes y a ninguna

“¿Quién es Kim? ¿Quién es Kim? ¿Qué es Kim?”
— Rudyard Kipling, Kim (1901)

La pregunta que Kim se hace a sí mismo en medio del libro es la pregunta que el libro entero intenta responder sin resolverla del todo. Y esa irresolución no es un defecto sino una decisión: Kipling entendió que hay personas cuya identidad no cabe en una sola categoría, que pertenecen a varios mundos simultáneamente sin pertenecer completamente a ninguno, y que esa condición no es una tragedia sino una forma particular de libertad que tiene sus propios costos.

Kim es un niño irlandés huérfano que creció en las calles de Lahore como un niño indio más. Habla urdu, punjabi, hindi. Conoce los mercados, los templos, las jerarquías invisibles de la ciudad colonial con la naturalidad del que aprendió todo eso antes de aprender que era diferente. Su piel es más clara pero su mundo es completamente el de la India que lo crió, y esa doble pertenencia —blanco por sangre, indio por formación— es lo que lo hace útil para el Gran Juego y lo que lo hace, también, alguien que no termina de saber quién es.

Entro en este libro moviéndome cerca de Kim, con esa misma ligereza que él tiene para atravesar espacios que otros no pueden atravesar. Kim se mueve entre mundos como agua entre piedras: sin anunciarse, sin llamar la atención, adoptando el color del contexto con una fluidez que no es impostura sino adaptación genuina. Ha aprendido a ser muchas cosas porque la calle le enseñó que sobrevivir requiere esa multiplicidad.

El lama tibetano que Kim encuentra en el principio del libro es su contrapeso perfecto. Donde Kim es movimiento, el lama es quietud. Donde Kim es presente y urgente y concreto, el lama busca el Río de la Flecha, que es una metáfora de la iluminación espiritual, algo que está fuera del tiempo y fuera del lugar y fuera de todo lo que Kim conoce. Y sin embargo hay entre ellos una lealtad inmediata, una afección que cruza las distancias de edad, de cultura, de propósito. Kim cuida al lama en la carretera porque algo en él reconoce que hay personas que necesitan quien las cuide aunque estén buscando algo que está más allá del cuidado.

La India de Kipling es el personaje más grande del libro. No la India abstracta sino la India concreta y bulliciosa del camino real, el Grand Trunk Road que recorren Kim y el lama y que Kipling describe con una generosidad de detalles que solo puede venir del amor: los vendedores, los peregrinos, los soldados, los comerciantes, los animales, los olores, los idiomas que se superponen en cada ciudad. Kipling nació en Bombay y la India fue su primer mundo, el mundo que aprendió antes de que Inglaterra lo reclamara, y esa primacía de la experiencia india se siente en cada página de este libro.

El Gran Juego es el espionaje imperial, la competencia entre el Imperio Británico y Rusia por el control de Asia Central, y Kim es reclutado para él con una naturalidad que el libro no problematiza pero que el lector contemporáneo no puede dejar de ver desde otra perspectiva. Kipling era imperial y lo era sin contradicción interna visible, y eso hace que Kim sea un libro que requiere dos lecturas simultáneas: la que sigue la aventura con el placer que merece, y la que reconoce la ideología que la sostiene con el ojo crítico que la historia ha hecho necesario.

Pero Kim mismo, el personaje, escapa a esa simplificación. Porque Kim no sirve al Imperio con el fervor del converso: lo hace con la misma pragmática fluidez con que hace todo lo demás, y la pregunta que se hace en la mitad del libro —quién es Kim, qué es Kim— no tiene la respuesta que el Imperio necesitaría. Kim no puede ser completamente de nadie porque fue criado por todos. Esa es su ventaja como espía y su carga como persona.

La educación que recibe en la escuela de St. Xavier le da herramientas pero no le da identidad. La identidad, si la tiene, está en el camino. En el movimiento. En la capacidad de ser reconocido en todos los contextos sin pertenecer completamente a ninguno. Kim es el viajero más natural que he encontrado en todos mis viajes por los libros: no viaja para llegar a algún lado, viaja porque el movimiento es su estado natural, porque la carretera le resulta más hogar que cualquier lugar fijo.

El libro termina con una crisis y una recuperación, y en esa recuperación Kim se reencuentra consigo mismo no a través de ninguna revelación sino a través del contacto con la tierra: literalmente, con el suelo de la India que lo crió. Y hay en ese gesto algo que Kipling entendió sobre la identidad que los libros de formación más ordenados no siempre capturan: que uno no descubre quién es a través del pensamiento sino a través del contacto con el mundo que lo formó.

Kim pertenece a la India aunque no sea indio. Pertenece al camino aunque ningún camino sea su casa. Pertenece a la pregunta que se hace sobre sí mismo aunque nunca la responda del todo.

Y quizás eso sea suficiente.

Contexto de la obra

Kim fue publicada en 1901 y es considerada la obra maestra de Rudyard Kipling en narrativa larga. La novela refleja profundamente la experiencia vital de Kipling: nacido en Bombay en 1865, pasó sus primeros años en la India antes de ser enviado a educarse en Inglaterra, experiencia que lo marcó con esa sensación de doble pertenencia que Kim encarna. El Gran Juego —el término que la novela popularizó— se refiere al conflicto geopolítico real entre el Imperio Británico y el Imperio Ruso por la influencia en Asia Central durante el siglo XIX. La novela ha sido leída como una celebración del imperialismo británico y como una crítica implícita de sus contradicciones, y esa ambigüedad ha alimentado décadas de debate crítico. Edward Said la analizó extensamente en Cultura e imperialismo, considerándola un ejemplo paradigmático de la literatura colonial que simultáneamente revela y sostiene las estructuras de poder que describe.
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El viajero de las palabras [México]

No lee los libros: los habita. Entra en los textos, camina sus pasillos, escucha el pulso de la historia y convive con los personajes en sus propios territorios. Cuando regresa, lo hace con los ojos distintos y la ropa llena de polvo literario. El Viajero de las Palabras es cronista que escribe desde adentro de la obra, sin juzgar ni clasificar. Su voz mezcla la precisión y la sensibilidad del soñador. No revela finales: prefiere dejar una puerta entreabierta para que quien lea decida si se atreve a cruzar.

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