
“Me encontré con que tenía mucho más de lo que había pensado.”
— Daniel Defoe, Robinson Crusoe (1719)
La isla no me recibe.
No hay en ella ninguna disposición hacia el ser humano que acaba de sobrevivir al naufragio. No hay hostilidad tampoco, que sería al menos una forma de atención: hay simplemente indiferencia, la indiferencia enorme y perfecta de la naturaleza ante lo que ocurre en ella. Los árboles no se inclinan. El mar no se aplaca. La arena no marca ningún camino. Estoy aquí porque el barco se rompió y los demás murieron, y la isla no tiene ninguna opinión al respecto.
Soy Robinson Crusoe. Y ser Robinson Crusoe al principio es ser el miedo en su forma más pura.
Defoe escribió esta novela en 1719 y la construyó sobre una pregunta que ningún escritor antes había explorado con esta extensión ni esta minuciosidad: ¿qué hace un hombre solo? No en el sentido filosófico abstracto, no como experimento mental, sino en el sentido concreto y urgente de qué hace cuando se despierta en una playa sin nadie y tiene que decidir, en las próximas horas, si va a sobrevivir o no.
Las primeras semanas son el inventario. Regreso al barco encallado cuantas veces puedo antes de que el mar lo reclame del todo, llevando conmigo todo lo que sirve: herramientas, armas, ropa, semillas, ron. Cada objeto rescatado es una decisión sobre qué tipo de vida quiero construir, porque lo que no puedo salvar del barco tendrá que inventarse, fabricarse, encontrarse en la isla o prescindirse de ello. El inventario es también un duelo: cada cosa que no puedo salvar es otra cosa que la civilización se lleva consigo al fondo del mar.
Construyo. Eso es lo que soy en este libro antes que cualquier otra cosa: alguien que construye. Una empalizada, una cabaña, muebles básicos, recipientes para el agua, un sistema para medir el tiempo. La necesidad inventa soluciones que el confort habría hecho innecesarias, y en cada solución inventada hay algo que se parece al orgullo aunque yo prefiera no llamarlo así todavía porque el orgullo en la soledad es una emoción rara, sin destinatario.
Los años pasan. Defoe los maneja con una honestidad que ningún escritor de aventuras convencional habría tenido: no todo día en la isla es dramático. Hay días que son simplemente días. Días de trabajo ordinario, de rutinas que se establecen porque la rutina es lo que convierte el caos en algo habitable. Siembro, cosecho, reparo, construyo. Aprendo a hacer pan, que es un proceso que tarda meses en dominar y que al principio produce algo que no merece ese nombre pero que con el tiempo se acerca suficientemente. El pan que hago yo solo, en mi isla, con mis manos, sabe diferente al pan del mundo. No sé si mejor. Pero diferente en una manera que importa.
La religión llega también, sin que yo la busque exactamente. En la soledad extrema, en la ausencia de todo lo que el mundo ordinario ofrece para distraerse de las preguntas grandes, las preguntas grandes encuentran el espacio que necesitaban. No me vuelvo místico. Pero me vuelvo más atento a ciertas dimensiones de la existencia que el ruido del mundo habitual hacía imperceptibles. Defoe era un escritor puritano, y eso se siente en la manera en que Crusoe lee su situación: no como castigo sino como prueba, no como abandono sino como oportunidad.
Veintiocho años en la isla. El número, cuando lo pienso, tiene una enormidad que la vida cotidiana en ella amortiguaba: en la rutina, un año no es tan diferente al anterior. Pero veintiocho años es una vida entera. Es el tiempo que tarda un niño en convertirse en alguien. Es el tiempo que yo tardé en convertirme en alguien que la civilización no habría reconocido del todo.
Viernes llega y lo cambia todo, de maneras que Defoe exploró con más complejidad de lo que la lectura superficial revela. La relación entre Crusoe y Viernes es la del poder y la gratitud y la diferencia cultural y la incapacidad de verse mutuamente con claridad, y Defoe la construyó con una ambigüedad que su época no habría sabido nombrar pero que está ahí, en la brecha entre lo que Crusoe cree hacer por Viernes y lo que realmente hace, en la manera en que la soledad de treinta años se convierte, de golpe, en algo completamente diferente cuando hay otro ser humano presente.
El rescate, cuando llega, no es solo alegría. Es también pérdida. Soy el único hombre que conoce esta isla de la manera en que yo la conozco: cada árbol, cada corriente, cada punto desde el que el mar se ve diferente según la hora del día. Me llevo ese conocimiento al barco y nadie puede compartirlo porque nadie lo tiene. La isla seguirá siendo la isla sin mí, pero yo sin la isla seré siempre alguien que lleva un lugar que nadie más puede visitar.
Eso también lo construí aquí. Sin planearlo. Sin saber que lo estaba construyendo.
Contexto de la obra
Robinson Crusoe fue publicada en 1719 por Daniel Defoe y es considerada por muchos académicos la primera novela en lengua inglesa, o al menos uno de sus textos fundacionales. Defoe basó el personaje en la historia real de Alexander Selkirk, un marinero escocés que pasó cuatro años solo en una isla del Pacífico entre 1704 y 1709. La novela inauguró el género de la narrativa de náufragos y supervivencia que la literatura y el cine seguirían explorando hasta hoy. Su influencia es tan extensa que el crítico literario Ian Watt la consideró el modelo original de la novela burguesa: la historia de un individuo que, separado de la sociedad, debe reconstruir su mundo con sus propias manos, encarnando los valores del trabajo, la perseverancia y la fe en la razón práctica. Defoe tenía casi sesenta años cuando la publicó, y la escribió en menos de seis meses.



