El Hobbit: ida y vuelta al lugar que uno no sabía que era

“Es una empresa peligrosa salir por tu puerta. Pones el pie en el camino y si no cuidas tus pasos, no sabes a dónde te pueden llevar.”
— J.R.R. Tolkien, El Hobbit (1937)

Bilbo Bolsón no quería salir.

Eso es lo esencial, lo que Tolkien estableció desde la primera página y que hace que todo lo demás funcione: el protagonista de esta historia no es un héroe en busca de gloria. Es un hobbit en busca de tranquilidad que se ve arrastrado hacia la aventura antes de poder decir que no con suficiente firmeza. Y en esa resistencia inicial, en ese no quiero que se convierte, página a página, en lo hago de todas formas, está el verdadero viaje del libro.

Entro en la historia siendo Bilbo. No del todo cómodamente al principio, porque Bilbo al principio no es cómodo: es ansioso, es quejumbroso, es el tipo de persona que lamenta no haber traído un pañuelo cuando el mundo se está derrumbando a su alrededor. Pero hay algo en esa incomodidad que reconozco como más honesto que la valentía declarada. La mayoría de las personas que han hecho cosas extraordinarias lo han hecho sintiéndose exactamente como Bilbo: sin estar seguros, sin tener el equipo adecuado, sin haber elegido verdaderamente el momento.

La compañía de enanos llega a su agujero hobbit con una energía que no pide permiso. Thorin Escudo de Roble tiene esa gravedad de los que llevan una herida antigua, una pérdida que organizó todo lo que vino después. La Montaña Solitaria no es solo un destino geográfico: es una identidad robada, un hogar perdido, una historia que necesita ser reescrita. Y yo, que soy Bilbo, que soy el hobbit más improbable para esta empresa, soy también la pieza que falta: el ladrón, el sigilo, la astucia que los enanos, con toda su grandeza guerrera, no tienen.

Gandalf me eligió. Eso tarda en revelarse del todo, la lógica detrás de la elección, pero cuando se revela tiene la coherencia de las decisiones que parecen arbitrarias hasta que el tiempo muestra su necesidad. Gandalf vio algo en Bilbo que Bilbo no veía en sí mismo, que es la función de los mejores maestros: no enseñar lo que el alumno no sabe sino señalar lo que el alumno ya tiene y no ha reconocido todavía.

El camino tiene sus pruebas. Los trols, la guarida de los goblins, el bosque de Mirkwood donde los árboles se cierran sobre los viajeros y la dirección deja de ser confiable. Cada obstáculo le pide a Bilbo algo que no sabía que podía dar: rapidez de pensamiento aquí, silencio allá, una decisión tomada en la oscuridad sin tiempo para consultarla con nadie. Y Bilbo da. No siempre con elegancia, no siempre sin quejarse antes, pero da.

Gollum es el encuentro que más me detiene. En las cavernas bajo las montañas, en la oscuridad más completa del viaje, Bilbo encuentra a una criatura que es lo que podría haber sido bajo otras circunstancias: alguien que encontró algo precioso y dejó que ese algo lo consumiera. El juego de acertijos entre ellos es una de las secuencias más perfectas que Tolkien escribió, una tensión construida sobre palabras y silencios en la que la vida de Bilbo depende de su ingenio y donde el ingenio funciona porque Bilbo, en el fondo, es más agudo de lo que cree.

El anillo que encuentra en esa oscuridad parece, en este libro, simplemente útil. Solo la distancia, la perspectiva que otros libros añadirán después, revela su verdadero peso. Pero en El Hobbit es solo un objeto que ayuda, y hay algo en esa inocencia del primer encuentro que Tolkien preservó con cuidado: la historia de Bilbo no necesita la sombra de lo que vendrá para ser completa.

Smaug es el dragón que guarda la montaña, y tiene esa inteligencia particular de los dragones de Tolkien: no es solo un monstruo, es un interlocutor. Habla. Razona. Tiene vanidad. Y esa vanidad, que es también su punto débil, es lo que permite que Bilbo encuentre en la conversación lo que la fuerza nunca podría haber encontrado. La lengua como herramienta, la palabra como forma de sobrevivencia: Bilbo no es un guerrero. Es alguien que sabe hablar en el momento correcto.

El regreso al agujero hobbit, cuando llega, tiene la melancolía de todos los regresos verdaderos: el lugar es el mismo pero quien regresa no lo es. La puerta redonda, el sillón favorito, la despensa bien provista: todo está donde estaba. Pero Bilbo ya no encaja del todo en el espacio que dejó. Ha visto demasiado para volver a ser completamente el mismo hobbit que desayunaba tranquilo cuando trece enanos y un mago irrumpieron en su vida.

Eso es lo que los viajes hacen cuando son reales. No te llevan de un lugar a otro. Te llevan de una versión de ti mismo a otra, y el desafío no es el camino de ida sino el regreso: descubrir qué hacer con la persona en que te convertiste en un lugar que todavía te recuerda como quien eras antes.

Bilbo elige escribir. Pone el viaje en palabras, lo organiza en memoria, lo convierte en algo que puede sostenerse en la mano y releerse. Y en esa elección hay algo que reconozco como la respuesta más honesta a la pregunta de qué hacer cuando el viaje termina.

Contarlo. Para que no se pierda. Para que quien no pudo ir pueda, de alguna manera, ir también.

Contexto de la obra

El Hobbit fue publicado en 1937 y nació como una historia que J.R.R. Tolkien contaba a sus hijos, desarrollada luego en un texto que su editor encontró por casualidad entre sus papeles. La novela introdujo la Tierra Media y estableció las bases del universo que Tolkien expandiría en El señor de los anillos. Tolkien era profesor de filología en Oxford y filólogo especializado en lenguas medievales, y esa formación impregna cada rincón de su mundo: los idiomas inventados, los sistemas de escritura, la mitología elaborada. El Hobbit es técnicamente una obra infantil, pero el propio Tolkien resistía esa categorización: consideraba que las mejores historias no tienen una audiencia de edad sino una calidad de imaginación que no distingue por edad. La novela redefinió el género fantástico en lengua inglesa y estableció convenciones que la literatura y el cine de fantasía han reproducido, con variaciones, durante casi un siglo.
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El viajero de las palabras [México]

No lee los libros: los habita. Entra en los textos, camina sus pasillos, escucha el pulso de la historia y convive con los personajes en sus propios territorios. Cuando regresa, lo hace con los ojos distintos y la ropa llena de polvo literario. El Viajero de las Palabras es cronista que escribe desde adentro de la obra, sin juzgar ni clasificar. Su voz mezcla la precisión y la sensibilidad del soñador. No revela finales: prefiere dejar una puerta entreabierta para que quien lea decida si se atreve a cruzar.

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