La vuelta al mundo en ochenta días: el tiempo como territorio

“El mundo es suficientemente grande para quien sabe cómo moverse por él.”
— Julio Verne, La vuelta al mundo en ochenta días (1873)

Phileas Fogg apuesta su fortuna en que el mundo cabe en ochenta días.

No es una apuesta sentimental ni romántica. Es una apuesta matemática, ejecutada por un hombre que funciona con la precisión de un reloj suizo y que ha calculado, con la frialdad del que no necesita la emoción para actuar, que los horarios de los trenes, los barcos y las diligencias permiten, en teoría, darle la vuelta al mundo en el tiempo establecido. Lo que Fogg no ha calculado —porque no es el tipo de cosas que Fogg calcula— es todo lo demás.

Soy Passepartout. El criado francés recién contratado que esperaba una vida tranquila en el servicio de un caballero ordenado y que se encuentra, al cuarto día de empleo, cruzando el Canal de la Mancha en dirección a todas partes.

Passepartout me convenció como posición del viajero porque es exactamente lo que el libro necesita: alguien que vea a Fogg desde cerca pero desde afuera, que admire su imperturbabilidad sin compartirla, que tenga el tipo de reacciones humanas que Fogg no puede permitirse sin poner en riesgo la apuesta. Soy el corazón del libro, aunque Fogg sea su motor.

La ruta es vertiginosa. Suez, Bombay, Calcuta, Hong Kong, Yokohama, San Francisco, Nueva York, Londres. Cada etapa tiene su propio tempo, su propia sorpresa, su propio obstáculo que Fogg enfrenta con una serenidad que va de lo admirable a lo ligeramente inquietante. Fogg no se altera. Nunca. Cuando un tren no llega, busca otro medio. Cuando un barco zarpa sin ellos, compra otro barco. Los contratiempos son, para él, simplemente variables en una ecuación que sigue siendo resoluble.

Yo me altero por los dos.

El detective Fix es la complicación que nadie esperaba: un agente de Scotland Yard convencido de que Fogg es el autor de un robo al Banco de Inglaterra y que lo sigue por medio mundo esperando una orden de arresto que nunca llega cuando la necesita. Fix añade al libro una dimensión que va más allá de la aventura geográfica: la persecución, la vigilancia, la manera en que la sospecha reorganiza la realidad alrededor suyo. Y yo, que soy Passepartout, termino por saber más de lo que debería sobre las intenciones de Fix, y eso me pone en una posición que no pedí y que tengo que manejar con la discreción que la lealtad exige.

India llega con una escena que detiene el relato: Aouda, una mujer a punto de morir en un ritual que Fogg decide interrumpir con la misma ecuanimidad con que toma cualquier otra decisión. No hay en él un discurso sobre justicia ni una declaración de principios: hay simplemente la determinación de que eso no va a ocurrir. Y esa determinación, ejecutada en silencio y a gran velocidad, dice más sobre Fogg que cualquier cosa que pudiera decirse de él en palabras.

Aouda viaja con nosotros desde ese momento. Y su presencia va haciendo algo a Fogg que el viaje solo no había logrado hacer: lo va humanizando. No de manera dramática, no con declaraciones. Con pequeños gestos que Fogg no habría hecho antes de India, con atenciones que no caben en ninguna ecuación pero que ocurren de todas formas. El tiempo, que era el territorio que Fogg conquistaba, va convirtiéndose también en otra cosa: en el espacio donde algo crece sin que Fogg haya planeado que creciera.

El mundo desfila por la ventanilla con la velocidad que la apuesta exige. No hay tiempo para el turismo, no hay tiempo para la contemplación, hay apenas tiempo para el movimiento. Y sin embargo el movimiento mismo enseña: la manera en que la luz cambia de continente a continente, la manera en que las ciudades tienen sus propias músicas que se escuchan en los cinco minutos que el tren para antes de seguir, la manera en que la humanidad se parece y se diferencia en proporciones que ningún libro de geografía puede capturar.

El final tiene la cualidad de los finales de Verne: no exactamente lo que uno esperaba, pero completamente satisfactorio en la manera en que los problemas bien resueltos son satisfactorios. El tiempo que parecía perdido resulta no estar perdido. El mundo que parecía demasiado grande para ochenta días resulta ser exactamente del tamaño de ochenta días. Y Fogg, que apostó su fortuna en que el mundo era calculable, descubre que ganó la apuesta pero que la cosa más valiosa del viaje no estaba en ningún cálculo.

Passepartout —que soy yo, que lo vi todo desde el asiento de al lado— lo sabía antes que él.

Contexto de la obra

La vuelta al mundo en ochenta días fue publicada por entregas en el periódico Le Temps en 1872 y en formato de libro en 1873. Verne basó la posibilidad del viaje en los avances reales del transporte de la época: la apertura del Canal de Suez en 1869, la finalización del ferrocarril transcontinental norteamericano en 1869 y la expansión del sistema ferroviario en India habían hecho técnicamente posible lo que antes era impensable. La novela fue un fenómeno inmediato: varios lectores apostaron dinero real sobre el resultado de la apuesta de Fogg mientras la historia aparecía por entregas, sin saber cómo terminaría. Phileas Fogg se convirtió en un arquetipo cultural y su nombre en sinónimo de puntualidad inglesa y ecuanimidad imperturbable. La obra ha sido adaptada al cine, la televisión y el teatro en decenas de versiones, la más famosa de las cuales es la película de 1956 protagonizada por David Niven.
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El viajero de las palabras [México]

No lee los libros: los habita. Entra en los textos, camina sus pasillos, escucha el pulso de la historia y convive con los personajes en sus propios territorios. Cuando regresa, lo hace con los ojos distintos y la ropa llena de polvo literario. El Viajero de las Palabras es cronista que escribe desde adentro de la obra, sin juzgar ni clasificar. Su voz mezcla la precisión y la sensibilidad del soñador. No revela finales: prefiere dejar una puerta entreabierta para que quien lea decida si se atreve a cruzar.

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