El Señor A

-En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?
Reflexioné un momento y repuse:
-La palabra ajedrez.
Jorge L. Borges, El jardín de los senderos que se bifurcan, Ficciones, 1941.

I

“Estoy bien. Gracias por preocuparte.”

Nadie sabía con precisión quién estaba bien.

Nadie sabía qué significaba “estar”.

El mensaje llegó después de meses de silencio. Eludió la vorágine rutinaria del WhatsApp y prefirió la reserva y la infrecuencia del SMS.

No pedía nada.

No explicaba nada.

Produjo cierto alivio, para algunos, por algún tiempo.

Recibí el mensaje una mañana como cualquier otra, un año atrás. Inútil fue postular un diálogo, llamar por teléfono. Victoria, Andrea, Daniel, Federico, Alejandro: todos recibieron idénticos mensajes en días diferentes. Y todo terminaba allí; señales de que el Señor A seguía ocurriendo.

No es posible referirse al caso del Señor A sin cometer extravagancias, rebotar noticias falsas o sembrar recuerdos fingidos. A era —es— mi amigo. Aquí estoy, en un departamento del sur, imaginando su “presente”, si acaso existe.

Releo con inquietud y desánimo el Informe Preliminar del Caso del Señor A, del colega Arturo Lechner, de la Universidad Nacional de Quilmes. A pesar de la aridez pericial y conceptual, el minucioso estudio agita reminiscencias, memorias. El examen del resumen no depara sorpresas ni presagia conclusiones:

“El presente texto examina el caso del Señor A, un caso que tuvo repercusión mediática pero cuya dilación en el tiempo y las conjeturas que lo orbitaron produjeron apatía, tedio y confusión. El fenómeno que aquí se estudia no puede situarse en las coordenadas de un área en particular, la criminología, por ejemplo, sino en una región en la que conviven múltiples problemas y abordajes.” Más preocupante es la confesión de Lechner: la “imposibilidad de agotar las implicancias políticas, sociales y epistemológicas de esa inconsistencia física”.

“Inconsistencia física”. Vaya definición.

Otros párrafos son perturbadores y poco ortodoxos: “…aquí sentamos un conjunto de reflexiones que revelan el latido de una estructura ambigua en la que la tecnología es una condición ambiental que actúa y define a un singular ecosistema”. En la página 89 se lee: “De acuerdo a la evidencia consignada, no hay indicios que permitan confirmar el ejercicio de actos de violencia; el fenómeno demuestra un gradiente, un desvanecimiento progresivo, irreversible y sumiso como modelo de acción”. En otro pasaje, Lechner comenta: “No es que el Señor A no responda; es que responde cuando nadie está realmente allí. En una etapa anterior de las sociedades, la existencia requería el testimonio humano. Ahora, el testigo es sustituido por un sistema que registra, valida y recuerda. En el reemplazo por la interfaz, el vínculo humano deviene en ruido frente a la omnipotencia de la señal precisa. Lo indagado no permite concluir una disrupción, sino una inquietante continuidad. El Señor A no habría sido arrancado del mundo. A fue deslegitimándose de lo real”.

Levanté la vista; miré los edificios que pululaban en la vertiginosa ciudad. La lectura me producía una oscura sensación de irrealidad. Empecé a distraerme con los cotidianos letreros de los negocios; me quedé impávido fijando la vista en uno de la calle Alem: esse est percipi. Quedé hipnotizado. ¿Qué hace la filosofía idealista acá? —conjeturé preocupado. Cerré los ojos y los abrí hacia el cielo celeste de la tarde de verano; pequeños cúmulos transitaban lentos y brillantes, indiferentes. Me sobresaltó el sonido del celular. Tomé el teléfono y revisé las notificaciones. Ningún mensaje del Señor A. Miré de nuevo el negocio de la calle Alem; su nombre secular no exhibía cambios. Pero la frase quedó adherida en mi mente: el ser es el ser percibido.

II

Arturo Lechner levantó la vista de la pantalla. Observó por el ventanal el cielo azul del crepúsculo. Lo interrumpió el teléfono. Una llamada entrante de la Universidad. Atendió con parsimonia.

—Hola Arturo. ¿Cómo estás? Soy Ana de rectorado.

—Hola, Ana, ¿Todavía por allá?

—Sí, viste cómo es esto…

—Imagino; decime.

—El rector necesita verte mañana por la mañana, temprano.

—Bueno, después de las ocho estaré por allá, si te parece.

—Perfecto, gracias Arturo, disculpá la molestia.

—Despreocupate, hasta mañana.

Mientras descansaba la vista, Lechner quedó intrigado por la llamada.

A la mañana siguiente, ingresó a la oficina de la Secretaría del Rectorado; saludó a Ana, de gruesos anteojos y mediana edad, tomó la taza de café humeante que le alcanzó la mujer y golpeó la puerta que lucía el sobrio letrero Rector.

—Adelante —respondió desde el interior una voz indiferente.

—Buen día —dijo Arturo ingresando lentamente con el café humeante.

—Hola Arturo, ¿cómo estás? —lo recibió el rector parándose pesadamente y estirando una mano para saludar.

—Bien, gracias José.

El rector hizo un gesto invitándolo a sentar.

—Hay un asunto que me desconcierta, y es un problema. ¿Escuchaste acerca del Señor A?

—Sí —contestó Lechner, bueno lo que todos: TV, radio, redes…

—Lo que todos… dijo pensativo el rector, mirando hacia la claridad opaca de la ventana de la oficina. Se paró, caminó lentamente alrededor del amplio escritorio, tomó aire y continuó con un tono de voz enigmático.

—Hace unos días me llamaron del Ministerio de Seguridad; luego un comisario de la Policía Federal, un viejo amigo. Las dos llamadas coincidieron: el misterio que rodea al asunto de este señor. A pesar de que el caso ya es menos público, la intranquilidad persiste. A lo mejor el tipo aparece en una zanja, o piden un rescate, o comienzan a circular videos macabros; o que de pronto se regodee en un crucero rodeado de señoritas; no sé. Imaginate la exposición al ridículo de varias instituciones…

—Que yo sepa no hubo denuncias policiales —apuró el criminólogo.

—Formalmente no. Pero…

—Entiendo. Un tipo mediático, visible.

—Y con cierta reputación internacional; un periodista que supo acomodarse a los tiempos. Un tipo al que todos pueden ver y oír, pero nadie, nadie —recalcó serio el rector— puede acceder a él.

—Disculpame, pero no alcanzo a entender…

—¿No entendés por qué estás acá?

Lechner bebió un sorbo de café y respondió:

—La verdad, no.

—Las dos llamadas coincidieron en algo más: pidieron la colaboración de la universidad para que hagamos una investigación, para que hagas una investigación —resaltó el funcionario.

—¿Por qué? Más allá de lo extravagante del caso, no somos investigadores privados.

—Privados no. Un grupo de estudio de la universidad. Vos lo dirigís, dos becarios. Acceso a recursos e infraestructura que necesites.

El rector tomó unos papeles pequeños, los abolló uno tras otro. Impaciente, lívido, interpeló a su interlocutor hincándolo con la mirada.

—¿Qué decís?

Lechner no se dejó arrostrar, pero quedó abstraído un momento.

—No sé, tendría que pensarlo. El caso es atípico, incluso para la universidad.

—No esperaba otra respuesta, pero el caso inquieta, descoloca, molesta.

—¿Tiempos? —interrogó Lechner.

—Tiempos… —contestó pensativo el rector. Antes de una catástrofe mediática.

—Bien, lo imaginé.

Lechner se puso de pie, terminó el café, saludó grave al rector y se dirigió hacia la puerta del despacho. Oyó que el rector le dijo:

—Suerte Arturo.

—Gracias —dijo, mientras bajó la cabeza unos segundos y cerró la puerta.

III

Mi amigo el Señor A existe. Aunque hoy es bastante difícil explicar “cómo” existe. La “A” es la inicial de su primer nombre, es la primera letra del alfabeto latino; ¿A es el referente de una era?

Mirá Arturo, una ironía anticipatoria: nos conocimos a la distancia. Ambos somos, debo usar un tiempo verbal, incierto; somos radioaficionados. Para nosotros, la radio tiene un componente “mágico”, desafiante: enlazar voces distantes, extraviadas en el fondo del ruido, mediante ondas que revolotean aquí y allá. La pasión por la radio nos hermanó. Yo estaba lejos y manteníamos asiduo contacto por radio. De regreso a Buenos Aires, nos encontramos para bosquejar unos proyectos comunes. Nos sorprendió, bueno, sobrevino al mundo, la pandemia del COVID-19; aquello forzó las primeras distancias. Estábamos en contacto. No obstante, dejame ver, sí, fue a comienzos de 2022, más o menos. El año avanzaba en una lucha de trincheras contra el virus; todos perdimos algo o a alguien en esa guerra.

Arbitrariamente, un “comienzo” del caso del Señor A podría situarlo a mediados de ese año. La pandemia había matado a más de cien mil personas en nuestro país; pero la gente ya había abandonado el encierro. Recuerdo que nos reunimos en la radio, en un café, en su casa de Chascomús. Pero paulatinamente, los encuentros cara a cara comenzaron a ser huidizos. “A” desaparecía semanas; luego enviaba algún mensaje de texto como si nada hubiera ocurrido, interpolando una ligera excusa. Esa conducta recrudeció, por graficarla de algún modo, exponencialmente. Comenzamos a intercambiar preocupaciones con amigos comunes. Procuramos comunicarnos con él: mensajes, llamadas telefónicas, visitas a los estudios de la emisora. Nada. En la radio alguien informó que “desde hacía tiempo” el Señor A trabajaba de manera remota.

No respondía; a lo sumo alguna contestación impersonal. En cambio, atendía a su público. Daba respuestas breves, aunque despojadas de indicios sobre su persona.

Un día dije basta, Arturo. Tomé la moto y en una espléndida mañana de otoño, cuando los colores de la naturaleza se vuelven más vivos, me dirigí a Chascomús.

Después de un apacible trayecto de dos horas, llegué al sitio. A vivía en un barrio apartado del centro urbano, un barrio de casas bajas y modernas, de calles estrechas y minuciosa arboleda. Me apeé de la moto algo entumecido, y me acerqué a los ventanales que dan a la calle. A pesar de las previsibles cortinas cerradas, era posible adivinar formas, bultos. La casa gozaba de una iluminación natural envidiable. Sin embargo, nada ni nadie se movía. Me llamó la atención una luz azul que parpadeaba débilmente en el fondo, como un ojo que no me miraba a mí. Una quietud exagerada me llegó a la piel; me asaltó el presentimiento de que hacía tiempo nadie habitaba el lugar.

—Buen día señor —me espetó un hombre de unos setenta años, corpulento, de vaqueros y camisa azules que asomó de una casa al otro lado de la acera.

—¿Busca a alguien? —preguntó con incomodidad.

—Buen día señor, sí busco a A… —respondí simulando ingenuidad.

—No está —dijo parcamente.

—Sí, veo. Soy amigo de A… y de la familia. ¿Sabe cuándo regresará? Lo estamos buscando desde hace tiempo, y no sabemos nada. Me acerqué y le extendí la mano.

—Soy Juan Manuel Ledesma.

—Mucho gusto Ledesma, Ocaño su servidor —respondió el anciano dándome un fuerte apretón de manos y pronunciando su apellido entre los mostachos encanecidos.

—Mire muchacho —agregó más amable— la verdad no puedo ayudarlo. Algunos vinieron a buscarlo y le dijimos lo mismo, lo que sabemos: nada. Dejamos de verlo hace meses. Raro, no lo notamos, fue así: un día vimos la casa como la ve usted ahora. Nadie sabe exactamente desde cuándo.

—¿Pero y la familia?

—Me enteré que la señora viajó, nada más. Pero él… bueno, un misterio.

—Un misterio, así es. Gracias Ocaño —dije mientras le extendía la mano.

—Por nada. Pregunte a otros vecinos.

—Gracias de nuevo.

Recorrí el vecindario. Algunos residentes creyeron recordar a la señora de A haciendo compras en el almacén del barrio; otros dijeron haber visto a A subir al auto; otros, comentaron que unos perros husmeaban por la vereda; otros —los más perspicaces o fabuladores— afirmaron que algunas noches se encendían las luces del parque. Quienes lo seguían por las redes, aseguraron que A parecía ocupado y en excelente forma, pero nadie precisó cuándo fue la última vez que lo vieron en el barrio.

Di vueltas por la zona entre las inquisidoras miradas de otros vecinos que se asomaban para reconocer al forastero en moto. Abandoné el barrio, circunvalé la laguna acompañado de cañaverales, sauces y eucaliptos, y retorné a Buenos Aires, desanimado por la infructuosa indagación.

Me comuniqué con la señora. Ella producía alguno de sus programas de radio: “No estoy en Chascomús”, respondió. “Estoy en lo de mis padres, en el interior; trabajamos de forma remota desde hace meses, tampoco veo a A…, pero seguimos trabajando”.

No dijo nada más. Con la frase “tampoco veo a A…” asumí que se refería a verlo en persona.

No sé más, Arturo. Conjeturo. Lo demás, “lo público, lo banal”, lo conocés por los rumores.

—¿Y vos, como comunicador social, qué pensás? —interpuso Arturo.

Infiero que sucedió como si la pantalla se lo hubiera engullido; imagino a A sumiso, inducido gradualmente a una inmersión umbilical; algo así. Sabés que hace décadas la TV fue acusada de desocultar la vida cotidiana. Ahora alguien se desvanece y se confunde en reflejos especulares multiplicados hasta el hartazgo: espejos frente a espejos, una puesta en abismo perfecta. Parafraseando a Guy Debord, podría pensarse que las imágenes se han desprendido de la vida, flotan solas, se funden en un curso común; no hay unidad posible. El asunto es fascinante y críptico: “A” no comunica su estado, solo emite una señal funcional al espectáculo de lo visible. Pareciera que el signo ha reemplazado la corporeidad de lo real.

Hice una pausa. Arturo asintió en silencio, pero parecía lejano. Tomé aire y continué.

El Señor A no desapareció: dejó de ser visible, dejó de existir socialmente. Ocurre, porque no deja de verse. Muy raro.

A veces pienso que el caso del Señor A es un oxímoron. O que es el personaje de un relato fantástico cuyo desconocido autor teje una alegoría contemporánea. Un relato que concluye donde inicia: en la languidez y la artificialidad de un mensaje de texto que pretende emanar alivio, pero que no hace más que inquietar.

No lo sé. De cualquier modo, te deseo suerte, colega.

Arturo me escuchó ensimismado. Apagó el grabador, no me miró. Observamos la ventana de su oficina, las ramas de los árboles que se mecían arrítmicamente empujadas por el viento.

De pronto dijo:

—Gracias por tu tiempo, Juan. Indicios, solo eso.

—De nada Arturo, contá conmigo, me llamás y hablamos. Tengo un interés personal en esto. Como te dije, es mi amigo.

—Lo sé, gracias.

Nos despedimos. Salí a dar un paseo por el fondo de la universidad; me senté en un banco bajo la sombra de esos árboles. Miré al cielo azul, pensé en el viento.

IV

Estimado José:

Sé que estás en Europa; aun así te adjunto el informe preliminar de la investigación sobre el Caso del Señor A. En el texto está lo que rigurosamente registramos y analizamos; no redundaré en ello. Quisiera comentarte algunas deliberadas omisiones. Quisiera adelantarte mi perplejidad, mi insuficiencia. No sé, notarás que salvo las pericias, testimonios y registros, el análisis no es estrictamente criminológico. Hemos gastado la paciencia de analistas de medios, psicólogos, epistemólogos. Los becarios trabajaron sin descanso; el fenómeno los llevó a la obsesión, a la sensación de estar frente a un abismo.

Te confieso algo: mientras avanzábamos, más difícil se volvía pensar el caso sin pensarnos a nosotros mismos. Te sorprenderá lo que digo: creo que desgarramos una tela muy fina; una seda que nos envuelve sin que lo advirtamos y que imperceptiblemente se nos adhiere a la piel.

No puedo olvidar lo que me lanzó un amigo, ajeno al caso, preocupado por mi confusión: creemos ver con lucidez, y en ese instante quedamos adheridos. No es un mundo binario; no hay pastillas azules ni rojas que decidir. Es, a la vez, un mundo nítido, difuso y paradójico: nunca fue tan fácil desvanecerse a la vista de todos.

Lo que incomoda no es lo que le ocurrió “realmente” al Señor A (creo que a pocos importa). Es algo más inquietante: preguntar por A no es interrogar por una persona; es preguntarse por todos. La gente comenzó a intuir eso y rehuyó. ¿Cuándo empezó? Fue sucediendo, eso es todo.

De un caso presuntamente policial, acabamos en este pantano. No podemos responder cabalmente qué es ser. Deseamos con ardor replicarnos, reproducirnos, multiplicarnos al infinito en imágenes que al final desdibujan nuestro propio semblante.

En mi opinión, la hipótesis que sobrevive con nitidez es la más extravagante: una variante de la propuesta por el Señor B (la tesis B como se conoció, refutada y vituperada). En lugar de abducción cognitiva, que implica una acción coercitiva de terceros, pienso en una autoabducción cognitiva involuntaria. Obviamente, no la hallarás en el informe. ¿Locura, estado alterado de conciencia, indisposición psíquica? Explicaciones burdas e indigentes. No hay pruebas de hipomanía, depresión, fatiga, ansiedad o crisis personal. ¿Agotamiento del rol mediático? Bueno, pero ese no es mi campo. Un programador aventuró: “Pareciera que las incontables imágenes de A distorsionaron la expectativa de una identidad; se fue sumergiendo en un plasma, con una mansa continuidad, una extensión de su propia proyección”.

Me despido con la imagen más persistente que me dejó el caso.

Es extraño. No fueron las decenas de registros audiovisuales de A, ni la disección de sus producciones hechas con programas forenses de criptoanálisis.

No.

Veo a un hombre de espaldas, sostenido por un bastón, que contempla un vasto paisaje de niebla y montañas desde una cima rocosa. No estoy seguro si se trata de una alegoría del Señor A o de nosotros observándolo. Tal vez ambas cosas sean ciertas e indistinguibles. Somos caminantes sobre un mar de nubes, caminantes ciegos que adivinan un oculto abismo.

Un abrazo,

Arturo

V

Miro al cielo a través del ventanal de mi departamento; el crepúsculo de la noche traerá tormentas. Desapareció el diáfano celeste; el caparazón de nubes oscuras avanzó rápidamente desde el sur. El mar de nubes.

Aunque mi reloj de péndulo se detuvo hace años —y por alguna recóndita razón no volví a darle cuerda, mintiéndome que era por el persistente latido de su mecanismo—, el tiempo transcurre.

El interés por el caso del Señor A duró lo que una noticia para muchos: nada. Un descarte más entre los cientos de despojos cotidianos, condenados por el desplazamiento ansioso y tenaz de un dedo sobre una pantalla táctil.

El Señor A captó ese momento de atención no porque A fuera un periodista consagrado, sino porque había algo perturbador en el asunto, algo inquietante que no estamos dispuestos a reconocer.

Acaso la lucidez consista en no pensar lo que somos.

Quedé con la mente en blanco. Me agitó la vibración del celular; lo revisé. Era un mensaje.

“Estoy bien. Gracias por preocuparte.”

Otra vez.

Sin explicaciones.

Sin tiempo.

Después de meses de silencio. Una vez más, un SMS.

Nadie sabe con certeza a quién está dirigido.

Nadie sabe quién está bien.

Nadie sabe, quizás, qué significa “estar”.

A lo mejor es una forma de permanecer y no decirse.

Como el viento, sabemos que está ahí solo por lo que mueve.

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Juan Carlos Benavente (Argentina)
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