El monstruo como espejo: por qué la literatura necesita crear criaturas

La palabra monstruo está relacionada con el verbo latino monstrare, «mostrar» o «señalar». En la tradición romana, monstrum podía referirse a un acontecimiento, criatura o fenómeno considerado una señal extraordinaria que advertía sobre algo. Es decir, antes de convertirse en el ser aterrador que hoy imaginamos, el monstruo estaba vinculado con la idea de mostrar aquello que se salía del orden conocido.

Abstract

Desde las criaturas mitológicas hasta los monstruos de la literatura contemporánea, la figura del monstruo ha acompañado al ser humano como una representación de aquello que teme, rechaza o no consigue comprender. Más allá de su función como elemento de terror, la criatura monstruosa puede revelar las preocupaciones de una sociedad: el miedo a lo desconocido, la alteridad, la enfermedad, el deseo, la muerte, la tecnología, la violencia o la pérdida de identidad. Este artículo explora la evolución del monstruo literario a partir de figuras como la criatura de Frankenstein y Drácula, para después aproximarse a las tradiciones monstruosas latinoamericanas y a las transformaciones que estas figuras han experimentado en la literatura moderna y contemporánea. El recorrido propone entender al monstruo no solamente como una amenaza exterior, sino como un espejo cultural: una forma narrativa mediante la cual cada época da cuerpo a sus propios miedos y contradicciones.

Hay criaturas que aparecen en la literatura para perseguirnos, otras para castigarnos y algunas para recordarnos que aquello que llamamos monstruoso puede estar mucho más cerca de nosotros de lo que quisiéramos admitir. El monstruo literario rara vez es solamente una criatura destinada a producir miedo. Detrás de sus colmillos, deformidades, poderes o apariciones sobrenaturales suele esconderse una pregunta acerca de lo humano.

Desde los relatos mitológicos hasta la novela gótica, desde las leyendas transmitidas oralmente hasta la literatura contemporánea, las sociedades han creado seres que habitan las fronteras: entre humano y animal, vida y muerte, naturaleza y artificio, razón y locura, deseo y prohibición. El monstruo aparece precisamente allí donde una cultura coloca aquello que no sabe, no quiere o no puede aceptar.

Por eso la literatura necesita crear criaturas. Porque algunas ideas resultan demasiado abstractas para ser contadas directamente. El miedo puede convertirse en un vampiro; la culpa, en un fantasma; el rechazo social, en un cuerpo deformado; el temor a la ciencia, en un ser construido con restos humanos. El monstruo permite darle cuerpo a aquello que no tiene cuerpo.

El monstruo como frontera

La palabra monstruo ha tenido históricamente una relación estrecha con aquello que rompe una norma. Su sentido no se limita a una apariencia desagradable: también puede señalar una transgresión moral, social o natural. En la tradición literaria, esta dimensión es fundamental. El monstruo no solamente es diferente; es diferente de una manera que obliga a los demás personajes a preguntarse dónde termina lo aceptable.

Por eso tantas criaturas viven en los límites. El vampiro está entre la vida y la muerte. El hombre lobo se encuentra entre el ser humano y el animal. El fantasma pertenece al mundo de los muertos y, sin embargo, regresa al de los vivos. La criatura de Frankenstein posee un cuerpo humano, pero su origen artificial la coloca fuera de las categorías habituales de nacimiento y pertenencia.

El monstruo funciona así como una figura de la alteridad. Frente a él, una comunidad puede definirse a sí misma: nosotros somos humanos porque él no lo es; nosotros somos civilizados porque él representa lo salvaje; nosotros pertenecemos porque él es el extranjero. Pero esa frontera nunca permanece completamente estable. La literatura suele comenzar a inquietarnos precisamente cuando descubrimos que el monstruo comparte con nosotros más características de las que quisiéramos.

Frankenstein: el monstruo que aprendió a ser monstruo

Pocas obras muestran esta contradicción con tanta fuerza como Frankenstein o el moderno Prometeo, publicada por Mary Shelley en 1818. La criatura de Shelley ha quedado instalada en el imaginario popular como el monstruo creado por un científico, pero la novela es mucho más incómoda que esa imagen. La criatura no nace malvada. Aprende a vivir, observa a los seres humanos, desea compañía y busca ser reconocida. Su tragedia comienza antes de cometer sus actos violentos: comienza cuando su creador lo abandona.

Victor Frankenstein intenta vencer los límites de la vida, pero no está preparado para las consecuencias de haberlo conseguido. El verdadero fracaso no está solamente en la creación de la criatura, sino en la incapacidad de asumir responsabilidad por ella. La ciencia, en este sentido, se convierte en una pregunta ética: ¿qué sucede cuando el ser humano obtiene el poder de crear algo que después no quiere reconocer?

La criatura también demuestra que la monstruosidad puede ser producida por la mirada ajena. Su apariencia provoca rechazo antes de que los demás conozcan su pensamiento. Es juzgada por su cuerpo y expulsada por aquellos de quienes esperaba afecto. En la novela, el monstruo no es únicamente aquello que la criatura lleva dentro: también es la sociedad que decide que un ser diferente no merece pertenecer.

Por eso Frankenstein continúa siendo actual. El monstruo puede representar la tecnología que no comprendemos, pero también a cualquier individuo que una sociedad convierte en extraño, peligroso o indeseable. La criatura de Shelley nos obliga a formular una pregunta difícil: ¿qué parte de un monstruo pertenece a su naturaleza y qué parte le enseñamos nosotros?

Drácula: cuando el miedo tiene rostro humano

Con Drácula, publicada por Bram Stoker en 1897, el monstruo adquiere otra dimensión. El conde es sobrenatural, pero también es extranjero, aristócrata, seductor y depredador. Su presencia llega desde un espacio geográfico y cultural que los personajes ingleses perciben como remoto y amenazante. El castillo, la noche, la sangre y la transformación corporal construyen una atmósfera donde distintos temores de la época pueden reunirse.

El vampiro es particularmente poderoso porque convierte el contacto humano en amenaza. Besar, amar, dormir, beber sangre o compartir el cuerpo pueden transformarse en vías de contaminación. El monstruo invade la intimidad. No necesita destruir una ciudad entera para resultar aterrador: basta con entrar en una habitación, acercarse a una persona y convertirla lentamente en aquello que todos temen.

Pero Drácula también demuestra que el cazador de monstruos puede ser una figura problemática. La literatura gótica no siempre ofrece una división sencilla entre buenos y malos. La violencia ejercida contra el monstruo puede presentarse como necesaria y, al mismo tiempo, reproducir algunas de las formas de brutalidad que la obra atribuye a su enemigo. El monstruo y quien lo combate pueden compartir una zona inquietante.

Así, Frankenstein y Drácula presentan dos posibilidades diferentes. Una criatura puede convertirse en monstruo porque es rechazada; otra puede ser construida como amenaza porque encarna aquello que una sociedad teme. En ambos casos, sin embargo, la criatura termina revelando algo acerca de quienes la observan.

Los monstruos de nuestras tradiciones

No todos los monstruos nacen de la novela europea ni pertenecen exclusivamente a la literatura escrita. En América Latina, numerosas figuras sobrenaturales han circulado durante generaciones mediante la tradición oral, la leyenda, el relato familiar y las expresiones populares. La Llorona, la Cegua, la Ciguanaba, la Muelona y otras figuras espectrales muestran que los imaginarios monstruosos pueden adoptar formas distintas según el territorio, la memoria y las preocupaciones de cada comunidad.

La Llorona resulta especialmente reveladora porque no posee una única versión. Sus características cambian según la región y la tradición que la cuenta. En estudios comparativos se han encontrado correspondencias entre la Llorona y otras figuras femeninas espectrales de Hispanoamérica, lo que demuestra que los motivos del lamento, la muerte, la maternidad, la culpa y la aparición nocturna pueden transformarse al desplazarse entre comunidades.

En México, además, la figura de la Llorona ha sido relacionada literariamente con imaginarios prehispánicos y con formas del gótico. Estudios sobre textos de Artemio del Valle-Arizpe, José Emilio Pacheco y Bernardo Esquinca han mostrado cómo el mito puede convivir con la literatura fantástica y con el terror urbano, transformándose conforme cambia el espacio donde aparece.

Esto resulta importante porque impide pensar en el monstruo como una figura inmóvil. Una criatura tradicional puede sobrevivir durante siglos precisamente porque cambia. La Llorona puede abandonar el camino rural y aparecer en la ciudad; puede pasar de la narración oral al cuento, de la canción al cine y, posteriormente, a las redes digitales. La permanencia de un monstruo depende en buena medida de su capacidad para adaptarse a los nuevos miedos.

En ese sentido, las criaturas latinoamericanas no deben entenderse simplemente como versiones locales de monstruos europeos. Poseen historias, símbolos y contextos propios. La tradición monstruosa de una región habla también de sus relaciones con la muerte, la familia, el territorio, la religión, la violencia y la memoria.

El monstruo y el cuerpo

Una de las herramientas más poderosas de la literatura para construir monstruos es el cuerpo. La deformidad, la metamorfosis, la enfermedad, la mezcla de especies o la alteración del género permiten representar aquello que una sociedad considera una ruptura del orden.

El cuerpo monstruoso puede ser un cuerpo que envejece, que cambia, que desea demasiado, que no responde a las normas o que contiene simultáneamente varias identidades. Por eso muchas historias de criaturas producen miedo incluso cuando no existe una amenaza sobrenatural: el verdadero temor puede estar en perder el control sobre el propio cuerpo.

La literatura fantástica ha utilizado esta posibilidad de maneras muy diversas. El doble, el cuerpo transformado, el hombre animal, el muerto que regresa y la criatura artificial son variaciones de una misma pregunta: ¿seguimos siendo nosotros cuando nuestro cuerpo deja de obedecer las reglas que conocemos?

La monstruosidad, entonces, no siempre está en el exterior. Puede surgir de la propia carne.

El monstruo también puede ser político

Las criaturas literarias pueden representar miedos colectivos que van más allá de lo individual. El monstruo puede convertirse en extranjero, invasor, enfermo, revolucionario, criminal, hereje o enemigo. Cuando una sociedad necesita imaginar una amenaza, frecuentemente la convierte en un cuerpo que pueda ser señalado.

Esta dimensión política explica por qué la monstruosidad puede ser ambigua. Una comunidad puede llamar monstruo a aquello que amenaza su orden, pero también puede utilizar esa palabra para justificar la violencia contra quien considera diferente. El monstruo deja entonces de ser únicamente una criatura fantástica y se convierte en una categoría social.

La literatura puede reproducir ese mecanismo o cuestionarlo. Una obra puede presentar al monstruo como enemigo absoluto, pero también puede obligarnos a escuchar su versión. Cuando esto último ocurre, la pregunta cambia: ya no queremos saber solamente cómo destruir a la criatura, sino quién decidió que debía ser destruida.

En Frankenstein, esta pregunta aparece de manera particularmente poderosa. La criatura es perseguida por su aspecto y termina respondiendo con violencia. En la lectura crítica del monstruo, la responsabilidad ya no puede depositarse exclusivamente en un solo individuo: la creación, el abandono, el rechazo y la venganza forman parte de una misma cadena.

Los monstruos contemporáneos

El monstruo literario no desapareció cuando la ciencia moderna explicó muchos de los fenómenos que antes provocaban miedo. Al contrario, cambió de forma. La tecnología, las guerras, las crisis ambientales, la vigilancia, la inteligencia artificial, la manipulación genética, la soledad y la pérdida de identidad han producido nuevos territorios para la imaginación monstruosa.

El monstruo contemporáneo puede no tener colmillos. Puede ser una máquina, una institución, una multitud, una enfermedad, un algoritmo o incluso una versión futura de nosotros mismos. La literatura de ciencia ficción y de terror ha demostrado que el miedo no necesita una forma tradicional para existir.

También han cambiado las preguntas sobre quién puede ser el monstruo. Muchas obras actuales cuestionan las representaciones antiguas en las que lo diferente era automáticamente maligno. La criatura puede ser víctima, testigo, narrador o protagonista. Incluso puede ser la única figura que comprende lo que realmente está sucediendo.

Esto no significa que el monstruo haya perdido su capacidad de asustarnos. Significa que el miedo se ha vuelto más complejo. Ya no tememos únicamente a lo que vive en un castillo o aparece en un cementerio; podemos temer aquello que nosotros mismos estamos construyendo.

Crear criaturas para comprender nuestros miedos

Quizá por eso los monstruos sobreviven. Cada época inventa criaturas capaces de expresar aquello que sus propias palabras todavía no logran explicar. El monstruo hace visible el miedo. Le da un rostro, un cuerpo, una voz y una historia.

Pero hay algo más profundo: el monstruo también permite mirar aquello que una sociedad preferiría mantener oculto. El vampiro habla de deseo y contaminación; el fantasma, de una muerte que no termina de pasar; la criatura artificial, de la responsabilidad del creador; el cuerpo metamórfico, del temor a perder la identidad; la figura femenina espectral, del duelo, la violencia y las normas que pesan sobre las mujeres en distintas tradiciones.

Por eso una buena historia de monstruos no termina necesariamente cuando descubrimos que la criatura era real o imaginaria. El verdadero descubrimiento ocurre cuando comprendemos qué estaba reflejando.

Tal vez esa sea la razón por la que seguimos leyendo sobre monstruos. No porque queramos encontrarlos, sino porque necesitamos reconocerlos. Algunas veces están afuera, en la oscuridad de una casa abandonada o en el bosque. Otras veces aparecen en nuestras propias ciudades, instituciones y relaciones. Y algunas de las criaturas más inquietantes son aquellas que, después de mirarlas durante suficiente tiempo, comienzan a parecernos demasiado humanas.

La literatura crea monstruos porque el ser humano también es capaz de crearlos. Y cada vez que una criatura aparece en una página, detrás de ella existe una pregunta que merece ser formulada: ¿qué miedo estamos intentando convertir en forma?

Fuentes y referencias de consulta

Baldick, Chris. In Frankenstein's Shadow: Myth, Monstrosity, and Nineteenth-Century Writing. Oxford University Press, 1990. El estudio analiza, entre otros aspectos, la dimensión moral y política asociada históricamente a la idea de monstruosidad.

Calvo, Karen Alejandra. “Ciudad, terror y mito: la concepción del gótico literario desde el mito prehispánico en los cuentos La llorona de Artemio del Valle-Arizpe, La Fiesta brava de José Emilio Pacheco y Año cero de Bernardo Esquinca”. Mitologías Hoy, núm. 19, 2019.

Mañero Lozano, David. “La Llorona, la Ciguanaba y otros espectros femeninos: configuración tipológica y motivos legendarios”. Revista Chilena de Literatura, núm. 104, 2021.

García Baeza, Roberto Rivelino. “Lloronas y brujas en la lírica popular de México”. Diálogos de Campo, vol. 5, núm. 10, 2023.
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Sabak' Ché México

Antes de tener nombre, ya existía como impulso. Desde gestos culturales informales y un teatro ambulante de títeres y escenas vivas, hasta convertirse en foro cultural virtual, Sabak' Ché lleva décadas convencido de que el arte debe circular, llegar, tocar. Su nombre proviene del maya: el árbol del que se extrae la tinta para escribir. Desde ese árbol nacieron la Revista Mimeógrafo y la Biblioteca Itzamná. Un proyecto que creció, pausó, se transformó y regresó con raíces más profundas y una visión más clara: que el arte, en todas sus formas, encuentre un lugar donde existir y permanecer.

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