
Jorge Luis Borges publicó “El Aleph” por primera vez en la revista Sur en septiembre de 1945 y lo incluyó posteriormente, como cuento titular, en el volumen El Aleph, publicado en Buenos Aires en 1949. El relato está dedicado a Estela Canto, escritora argentina con quien Borges mantuvo una relación afectiva durante aquellos años y que ha sido señalada como uno de los posibles modelos de Beatriz Viterbo, aunque la correspondencia entre ambas figuras no pueda reducirse a una equivalencia directa. El cuento fue escrito después de un periodo decisivo en la vida literaria de Borges: en 1938, tras sufrir un accidente que derivó en una septicemia, estuvo cerca de morir. La experiencia fue determinante en su tránsito hacia la narrativa de ficción, género al que comenzaría a dedicarse con mayor intensidad. El título del relato remite a la primera letra del alfabeto hebreo y, en el ámbito de la teoría de conjuntos de Georg Cantor, a la notación empleada para los números cardinales transfinitos. En Borges, esa palabra reúne así dos de sus grandes obsesiones intelectuales: la tradición mística y el problema matemático del infinito.
Abstract
Este ensayo propone una lectura de “El Aleph” (1945), de Jorge Luis Borges, como un relato que pone en escena, más que resuelve, la imposibilidad de representar el infinito mediante el lenguaje humano. A partir de la propia poética borgiana del infinito —desarrollada en ensayos como “La esfera de Pascal” y “Nueva refutación del tiempo”— y en diálogo con la noción de Georges Poulet sobre el espacio literario como figura de una conciencia que intenta abarcarse a sí misma, el análisis examina cómo Borges construye un objeto narrativo, el Aleph, cuya sola existencia desafía la linealidad y la sucesión propias del discurso verbal. Se atiende también a los límites del lenguaje planteados por Ludwig Wittgenstein en el Tractatus Logico-Philosophicus, particularmente a la distinción entre aquello que puede decirse y aquello que solamente puede mostrarse, para iluminar el célebre pasaje en que el narrador confiesa la derrota de la enumeración ante lo simultáneo. Finalmente, el ensayo sostiene que la ironía que cierra el relato —la duda sobre si Carlos Argentino Daneri vio realmente el Aleph y la aparición de otra tradición vinculada con un Aleph en la mezquita de Amr, en El Cairo— no constituye únicamente un juego humorístico, sino una forma de mostrar que lo infinito, una vez sometido al lenguaje y a la narración, se vuelve inevitablemente múltiple, dudoso y humano.
I. El objeto que no debería existir: Borges ante lo inefable
“El Aleph” narra, en apariencia, una historia sencilla: un hombre llamado Borges, obsesionado con la memoria de Beatriz Viterbo, visita año tras año a su primo Carlos Argentino Daneri, un poeta mediocre y vanidoso que trabaja en un poema interminable titulado La Tierra. En el sótano de la casa de Daneri hay, según este afirma, un Aleph: un punto del espacio que contiene todos los puntos, un lugar desde el cual se ve, sin superposición ni mezcla, cada rincón del universo. El relato completo puede leerse como una larga preparación para un instante: los pocos segundos en que el narrador desciende al sótano y mira.
Lo notable de ese instante no es solamente lo que el narrador ve, sino lo que le ocurre cuando intenta contarlo. Borges, que había pasado buena parte de su obra especulando sobre el infinito, se enfrenta aquí a un problema distinto: no imaginarlo, sino narrarlo. Y narrar exige orden, sucesión, una palabra después de otra. El Aleph, en cambio, es por definición simultáneo: todo ocurre en él a la vez, sin antes ni después.
En “La esfera de Pascal”, Borges había rastreado la historia de una metáfora —la de Dios como una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ninguna— para mostrar cómo distintas épocas heredan y transforman las figuras con que intentan nombrar lo inconcebible. El Aleph puede leerse como una culminación narrativa de ese mismo problema: ya no una metáfora heredada, sino un objeto que debe describirse directamente. Ahí comienza el verdadero desafío del cuento y, al mismo tiempo, su fracaso deliberado.
Conviene subrayar desde el inicio que este fracaso no es un accidente de escritura, sino uno de los temas centrales del relato. Borges no escribe “El Aleph” para demostrar que puede describir el infinito; lo escribe, según la lectura que aquí se propone, para mostrar exactamente lo contrario: que ningún lenguaje humano puede reproducirlo por completo y que la literatura solo puede aproximarse a esa imposibilidad.

II. Beatriz Viterbo y la arquitectura del duelo
“El firmamento de amantes que Beatriz Viterbo formó y disolvió no me interesaba ya”; y, sin embargo, ese desinterés fingido sostiene cada visita anual del narrador a la casa donde ella vivió.
Antes de llegar al sótano, “El Aleph” es, durante buena parte de sus páginas, un relato sobre el duelo. El narrador visita la casa de Beatriz cada 30 de abril, día de su cumpleaños, en una ceremonia que él mismo reconoce como “casi maníaca”, pero que no puede abandonar. Esa repetición ritual —ir, sentarse, conversar con Carlos Argentino, mirar los retratos de Beatriz en distintas edades— es ya una forma de habitar el tiempo de manera no lineal: el narrador regresa, año tras año, al mismo punto, como si el duelo fuera un pequeño Aleph, un lugar donde el pasado no cesa de estar presente.
Poulet sostiene que el espacio literario puede funcionar como una figura de la conciencia que intenta extenderse y comprenderse a sí misma: no se trata solamente de representar un lugar físico, sino de explorar la relación entre espacio, memoria y subjetividad. Desde esta perspectiva, la casa de Beatriz —con sus habitaciones, su patio y su sótano— no es únicamente el escenario donde ocurrirá el prodigio final. Es también la proyección de una memoria que el narrador visita compulsivamente porque no ha terminado de abandonarla.
Carlos Argentino, primo de Beatriz y guardián involuntario de su recuerdo, funciona como un doble grotesco del narrador. También él está obsesionado con abarcarlo todo, aunque su ambición se dirija no a una persona sino al planeta entero, en el poema interminable que compone verso por verso, región por región, como si la enumeración exhaustiva pudiera sustituir a la comprensión.
La ironía es fundamental: Daneri posee, literalmente, en su sótano, el objeto que parecería permitirle representar el mundo entero y, sin embargo, su poesía resulta incapaz de alcanzar aquello que pretende abarcar. El Aleph contiene potencialmente todo; el poema de Daneri pretende contenerlo todo mediante palabras. Entre ambos aparece precisamente el problema central del cuento: ver no significa poder decir.

III. La biblioteca, el laberinto y la geometría borgiana del infinito
Para entender el Aleph conviene situarlo dentro del repertorio más amplio de figuras con que Borges había representado el infinito antes y alrededor de este cuento: la Biblioteca de Babel, que contiene todos los libros posibles y por ello mismo resulta inhabitable; el jardín de senderos que se bifurcan, donde el tiempo puede ramificarse en posibilidades simultáneas; la lotería de Babilonia, que convierte el azar en un sistema total. En estas ficciones aparece con frecuencia un mismo procedimiento: Borges imagina una estructura llevada hasta sus últimas consecuencias y observa qué ocurre cuando el ser humano se enfrenta a una totalidad que supera su capacidad de comprenderla.
El Aleph radicaliza ese procedimiento porque no contiene una sola totalidad, sino todas a la vez: es el espacio que contiene todos los espacios, el instante que parece abolir la sucesión temporal y el punto desde el cual la multiplicidad del universo puede contemplarse simultáneamente.
En “Nueva refutación del tiempo”, Borges había desarrollado una reflexión sobre la naturaleza de la sucesión temporal y sobre la posibilidad de que nuestra experiencia del tiempo no corresponda necesariamente a una realidad independiente de la percepción. El Aleph puede leerse, desde esta perspectiva, como una puesta en escena narrativa de esa inquietud: un punto donde la sucesión deja de funcionar porque todo existe simultáneamente. El problema no es solamente espacial. También afecta al sujeto que contempla, pues una conciencia acostumbrada a percibir mediante una sucesión de instantes debe enfrentarse de pronto a una totalidad que no admite antes ni después.
Hay, además, una dimensión matemática explícita en el nombre elegido. Aleph es la primera letra del alfabeto hebreo y, en la teoría de conjuntos de Georg Cantor, la notación utilizada para los números cardinales transfinitos. Borges, lector atento de las matemáticas y de sus paradojas, no elige el término únicamente por su resonancia mística. El nombre permite reunir dos formas de aproximarse a lo infinito: la tradición simbólica y religiosa, y la abstracción matemática.
El cuento, sin embargo, lleva esa abstracción a un terreno profundamente humano. El infinito no aparece como una fórmula matemática ni como una idea teológica, sino como una experiencia visual que incluye el mar, los animales, los edificios, los rostros, los muertos, los objetos cotidianos y hasta aquello que el narrador preferiría no haber visto. El infinito de Borges no purifica la realidad: la contiene completa.

IV. Ver el Aleph, decir el Aleph: el colapso del lenguaje ante lo total
“Lo que vieron mis ojos fue simultáneo; lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es.”
En esa sola frase se condensa el problema central del relato.
El pasaje en que el narrador describe lo que ve en el sótano es, con razón, el más célebre del cuento y uno de los ejemplos más radicales de la literatura del siglo XX sobre los límites de la representación. Borges enumera el mar, el alba y la tarde, las multitudes de América, los espejos, los tigres, un laberinto roto y una cantidad inabarcable de objetos, seres y acontecimientos. La enumeración no organiza esos elementos según una jerarquía lógica porque el Aleph tampoco los organiza de esa manera: todos están presentes simultáneamente.
La forma de la escritura reproduce así el problema que intenta comunicar. El narrador no puede transmitir la simultaneidad porque el lenguaje obliga a ordenar las palabras. Cada elemento aparece después de otro aunque, en el Aleph, todos existan al mismo tiempo. La enumeración es, por tanto, una especie de fracaso necesario: no reproduce la totalidad, pero permite al lector experimentar indirectamente la imposibilidad de reproducirla.
Aquí resulta productivo establecer un diálogo interpretativo con Ludwig Wittgenstein. En el Tractatus Logico-Philosophicus, Wittgenstein distingue entre aquello que puede formularse mediante proposiciones y aquello que solamente puede mostrarse. No es necesario afirmar que Borges estuviera aplicando directamente la filosofía de Wittgenstein para reconocer una afinidad: el narrador de “El Aleph” se encuentra ante una experiencia cuya existencia puede afirmar, pero cuya totalidad no puede convertir en una descripción exhaustiva.
La frase “temo que ningún lenguaje humano sea adecuado” deja de ser entonces una simple fórmula de modestia retórica. Es el reconocimiento explícito de que la experiencia excede el instrumento mediante el cual intenta comunicarla.
Sin embargo, ante esa imposibilidad, el narrador no guarda silencio. Escribe. Enumera. Insiste. Y ahí aparece una de las ideas más fértiles del cuento: la literatura no necesita vencer la imposibilidad de representar lo absoluto para tener sentido. Puede consistir precisamente en acercarse a aquello que no puede capturar por completo.
El Aleph no se transmite al lector como objeto. Lo que se transmite es el rastro verbal del intento de describirlo.
La literatura, en ese sentido, no sería la victoria sobre lo indecible, sino la forma humana de insistir ante aquello que no puede decirse completamente.
Hay otro detalle fundamental en la visión del narrador: entre las infinitas cosas que contempla aparecen las cartas íntimas que Beatriz Viterbo había escrito a Carlos Argentino. El infinito no constituye aquí una experiencia mística purificada del dolor personal. Incluye también aquello que humilla, decepciona y destruye. Borges no permite que la grandeza metafísica del objeto elimine la mezquindad de los afectos humanos; al contrario, las coloca en el mismo plano.
En el Aleph, lo sublime y lo trivial no compiten por importancia.
Coexisten.

V. La ironía final: Carlos Argentino Daneri y la literatura como fracaso necesario
El cuento no termina en el sótano, sino con una serie de movimientos posteriores que suelen leerse como parte del humor característico de Borges, pero que cumplen también una función dentro de la reflexión sobre la literatura y la verdad.
Después de contemplar el Aleph, el narrador concibe su venganza. Finge compasión, evita discutir lo que ha visto y anima a Carlos Argentino a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de Buenos Aires. En apariencia, se trata solamente de una pequeña crueldad entre dos hombres que nunca se han soportado. Pero también puede leerse como una reacción ante la experiencia que acaba de vivir: el narrador necesita recuperar cierta distancia frente a aquello que ha visto.
Después llega la posdata. El narrador informa que, meses después de la demolición de la casa, el poema de Daneri recibe un reconocimiento literario, mientras su propia obra queda sin votos. La ironía es deliberadamente cruel: el poeta mediocre triunfa y el narrador que ha contemplado el universo permanece sin reconocimiento.
Pero la posdata introduce además una nueva duda. Borges menciona una tradición según la cual habría otro Aleph en la mezquita de Amr, en El Cairo, y la posibilidad de que el objeto de Daneri no sea único. La certeza metafísica del sótano comienza así a transformarse en una historia susceptible de versiones, rumores y contradicciones.
Esta multiplicación final es más que un chiste erudito. Si existe más de un Aleph, entonces incluso aquello que parecía ser la representación perfecta de la totalidad deja de ser único. El infinito se vuelve narración, y la narración implica siempre versiones.
La ironía es profunda: el Aleph parecía ofrecer acceso directo a la totalidad, pero el lector nunca puede poseer esa totalidad. Solo recibe una descripción sucesiva de una experiencia simultánea. Incluso el objeto mismo termina sometido a la incertidumbre.
Leído de esta manera, el final no contradice el resto del cuento, sino que lo completa. Si el lenguaje no puede decir lo simultáneo, tampoco puede garantizar de manera absoluta la verdad de aquello que dice haber visto. El Aleph pasa de ser una certeza metafísica a convertirse en una historia que alguien cuenta.
Y esa transformación es profundamente borgiana.
Porque quizá el verdadero Aleph del cuento no sea solamente la pequeña esfera luminosa del sótano. Quizá sea también el propio relato: un intento imposible de contener en unas cuantas páginas aquello que, por definición, no cabe en ninguna cantidad de páginas.
Borges sabe que fracasa.
Y precisamente por eso escribe.
Bibliografía
Alazraki, J. (1988). Borges and the Kabbalah: And Other Essays on His Fiction and Poetry. Cambridge: Cambridge University Press.
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Poulet, G. (1963). El espacio proustiano. México: Fondo de Cultura Económica.
Sarlo, B. (1993). Jorge Luis Borges: A Writer on the Edge. Londres: Verso.
Wittgenstein, L. (1922/2002). Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Alianza Editorial.



