Presunto inocente

“No hay más que observar el
crimen y observar al criminal”.
–
John Grisham

Querido amigo:

Mi historia es en extrema delicada, no sólo para mí, sino también para mi círculo cercano, como mis compañeros(as) de trabajo, mis amigos y familia. Es por eso, que te suplico de la manera más atenta, la mantengas anónima. Mi vida y la de mis seres queridos, dependen de tu discreción.

Nací en San Cristóbal de las Casas, allí crecí y me desarrollé como profesionista, en la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH), en la carrera de Derecho. Mi último año lo cursé a principios del 2024, donde se me pidió hacer servicio social. Mi familia era muy influyente en el municipio, así que pidieron favores para que pudiera realizarlo en algún bufete de prestigio. Elegí “González, Ramírez y Fernández, Asociados”, un bufete de abogados no muy reconocida, pero respetable en el medio jurídico. Estaba deseosa de formar parte de su grupo, pues el licenciado Ramírez, el único de los abogados fundadores en ese momento, fue mi maestro. Lo consideraba una eminencia, hasta que me tocó mi primer y único caso con él y su equipo de trabajo.

Desde la secundaria, sentí interés por los casos que involucraran al crimen organizado. México, sobre todo Chiapas, han estado muy afectados por ese asunto, que no se han atrevido a exhibir, mucho menos plantear leyes contra grupos delictivos de ese calibre. Yo quería ser la primera en hacerlas y promulgarlas. Jamás imaginé que mi primera experiencia, me tocaría estar del otro lado de la justicia.

Ese día llegó el 14 de Enero del 2024, ante un procesamiento de amparo, cuyo crimen era asesinato calificado. El acusado era un chico de veintitrés años, la misma edad que yo en aquel entonces. Lo que no sabía hasta un día previo a la revisión, es que el joven resultaría ser el medio hermano de mi mejor amiga de la preparatoria. Recuerdo el horror que sentí cuando vi las fotos de su padre, asesinado a balazos, posando un hoyo en medio de su frente, debido a lo que se refieren todos, un “tiro de gracia”. Ese día en la audiencia, lo que era antes horror y asco, se transformó en vergüenza, al ver a mi amiga abrazada a su madre, mirando con dolor y rabia a su medio hermano, a quien se le acusaba de haber matado a su padre. Quise olvidar el asunto mirando papeles que me había encargado mi jefe, pero no podía.

Lo siguiente que ocurrió fue tan rápido, que no puedo describirte todos los detalles, mi estimado amigo, sólo decirte lo que vi, cuando la audiencia terminó y nos íbamos todos de la sala. Mi amiga, al parecer, tenía otro medio hermano de la misma familia que el acusado. Ese medio hermano, según las acusaciones y evidencias que presentaron en el juicio, que posteriormente te hablaré, se ocultó una noche previa en el Palacio de Justicia, evitando la poca seguridad que había allí, con un rifle semiautomática, la cual descargó contra su hermano, mientras todos intentábamos salir de la línea de tiro. Me oculté donde pude, al igual que el resto de la gente. No pasaron más de treinta segundos, pero lo sentí una eternidad. Mi mente estaba en blanco, no podía pensar en nada, ni mucho menos moverme, sólo oía el ruido de los disparos. Cuando terminó todo, había un cadáver en el suelo, acribillado a balazos, un asesino corriendo a todo pulmón para no ser detenido y una multitud de no más de diez personas asustadas, preguntándose aún qué había ocurrido.

Lo siguiente que pasó resultó ser un caos, policías por doquier, jalándonos y llevándonos a lo que ellos consideraban un lugar seguro, forenses que se llevaban el cuerpo de quien, minutos antes, iba a ser procesado por haber matado a su padre y una madre que abrazaba a su hija para remediar poco a poco el miedo que les produjo aquel evento. Cuando recuperé el sentido, vi a mi amiga intentado calmarse de la conmoción, intenté mostrar mis condolencias, pero mi jefe me interrumpió y me dijo que “no había tiempo para amistades”.

El siguiente día fue lo más parecido a los previos al tiroteo, revisando papeles y clasificarlos de acuerdo a su importancia. Es cuando lo vi, al medio hermano, se notaba que no había dormido toda la noche, por su apariencia demacrada. Yo, mostrándome lo más ingenua posible, le pregunté qué quería. El chico no me dirigió la palabra, miraba por ambos lados de la oficina, esperando a alguien.

-¿A quién buscas?-le pregunté, intentando parecer ingenua, aunque por su mirada, ya sabía que fingía.

-Busco al licenciado Mariano Ramírez. Sé que esta es su oficina y que hoy trabaja.

Me sentía intimidada, no sabía si responderle la verdad o decirle una mentira para que se fuera. Es cuando el Lic. Ramírez se apareció y habló con el medio hermano. El motivo de su visita era pedir que lo representáramos por el homicidio. Me quedé boquiabierta. Mi jefe, por otro lado, no se inmutó por la petición, al contrario, aceptó sin titubear, no sin antes reclamar una suma considerada de dinero por sus servicios. El medio hermano le prometió ese dinero, con la condición de lograr su inocencia.

Yo no sabía qué creer en ese momento, mi jefe, mi maestro de la universidad, uno de los hombres que había admirado después de mi padre y abuelo, había aceptado defender a un criminal. Le pregunté por qué.

-Ay niña, ¿no sabes quién es él?-me preguntó el Lic. Ramírez. Quise responder, diciendo que era el asesino de su hermano, pero no tuve el valor de hacerlo, así que sólo me dediqué a mover la cabeza de manera negativa.

-Él y su hermano pertenecían a una banda criminal que operaba aquí, en San Cristóbal, por parte de uno de los carteles del norte de México. Eran traficantes, pero su especialidad era el secuestro agravado, y en algunas ocasiones, la desaparición de testigos.

Al escuchar aquella respuesta, logré entender muchas cosas que antes no. La extrema tensión y precaución que vivíamos mi amiga y yo durante nuestra etapa en la preparatoria y el por qué casi no me hablaba de su otra familia, a pesar de que ya sabía sobre ella. Sin embargo, seguía sin entender las razones que tenía mi jefe para aceptar defender a un ser horrible, como él.

-¿No te das cuenta, niña? Podemos ganar una millonada si logramos procesar como inocente a alguien que estuvo vinculado con el crimen organizado. ¿Te imaginas la atención mediáticas que generará un caso como este?-la respuesta del Lic. Ramírez me tenía desconcertada, como la anterior.

Le pregunté qué le había pasado al abogado y maestro que me había enseñado todo acerca de la ley y justicia y se aseguraba de tener al verdadero culpable tras las rejas. Esta fue su respuesta:

-No existen leyes dignas, ni justicia en nuestro sistema, niña. Todo es una broma que nos deja embaucados a los verdaderos abogados, como yo. Sólo importa ganar el caso y recibir el dinero de tus clientes. Lo demás es pura mierda.

Después de eso, ya no quise saber él, ni del caso. Por desgracia, yo quería culminar la carrera y todavía me faltaba horas para terminar mi servicio social. Por lo tanto, no tuve otra opción, que quedarme con él, a formar parte de un caso que representaba todo lo que más repudiaba.

El inicio del juicio trajo la atención de los medios, por lo que todos en mi círculo cercano se enteraron del mismo, incluyendo mi amiga. Recuerdo que ella fue esa misma noche a mi casa a pedir explicación. Yo sólo pude dedicarle mis disculpas y asegurarle que no tenía otra opción.

-¿Si sabes a qué se dedicaban mis medios hermanos antes de esto, verdad?-me preguntó ella, respondiendo que sí.

Sin embargo, me reveló una verdad que no tenía contemplada hasta esa noche. Me describió cómo los dos medios hermanos lo habían torturado a su padre, junto con la mujer con quien engañaba a su madre por más de medio año, hasta encajarle el tiro de gracia a los dos, sin misericordia. Me quedé choqueada, con nauseas en el estómago. No supe qué decir al respecto. Es cuando mi amiga me preguntó si valía la pena estar sentada en el mismo lugar del estrado que él, sólo por unos créditos.

-¿Qué quieres que haga? Necesito aprobar la carrera, sí o sí. Si no culmino el servicio social, no podré recibirme. ¿Puedes entenderme, amiga?

-No, no te entiendo. ¿Cómo puedes defender a uno de los responsables de que mi familia se haya hecho pedazos?

De nuevo, no supe qué decir, sabía que tenía razón, quise decirle eso, pero no lo hice. Bajé la mirada y me guardé esas palabras. Ella se fue de mi casa, sería la última vez que hablaríamos.

El juicio tomó alrededor de un mes, durante ese tiempo estuve junto con el Lic. Ramírez y su equipo de trabajo. Más que por compromiso, era miedo de ser atacada por alguien cercano a la familia de mi amiga. Escuchaba al Lic. Ramírez y al otro abogado derogar con los testigos elegidos y demostrar al jurado la inocencia y culpabilidad del acusado. Se escuchaban los testimonios que autentificaban el carácter criminal del medio hermano, no sólo con amigos y familia, sino todo el mudo. Mi amiga dio su testimonio, le rogué con la mirada que me perdonara y tuviera piedad de mí. Ella sólo me dedicó una mirada de odio, que hasta la fecha no he podido olvidar.

El último día del juicio, cuando los dos abogados dieron su discurso de clausura, pensé que el Lic. Ramírez perdería credibilidad por la forma que describió el asesinato y la clemencia con la que intentó demostrar para su defendido, como una persona que intentó redimir sus crímenes del pasado, haciendo acto de justicia por su padre. Para fortuna del acusado y desgracia mía, le declararon inocente.

Los únicos que celebraron fueron el medio hermano, el Lic. Ramírez y su equipo de trabajo. Yo me mantuve callada, con la cabeza agachada, suplicando que me tragase la tierra.

Al día siguiente, pasé a la universidad a dejar mi registro de horas realizadas del servicio social. La escuela me dio el visto bueno y me dieron mi constancia de liberación. Después, me dediqué a realizar mi tesis, sin la intervención o ayuda de alguien más. La presenté con éxito, obteniendo mi diploma con honores.

Han pasado dos años desde aquel juicio. No ejerzo la profesión de abogada, decidí volverme profesora de Ética en una escuela privada en Tuxtla Gutiérrez. No gano mucho, pero me mantiene enfocada en lo importante, hacer entender a la gente la importancia de la ley y aplicar justicia a los verdaderos culpables.

De mi amiga sólo supe que se fue de San Cristóbal y quizá también de Chiapas, por motivos de seguridad. Sé que es por mí, por no decir “ya basta”, cuando debí hacerlo.

Te comparto el registro que pude sacar de milagro del despecho, las fotos del medio hermano que fue procesado en el juicio, y de mi amiga y yo cuando estudiábamos la preparatoria con su nombre al reverso, fecha y lugar de nacimiento, para que puedas identificarla. Nomás te pido que no reveles mi nombre, ni cualquier dato mío, de mi familia o alguien que esté emparentado conmigo, por favor. Encuentra a mi amiga y compártele esta historia.

Dile que ella tenía razón y que he vivido un infierno, debido a las consecuencias que trajeron mis decisiones. No he podido tener paz desde entonces, únicamente, por defender a un “presunto inocente”.  

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Irving Antonio Aréchar (México)

Irving Antonio Aréchar (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1990) es escritor mexicano enfocado principalmente en la narrativa de terror. Desde la infancia encontró en la escritura una forma de expresión personal, influenciado por el cine, la literatura y las tensiones sociales que marcaron su entorno. Su obra explora el miedo no sólo como elemento fantástico, sino como reflejo de la violencia, la opresión y la pérdida de libertad dentro de la sociedad contemporánea.

En 2017 publicó la antología de cuentos Colisión, obra que recibió comentarios positivos por la crudeza y oscuridad de sus historias. Posteriormente retomó su trayectoria literaria tras concluir sus estudios de maestría en Educación, desarrollando nuevos proyectos narrativos donde profundiza en el terror psicológico y social desde una mirada crítica y profundamente humana.

Su escritura se caracteriza por abordar temas como la manipulación social, la corrupción, la violencia y la represión de la identidad individual, utilizando el horror como un vehículo para confrontar las contradicciones y fracturas del mundo actual.

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