
“El hombre no es verdaderamente uno, sino verdaderamente dos.”
— Robert Louis Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886)
Conozco mi nombre. Sé mi dirección. Sé la hora a la que me levanto, el orden en que dispongo los frascos sobre el escritorio, el tipo de hombre que el mundo ve cuando me mira. Soy el doctor Henry Jekyll. Tengo reputación, tengo colegas, tengo una casa respetable en una calle respetable de una ciudad que premia la respetabilidad por encima de casi cualquier otra cosa. Y tengo, también, una pregunta que lleva años haciéndome en silencio: ¿qué hay debajo de todo esto?
Stevenson escribió esta novela corta en 1886.
Según el relato de su esposa Fanny, la concibió tras un sueño.
La escribió en un periodo extraordinariamente breve.
Ese ritmo se nota en el texto, con urgencia.
No es descuido, sino necesidad, la prisa de decir algo.
Lo que tiene que decir es esto: la bondad y el mal no son fuerzas opuestas.
Convivir dentro de un mismo ser es posible.
La civilización puede contener lo oscuro, pero no eliminarlo.
Aquello que intentamos enterrar puede encontrar la salida.
Análisis de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde ofrece este marco.
La fórmula que desarrollo en mi laboratorio no es un experimento moral.
Es científica: quiero demostrar que la personalidad humana puede dividirse.
Además, el hombre que el mundo llama yo no es una unidad absoluta.
Es un conjunto de impulsos que la voluntad mantiene bajo control con mayor o menor éxito.
Mi experimento parece confirmarlo.
Este Análisis de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde ilustra esa idea.
Hyde es lo que hay debajo. No exactamente el demonio ni la bestia en el sentido folletinesco de la palabra, sino algo más perturbador: una parte de mí que no necesita justificarse, que actúa sin el filtro de la aprobación social, que puede hacer lo que desea sin detenerse a preguntarse si debería hacerlo. Hyde es más pequeño que Jekyll y tiene una apariencia más joven, como si en él hubiera algo todavía no desarrollado, algo más cercano a un impulso elemental que a la identidad cuidadosamente construida de un hombre respetable.
Al principio la experiencia parece controlable.
Me convierto en Hyde y puedo regresar a ser Jekyll cuando quiero.
El placer que siento como Hyde no lo siento como Jekyll.
Esa diferencia entre las dos existencias es precisamente lo que hace que la fórmula resulte tan difícil de abandonar.
Jekyll siente culpa.
Hyde parece liberado de ella.
Según Análisis de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, la tentación persiste.
Pero Hyde crece. Eso es lo que Stevenson entiende con particular claridad sobre aquello que reprimimos: que ceder repetidamente ante un impulso puede volverlo cada vez más difícil de contener. Cada transformación facilita la siguiente, hasta que el umbral entre las dos formas comienza a desaparecer. Ya no soy yo quien decide siempre cuándo convertirme en Hyde. Hyde empieza a aparecer sin ser llamado. La voluntad que creía controlar el experimento descubre que el experimento comienza a controlarla a ella.
Lo que más me cuesta, siendo Jekyll, es la vergüenza. No solamente la vergüenza por lo que Hyde hace —aunque lo que Hyde hace merece vergüenza—, sino una vergüenza más profunda y difícil de nombrar: descubrir que Hyde no es un accidente ni algo que me fue impuesto desde afuera. Hyde forma parte de mí. Existía antes del experimento; la fórmula solamente encontró una manera de liberarlo. Stevenson no deja una salida moral sencilla: Jekyll no puede declararse completamente inocente de aquello que hace Hyde.
La ciudad de Londres es el marco perfecto para esta historia. Es una ciudad de fachadas, de puertas cerradas y de vidas que no necesariamente se parecen a lo que muestran desde la calle. Jekyll pertenece al mundo de la respetabilidad, de las relaciones sociales y de las apariencias; Hyde se mueve por los márgenes de ese mismo mundo, por calles oscuras donde las reglas parecen perder parte de su fuerza. Pero ambos espacios pertenecen a la misma ciudad. Esa es quizá una de las intuiciones más poderosas de Stevenson: no hay una ciudad para Jekyll y otra para Hyde. Hay una sola, y ambos la habitan.
Hay un momento en que Jekyll contempla en el espejo el rostro de Hyde y descubre algo que debería resultarle insoportable. Sin embargo, lo que aparece no es únicamente horror. También existe una forma de reconocimiento. Como cuando uno encuentra una fotografía antigua y, en lugar de no reconocerse, se reconoce demasiado. Hyde devuelve desde el espejo un rostro que es propio y ajeno al mismo tiempo, y en esa ambigüedad vive uno de los verdaderos terrores del libro.
El final que Stevenson construyó no es una victoria ni una derrota en el sentido convencional. Es una rendición. Jekyll no derrota a Hyde porque Hyde no es un enemigo externo: es una parte de sí mismo que ha dejado de poder controlar. Lo que queda al final es una pregunta que pertenece al siglo XIX, pero que todavía puede inquietarnos: si aquello que ocultamos también forma parte de nosotros, ¿qué hacemos con ello? ¿Lo encerramos y pagamos el precio del encierro? ¿Lo dejamos salir y aceptamos las consecuencias?
Stevenson no responde. Pero la pregunta, una vez hecha, no puede deshacerse.
Salgo de este libro siendo Jekyll pero llevando a Hyde conmigo, que es exactamente lo que el libro quiere que ocurra. Porque Hyde no vive solamente en las páginas de Stevenson. Vive en el espacio entre lo que somos y lo que mostramos, en la distancia entre el yo que el mundo conoce y el yo que conocemos a solas. Y esa distancia, en la mayoría de nosotros, puede ser mucho más corta de lo que preferimos admitir.
Contexto de la obra
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde fue publicado en enero de 1886 y apareció en un momento en que la literatura victoriana exploraba con particular intensidad las tensiones entre respetabilidad, deseo, moralidad y transgresión. Stevenson convirtió esas tensiones en una historia de terror en la que el conflicto no ocurre entre dos personas completamente distintas, sino dentro de un mismo individuo.
La novela corta nació de una imagen que Stevenson había tenido durante un sueño y fue escrita con extraordinaria rapidez. El resultado conserva esa intensidad: el relato avanza como una investigación en la que cada nueva revelación modifica la anterior hasta conducir a la confesión final de Jekyll.
Su influencia posterior ha sido enorme. La figura de Jekyll y Hyde terminó convirtiéndose en una de las representaciones más reconocibles de la personalidad dividida y del conflicto entre la identidad pública y los deseos ocultos. La expresión “Jekyll and Hyde” pasó incluso al lenguaje cotidiano en inglés para describir a una persona cuyo comportamiento puede cambiar radicalmente entre dos formas aparentemente opuestas.
Pero quizá la permanencia de la obra no dependa solamente de esa imagen del doble. Lo que continúa inquietando es algo más sencillo y más incómodo: Stevenson no nos permite mirar a Hyde como si fuera completamente ajeno. Nos obliga a preguntarnos cuánto de aquello que rechazamos en él pertenece también a nosotros.



