Cuando los demonios irrumpieron en el plano terrenal, hace diez años, comenzaron por Jerusalén y se extendieron al resto de Oriente Medio, África y Eurasia. Todos los ejércitos se replegaron, y muchos clamaron que el Apocalipsis había llegado.
Desde la Sancta Sedes, la capital religiosa, se ordenó la movilización de los ejércitos de élite: caballeros cruzados y paladines templarios. Fueron derrotados en un instante.
—¡Pecadores todos, pecadores somos! —clamó Filiberta Albertini, sabia líder de nuestro monasterio.
Sus palabras se clavaron en mi mente como un cuchillo afilado. Según ella, todos cargamos con el pecado en alguna medida; aceptarlo permite la redención, negarlo perpetúa la mentira y fortalece el mal.
Los demonios, maestros del pecado, explotaron las debilidades humanas. Tentaron a los cruzados y templarios, hombres que, aunque combatientes excepcionales, cargaban con la avaricia, la lujuria, la ira y otras faltas. Virtudes como la humildad y la paciencia eran escasas entre ellos. Los demonios se saciaron con sus almas… y con sus cuerpos.
La tierra quedó cubierta de cadáveres y cuervos, emisarios de la muerte, que graznaban como si se burlaran:
—¡Ja, ja, ja!
El ángel de la muerte parecía paralizado, incapaz de dar abasto ante tantas almas perdidas. Con cada derrota, se hacía más evidente que la humanidad estaba al borde de la extinción.
Desde la Sancta Sedes concluyeron que no ganarían enviando combatientes impuros y pecadores. Era necesario recurrir a la pureza y la virtud.
Pero ¿quién era realmente puro y virtuoso?
La respuesta llegó en forma de un niño del Oeste, quien soñó que una figura angélica le pedía liderar una cruzada de infantes para recuperar Jerusalén. Desde la Sancta Sedes aceptaron la idea.
Millares de niños fueron reclutados, entrenados y enviados al frente. Aunque se esperaba que su pureza y virtud fueran suficientes, la realidad fue cruel: pequeños sin fuerza ni experiencia cayeron en un abrir y cerrar de ojos, sus cuerpos amontonándose en montañas pestilentes de muerte.
Tras esta masacre, se cedió terreno a las huestes infernales mientras se replanteaba la estrategia. El análisis de los enfrentamientos reveló que ni la fuerza de los adultos impuros ni la pureza de los niños eran suficientes. Era necesario un equilibrio.
La solución surgió de las mujeres de los monasterios.
Formadas desde la niñez, dedicadas a la virtud, alejadas de las frivolidades del mundo terrenal, éramos fuertes, disciplinadas y fervorosas. Representábamos el balance necesario: más robustas que los niños, más dignas que los guerreros impuros.
Así nacieron las Sororitas ad infernum.
Durante meses, fuimos entrenadas intensamente para el combate contra demonios. Blandíamos cualquier arma con eficacia, desde pequeñas dagas hasta imponentes mandobles. Mi preferida era la espada larga de una mano, aunque también dominábamos escudos, mazos, lanzas y ballestas. Además, recibimos equipamiento bendecido y aprendimos antiguas oraciones sagradas.
Marchamos a la guerra.
Enfrentamos demonios de todos los rangos, desterrándolos al abismo a costa de numerosas vidas. Por cada victoria pagábamos con la sangre de nuestras hermanas, pero ganábamos terreno. Abrimos una brecha hasta Jerusalén, rodeada de muerte y desolación.
En medio del caos, ascendí con rapidez. Las líderes caían con facilidad y, aunque no me consideraba especial, me convencí de que algún favor celestial me protegía. Sobreviví a encuentros que habrían significado la muerte para cualquiera.
Así me convertí en líder de las Sororitas ad infernum.
Mi misión era clara: guiar a mis hermanas contra las fuerzas del infierno, sin detenerme hasta que la luz de Dios reclamara lo que una vez fue nuestro.




