Francisco Araya Pizarro (Chile) — Los niños del cromosoma Z

Los niños del cromosoma Z

Francisco Araya Pizarro (Chile)

Nunca supe en qué momento exacto mi vida dejó de pertenecerme. A veces pienso que comenzó la noche en que las luces del viejo cine se apagaron sin razón, mientras yo estaba solo en la cabina cambiando carretes. Otras veces creo que todo empezó mucho antes, quizá en ese día en que toqué una lámpara y sentí que la corriente no venía de ella, sino de mí. Sin embargo, cuando recuerdo con calma —si es que todavía sé hacerlo— entiendo que todo comenzó en el Instituto Harrington, en ese laboratorio donde nada dormía y donde me dijeron que tenía algo que el resto del mundo no tenía: un cromosoma fantasma, un paquete genético que no debería existir.

Pero permíteme ir por partes.

Atravesé por primera vez las puertas del Instituto Harrington a finales del verano del 1974. Era un edificio engañoso: por fuera, ladrillos rojos y ventanas antiguas como cualquier universidad del noreste; por dentro, máquinas que parecían de otro siglo —o de otro mundo— zumbaban sin descanso. El lugar tenía un olor particular, una mezcla de metal tibio y café viejo. Hasta hoy ese olor me persigue en los recuerdos. La doctora Marlowe fue quien me recibió. Nunca supe si ella dormía en algún momento del día; la veía siempre con la misma bata, la misma coleta desordenada y esos ojos inquietos que parecían diseccionar el mundo antes de que este cromosoma pudiera reaccionar. Me hicieron pruebas, extrajeron sangre, me hicieron caminar, respirar, leer números mientras me iluminaban con luces ultravioleta. Yo fingía tranquilidad, pero la verdad es que moría de miedo. No lo decía porque, desde hacía meses, mi cuerpo parecía comportarse como una radio mal calibrada: interferencias inexplicables, pequeños chasquidos en mis manos, vibraciones internas que me despertaban a medianoche.

La doctora Marlowe entró una noche a la sala donde esperaba. Tenía una expresión que no entendí al principio, como si acabara de ver un fantasma. Bueno, en cierto modo sí.

—“Jon” —me dijo—, “hay algo que debo mostrarte”.

Me llevó al Espectroscopio Z-Lambda, una máquina tan grande que parecía haber sido construida alrededor de sí misma. En la pantalla había líneas ondulantes y puntos brillantes que yo no entendía, pero ella sí. Cuando señaló una de las marcas, su voz tembló.

—“Eso, Jon, es un cromosoma. Uno que nadie ha visto jamás en una célula humana. Lo llamamos… Cromosoma Z”.

Me quedé en silencio. No porque lo entendiera. Sino porque, por primera vez, alguien ponía un nombre a lo que me estaba volviendo loco.

—“¿Estoy enfermo?” —pregunté.

—“No” —respondió ella—. “Pero tampoco eres… igual al resto”.

Algo dentro de mí se encogió, como si hubiera estado esperando oír esas palabras desde hacía años. Y entonces, casi sin pensarlo, levanté la mano. Un pequeño filamento de luz se deslizó por mi piel. No era una chispa. Era… una señal. La doctora no se asustó. Solo dio un paso atrás para observarme mejor. Esa fue la primera vez que alguien me miró no como un problema, sino como un descubrimiento.

Días después me llevaron al ala este del instituto, un pasillo antiguo donde el suelo crujía y las paredes olían a humedad. Allí conocí a los otros tres. Primero estaba Marla, una chica que tenía una manera extraña de mirar, como si siempre estuviera a punto de desaparecer. Sus ojos eran verdes, intensos, casi afilados. Cada vez que la luz la tocaba, parecía refractarse sobre su piel. Luego estaba Leonid, un muchacho ruso de expresión dura, como si hubiera visto demasiado para su edad. Tenía un magnetismo literal; podía sentirlo incluso antes de que moviera un dedo.

Y por último, Ada. La más joven. Pequeña, nerviosa, con una cicatriz en la sien que parecía reciente. Tenía algo tierno, pero también algo inquietante, como si su cuerpo supiera cosas que ella aún no sabía. Cuando entré, los tres me miraron como si yo fuera la pieza que faltaba en un rompecabezas que ninguno había pedido armar.

—“¿Y tú qué haces?” —preguntó Marla.

Yo respondí sin palabras: toqué una de las lámparas del pasillo. Parpadeó. Volvió a parpadear. Luego todas las demás lámparas hicieron lo mismo. Tuve que respirar hondo para detener la corriente dentro de mí.

—“Genial” —murmuró Leonid, aunque en su tono no había nada de entusiasmo—. “Otro experimento con patas”.

La doctora Marlowe intervino antes de que pudiéramos discutir.

—“Ustedes cuatro tienen el Cromosoma Z. Son diferentes, sí… pero también están vivos. Muy vivos. Más de lo que se imaginan”.

Yo no supe qué pensar. Ser diferente es fácil cuando lo dices de lejos. Pero cuando lo eres, realmente lo eres, te das cuenta de lo solo que puede ser ese mundo.

No tardamos mucho en descubrir que no éramos los únicos que sabían de ese cromosoma.

Esa noche hubo un apagón. El instituto entero se volvió una masa oscura y silenciosa. Solo escuchábamos nuestro propio corazón latiendo demasiado rápido. Luego vino el ruido: un crujido metálico, un chasquido extraño, casi como si alguien quebrara un hueso gigantesco hecho de acero. Lo vimos en el pasillo, iluminado apenas por la linterna de la doctora: una figura humanoide, hecha de placas metálicas y cables que parecían venas expuestas. No era una máquina común. Tenía una presencia… fría. Una hostilidad limpia, sin emoción.

—“PROTOCOLO DELTA-Z” —dijo con una voz filtrada—. “OBJETIVOS: CAPTURA. EXTRACCIÓN. ANÁLISIS”.

Marla desapareció. Literalmente. La vi. transformarse en un destello antes de desvanecerse.

Ada gritó cuando un cable metálico se le enroscó en la pierna. Leonid levantó un brazo y el metal del piso tembló como si estuviera vivo. Yo solo recuerdo un instinto: levantar las manos y liberar todo lo que había contenido por semanas. La electricidad explotó desde mis dedos. Un relámpago pequeño, pero lo suficientemente fuerte como para hacer temblar al autómata.

Pero no cayó.

Leonid cerró el puño, y las paredes se curvaron hacia el robot, aplastándolo. Durante un segundo pensé que todo había terminado.

Y entonces… el autómata dijo algo que todavía me persigue:

—“LOS PORTADORES DEL CROMOSOMA Z SON NECESARIOS. EL MUNDO CAMBIARÁ”.

Y explotó.

No sé cómo sobrevivimos. Ada extendió las manos y una especie de escudo vivo —como una membrana translúcida hecha de células y luz— se formó alrededor de nosotros. La onda expansiva rebotó contra ella como si nada.

Ahí fue cuando comprendí algo: no éramos accidentes. Éramos objetivos.

Los días siguientes fueron una mezcla de entrenamiento y miedo. Aprendimos más en una semana que en toda nuestra vida. No porque quisiéramos ser héroes, sino porque ahora sabíamos que había máquinas buscándonos. Yo aprendí a controlar mis descargas. Pude canalizarlas en pulsos pequeños, casi como latidos eléctricos. Marla descubrió que podía convertirse en luz pura durante unos instantes, y que el mundo se veía diferente desde allí. Leonid refinó su poder hasta llegar a una precisión quirúrgica. Ada, por su parte, se volvió el centro del equipo; no solo se curaba a sí misma, sino que podía reparar heridas ajenas si se concentraba lo suficiente. Pero lo más difícil era lo que ocurría en silencio. Cada uno de nosotros lidiaba con algo distinto. Yo con la sensación de que mi cuerpo ya no era completamente mío. Marla con el miedo a volverse invisible incluso cuando no quería. Leonid con la certeza de que su poder podía destruir más de lo que podía salvar. Ada con la presión de ser… necesaria.

Una noche, me acerqué a la doctora Marlowe.

—“¿Esto es un error?” —le pregunté—. “¿Somos un accidente de la biología o… otra cosa?”.

Ella tomó un largo sorbo de café y me miró con esa mezcla de cansancio y determinación que definía su vida.

—“Las mutaciones siempre comienzan así, Jon. Raras. Únicas. Inexplicables. Ustedes no son un error. Son una posibilidad”.

—“¿Entonces por qué nos quieren capturar?”.

—“Porque lo desconocido inspira miedo. Y lo poderoso… inspira ambición”.

No dije nada más. Pero dentro de mí, algo se encendió. No era electricidad esta vez. Era algo más profundo. Nunca olvidaré el sonido del techo rompiéndose. Fue como si el cielo se hubiera desplomado sobre nosotros. Esta vez no era un robot. Eran nueve. Nueve figuras idénticas descendiendo como insectos metálicos.

Evelyn gritó:

—“¡Corre!”.

Yo no corrí. No al principio. Algo me ancló. Tal vez el miedo.

Uno de los robots atrapó a Ada por el cuello. Otro sujetó a la doctora del brazo. Marla se convirtió en un destello de luz que se movía demasiado rápido para seguirla. Leonid levantó una columna de metal del suelo y la lanzó contra dos robots, aplastándolos. Yo sentí mis manos temblar. No dé miedo. De energía. La electricidad se acumulaba dentro de mí como si cada célula gritara a la vez. El cromosoma Z brillaba en mi cuerpo. Literalmente lo sentía arder. No recuerdo exactamente el momento en que liberé la descarga. Una luz gigantesca atravesó el laboratorio, derritiendo metal, rompiendo paredes, cortando circuitos. Los robots cayeron uno tras otro. El último alcanzó a pronunciar una frase antes de apagarse:

—“LA EVOLUCIÓN NO PUEDE SER DETENIDA.

Evelyn me sostenía del brazo. Yo no podía respirar. Sentía que mi cuerpo aún estaba vibrando. El laboratorio quedó en ruinas. Pero nosotros estábamos vivos.

Salimos del instituto al amanecer. Entre los escombros, parecía que el mundo nos observaba por primera vez. Marla caminaba adelante; cuando el sol dio sobre su piel, esta brilló como un prisma. Ada iba tomada del brazo de Evelyn. Leonid avanzaba en silencio absoluto, como si analizara cada sombra. Yo me detuve un momento y miré hacia atrás. Había llegado a ese instituto como un chico asustado que apagaba radios sin querer. Ahora… no sabía qué era. Solo sabía que ya no podía volver a mi antigua vida.

Evelyn nos reunió.

—“El mundo no está listo para ustedes” —dijo con la voz quebrada—. Y ustedes tampoco están listos para él. Pero tendrán que enfrentarlo. Juntos.

Mi respuesta salió sola.

—“Entonces habrá que prepararlo”.

Éramos cuatro. Cuatro posibilidades. Cuatro amenazas, según algunos. Pero mientras avanzábamos bajo el sol, por primera vez no me sentí solo. Por primera vez sentí que existía.

Y si alguien quería venir por nosotros… bueno. Que viniera. Íbamos a estar preparados.

Avatar photo
Francisco Araya Pizarro (Chile)

Nació en Santiago de Chile, en 1977, es Diseñador Gráfico Web, Community Manager, Escritor y Empresario Digital. Escribió seis libros publicados en Amazon, tiene más de treinta y cinco cuentos antologados. Sus diversos relatos han sido publicados por diferentes revistas literarias en español. Cuenta con varios reconocimientos por su excelencia, creatividad y calidad literaria, entre los cuales destaca: "Conde de Araya", Caballero de la Real Orden Literaria "Isla de San Borondón", Caballero de la Palabra Escrita y Señor de las Bestias.

Artículos: 2

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *