«Haz lo que desees.» — Inscripción del AURYN, Michael Ende, La historia interminable (1979)
Estoy sentado en un ático.
No sé con exactitud cuándo llegué aquí, ni si fui yo quien eligió este lugar o si el lugar me eligió a mí. Afuera hay tormenta. Adentro hay cajas y polvo y el silencio particular de los espacios que guardan cosas que alguien decidió no cargar más. Y en mis manos hay un libro. Grueso. Con una cubierta que muestra dos serpientes que se muerden la cola mutuamente, formando un círculo sin principio ni final. Llevo horas leyendo.
La historia que leo habla de un niño que encuentra un libro. Un niño que se sienta en un ático. Afuera hay tormenta. Hay cajas y polvo y el silencio de los espacios que guardan lo que ya no se carga. En sus manos hay un libro grueso con dos serpientes en la cubierta.
Me detengo. Releo el párrafo. El libro está describiendo exactamente esto. El libro sabe que lo estoy leyendo. El libro me esperaba.
Ende hace algo que muy pocos escritores se atreven a hacer con tanta convicción: convierte al lector en personaje sin pedirle permiso. No hay distancia entre quien sostiene el libro y el mundo que el libro contiene. Bastian Baltasar Bux es el lector —cualquier lector, todos los lectores— y al mismo tiempo es solo él, con su nombre específico, con su pérdida específica, con el peso particular de quien carga el duelo de una madre y la dificultad de encajar en un mundo donde leer demasiado se considera una forma de no estar del todo presente. Cuando Bastian lee sobre Atreyu cruzando el Pantano de la Tristeza, está cruzándolo también. Cuando Bastian llora, el libro se moja.
Fantasía se está muriendo. Eso es lo que descubro mientras leo: hay una Nada avanzando, devorando el mundo de la imaginación humana, y la única cura es un nombre. Un nombre que solo puede venir de afuera del libro. Un nombre que solo puede venir de alguien como Bastian. Como yo.
Me pregunto si Ende escribió esto desde adentro de su propia infancia, desde la memoria de haber sido el niño que no encaja pero que en los libros encontraba territorios donde sí. La historia interminable es muchas cosas —una aventura épica, una meditación sobre el deseo y la responsabilidad, una exploración del poder de la imaginación— pero antes que todo es una carta de amor a los lectores. A los que leen de verdad, a los que entran en los libros y no regresan del todo iguales.
El AURYN —el amuleto de las dos serpientes, el símbolo de Fantasía— lleva grabada una inscripción: haz lo que desees. Es la promesa más peligrosa y más verdadera que este libro hace. Porque en Fantasía, el deseo tiene consecuencias. Cada cosa que Bastian desea modifica el mundo, y cada deseo que se cumple le cuesta algo que no siempre puede ver de inmediato. Ende no escribe la fantasía como escapismo: la escribe como espejo. El mundo interior de quien lee se convierte en el mundo exterior que el libro describe, y entonces la pregunta ya no es si Fantasía existe sino qué dice de nosotros lo que elegimos construir cuando se nos da el poder de construir.
No voy a contar adónde lleva este libro al final. Pero sí voy a decir que cuando uno lo cierra —o cuando él lo cierra a uno, que es más exacto— el mundo de afuera tiene un peso diferente. Más poroso. Como si las fronteras entre lo que soñamos y lo que vivimos se hubieran vuelto ligeramente negociables.
El libro sigue aquí en mis manos. Las serpientes en la cubierta se muerden la cola. No sé si lo leí o si me leyó. Sospecho que las dos cosas son exactamente lo mismo.
Contexto de la obra
La historia interminable fue publicada en 1979 por el escritor alemán Michael Ende, quien tardó más de dos años en escribirla. Ende diseñó la edición original con dos tintas de impresión —roja para las escenas del mundo real y verde para las de Fantasía— para reforzar visualmente la frontera entre ambos mundos, una frontera que el libro deliberadamente erosiona. La novela fue inicialmente rechazada por varios editores alemanes que no sabían cómo clasificarla: ¿literatura infantil?, ¿adulta? Ende insistía en que era para cualquiera con imaginación. La película de Wolfgang Petersen (1984) la llevó a audiencias globales, aunque Ende se distanció públicamente de la adaptación por considerarla una traición al espíritu del libro. La historia interminable es hoy uno de los textos fundacionales de la fantasía moderna en lengua alemana y uno de los más leídos en América Latina.




