Parte 5: dominio de la gula [Infierno en la tierra]

La líder de mi monasterio, Filiberta —mi maestra durante años—, decía que todos éramos pecadores, sin excepción. Nadie estaba libre de pecado: lo habíamos cometido y volveríamos a hacerlo, incluso nosotras, consideradas puras. Su insistencia radicaba en que el verdadero problema no era pecar, sino negarlo, pues los pecados solo encubrían conflictos más profundos de nuestra conciencia. Aquella postura fue mal vista por los superiores, quienes la silenciaron y la enviaron lejos.

Un grito quebró mi pensamiento:

—¡Q-qué son…!

Miré a Vittoria, que señalaba aterrada. Una criatura enorme y casi redonda, de extremidades delgadas y una boca que se extendía desde el rostro hasta el abdomen, devoraba cuerpos obesos de miembros diminutos. Sus dientes, pequeños y afilados, recordaban a los de ciertos peces que buscan sangre. La escena se repetía en cada calle, avenida y espacio abierto.

—Es un guardián de la gula, obra del demonio —expliqué.

En contraste, algunos famélicos intentaban esconderse entre las ruinas, perseguidos por guardianes que los obligaban a comer. Al adentrarnos más en el dominio, comprendí la razón de aquellas almas obesas. Por todas partes, en las ruinas de una ciudad de estilo romano —con arcos de medio punto, columnas y cúpulas de mármol—, había mesas de madera cubiertas de manjares exquisitamente preparados: frutas, carnes, panes, pasteles, chocolates, almíbares, mieles, vinos, jugos y aguas.

Su visión me estremeció. Sentía hambre. Sed. Todas lo sentíamos.

Las almas comían sin cesar, devorando bandeja tras bandeja, inflándose grotescamente como costales de carne llenos de gases y alimentos sin digerir. Sus mejillas crecían hasta ocultar los rostros. La escena se tornaba aún más macabra cuando, agotados los alimentos, comenzaban a canibalizarse entre sí. Una vez muertos, se materializaban de nuevo para repetir el proceso. En aquel lugar, ninguna alma podía morir mientras permaneciera atrapada.

—Esto es…

—¡Horrible! —lamentó sor Eva, entrecerrando los ojos.

Otros lamentos se alzaron hasta que…

—¡Q-qué delicioso! —clamó sor Vittoria, temblorosa, observando los alimentos y las bebidas.

—Yo… yo… —intenté hablar, pero no lo logré.

No podía negar el deseo. Maldito pecado. ¿Quién no ha sentido ansias de comer algo suculento, incluso estando saciado? Y más aún, hambrienta en el mismísimo infierno en la tierra. Quien lo niegue es un maldito mentiroso… y que sea maldito muchas veces.

¡Ayúdanos, Dios…!

Pronto otras sororitas comenzaron a clamar lo mismo, una tras otra. Entonces corrieron hacia las mesas cubiertas de manjares y bebidas.

—Deténganse… —murmuré, impotente.

—¡Dios…! —recé entre oraciones—. ¡Qué difícil resulta todo!

Las sororitas no tardaron en engordar como las otras almas. Se despojaron de armaduras, laminares y cotas de malla para permitir que sus cuerpos siguieran creciendo. Entonces aparecieron más guardianes de la gula.

—¡Ayudémoslas! —gritó sor Constanza, desesperada, desviando su rumbo hacia las caídas. Muchas la siguieron.

—¡No! ¡Caerán en la tentación! —advertí.

Y cayeron.

Ayudar a quienes no pueden —o no quieren— ayudarse a sí mismos es como asomarse a un abismo. Exige una fuerza de voluntad que muchos creen poseer por soberbia, pero que pocos realmente tienen.

Avanzamos entre las tentaciones del dominio, perdiendo más hermanas, devoradas por los guardianes de la gula. Finalmente, divisamos la fortaleza enemiga: no un castillo ni un palacio, sino un coliseo romano.

Suspiré profundamente antes de ingresar. Lideré el avance hasta el líder demoníaco. Estaba sentado ante una mesa colmada de alimentos de todos los colores y formas. Era un hombre obeso, de mejillas sonrosadas y amplia sonrisa, vestido con túnicas doradas, comiendo y bebiendo sin descanso.

—¡Llegaron, sororitas! —clamó, señalándonos con un pernil de pollo. Tras apuntarnos, arrancó la carne de un mordisco antinatural y siguió comiendo.

Avanzamos hasta quedar frente a la mesa.

—Belcebú —dije—. Vinimos a desterrarte.

Observé cómo algunas compañeras corrían hacia la mesa, hambrientas y sedientas.

—¡Resistan, sororitas!

No resistieron.

—¡Ya veo… ya veo…! —musitó Belcebú, calmado, observando a las sororitas devorando y bebiendo. Se relamió los dedos de la mano izquierda, gruesos como plátanos—. ¿Desterrarme como hicieron con mi hermano Asmodeo?

No respondí. Me lancé sobre la mesa con la espada desenfundada, dirigiendo el filo bendecido hacia él. Belcebú detuvo el ataque con un hueso de pollo: simple, grasiento, aliñado.

—¿Para qué pelear, sororitas? —rió—. Podríamos disfrutar de manjares y bebidas eternamente.

Retrocedí ágil, manteniendo distancia, e inicié una oración antigua.

—¿Hablas en serio? —preguntó, arqueando la ceja—. ¡Vengan, mis demonios!

El rugido gutural convocó refuerzos. Cientos de guardianes cuasi redondos nos rodearon, emergiendo desde accesos y escalando las paredes del coliseo. Medían tres metros de alto por tres de ancho.

—¡Despídete, Belcebú! —exclamé al concluir la oración, aunque el terror me oprimía el pecho.

Relámpagos descendieron, destruyendo todos los manjares de la mesa.

—¡Maldita humana! —rugió—. ¡Desperdiciaste deliciosas comidas!

Engulló a las sororitas caídas, engordando grotescamente. Su cuerpo creció hasta superar la altura de edificios. Saltó hacia mí con una agilidad imposible; esquivé el impacto, pero el golpe contra el suelo provocó un temblor brutal.

No podía caer. Quienes caían eran devoradas.

Belcebú atacó de nuevo. Veinte sororitas murieron bajo su embate. Luego empezó a lanzar a sus propios demonios como proyectiles.

Sor Eva, Lucrezia, Narcisa, Romola y Caterina rodearon al gigante, marcando el suelo con latín antiguo.

—¡Ustedes no me derrotarán!

—¡Ya estás derrotado, demonio!

—¡No!

El grito rasgó el tiempo y el espacio. Sentí mis oídos estallar.

Pop.

Belcebú se convirtió en un orbe de luz que se hundió lentamente en el suelo, junto a su horrendo séquito. El dominio colapsó, reduciéndose a una fracción de su tamaño original.

Cientos de almas fueron liberadas para que el ángel de la muerte las reclamara.

—Hicieron bien, sororitas… —dijo al llegar.

Hicimos bien, pensé. Pero nuestros números disminuían y solo estábamos en el segundo dominio infernal.

—Ángel de la muerte —musité.

—Dime, Dominica.

—Tengo miedo…

Me miró fijamente, luego con compasión.

—Tener miedo es natural. Miedo de lo desconocido, de lo que está por venir —dijo, mientras orbes luminosos giraban a su alrededor—. Enfócate. Todo esto tiene una meta. Que sus sacrificios no sean en vano.

Asentí. Debíamos llegar hasta Lucifer.

—Descansa… descansen…

Ordené acampar. Lo necesitábamos. En los rostros de mis hermanas se reflejaban la desesperación, el cansancio y el terror.

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Cristian Fernando Guevara Hincapié (Colombia)

(Cali, Colombia, 1989) es escritor y psicólogo, residente en Yumbo. Su obra transita entre la poesía y la narrativa breve con una inclinación marcada hacia el suspenso, la ciencia ficción y el terror, géneros desde los cuales explora el sufrimiento humano, la fragilidad de la identidad y los límites de lo real.
Influenciado por autores como Philip K. Dick, H. P. Lovecraft, Ray Bradbury y Ursula K. Le Guin, construye atmósferas envolventes que anclan lo perturbador en situaciones cotidianas, logrando que el lector reconozca algo propio incluso en lo profundamente extraño. Su formación en psicología atraviesa su escritura: no le interesa solo lo que ocurre, sino cómo se experimenta por dentro.
Es autor de las novelas El precio de una rosa y Desde la inventiva de Hefesto hasta las llamas del infierno, y ha publicado en más de 170 revistas y antologías a lo largo de su trayectoria. Se concibe a sí mismo como un observador de lo humano que utiliza la escritura para cuestionar, reinterpretar y expandir la realidad: abrir fisuras en las certezas y dejar en el lector una inquietud que persiste más allá de la última página.

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