
No fue más que la impresión. La tomé aquí; nunca la he perdido.
– Henry James, The Turn of the Screw (1898)
Hay historias que asustan porque muestran algo que no debería existir. La otra vuelta de tuerca inquieta por una razón más profunda: nunca termina de concedernos la seguridad de que aquello que vemos exista fuera de quien lo está mirando. Henry James construye una casa, unos niños, una institutriz y una serie de apariciones, pero detrás de ese escenario gótico coloca una pregunta que permanece abierta: ¿qué parte del horror pertenece al mundo y qué parte nace de nuestra necesidad de explicarlo?
La institutriz llega a Bly para hacerse cargo de Miles y Flora, dos niños cuya belleza y educación parecen convertirlos en criaturas casi perfectas. Pronto, sin embargo, comienza a percibir presencias que parecen relacionadas con el pasado de la casa. El relato nunca entrega una respuesta definitiva sobre ellas. La narración depende de la mirada de la institutriz y, por eso mismo, también depende de nuestra confianza en ella.
Ahí reside la verdadera fuerza de la novela. James convierte la incertidumbre en materia narrativa. No necesitamos decidir si los fantasmas son reales para que el miedo funcione. Basta con saber que alguien los ve y que esa visión comienza a reorganizar todo lo que ocurre a su alrededor. La percepción deja de ser una ventana hacia la realidad y se convierte en un territorio peligroso.
También importa aquello que los personajes callan. Las conversaciones están llenas de silencios, insinuaciones y frases incompletas. Hay cosas que nadie quiere nombrar, y precisamente por eso adquieren una presencia mayor. La amenaza no se encuentra solamente en las apariciones: también está en lo que una sociedad considera demasiado incómodo para decir.
James escribió una historia de fantasmas que puede leerse como una historia sobre el acto de mirar. ¿Cuánto necesitamos creer en nuestros propios ojos? ¿Cuándo una interpretación se vuelve una certeza? ¿Puede una persona proteger a los demás de un peligro que nadie más puede confirmar?
Tal vez la casa de Bly sea aterradora porque no sabemos qué contiene. O tal vez porque, una vez dentro de ella, descubrimos que tampoco podemos estar seguros de lo que llevamos nosotros mismos.
Contexto de la obra
Publicada en 1898, La otra vuelta de tuerca ocupa un lugar fundamental dentro de la literatura gótica y fantástica. Henry James (1843–1916) construyó la novela alrededor del testimonio de una joven institutriz que llega a Bly, una antigua propiedad inglesa, para hacerse cargo de dos niños. Allí comienza a percibir unas presencias que parecen relacionadas con el pasado de la casa.
La obra resulta especialmente importante por la manera en que James convierte la percepción en el centro del misterio. Todo lo que conocemos llega filtrado por la mirada de la institutriz, por lo que nunca disponemos de una explicación completamente objetiva de los acontecimientos. A lo largo del tiempo se han propuesto interpretaciones sobrenaturales, psicológicas y simbólicas, sin que la novela cierre definitivamente ninguna de ellas.
Publicada originalmente por entregas en Collier’s Weekly, la obra tuvo una influencia considerable sobre la literatura de fantasmas y las historias de casas encantadas. Su fuerza no depende solamente de aquello que aparece, sino de la duda que permanece después de que el lector ha intentado decidir qué fue realmente lo ocurrido.



