La carretera de Cormac McCarthy

La carretera:

Lo que queda cuando todo lo demás se va

“Cargar el fuego.” — Cormac McCarthy, La carretera (2006)

El niño duerme a mi lado.

Eso es lo primero que siento cuando entro en este libro: el peso pequeño y tibio de un hijo que respira despacio a mi lado, en la oscuridad, en algún lugar que ya no tiene nombre porque los nombres pertenecían al mundo que se fue. Me toma un momento entender dónde estoy. El frío lo aclara antes que los ojos: un frío que no es de estación sino de algo más permanente, el frío de un mundo al que le apagaron algo central y que desde entonces no ha vuelto a calentarse del todo.

Soy el padre. No tengo otro nombre en este libro y no lo necesito porque el nombre se fue con todo lo demás y lo que quedó es esto: ser padre. Ser el que cuida. Ser el que empuja el carrito por la carretera gris y mira hacia adelante aunque adelante no prometa nada visible y aunque el cuerpo lleve demasiado tiempo pidiendo descanso que no puede darse todavía.

El niño se despierta. Me mira con esos ojos que tienen los niños que crecieron en el fin del mundo y que nunca conocieron el mundo anterior: ojos que no extrañan lo que no vieron pero que preguntan todo el tiempo, que quieren entender, que todavía creen —y esto es lo que más me cuesta y lo que más me sostiene al mismo tiempo— que hay respuestas para las preguntas que hacen. Le digo que todo va a estar bien. Lo digo con la misma voz con que uno dice las cosas que no sabe si son verdad pero que necesita que lo sean.

Empujamos el carrito. La carretera va hacia el sur, hacia donde el frío debería ser menos, hacia algo que no sé si existe pero hacia lo que camino de todas formas porque necesito un hacia dónde aunque sea provisional. El paisaje que nos rodea es lo que queda cuando se le quita al mundo su color: árboles muertos que se quiebran con el viento, ríos que todavía fluyen pero que fluyen sobre ceniza, ciudades que son esqueletos de lo que fueron y que recorremos con cuidado, buscando lo que otros no encontraron antes, latas de comida, ropa, cualquier cosa que pese poco y ayude mucho.

McCarthy no me dice qué ocurrió. No hace falta. Lo que ocurrió está en todas partes y en ninguna: en el cielo que lleva meses sin mostrar el sol, en la ausencia de pájaros, en el silencio de los bosques que debería ser tranquilo y que en cambio es el silencio equivocado, el silencio de lo que ya no está. Aprendí a no hacerme esa pregunta. Aprendí que el qué no cambia el dónde, y el dónde es aquí, en esta carretera, con este niño, con este frío.

El niño me preocupa de maneras que no sabría explicar a nadie que no haya tenido un hijo en el fin del mundo. No me preocupa su salud, aunque su salud también me preocupa. Me preocupa su interior: lo que este paisaje le está haciendo por dentro, lo que está aprendiendo sobre la naturaleza humana en los encuentros que tenemos en el camino, los que son peligrosos y los que no lo son y la dificultad creciente de distinguir entre unos y otros. Le estoy enseñando a desconfiar. Y hay algo en esa enseñanza que me duele de una manera que no tiene nombre, porque desconfiar era lo último que quería enseñarle.

Pero él me enseña también. Eso no lo esperaba cuando entré en este libro, y es lo que más me ha sorprendido de habitarlo desde adentro. El niño quiere ayudar a los que encontramos en el camino. Quiere compartir lo poco que tenemos. Quiere creer que hay otros que llevan el fuego, que no todos los que quedan son de los malos, que la bondad no se fue con todo lo demás sino que sobrevivió en algún lugar, en alguna gente, esperando ser encontrada. Yo sé más que él. He visto más. Y sin embargo hay momentos en que me pregunto si lo que él sabe —esa fe sin evidencia suficiente, esa disposición a creer en la gente antes de que la gente demuestre que merece esa creencia— no es más útil para seguir que todo lo que yo sé.

Encontramos cosas a veces. Una bodega subterránea llena de comida enlatada, seca, intacta. Un refugio con una estufa que todavía funciona. Una noche de calor real, de comida real, de algo que se parece a lo que antes llamábamos normalidad. En esos momentos el niño se transforma: come con una concentración que es alegría, duerme con una relajación que en condiciones normales sería simplemente dormir y que aquí es un lujo que ninguno de los dos nos permitimos olvidar. Y yo lo miro comer y me ocurre algo que no sé nombrar exactamente: no es felicidad, que requiere más certeza de la que tengo, pero tampoco es solo alivio. Es algo entre los dos. Algo que solo existe cuando uno tiene un hijo y cuando ese hijo, por un momento, está bien.

Hay una noche en que no puedo dormir y salgo al frío a mirar el cielo. El cielo no tiene estrellas, o si las tiene están detrás de capas de algo que la luz no atraviesa. Es un cielo cerrado, opaco, sin referencia. Y pienso en ella, en la madre que no está, en la decisión que tomó y que yo no pude entender entonces y que ahora, en este paisaje, empiezo a entender aunque no pueda aceptar. Hay formas de ver el futuro que hacen imposible seguir. Ella lo vio de esa manera. Yo lo veo de otra, o me obligo a verlo de otra, no porque tenga más razones sino porque tengo al niño y el niño necesita que yo lo vea de otra manera.

Eso es cargar el fuego. No es una metáfora heroica ni una declaración de principios. Es esto: salir al frío a mirar un cielo sin estrellas y volver adentro porque el niño duerme y necesita que cuando despierte yo esté ahí. Es empujar el carrito otro día aunque el cuerpo diga que no. Es decirle que todo va a estar bien sin saber si es verdad pero sabiendo que la alternativa es peor. Es ser el motivo por el que alguien más sigue, y dejar que ese ser motivo sea suficiente razón para seguir uno también.

McCarthy escribe todo esto sin adornos. Sin comillas en los diálogos, sin capítulos numerados, con una puntuación reducida a lo esencial como si el lenguaje también hubiera tenido que deshacerse de lo superfluo para sobrevivir. Y esa decisión estilística es también una declaración sobre el mundo que describe: aquí no hay espacio para lo decorativo. Solo para lo necesario. Y lo necesario resulta ser muy poco y al mismo tiempo todo.

No voy a contar el final. Pero sí voy a decir esto: hay finales que resuelven y hay finales que abren. El de McCarthy abre. Abre hacia algo que el libro se negó a nombrar durante todo su recorrido pero que estuvo ahí desde la primera página, en el peso pequeño y tibio de un niño que duerme en la oscuridad.

Salgo de este libro con las manos frías y algo que no tenía cuando entré: una certeza nueva sobre lo que importa cuando todo lo demás se va. No es lo que uno pensaría antes de leerlo. Es más simple y más difícil al mismo tiempo. Es la presencia. La continuidad de estar ahí. El fuego pequeño que uno mantiene encendido no porque ilumine mucho sino porque en la oscuridad completa cualquier luz es suficiente para que alguien más no se pierda.

Contexto de la obra La carretera fue publicada en 2006 y ganó el Premio Pulitzer de Ficción en 2007. Cormac McCarthy, conocido hasta entonces principalmente en los círculos literarios, alcanzó con ella una visibilidad masiva que se amplió aún más con la adaptación cinematográfica de 2009. McCarthy ha dicho en entrevistas que el libro nació de una visión que tuvo en El Paso, Texas: imaginó la ciudad en llamas en el futuro, y a su hijo pequeño —John, nacido cuando el autor ya tenía más de sesenta años— caminando junto a él. La novela es en ese sentido una carta de amor de un padre a su hijo, escrita en el lenguaje más extremo posible. Su estilo despojado, sin comillas ni capítulos convencionales, fue una decisión deliberada de McCarthy para que la forma acompañara al fondo: un mundo reducido a lo esencial requería un lenguaje igualmente reducido a lo esencial.
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El viajero de las palabras [México]

No lee los libros: los habita. Entra en los textos, camina sus pasillos, escucha el pulso de la historia y convive con los personajes en sus propios territorios. Cuando regresa, lo hace con los ojos distintos y la ropa llena de polvo literario. El Viajero de las Palabras es cronista que escribe desde adentro de la obra, sin juzgar ni clasificar. Su voz mezcla la precisión y la sensibilidad del soñador. No revela finales: prefiere dejar una puerta entreabierta para que quien lea decida si se atreve a cruzar.

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