La mujer habitada: la voz que viene de antes

La mujer habitada: la voz que viene de antes

El viajero de las palabas (México)

«Ni la muerte detiene a quienes tienen algo por terminar.»
— Gioconda Belli, La mujer habitada (1988)

Bebo el jugo de una naranja y algo se mueve.

No es el sabor —aunque el sabor es extraño, más intenso de lo que debería, más antiguo. Es algo anterior al sabor: una presencia que despierta, que lleva siglos quieta y que de pronto reconoce una oportunidad. Algo que vivió antes de que existiera este patio, antes de que existiera esta ciudad, antes de que llegaran los que cambiaron los nombres de todo.

Me llamo Itzá. O al menos eso es lo que soy en este momento: la voz de una mujer que murió antes de la Conquista y que se convirtió en árbol para no desaparecer del todo. He estado esperando. No con ansiedad sino con la paciencia particular de quien sabe que el tiempo es largo y que si algo importa lo suficiente, el momento llega.

Lavinia me tomó sin saberlo. Se sirvió el jugo de mi naranja un domingo cualquiera y de repente yo estaba ahí, dentro de ella, escuchando su corazón que late con la velocidad de las ciudades modernas, sintiendo sus pensamientos que son los pensamientos de una mujer que diseña casas y que empieza a preguntarse si diseñar casas es suficiente.

Belli construye esta novela con dos voces que se alternan: la de Lavinia, en tercera persona, y la mía —la de Itzá— en primera. Esa arquitectura no es decorativa. Es el argumento. La historia que no terminó con la Conquista sigue ocurriendo en el cuerpo y en las decisiones de Lavinia. El pasado no pasa: habita. Y lo que Itzá lleva siglos sabiendo sobre la resistencia, sobre el precio que se paga por defender lo que se ama, sobre la manera en que la tierra y la sangre y la memoria son lo mismo, empieza a filtrarse en Lavinia sin que ella lo note primero.

La novela transcurre en un país que Belli no nombra pero que es claramente Nicaragua: la dictadura, la guerrilla, el Frente, los jóvenes que van entendiendo que el silencio es también una forma de complicidad. Lavinia entra en la lucha de a poco, como quien entra en el agua fría: primero los pies, luego las rodillas, luego ya no hay vuelta atrás. Belli no la juzga ni la glorifica. La acompaña. Y en ese acompañamiento hay algo que pocas novelas sobre la revolución logran: la conciencia de que quien decide arriesgar también decide por los que ama, y ese peso no es menor que el de la causa.

Lo que Itzá comprende mirando a Lavinia desde adentro es que nada cambia de verdad en la superficie si no hay algo que cambie en el interior. La revolución política requiere la revolución personal. El cuerpo de Lavinia es también el territorio que necesita liberarse: de lo que le enseñaron a esperar de sí misma, de los límites que asumió como naturales. Belli escribe sobre la mujer como sujeto político con una claridad que en 1988 era todavía radical.

No voy a decir qué pasa con Lavinia al final. Pero sí voy a decir que cuando el libro termina, Itzá sigue. Los siglos la hicieron paciente y también la hicieron sabia en esa forma particular de la sabiduría que viene de haber perdido todo menos la memoria.

Salgo del libro con la sensación de llevar algo dentro que no estaba antes. Una voz. Un latido antiguo que sabe cosas que yo no sabía. Y la pregunta de cuántas Itzás hay en cuántas de nosotros, esperando que alguien las beba.

Contexto de la obra

La mujer habitada fue publicada en 1988 por la escritora nicaragüense Gioconda Belli y es considerada su novela más importante. Belli militó activamente en el Frente Sandinista de Liberación Nacional durante los años de lucha contra la dictadura de Somoza, experiencia que impregna toda la novela. El libro, rechazado inicialmente por el mercado editorial español, fue publicado en Alemania y luego en Nicaragua, y su éxito fue creciendo hasta convertirse en uno de los textos más leídos de la literatura centroamericana. Su estructura de doble narrador —la voz indígena precolombina alternándose con la perspectiva contemporánea— fue una innovación notable que permitió a Belli articular simultáneamente la memoria colonial y la lucha revolucionaria. La novela ha sido traducida a más de veinte idiomas y es estudiada extensamente en programas de literatura latinoamericana y estudios de género.
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El viajero de las palabras [México]

No lee los libros: los habita. Entra en los textos, camina sus pasillos, escucha el pulso de la historia y convive con los personajes en sus propios territorios. Cuando regresa, lo hace con los ojos distintos y la ropa llena de polvo literario. El Viajero de las Palabras es cronista que escribe desde adentro de la obra, sin juzgar ni clasificar. Su voz mezcla la precisión y la sensibilidad del soñador. No revela finales: prefiere dejar una puerta entreabierta para que quien lea decida si se atreve a cruzar.

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