En el camino de Jack Kerouac

En el camino:

La velocidad como forma de buscar

“La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse.” — Jack Kerouac, En el camino (1957)

No recuerdo exactamente cómo terminé en este auto.

Eso también es parte de la experiencia, creo. Con Dean Moriarty las cosas no empiezan con una decisión clara y un plan trazado: empiezan con un impulso, con alguien que dice vámonos y uno que dice sí antes de pensar si tiene razón para decirlo. Y de repente estás adentro, el motor arranca, Nueva York desaparece por el espejo retrovisor, y ya no hay manera de reconstruir el momento exacto en que elegiste esto porque con Dean los momentos exactos no existen. Solo existe el movimiento.

Sal Paradise va en el asiento del copiloto. Yo voy atrás, entre una mochila que no es mía y una cobija que huele a gasolina y a algo más difícil de nombrar, algo que tiene que ver con la expectativa y el miedo mezclados en proporciones iguales. Sal no me mira. No hace falta. En este auto los pasajeros no necesitan presentarse porque todos están aquí por la misma razón que ninguno sabría articular con precisión: algo en el mundo estático se volvió insoportable, y esto —la carretera, la velocidad, Dean al volante hablando sin parar sobre jazz y Dios y las mujeres y el alma de América— es la única respuesta que encontraron.

Dean conduce como si el auto fuera una extensión de su sistema nervioso. No maneja: fluye. Sus manos en el volante tienen esa ligereza de los que hacen difícil lo que parece fácil, y sus ojos saltan entre la carretera y el horizonte y Sal y el espejo retrovisor con una velocidad que debería ser caótica y sin embargo tiene su propio ritmo, como el jazz que pone en la radio cuando la radio funciona y que tararea cuando no. Dean es jazz. Esa es la mejor descripción que puedo dar: improvisación con estructura invisible, libertad que no es caos sino un orden diferente al que estamos acostumbrados.

América se abre afuera de la ventanilla como algo que nunca terminó de decidir qué quería ser. Los campos planos de Kansas con su cielo enorme que no parece cielo sino techo, las montañas de Colorado que aparecen en el horizonte como una promesa que tarda días en cumplirse, las ciudades que llegan y pasan demasiado rápido para conocerlas de verdad pero suficientemente despacio para que dejen una imagen, un olor, una conversación a medias que uno completa solo kilómetros después. Denver. Chicago. San Francisco. Nueva Orleans. Los nombres suenan como versos en una lengua que estoy aprendiendo a hablar.

En Denver hay una noche que no olvidaré. Un patio trasero en un barrio que no sé nombrar, gente que toca música con lo que tiene a la mano, una trompeta y un bajo y alguien que lleva el ritmo golpeando una caja de madera. Dean baila sin moverse, que es la única forma verdadera de bailar, y Sal tiene esa expresión que le pone a veces, esa mezcla de alegría y melancolía que produce estar exactamente donde quieres estar sabiendo que no vas a poder quedarte. Yo estoy en un rincón, una cerveza en la mano, y siento por un instante que el mundo ha encontrado su velocidad correcta. No la velocidad de Dean, que es demasiado para sostenerla mucho tiempo. Algo más lento y más hondo: el ritmo de esa música que no tiene nombre y que llena el patio y se pierde en el aire de Colorado.

El instante pasa. Con Dean los instantes siempre pasan.

Aprendo cosas en este auto que no se aprenden en ningún otro lugar. Aprendo que la amistad entre Sal y Dean no es simple aunque parezca simple: es una de esas relaciones que funcionan en movimiento y se complican en reposo, que necesitan la carretera para existir porque en la carretera no hay tiempo para las preguntas que las destruirían. Sal ama a Dean con esa mezcla particular de admiración y daño que tienen ciertos amores, el tipo de amor que te hace mejor y peor al mismo tiempo, que te abre algo y te cuesta algo, y del que uno no puede salir sin llevar una marca. Lo he visto antes en otros libros, en otras vidas: la fascinación por el que vive sin red, por el que no tiene miedo —o tiene tanto miedo que lo convirtió en combustible— y que desde esa libertad aparente ilumina y quema con la misma intensidad.

Dean desaparece a veces. Literalmente: lo buscas y no está, tomó otro rumbo, fue a ver a alguien, tiene un asunto que resolver que nunca termina de resolverse. Y en esas ausencias Sal se queda con una expresión que reconozco: la de quien construyó algo sobre una presencia que es por naturaleza intermitente. No es traición lo que Dean hace. Es simplemente lo que Dean es, y Sal lo sabe, y lo elige de todas formas, que es quizás la definición más honesta de querer a alguien: conocer exactamente lo que no puede darte y elegirlo de todas formas.

Cruzamos la frontera hacia México y algo cambia en el aire antes de que el paisaje cambie. No sé si es la luz o la altitud o algo más difícil de medir, pero el auto parece más liviano y Dean conduce diferente, más despacio, como si incluso él sintiera que este territorio pide otra velocidad. México le hace algo a Kerouac que Estados Unidos no pudo hacerle: lo detiene. No físicamente, pero sí interiormente. Hay un momento en un pueblo pequeño cuyo nombre no recuerdo donde todos nos bajamos del auto y nos quedamos simplemente ahí, parados en una plaza bajo un sol que no es el sol norteamericano, y nadie dice nada durante un tiempo que no sé medir. Ese silencio es lo más cerca que Dean Moriarty ha estado de la quietud en todo el libro.

No dura.

El libro termina con una melancolía que contrasta con toda la energía que lo precedió, como un músico que cierra un concierto largo con una nota sola y sostenida. Sal está en Nueva York, es otoño, Dean se fue otra vez. Y hay en esas últimas páginas una conciencia nueva que Kerouac no anuncia pero que se siente: que la búsqueda fue real, que la carretera fue real, que Dean fue real, y que al mismo tiempo algo en todo eso no alcanzó a ser suficiente. No porque fuera poco. Sino porque lo que buscaban —ese estado de plenitud sin fisuras, ese instante del patio de Denver hecho permanente— no es algo que la carretera pueda entregar. La carretera puede llevarte cerca. El resto depende de algo que va más adentro de lo que ningún auto puede llegar.

Me bajo en algún punto antes del final. No porque el libro me expulse sino porque siento que lo que tenía que ver ya lo vi, y porque viajar con Dean Moriarty demasiado tiempo le hace algo al sentido del equilibrio que conviene cuidar. Me quedo en la banquina con el polvo del camino en la ropa y una sensación extraña en el pecho que no es exactamente alegría ni exactamente tristeza sino algo que existe entre las dos, en ese territorio sin nombre donde viven las experiencias que no caben en ninguna categoría.

El auto ya no se ve. Solo el camino, que sigue.

Y eso, entiendo ahora, es todo lo que Kerouac quería decir.

Contexto de la obra En el camino fue publicada en 1957, aunque Kerouac la escribió en su primera versión en 1951, basándose en sus viajes reales por Estados Unidos y México con Neal Cassady —el modelo para Dean Moriarty— durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. La novela se convirtió en el manifiesto de la Generación Beat, movimiento literario y cultural que rechazó los valores conformistas de la posguerra norteamericana y abrazó la libertad, la experimentación y la búsqueda espiritual. Su publicación fue un fenómeno cultural inmediato: el New York Times la calificó como un libro que cambiaría la literatura americana. Junto a Allen Ginsberg y William S. Burroughs, Kerouac definió una sensibilidad que anticipó muchos de los movimientos contraculturales de los años sesenta.
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El viajero de las palabras [México]

No lee los libros: los habita. Entra en los textos, camina sus pasillos, escucha el pulso de la historia y convive con los personajes en sus propios territorios. Cuando regresa, lo hace con los ojos distintos y la ropa llena de polvo literario. El Viajero de las Palabras es cronista que escribe desde adentro de la obra, sin juzgar ni clasificar. Su voz mezcla la precisión y la sensibilidad del soñador. No revela finales: prefiere dejar una puerta entreabierta para que quien lea decida si se atreve a cruzar.

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