Carnaval en Puno

La resaca de la indecisión lo había arrastrado a un puerto fluvial de menor brillo que su renombre en la comarca. Tomó un cuarto en un hotel des­ven­cijado y pulgoso, con precios excesivos debido al inminente carnaval.

Luego de arrojar su polvoriento bolso sobre la cama, y de lavarse manos y cara, salió a dar una vuelta, sorprendido por el frío reinante a pesar de la clari­dad de la tarde.

Desde temprano, según se enteró, parrandeaban las diversas com­parsas, re­presen­tando con mayor o menor dignidad los barrios de la ciudad y algunas localidades aledañas.

Ataviadas con trajes estrafalarios y vistosos, hechos a lo largo del año con ma­nos entumecidas por el afán de sobresalir, con más­caras rim­bom­ban­tes, acompañadas por bandas de música en las que trompetas, saxos, tubas y trombones parecían querer despis­tar a los transeúntes, las “dia­bla­das” habían invadido el centro, cortando las calles con espasmódicos pasos de baile mal aprendidos.

Se dejó llevar por las multitudes interesadas, pero silen­ciosas, que pare­cían más bien vigilar el paso de las ruidosas columnas que festejarlo.

El exceso de colores y de ruido, que tomara al principio como ali­ciente para levantar el ánimo, terminó por parecerle monó­tono, sobre todo después de ad­vertir que las decenas de bandas tocaban una y otra vez las mismas dos o tres piezas. Enervado por el gen­tío, se refugió en el rincón de un espacioso restau­rante, comió sin prisa, y se marchó al hotel.

Desde la cama, y a través de una ventana incerrable que dejaba pasar el frío y el bochinche de la calle, escuchó sin entusiasmo las marchas de las murgas.

Centenares de hombres dispersos por la ciudad, en trance por haber esta­do soplando desde hacía horas, amortajados en el traje de su divisa, tiritando porque el viento les refrescaba el sudor bajo las axilas, tocaban a destiempo la misma pieza, sobrepo­niéndose unos a otros, descuar­tizando la partitura en trozos incom­patibles.

Entretanto, ya de noche, se habían poblado las habitaciones veci­nas. Del otro lado de la pared, un hombre inquieto, que hacía crujir los resor­tes de la cama y carraspeaba cada tanto. Al frente, en el otro cuarto, una mujer de pasos cortos, que apenas suscitó gemidos al colchón. Arriba, una pareja joven, quizá flamante, por cierto, inexperta, bulliciosa, borracha de la ale­gría prescrita en carnaval.

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Carlos García (Alemania)
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