
“La ciencia, hijo mío, está hecha de errores, pero de errores útiles de cometer, porque poco a poco nos acercan a la verdad.”
— Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra (1864)
Desciendo.
No hay otra manera de comenzar este viaje porque no hay otra dirección posible en él. Todo lo que Verne construyó aquí apunta hacia abajo, hacia adentro, hacia ese territorio que la superficie del mundo oculta bajo capas de roca y tiempo y silencio geológico. Desciendo con el profesor Otto Lidenbrock, que es mi tío en este libro y que es también el tipo de hombre que convierte la obsesión en método y el método en aventura, y junto a nosotros va Axel, que soy yo, que es el narrador, que es el que tiene miedo donde Lidenbrock tiene certeza y que aprende, a medida que el suelo se aleja sobre nuestras cabezas, que el miedo y la maravilla pueden coexistir en el mismo instante sin anularse.
Islandia es el punto de entrada. El volcán Snæfells, dormido desde hace siglos, guarda en su cráter la puerta que un cierto Arne Saknussemm descubrió trescientos años antes y dejó registrada en un manuscrito cifrado que mi tío tardó semanas en descifrar y que yo habría preferido que nunca descifrara. Hay personas que ante un mapa dicen vamos. Yo soy el tipo de persona que ante ese mismo mapa pregunta primero si es seguro ir. La respuesta, en este caso, es claramente que no. Y vamos de todas formas.
El descenso tiene sus propias etapas, su propia educación. Al principio el mundo subterráneo parece simplemente una versión más oscura y más estrecha del mundo que dejamos arriba: pasadizos de roca, temperatura descendente, el ruido de nuestros pasos multiplicado por las paredes hasta volverse una compañía incómoda. Lidenbrock avanza como quien sabe a dónde va aunque nadie, en rigor, sepa a dónde va. Hay en él esa cualidad de los que han convertido el conocimiento en fe: no en el sentido religioso sino en el sentido de que la ciencia, para él, es suficiente razón para ir hacia lo desconocido sin necesitar garantías de lo que encontrará.
Yo necesito garantías. No las tengo. Sigo de todas formas.
Lo que Verne hizo en este libro que ningún escritor de aventuras de su época hacía con la misma disciplina es tomar la ciencia en serio. No como decorado, no como excusa para lo fantástico, sino como estructura. Las teorías geológicas que Lidenbrock cita, las observaciones sobre la temperatura y la presión, las discusiones sobre la composición de las rocas que atravesamos: todo eso está ahí no para impresionar sino para anclar. Verne quería que el lector creyera en el viaje, y para creer en el viaje necesitaba creer en el mundo que lo hacía posible. La ciencia es la arquitectura de la maravilla.
Y la maravilla llega.
Llega de una manera que no esperaba, que ninguna descripción previa podría haber preparado: un mar. Un mar subterráneo, quieto y vasto, iluminado por una luz que no tiene fuente visible, que parece emanar de las propias rocas del techo que se pierde a una altura imposible de calcular. Me detengo en la orilla de ese mar y entiendo que estoy viendo algo que ningún mapa ha registrado, que ningún libro ha descrito, que existe en el único lugar donde puede existir lo que no tiene nombre todavía: en el territorio de lo que aún no ha sido visto.
El mar interior tiene sus criaturas. Tiene sus tormentas. Tiene esa autonomía de los lugares que llevan suficiente tiempo solos para haber desarrollado sus propias reglas. Navegamos en una balsa construida con los troncos de árboles fósiles —árboles que crecieron en una era que la humanidad no vio pero cuyos restos conserva la tierra como una memoria muy larga— y en esa navegación hay algo que trasciende la aventura en el sentido convencional. Hay una contemplación. Una manera de estar frente a lo que es tan antiguo que la escala humana deja de aplicarse.
Axel, que soy yo, que tengo miedo con más frecuencia que valentía, aprende algo en ese mar que los libros de ciencia no enseñan: que el conocimiento no elimina el asombro sino que lo afina. Saber el nombre geológico de una roca no la hace menos extraordinaria; la hace más, porque añade a su belleza visible una dimensión temporal que la vista sola no puede capturar. Ver un fósil de hace trescientos millones de años no es ver una piedra con forma de animal. Es ver el tiempo materializado. Es tocar una duración que ninguna mente humana puede contener del todo pero que el cuerpo, de alguna manera, registra.
Hay un momento en que me pierdo. Me separo del grupo en la oscuridad y camino solo durante horas que no puedo contar, sin luz, sin dirección, sin otra compañía que el sonido de mis propios pasos y el latido de mi propio miedo. Y en esa oscuridad completa ocurre algo que Verne describió con una precisión que solo puede venir de haber imaginado el miedo muy cuidadosamente: la oscuridad total no es la ausencia de todo, es la presencia amplificada de uno mismo. Sin nada exterior que procesar, la mente se vuelve hacia adentro con una intensidad que en otras circunstancias resulta difícil de sostener.
Me encuentran. O me encuentro. El viaje continúa.
El regreso, cuando llega, tiene la violencia de lo inevitable: un volcán en erupción que nos expulsa hacia la superficie con la misma indiferencia con que la tierra guardó su secreto durante siglos. No elegimos el momento de salir. La tierra decide por nosotros, como decidió para Saknussemm siglos antes, como decidiría para cualquiera que se atreviera a bajar hasta donde bajamos. El mundo subterráneo no nos pertenece. Somos visitantes a los que se tolera hasta que ya no se tolera.
Emerjo en Sicilia, lejos de donde entré, en una geografía completamente diferente a la que dejé. Y eso también es parte de la enseñanza del viaje: que no siempre se regresa al mismo lugar del que se partió. Que descender cambia la superficie que luego uno pisa. Que el mundo de arriba parece diferente cuando uno sabe lo que hay debajo.
Lidenbrock llega a la superficie y lo primero que hace es buscar un cuaderno para anotar. Yo llego y lo primero que hago es mirar el cielo.
El cielo, después de todo ese tiempo sin verlo, es la cosa más extraordinaria que he contemplado en todo el viaje.
Contexto de la obra
Viaje al centro de la Tierra fue publicada en 1864 y forma parte de la serie Viajes extraordinarios que Julio Verne desarrolló a lo largo de toda su carrera en colaboración con su editor Pierre-Jules Hetzel. La novela es uno de los primeros ejemplos de lo que hoy llamamos ciencia ficción dura: una narrativa fantástica construida sobre bases científicas reales o verosímiles para su época. Verne consultó tratados geológicos y textos científicos contemporáneos para dar credibilidad al descenso, aunque la teoría de la tierra hueca que subyace al relato era ya entonces objeto de debate. La obra inauguró una tradición de exploraciones subterráneas en la literatura y el cine que llega hasta hoy, y estableció al profesor Lidenbrock como uno de los arquetipos del científico obsesivo que la ficción moderna seguiría explorando en innumerables variaciones.



