“La mala lengua no tiene
fin para inventar.”
FEDERICO GARCÍA LORCA
Querido amigo:
Mucho gusto en conocerte, mi nombre es Mercedes. Lo que quiero contarte es sumamente importante, pues tengo la certeza, de que no soy la única mujer que lo ha padecido. Todo inicia desde antes que naciera, cuando mi madre conoció al hombre que la ayudó a que me concibiera, sin saber la verdad a tiempo, y por el que sufriríamos mi madre y yo la discordia más grande de nuestras vidas.
Nací en una localidad llamada Villamodelo, muy cerca de Simojovel, Chiapas. Mi estadía allí duró sólo mis primeros tres años de vida, cuando mi madre decidió que ambas nos iríamos a Tuxtla para pasar el resto de nuestras vidas, hasta ahora.
Mi madre representaba para mí una mujer ejemplar, recta y firme en todo lo que se proponía. Durante mi niñez, mi madre y yo éramos muy felices, a pesar de que vivíamos de manera austera. Cada momento que vivimos ella y yo, se lo agradecí hasta el día de su muerte.
En su velorio, sentí un vacío en mi pecho, no porque haya muerto, sino porque nadie de sus familiares de Villamodelo fue a su entierro. No pude evitar llorar cuando miré las fotos de nosotras en nuestro álbum. Traté de ser fuerte, más por ella que por mí. Que yo recuerde, nunca la vi derramar una sola lágrima, ni siquiera cuando no nos alcanzaba para pagar algún material de la escuela o la renta del siguiente mes. La ceremonia resultó normal, a pesar de la poca asistencia. Fue la última vez que tuve que recordar a mi madre, o al menos, eso creí.
Dos años después, ya convertida en una profesionista en asistencia social, ayudando a los ancianos discapacitados, me di la oportunidad de adentrarme en los recuerdos de mi madre. Esculqué en sus pertenencias que aún tenía en mi poder. Para mi sorpresa, descubrí una foto de ella cuando era joven, con un bebé en sus brazos, a lado de un hombre mayor, aproximadamente de unos treinta años. No tardé en pensar que el bebé que cargaba en brazos era yo. De lo que aún no estaba segura, es si el hombre que estaba a su lado era mi padre, ya que no tenía nada de él más que la foto. Ese aspecto me dio curiosidad, por lo que decidí emprender rumbo a la tierra que me vio nacer.
Al llegar a Villamodelo, encontré un ambiente muy moderno, contrastando el diseño rústico de las casas que había en la localidad. Sin embargo, no tardó la gente en notar mi presencia, como cualquier pueblerino que se percata de visitantes foráneos. Las miradas curiosas me incomodaban un poco, hasta que les mostré la foto de mi madre y yo con aquel hombre. Las miradas que eran antes de expectación y curiosidad, cambiaron a impresión, y más tarde desprecio. Sucedía cada vez que les mostraba la foto para pedir información acerca de él. Aquel repudio me hizo imaginar las escenas más espantosas que ese hombre pudo haberle hecho pasar a mi madre, y capaz a mí también.
Luego de pasar todo el día recorriendo la localidad, decidí instalarme en un hotel de allí. Para mi desgracia, el dueño se mostró inflexible conmigo, advirtiéndome que no tenía cuarto para mí y que me fuera de inmediato. El odio en sus palabras me dejó anonadada, pensaba “¿por qué tanto odio?”, “¿qué hizo aquel hombre para que mi madre y yo pagáramos los platos sucios?” Es cuando se apareció una mujer mayor e intervino en la situación con el dueño del hotel.
Le di las gracias por la ayuda, ella me las aceptó y me ofreció quedarme en su casa por esa noche. Nuevamente, le agradecí el gesto y me fui con ella. Ya en su casa, me llevó a un cuarto que tenía para huéspedes, se lo acepté y ambas nos despedimos, hasta el día siguiente. Estábamos en la mesa del comedor, disfrutando del desayuno, cuando me entró la necesidad de retomar la búsqueda del hombre de la foto. La mujer mayor se adelantó y me preguntó si quería saber acerca de mi padre.
-¿Cómo sabe que él es mi padre?-le pregunté a la mujer, mientras le mostraba la foto.
-Porque los vi cuando se tomaron esa foto-respondió la mujer con parsimonia.
-Entonces, ¿también conoció a mi madre?-pregunté la señora, esperando que resolviera todas las dudas que tenía.
-Sí. Trabajó para mí y tu padre cuando era una jovencita, como tú.-respondió la pregunta igual que la anterior.
-¿De qué trabajó mi madre?-pregunté, intrigada.
-Era nuestra cocinera, aunque también hacía de niñera con nuestros hijos-respondió la mujer. Parecía una estatua, por lo inmutada que se mostraba.
-¿Hijos? ¿De usted?
-Sí, y también de tu padre.
-No la entiendo, señora-la actitud de la mujer me puso nerviosa, que adopté una postura conservadora.
-¡Tu padre fue mi esposo mucho antes de que se enredara con la cualquiera de tu madre!-sus ojos parecían saltar de sus órbitas cuando reveló aquella verdad.
Di un salto hacia atrás cuando vi que acercaba su cara a la mía, puse mis manos en señal de defensa, por si intentaba atacarme. Me paré de inmediato, quise ir al cuarto donde tenía mis cosas para recogerlas y marcharme de allí. En ese momento, sentí la necesidad de saber más sobre la relación que tuvo mi padre con mi madre, lo cual al parecer, lastimó a la mujer que tenía en frente.
-¿Por qué le dice cualquiera a mi madre? ¿Qué pasó entre ella y su esposo?
-Ya que tienes tantas ganas de saber, niña, te lo diré-la mujer se levantó y fue en dirección a un mueble que había en el salón, para abrir uno de sus cajones y extraer algo.
Resultó ser un libro, el cual, reveló la mujer, era el diario de su esposo, mi padre. Al parecer, él era un hombre de una gran fortuna que vivía un matrimonio, aparentemente feliz, hasta que llegó mi madre a sus vidas. Al principio, mi padre veía a mi madre como una empleada más. Sin embargo, ella poseía un encanto natural, que atrajo su atención al instante. Intentó conquistar a mi madre a base de regalos y dinero extra para que comprase lo que quisiera. Ella se resistió, pues sabía que él era un hombre casado y su esposa era su jefa. Pero, una noche que la esposa salió de viaje con sus hijos para visitar a sus abuelos, mis padres quedaron solos en la mansión, lo cual aprovecharon ante varios intentos de coqueteo y una dosis fuerte de vino tinto, para sucumbir a las bajas pasiones.
Un mes después, mi madre descubrió que estaba embarazada de mí. Le contó a mi padre la noticia y él le prometió que dejaría a su esposa para vivir juntos, ella le creyó, ignorando que la esposa también sabía del embarazo. La mujer no cedería a los deseos sin antes dar pelea.
Un día la citó a mi madre para hablar de un asunto importante. Lo que no sabía mi madre era que ese asunto importante era sobre su embarazo y el plan que tenía ella y su esposo. Tomó una navaja y trató de incrustárselo en su vientre pero mi madre se lo impidió. Es cuando mi padre se apareció de la nada y se percató de la pelea. Se puso en medio de las dos, recibiendo una puñalada en la espalda, justo en una de las vértebras que pasan por la espina dorsal. En ese momento, la señora reaccionó y cesó sus intentos de matar a mi madre, se inclinó para atender a su esposo, quien se encontraba en estado crítico. Mi madre llamó a emergencias para que fueran por él.
Mi padre no dejó que su esposa ni mi madre lo acompañaran a la ambulancia. En el hospital, luego de haberlo atendido a tiempo, le dieron la peor noticia. Quedó inmovilizado de la cintura para abajo. La tragedia inundó el pasillo del hospital, la esposa lloraba desconsolada, y mi madre igual, pero en silencio y muy apartada de todos.
Mi padre solicitó el divorcio, donde la esposa sólo se quedaría con el diez por ciento, sin posibilidad de vivir en la mansión que ellos construyeron desde sus inicios. Mi madre, por otro lado, obtuvo lo que quería y mucho más. Ella se quedó a vivir con mi padre en la mansión, como esposa y dueña. Por desgracia, con el tiempo, aquel sueño hecho realidad se convirtió en una pesadilla, luego de que la exesposa esparció rumores de que mi madre fue quien le provocó la inmovilidad en las piernas, y que fue falsamente acusada. Mis padres trataron de desmentirlo en la localidad, pero la gente fue tan incrédula por tomarle la palabra, sin indagar la verdad. Desde ese momento, no tuvieron un momento de paz en Villamodelo.
Cuando nací, mis padres creyeron que su suerte cambiaría, pero eso sólo provocó un odio todavía mayor. Los hijos de mi padre no tardaron en desprestigiarlo a él y su nueva familia. Se aseguraron de que no tuviera ayuda de nadie. Aquella situación le provocó a mi padre una depresión, de la cual no saldría hasta el día que decidió meterse en la tina del baño, llena, con una radio en sus brazos. Cuando mi madre lo encontró muerto, su mundo se derrumbó. Pero logró recuperarse con mi llegada al mundo, fui su fuerza en aquellos años de frustración y tristeza. Sin embargo, eso no evitó el odio de la gente, que no paraba de insultarla cada que salía conmigo para ir a pasear o comprar algo para la mansión. Mis medios hermanos se ensañaban con ella, diciéndole que no sería nadie en este mundo, excepto “la otra”. Ese comentario fue suficiente para quebrar a mi madre, según me dijo la exesposa. Estaba a dos meses de cumplir tres años.
Ya no quise escuchar nada más y le pedí que se detuviera. Aquella historia me produjo un sinfín de emociones, que me dejó un nudo en la garganta, situación del cual, hasta ahora, no dejo de sentir. Ya quería ir por mis cosas y marcharme, cuando la mujer me detuvo y dijo que no me iría.
-He esperado mucho tiempo para cobrarme la humillación que me hizo pasar tu madre. ¡Tú vas a pagar por lo que me hizo “la otra”!-me mostró la navaja e intentó apuñalarme.
Me interpuse todas las veces que lo intentó. Logré zafarme de ella, aunque con un corte en el brazo. Llegué al cuarto donde puse mis cosas. Me encerré allí y guardé lo que pude, observé una ventana del otro lado del cuarto, la abrí y salí de la casa. Tardé como diez minutos para salir de la localidad, durante ese tiempo, algunas personas me vieron y comenzaron a lanzarme piedras, palos y quién sabe qué más. Después de esa travesía aterradora, logré salir, dejándome el vidrio del carro medio roto y la promesa de nunca más volver a Villamodelo.
Han pasado cinco años desde aquella experiencia desagradable y aterradora. Demandé a la señora por los daños a mi persona. Mi abogado me aconsejó pedirle una gran cantidad de dinero, pero lo negué. Lo único que quería de ella, era el diario de mi padre. Necesitaba saber su vida, si realmente nos amó a mi madre y a mí. Él aceptó, al igual que la exesposa.
Cuando me lo dieron, pasé la noche leyendo cada experiencia que él había redactado. Resultó aterrador y repugnante. Al parecer, mi padre era un casamentero que le gustaba hacerse el coqueto con las mujeres, para después dejarlas con las ilusiones rotas. Había otras antes que su exesposa, y también hubo otras después que mi madre. Toda esa depresión que sintió no fue por el hecho de no poder moverse, sino de no hacer lo que más le encantaba, engañar mujeres. Para mi padre, la mujer era la otra esposa, mi madre la otra mujer, y yo, la otra hija.
Te comparto este diario y la foto que tengo de mí de bebé, con mi madre y el hombre que llamé, con incredulidad de hija, “mi padre”. Es una prueba para que autentifiques mi historia, con la esperanza de que no haya otras mujeres que sufran el tormento de ser “la otra”.




