
El camino de los cambios es un fluir incesante,
un movimiento que no se detiene en ningún lugar.
Se desplaza a través de los seis vacíos,
subiendo y bajando sin ley fija…
Pero hay un orden que lo rige.
– Ta Chuan (El Gran Tratado).
I. Hallazgo
—Señorita Iturbe, señor Ugarte, encontré algo —exclamó el obrero mientras se quitó el sombrero de paja y se apoyó sobre la pala.
En ese momento, yo estaba con María en la galería de la residencia, comentando algo sobre las anchas paredes de ladrillos y barro, los pisos de baldosas y las aberturas de algarrobo que acogían las tertulias de comerciantes criollos y españoles durante la lejana época de esplendor, frente al actual deterioro de la casa, y no sé qué otra cuestión de una leyenda.
Sorprendidos, salimos del resguardo de la sombra y cruzamos el terreno bajo el sol ardiente de febrero, para cerciorarnos sobre el hallazgo.
—Lorenzo, le habíamos indicado que trate de no cavar fuera del área delimitada por las cintas de balizamiento perimetral —lo reprendió dulcemente María.
—Sí ya sé, pero una curiosidad me dio este lugar. Vio eso de la luz mala que cuentan, bueno, me acordé que dicen que ahisito anda por acá —dijo, apuntando el sitio horadado.
—No se me enoje, doña…
—No me enojo Lorenzo, pero tenemos que ser cuidadosos de los espacios. Hicimos gestiones con el Obispado y el Municipio para estudiar el lugar… Aparte, somos científicos ¿no? —contestó María buscándome cómplice.
Yo solo asentí con la cabeza, mirándola con mordacidad.
—Bueno, a ver Lorenzo, muéstrenos qué encontró —dije cambiando el aire.
—Miren —respondió señalando el hoyo y golpeando suavemente con la pala.
Los golpes sonaban a madera sólida.
Nos miramos con María, inclinándonos a un tiempo y comenzando a ampliar el hoyo cuidadosamente con las manos y una pequeña cuchara de albañil que ella traía. Lorenzo observaba nuestro empeño y comenzó a contar algo sobre el famoso tesoro escondido en el lugar y la historia de un guardián negro.
Despejamos lo que parecía ser un cofre de madera, de unos cuarenta centímetros de largo, con herrajes de bronce opacados por una pátina verdosa.
—¿Ven? —dijo satisfecho el velador del solar.
Seguimos excavando con celo y sigilo; el silencio se quebraba con ocasionales comentarios. Logramos separar el robusto cofre de su atadura telúrica. Lo extrajimos con cautela y lo colocamos sobre el pasto, al lado de su sepultura. Arrodillados junto al foso, nos quedamos absortos con ese inesperado tesoro.
De pronto me asaltó el recuerdo de aquella remota mañana de 1975, cuando la señorita Isabel nos narró, con el encanto teatralizado de las buenas maestras, la historia del lugar que visitaríamos. Al día siguiente, una treintena de deslumbrados niños y niñas de diez años de edad, recorríamos la casona de Santa Coloma y la Capilla María Auxiliadora, ubicadas en un predio de Villa Cramer, en Bernal. Lo bueno ocurriría después.
—Che —dijo alguien como si nada— ¿Y si venimos a la tarde a buscar el tesoro?
—Sí, dije con ímpetu. Venimos en bicicleta, le pido una pala a mi papá y a las cuatro nos juntamos acá.
—Pero ¿y cómo entramos? —inquirió un tercero más tímido que yo.
—No importa ya veremos —replicó firme el líder del equipo.
Pero las cosas no salieron como planeamos. Cuando deslizamos la idea a nuestros padres, cada familia reprendió tenazmente el atrevimiento descarado de los niños. Fin de la historia.
No.
Aquí estoy, cavando el pozo que empezó medio siglo atrás con una fantasía infantil. Ahora las razones son más severas: un proyecto que rebusque con el escalpelo forense un retículo del pasado virreinal de Quilmes; suena más convincente que la elucubración de unos niños entusiastas.
Miramos abstraídos el cofre y comencé a urdir tramas. Comprendí lo que había sucedido la noche anterior, en la casa de María. Luego de cenar, dedicamos atención al estudio y discusión del I-Ching. Por supuesto llegó el momento del oráculo, y ella, predispuesta e insistente, acometió con la baraja. Saqué la única carta permitida y brilló Fu, el hexagrama 24.
—Mirá vos —dijo pausada y misteriosa, con su voz de mezzosoprano.
—El retorno, el punto de inflexión —agregó. Veamos —buscó en sus apuntes y leyó—:
—El camino llega a su fin y luego se invierte. El retorno es el movimiento del Tao; el regreso es lo que permite el nuevo crecimiento. No es volver atrás, es completar una órbita para iniciar la siguiente. El jī es el germen que hace posible ese retorno. Sin germen no hay cambio.
—Felicitaciones Juan Pablo.
—Felicitaciones Juan Pablo —repitió María bajo la lava que caía del cielo ese mediodía.
Luego de aquel instante místico, cortamos con cuidado el candado, sin esfuerzo, vencido más por la herrumbre que por la hoja de sierra. Abrimos lentamente la pequeña arca. Se mostraron unos antiguos rollos, virados al sepia por los siglos de encierro. Tomamos el cofre y regresamos a la galería. Lorenzo nos siguió en silencio, menos asombrado y más convencido que nosotros.
Nos sentamos sobre los frescos baldosones de la casona. Levanté la tapa; perplejo, tomé un rollo, lo abrí con precaución para evitar que se disolviera luego de siglos de ceguera. María estaba anonadada y expectante. Era un volumen, un largo pergamino escrito en latín; descorrimos una vara, el umbilicus.
La primera línea, resaltada y con cuerpo más grande nos impactó:
Ideo fugit a te omnia obscuritas
Por fortuna, además de una extensa colección de atributos, mi colega conservaba rudimentos del latín en su memoria y no fue necesario consultar ningún diccionario en línea. Con tono grave y pausado, leyó de nuevo esos antiguos trazos de tinta de borrosa edad y tradujo:
—Entonces, toda la oscuridad huirá de ti.
II. María
¿Qué es esto? —me pregunté en silencio.
Juan Pablo miraba el rollo estupefacto y desconcertado. Levantó la vista y nuestros ojos se encontraron.
—Vamos adentro, llevemos todo a la mesa. Buscaré la cámara para tomar fotografías de los objetos del arca y analizaremos con cuidado las imágenes, así preservamos los pergaminos —anuncié y me incorporé de un salto.
Conozco a Juan desde hace décadas. Estudiamos juntos en La Plata, compartimos viajes y largas noches de insomnio. Nuestra primera separación ocurrió cuando me decidí por la antropología forense, y mi paso por el exigente Equipo Argentino. Por eso, cuando exhumábamos el cofre, presentí su emoción. Sin duda, el hallazgo le trajo recuerdos de la infancia; me contó decenas de veces —cada una con un matiz diferente— el día que visitó este lugar y su fallido intento arqueológico.
Y como tantas ocasiones, fui yo la que debía tomar la iniciativa. Preparé la cámara, busqué guantes de látex, lupa, pincel y un paño blanco para disponer las evidencias.
—Ayudame, estiremos el paño y coloquemos todo encima así puedo tomar mejor las fotografías. Vos abrí bien los pergaminos y mantenelos tiesos.
Como era de esperar, Juan Pablo quedó desconectado de esa realidad y se sumergió en otra, lejana y abismal. Seguía mis instrucciones como un autómata; demoró un rato en recomponerse. Dispusimos todos los objetos sobre el paño, luego de quitarles el escaso polvo y el abundante moho. Contabilizamos dos pergaminos, siete pesos fuertes en monedas de plata, siete doblones de oro, un pequeño frasco de vidrio grueso, de forma ovoide, una modesta tableta de jaspe negro o basalto, muy pulida pero opacada por el entierro, y un papel friable, amarillento y húmedo, que se deshizo al intentar desplegarlo. Había algo escrito, unas palabras, un dibujo tal vez, pero nunca lo sabremos. Eso era todo. Tomé decenas de fotografías, cambiando enfoque y planos. Le pedí a mi compañero que acercara la computadora portátil para descargar las imágenes y examinarlas en detalle. Mientras conectaba la cámara al equipo, resonó la voz de Juan en la amplia sala, que parecía provenir también de un remoto sitio.
—Dudo que esto sea el legendario tesoro de Santa Coloma, María. Más bien, parece un señuelo o una distracción. Con este dinero, en aquel tiempo, no costearías la compra de un esclavo joven.
—Ese es tu campo Juan, la pericia cultural. El mío es indagar las trazas de la evidencia, identificar la firma de las huellas y restituir el nombre a los cuerpos, aunque aquí la tierra sólo nos haya devuelto un enigmático cofre, ausente de restos cadavéricos. Creo que nuestra investigación original se ha trastocado.
Examinamos las fotos. Comenzamos con el primer pergamino que abrimos. Tenía siete frases breves en latín; estaban dispuestas en forma triangular, con la más pequeña debajo. Cada línea tenía un cuerpo de letra menor que la anterior. La última, de caracteres diminutos, se difuminaba en el lienzo, pero pude recuperarla. La leí con el mismo tono que había leído la primera: Quod est inferius, est sicut quod est superius.
—Lo que está abajo es como lo que está arriba —afirmé inexpresiva.
Juan, muy cerca, no me apartaba la vista de la cara; por un momento pensé…
—Antes de ir a La Plata pasé por Letras —dije algo brusca— pero no duró mucho. El latín me sedujo; su sonoridad, su mística, pero el cambio de carrera lo fue olvidando. Creo que tenés razón: todo esto es una distracción, no es lo esencial.
—¿Qué pensás? —interrogó susurrándome.
—Que pienso… ¿Para qué una familia terrateniente ocultaría en un cofre un texto alquímico junto a una suma de dinero que no compraría un esclavo, y lo enterraría aquí?
—No olvides los otros objetos y ese papel escrito que nunca sabremos que decía. Tomo tus palabras: la investigación se ha trastocado.
—¿Y? ¿Qué descubrieron? —espetó Lorenzo desde la puerta del salón, con una ligera sonrisa.
—Nosotros nada, fue usted Lorenzo —le respondí, algo irónica.
—Bueno, la tercera parte del tesoro es mía —dijo socarronamente el fornido anciano, que nadie sabía con certeza qué edad tenía, pero que los vecinos y allegados sabían de su niñez en el interior de la provincia. En el vecindario, en la municipalidad y en el obispado, coincidían en la opinión sobre Lorenzo: un hombre de bien, trabajador, franco (menos en el truco).
—Ustedes con esas máquinas se pierden en la nube y en la arena, jóvenes —nos sonreímos con Juan por la caracterización que hizo el casero.
—Bah… Les dije e´la luz mala andaba por ahí algunas noches; será el alma de algún difunto negro que anda apenao, dando vueltas…
—Aquí mesmo, mi abuela, cuando vinimo de Junín a trabajar en las quintas de Bernal y luego en esta casona, contaba el cuento del guardián negro… dicen que por aquellos años ha, pa´ cuidar que naides saqueara los cofres de oro y plata de los patrones, enterraban el tesoro y ahí nomá sacrificaban al esclavo, para que su alma en pena quedara como guardia, espantao a lo´extraño que merodearan…
Juan lo miró crédulo. Yo escuchaba el relato mientras escudriñaba las fotos.
Ese día de calor blasfemo fue largo, como tantos otros. A ninguno nos refractó la leyenda. Distribuí tareas: Juan Pablo, por dirigir el proyecto antropológico, encauzaría la búsqueda institucional, rastrearía el descuido de alguna excavación previa, inspeccionaría con más detalle estudios arqueológicos de la zona. Yo indagaría en los registros del Equipo de Antropología Forense.
Así hicimos, pero los documentos seguían mudos. Más agitábamos, más tensos y presuntuosos se mostraban. Finalmente, nos sumergimos tres días bajo el fango del calor en el Archivo Municipal. Nuestras narices se irritaban entre el olor avinagrado de la descomposición de la celulosa de los papeles del siglo XIX y el olor del polvo seco de los viejos libros; se nos enrojecían los ojos. Esa atmósfera nos impelía a salir y cambiar el aire. No encontrábamos nada significativo en las mercedes de tierras, en la compra que Santa Coloma hizo a los herederos de Melchor Maciel, o en sus testamentarías.
—¿Te imaginás hoy la extensión de terreno original que compró este hombre?
—No del todo —le contesté despreocupada mientras observaba ensimismada unos documentos.
—Esta “suerte de estancia” no era desdeñable: media legua de frente por una y media de fondo, como de la ribera hasta San José…
—Escuchá esto Juan: “La costa de los Pagos de Quilmes era baja, con juncos y montes de espinillos que ocultaban las barcas pequeñas que alijaban de los navíos fondeados en el río. Junto a la Ensenada de Barragán, solían ser la puerta trasera para el desembarco clandestino de esclavos. Estaban lo suficientemente lejos de la vigilancia del Fuerte de Buenos Aires, pero cerca de las estancias de la élite de los desiertos del sur del riachuelo. La red de túneles y sótanos de las grandes casonas de las barrancas eran estaciones de paso para los esclavos ilegales”.
—Inventarios de “Piezas de Indias” como muebles o cabezas de ganado… No es secreto que Santa Coloma tuviera esclavos; los negros construyeron la casona y trabajaban en la finca. No hay nombres en los balances contables, sólo figuran como piezas… La despersonalización tan absoluta los volvía invisibles —comentó Juan, afligido.
—Desaparecidos en los siglos XVIII y XIX. Hay que identificar nombres, recuperarlos del olvido —respondí firme.
—Encontré en unas crónicas de las invasiones, referencias de los negros que enfrentaron a los ingleses: recuerdo la mención de la nación “Cabinda”, viste que ellos se agrupaban por naciones y candombeaban…
—No sé mucho de eso, pero si vos lo afirmás —le dije pensativa.
Cruzamos la noche en silencio, cada uno habitando sus cavilaciones. El calor era una costra que se adhería sin piedad. Despedí a mi compañero; quería estar sola en mi departamento para extenuar libros y folios en la madrugada. Los eufemismos y la formalidad administrativa tendrían que dejar pistas. Parecía que la esclavitud en las fincas se disolvía con la misma eficacia con la que el tiempo hizo polvo al papel del cofre. Y esos curiosos objetos del arca insinuaban más de lo que eran, utensilios alquímicos para la afición de unos prósperos comerciantes.
Regresé a la casona casi al mediodía. Los párpados me pesaban como si fueran de plomo; la vigilia, aunque no estéril, arrastraba pocas certezas.
Juan me esperaba en la galería, exultante, como si hubiera descansado toda la noche.
—Vení entrá —me ordenó cortésmente—. ¿Leíste La Carta Robada de Poe?
Lo miré frunciendo el ceño; entre mi cansancio y su estado eufórico, la pregunta era tan inesperada como incómoda.
—¿Qué? —le contesté molesta.
—El cuento de Poe nena, ese en el que la policía desarma una casa para encontrar evidencias, y la carta estaba en un tarjetero, al frente de todos: lo que se busca con más desesperación suele estar oculto a plena vista —me dijo con el mismo tono triunfal.
—Buen día doña María, tómese un matecito reparador, creo que lo necesita —terció Lorenzo, quien irrumpió en la galería con su desparpajo natural y su altivo porte, alcanzándome un mate.
—Gracias Lorenzo como le va —dije somnolienta.
—Creo que mejor que a usté.
—Bueno, hoy todos parecen estar mejor que yo —dije con sarcasmo mientras le devolví el mate.
—Vení María, despertate. Mirá la pared del salón, la de la izquierda, después de las fotos de la congregación de Hijas de María Auxiliadora.
Seguí con desgano la indicación, hasta que me detuve frente a un papel amarillento y salpicado de humedad, diría que del tamaño de un folio oficio, con los bordes quebrados y agujeros en su cuerpo. Estaba enmarcado bajo un vidrio opacado por el descuido de la limpieza. Había unas notas manuscritas con una caligrafía irregular, dura.
—Te sugiero limpiar el vidrio y tomar unas buenas fotografías. ¿Vos querías ponerle nombre a los sujetos del dolor? Siempre estuvo ahí, reluciendo frente a visitas, encargados, investigadores. Poco importa si hubo un tesoro enterrado para sortear el pillaje británico, o el secreto de unos acomodados señores que especulaban con el decurso de las invasiones: de última, el dinero siempre acomoda las mareas. La cuestión es otra: lo que señalan estas paredes de ladrillo y barro, levantadas por manos omitidas en los asientos; los indicios del folklore del lugar, transmitidos de generación en generación por expertos de la oralidad. Lo que esa nota nos estampó aquí, desde hace más de un siglo, es una evidencia material que no te defraudará. La verdad está a la vista de todos, no está enterrada; el dolor sí.
Miré a Juan con las pupilas dilatadas. Saqué la cámara del bolso, limpié el vidrio de la reliquia y tomé fotografías de la nota. Ya despabilada, descargué las fotos en la computadora y comenzamos a leer, ampliando las imágenes.
III. Mubandaa
Queria Encarnación
no pude contarte esto antes quiera diosito me disculpe doy gracias San benito que porque me dio tu lus hijita nos amenasaban mucho mijita sabes con latigo no pude contarte ante pero ya soy biejo y arrugao y mis pierna son lenta y estos ojos vieron mucho dolor mucho dolió la libertá
desde nengue trajeron en el gran barco aca a otros pardos los tiraron al agua kalunga los llevó seguro pa no sufrir latigo y latigo dende que bajamo a terria llegamos despoes al campo de don juan tanta cortadura en too el cuerpo tengo esos soldado de rojo los gleses luego los godos muchito mija mia liberto y too pero no pude mijita no pude decirlo antes perdoname
hase mucho ya ante que bos nacieras en lo del patron juan una noche antes que llegaran los soldados de roho mandan buscar a silbestre no lo dije peo su verdadeo nombre era Nzau mijita mi hermanito nzau estabamos en una gangolina el pion se lo lleva a nzau una noche e luna grande
Nzau alla ba no bolbio nunca nunca lloramo todo en la nacion cabinda Nzau sabia yo se ques sabia unas noche ba ante esa noche que peon llebo Nzau bue Nzau me dio dibujo con una x grannde dijo guarda hermanito Mubandaa guardaa dentro mucho aa busca no te olvides hermanito Mubandaa que nadie bea desto mucho mucho despues que san benito guardó en su cielito a Nzau busquela crus de Nzau y lo bi diosito sempre estubo rondao Nzau cuidando el campito toos bimo la luz mala que no era mandinga era el alma de mi pobre hermanito Nzau que andaba y se agachaba en el campito aja cerca el montecito de talas aja los peones y patron andaban nerbioso gritaban dende la noche tomaban aguardiente y se sacaban el gualicho con nosotro los perros no andaban por aji el montecito nunca iban
yo lo llamé Nzau por mi hermanito biste pasooo muuuchooo muuchooo me jui con el geneaal a las guerras que nos dio la liberta pero bolbi despues bolbi aca y yoraba tanto tanto paso ya no quedam casi ningun negro de eso jaños que iba a ser me quee aca otra gente habia maicito trigo sandia mandarinas todo abia y lo cuidamo y bos apareciste mijita queriaa y ya que iba ser nos quedamos acaa binieronn los curitas hicimo la capillita para los patrone que ya no eran los patrones biejo ni peones de ante buej tampoco bueno pero podiamo bibir y una be entre los maisales jui a ber a lo de Nzau y ice poso mijita y lo bi lo bi no bi a Nzau peo bi la cajita no quise tocar mas mijita pa que nadie se abispe ahorita sabes mi amada Encarnación ahorita es de bos solo de bos el Nzau por ai anda te hice otra crucecita en el dibujoo ai anda Nzau bueno ninita aceme caso buscao y dende algun dia Nzau también será liberto
tu paá
Mubandaa
IV. Una noche de luna roja
Semanas después, fuimos con María a la ribera. Saqué unos papeles de la mochila, se los pasé.
—Redacté algo; no está desprovisto de precisiones, pero no es el informe.
María me miró con indulgencia. Tomó las hojas y también mi otra mano. Leyó.
La noche era estupenda. La enorme Luna colgaba rojiza del este, arrojando su estela al gran estuario. Algunas nubes fracturaban la espesura del cielo, presagiando agua. Una brisa fresca avanzaba desde sur, lo mismo que las tropas inglesas. Por fortuna, a los invasores se les dificultó vadear con sus pesados cañones el arroyo Las Conchitas. A la vez, eran hostigados por persistentes y huidizas montoneras. Algunos vecinos espiaban esa marea de casacas rojas, que desde el 27 de junio inundaron Barragán.
Aquella noche también fue distinta, si es que acaso existen dos noches iguales. Los hermetistas creen que el universo es un espejo: lo de abajo refleja lo de arriba; la oscuridad, dicen, no es una entidad, sino la ausencia de presencia. Sin embargo, esa noche la oscuridad fue presencia.
En la finca de don Juan Antonio Santa Coloma había exaltación. El dueño se reunió en secreto con distinguidos comerciantes y abogados de Buenos Aires; más tarde, discutían entre habanos y jerez la situación ante el inexorable avance de las tropas de Su Majestad. Tenían información de que las instrucciones para la nueva invasión preveían proceder con moderación, conciliar la religión y propiedades de los habitantes y liberar el comercio. Santa Coloma, al igual que otros, no estaba persuadido de aquellas espurias intenciones.
—No se preocupe Don Juan —le dijo un español, dueño de varias tiendas cerca del Fuerte—. Haremos negocios, los ingleses son gente razonable.
—No estaría tan seguro —espetó un joven abogado de ojos brillantes, de cierta fama por su vehemencia y convicciones.
—No deberíamos creer en Whitelocke ni en sus esbirros, que vienen a liberarnos del obsoleto comercio virreinal imponiendo idearios mediante bayonetas.
—Caballeros —intervino otro comerciante—. La prudencia es nuestra virtud. Se han divisado más de cien velas de la armada británica en el horizonte. Ese espectáculo hubiera intimidado a muchos pueblos, sin embargo, aquí levantó los bríos. Aguardemos el acontecer de los próximos días.
El anfitrión abandonó la reunión; al abrir la puerta de la sala se expandió por la noche el humo que flotaba en el interior.
—Vení Anselmo, andá a lo de los negros y llevate a ese Silvestre para el lado del monte.
—Si patrón —dijo firme el criollo, que estaba mateando en el patio junto a un fogón. Se alzó rápidamente y se acomodó un largo facón en la cintura.
—¿Qué pasa? ¿Están de jolgorio?
—Parece don Juan. Andan tocando los tambores y gritando desde hace rato —comentó otro peón.
—Gente que no se cura, no saben lo que se viene.
Anselmo atravesó presuroso el monte hacia el gran rancho de barro, troncos y paja de los negros. Algunas mujeres adentro hablaban en su lengua; los hombres afuera, descalzos, se movían avanzando pequeños pasos al ritmo de los tamboriles.
—Vení vo, Silvestre. Te buscan. Dejá el tambor. Apuráte.
El negro lo miró con rabia contenida.
—Dale negro, que no tenemos toda la noche pa´ vo.
Silvestre se descolgó el tambor y lo dejó a un lado; avanzó lento y desconfiado junto al peón, que ni siquiera le llegaba al hombro. En un claro del monte se detuvieron.
—Que´ate acá —le ordenó el peón. Esperá.
Casimiro, su hermano, lo siguió sigilosamente para no ser descubierto. Se ocultó entre los espinillos. La luna se alzaba entre los árboles; vio dos sombras, casi como fantasmas, a unas cien o ciento veinte varas. Distinguió a su hermano Nzau por el porte de roble y a un alto caballero de capa, de ropas más oscuras que la noche, que le entregó una pala y luego tomó algo entre sus manos. Nzau quedó inmóvil un momento; parece que algo dijo, y por los movimientos, con cierto desgano, comenzó a cavar. Cuando terminó la tarea, el hermano cubrió con hojarasca el sitio. Se alejaron. Cerca del talar, a unas veinte varas, el caballero alto silbó. Repentinamente apareció el peón que buscó a Nzau, con el cuchillo desenvainado, la hoja brilló a la luz de la luna antes de desaparecer en el cuerpo del negro, que dio un gemido de dolor y se tumbó arrodillado. En ese momento el peón le abrió la garganta; Nzau se desplomó. Vinieron otros peones y arrastraron al recio cuerpo sin vida. Hicieron un foso; lo enterraron entre otros espinillos, cerca del talar.
Casimiro apretó los dientes y luego mordió su mano. Desesperado, se arrojó a la hierba a llorar y allí quedó hasta el amanecer. Lo despertaron la llovizna, los mosquetones ingleses y algún disparo de cañón; los soldados de casacas rojas andaban merodeando por los bordes de la finca. Un grupo de esclavos sorprendió a los invasores, arrojándoles improvisadas lanzas, peleando con hachas, palos y sacayuyos. Pasada la emboscada, muchos hermanos de la finca murieron; sin armas de fuego el combate era demasiado desigual. Casimiro corrió, buscó el fusil de un soldado inglés caído e hizo fuego contra otro que se aproximaba; el perdigón dio de lleno en el rostro del inglés, volteándolo. Lo miró, se quedó inmóvil, se agachó cerca del cadáver fresco apoyándose en el fusil; distinguió sus ojos azules, su piel blanca y fina, su cabello rojo. Era joven como él, sólo los separaba el color de la piel, el uniforme y alguna remota circunstancia. Le arrancó unos botones, el shako con el penacho verde, la bandolera y un pañuelo rojo. Lo previno el instinto de la lejana selva; no había más tiempo para contemplar a su primer muerto; las tropas avanzaban rápido.
Los sobrevivientes se dispersaron velozmente en el monte. Casimiro huyó hacia el poniente; corrió leguas bajo la lluvia, entre cañaverales y lodo; el instinto lo empujaba como un vendaval irracional hacia el lado opuesto al río; el río que trajo a los soldados de rojo, el río que trajo al barco que lo arrancó de su Congo natal.
Pasaron días. Estaba hambriento y alerta, pero vivo. El frío lo hostigaba menos que el dolor y la furia. Se proveyó de harapos que lo abrigaron un poco. En el bolsillo de su camisola, que una vez había sido blanca, encontró envuelto en un trapo el papel con unos trazos incomprensibles que le había dado Nzau. Lo guardó como el mejor tesoro, no porque el dibujo presumiera de algún valor —aún no—, sino porque eran las marcas hechas por las manos de su hermano; eran los vestigios del alma de su Nzau, asesinado una noche de luna roja. Miró esos trazos de carbonilla con signos que todavía no comprendía, y se juró por la memoria de su hermano que él, Mubandá, aprendería a descifrarlos; él, Mubandá, el que guarda y protege, un lejano día le escribiría una carta a la hija que aún no había sido concebida; le escribiría una carta en la lengua de los blancos. Liberto o no, no descansaría hasta que su cabeza entendiera esas marcas que tantas atrocidades producían en los hombres.
Se sentó en la barranca de un recodo del riachuelo, mirando a lo lejos las casas bajas que llevaban a Buenos Aires.
V. Tamboriles del viento
María levantó la vista y me miró.
—¿Pensás escribir un cuento? —preguntó sorprendida.
—No sé, después de leer tantos documentos… Sospecho —bueno, intuición antropológica dirás—: rastros que persisten como zumbidos.
—Tal vez… —dijo pausada, reflexiva—. Tal vez siempre la realidad es peor —sentenció.
—Seguro. Siempre la realidad es peor.
—¿Recordás esa frase en latín que leíste en el pergamino aquel día en Santa Coloma?
—Claro, no pude olvidarla: Ideo fugit a te omnia obscuritas… entonces…
—Entonces toda la oscuridad huirá de ti —la interrumpí—. Pensaba en esa oscuridad, no en la oscuridad abstracta. En la oscuridad dentro de la oscuridad. La luz mala, que nunca fue mala.
Hubo un silencio, y en el silencio una brisa fresca avanzaba desde el sur.
—Pienso en Mubandá —dijo María, tenue, con los ojos vidriosos—. El olvido era la única oscuridad que no podía permitirse. La luz enterrada, el nombre de la ausencia. Pero es sólo uno Juan, sólo uno en el monte.
La frase quedó flotando. Nos miramos fijos; María volteó hacia ese río que no parece tener límites. Por un instante cerró los ojos. El sol caía detrás de nosotros; estiraba las sombras hacia la costa.
Escuché un rumor —o eso creí—; parecían remotos tamboriles acercándose.
Giré hacia María; el ritmo persistía.
—¿Vos…? —dije inseguro—.
—Sí Juan, yo también los oigo. Desde muy atrás.



