
«Para eso sirve la utopía: para caminar.» — Fernando Birri, recogida por Eduardo Galeano en El libro de los abrazos (1989)
Este libro no se entra. Se encuentra.
Uno no cruza un umbral hacia El libro de los abrazos. No hay madriguera ni selva ni ciudad que explorar. Hay un momento —repentino, sin aviso— en que uno está leyendo y de pronto alguien lo está mirando. No el autor: los personajes. Los millones de personas diminutas que Galeano encontró en algún rincón del mundo y decidió que merecían un párrafo, media página, a veces solo tres líneas.
Aquí la unidad no es el capítulo sino el destello. Un hombre que camina de noche y ve las estrellas y piensa en su mujer que ya no está. Un niño que dibuja su casa y el dibujo no se parece nada a donde vive pero sí a donde le gustaría vivir. Una mujer que escucha noticias de la guerra y no llora porque hace mucho que aprendió que llorar no alcanza. Cada historia entra rápido y termina antes de que uno pueda prepararse, y en ese espacio que deja —ese hueco breve entre un relato y el siguiente— ocurre algo que no tiene nombre pero que se parece mucho a reconocer.
Camino por este libro como se camina por un mercado en ciudad extraña: sin plan, dejándome llevar por lo que aparece. En un puesto hay política. En otro hay ternura. Aquí hay rabia. Allá hay humor, ese humor agridulce que solo saben hacer los que han visto demasiado y todavía insisten en reír. Galeano mezcla la memoria y el deseo con una maestría que parece sencilla y que no lo es. Lo que parece una colección de anécdotas es en realidad un argumento: que el mundo no se entiende desde las alturas sino desde el ras del suelo, desde el nivel de los que no tienen nombre en los libros de historia pero que son la historia.
El libro tiene algo que se me resiste al principio: no hay acumulación en el sentido convencional. No hay trama que avance, no hay tensión que se acumule hacia un clímax. Y sin embargo, hay algo que crece. Una temperatura. Una convicción que va ganando peso a medida que pasan las historias diminutas: la convicción de que contar importa, de que nombrar a alguien es rescatarlo del olvido, de que la literatura no es un lujo sino una forma de respirar.
Me detengo en una historia sobre un hombre y el horizonte. Cada vez que avanza dos pasos hacia él, el horizonte retrocede dos pasos. Alguien que lo observa le pregunta para qué sirve entonces caminar hacia algo que nunca se alcanza. Para eso, responde el hombre: para poder caminar.
Eso es El libro de los abrazos: un argumento a favor de seguir. No un argumento optimista ni ingenuo, sino uno que mira directamente la oscuridad y dice: sí, y además caminamos.
El título lo dice todo, aunque uno tarda en entenderlo. Un abrazo es lo más pequeño y lo más grande que pueden hacer dos cuerpos juntos. No resuelve nada. No cambia las estructuras. No detiene las guerras. Pero dice: estás aquí, yo también estoy aquí, por un momento no estamos solos. Galeano escribió un libro que es eso: un abrazo que dura lo que dura leerlo y que, después, sigue.
No hay un final para señalar porque el libro no tiene la forma de una flecha sino la de un remolino. Se entra por cualquier lado y se sale distinto.
Salgo con las manos llenas de nada. Que es otra manera de decir que salgo lleno.
Contexto de la obra
El libro de los abrazos fue publicado en 1989 por el escritor uruguayo Eduardo Galeano, ya conocido mundialmente por Las venas abiertas de América Latina y la trilogía Memoria del fuego. A diferencia de sus obras anteriores, más extensas y estructuradas cronológicamente, este libro optó por la fragmentación: textos brevísimos —algunos de apenas tres líneas— que mezclan autobiografía, fábula, crónica política y lirismo. El libro nació durante el período de recuperación democrática en Uruguay, después de años de dictadura, y lleva inscrita esa experiencia: la del lenguaje como acto de resistencia, la de la memoria como obligación ética. Galeano vivió exiliado en Argentina y luego en España durante años y regresó a su país en 1985. El libro de los abrazos es considerado uno de sus textos más personales e influyentes, y uno de los más leídos en América Latina.



