Roma fue filmada en la colonia del mismo nombre en Ciudad de México, en la casa donde Alfonso Cuarón creció durante los años setenta. El director tardó más de una década en desarrollar el proyecto, en parte porque la historia que quería contar era demasiado cercana y demasiado difícil de transformar en película sin traicionarla. El personaje de Cleo está basado en Liboria Rodríguez, conocida como Libo, la mujer mixteca que trabajó como empleada doméstica en la casa de los Cuarón durante su infancia y a quien el director considera, en sus propias palabras, una de las personas más importantes de su vida. La película fue rodada en blanco y negro con una cámara de 65 milímetros, lo que le da una textura visual que oscila entre el documento y el sueño, entre la memoria y la reconstrucción. Cuarón operó personalmente la cámara durante toda la filmación, una decisión que no fue técnica sino ética: quería que la mirada de la película fuera también la responsabilidad de la película.
Abstract
Este ensayo propone una lectura de Roma de Alfonso Cuarón como dispositivo cinematográfico de memoria política, una película que usa la intimidad doméstica y la perspectiva del margen para hacer visible las estructuras de clase, raza y género que organizan silenciosamente la vida cotidiana en el México de los años setenta y que continúan operando en el presente. A partir de la teoría de la focalización narrativa de Gérard Genette y del análisis del estilo cinematográfico de David Bordwell, el ensayo examina cómo la construcción técnica de la mirada en Roma produce una experiencia de conocimiento que no podría lograrse desde ningún otro punto de vista. La interseccionalidad de Kimberlé Crenshaw permite leer la posición de Cleo en el cruce simultáneo de clase, raza y género, revelando cómo esas estructuras de opresión se refuerzan mutuamente sin que ninguna de ellas sea suficiente para explicar la experiencia completa. La teoría de la memoria prostética de Alison Landsberg completa el análisis al iluminar cómo Roma produce en el espectador contemporáneo una experiencia afectiva de un pasado que no necesariamente vivió pero que reconoce como constitutivo. El ensayo argumenta que Roma no es nostalgia: es un acto de justicia visual diferida, la devolución de una mirada a quien la historia había privado de ella.
“Siempre estamos solos, Cleo.” — Sofía, Roma (Alfonso Cuarón, 2018)
Índice
- La cámara como conciencia: estilo cinematográfico y construcción de la mirada
- Cleo en el cruce: clase, raza y género en la vida doméstica
- El plano secuencia como ética: tiempo, distancia y presencia
- México 1971: la historia que entra por la ventana
- Memoria prostética y justicia visual: lo que Roma devuelve
1. La cámara como conciencia: estilo cinematográfico y construcción de la mirada
Hay películas que cuentan una historia y hay películas que construyen una mirada. La diferencia no es de contenido sino de forma: en las primeras, el estilo cinematográfico es un vehículo transparente que conduce al espectador hacia el significado; en las segundas, el estilo es en sí mismo el significado, la manera en que la cámara se mueve y lo que elige mostrar son ya una interpretación del mundo antes de que ningún personaje haya dicho una sola palabra. Roma pertenece inequívocamente a la segunda categoría, y entender qué tipo de mirada construye su cámara es entender qué tipo de conocimiento la película produce.
La decisión más fundamental del estilo de Roma es también la más invisible para el espectador que no la busca deliberadamente: la cámara casi nunca adopta el punto de vista subjetivo de ningún personaje. No hay planos desde los ojos de Cleo, no hay contraplanos que reproduzcan lo que ella ve en el momento en que lo ve, no hay los recursos convencionales mediante los cuales el cine clásico construye la identificación del espectador con un personaje. Y sin embargo, la película produce constantemente la sensación de que estamos viendo desde la perspectiva de Cleo, que su experiencia es el centro desde el que todo lo demás cobra sentido. Esta paradoja es el logro técnico más sofisticado de Cuarón, y la clave para entenderla está en la distinción que Genette establece entre focalización y narración.
Bordwell analiza cómo el cine puede construir diferentes grados y tipos de conocimiento en el espectador a través del estilo: qué sabe el espectador respecto a lo que saben los personajes, qué ve respecto a lo que ven ellos, qué anticipa respecto a lo que ellos anticipan. En Roma, el espectador sabe aproximadamente lo mismo que Cleo y en el mismo momento: la película raramente le da información que ella no tiene, raramente lo lleva a lugares donde ella no está. Esta restricción del conocimiento no es una limitación narrativa: es una decisión ética. Al negarse a saber más que Cleo, la película le niega al espectador la posición de superioridad que el cine habitualmente le ofrece respecto a los personajes en posición subalterna.
El blanco y negro de Roma merece una atención específica porque es frecuentemente explicado en términos nostálgicos —como evocación de la fotografía familiar de los años setenta— sin que se explore suficientemente su función en la construcción de la mirada. El blanco y negro no es aquí un filtro que poetiza el pasado: es una decisión que produce distancia y presencia simultáneamente. Distancia porque despoja a la imagen de la inmediatez del color, que es la inmediatez de lo cotidiano; presencia porque concentra la atención en la textura, la luz y la composición de una manera que el color a veces dificulta. El resultado es una imagen que parece simultáneamente recuerdo y documento, que tiene la cualidad de lo ya ocurrido sin perder la urgencia de lo que está ocurriendo ahora.
Los movimientos de cámara en Roma siguen una lógica que no es la de la narración convencional sino la de la observación atenta. La cámara se mueve lentamente, horizontalmente, siguiendo el espacio más que la acción: revela el mundo en el que los personajes se mueven antes de revelar a los personajes mismos. Esta manera de construir el espacio tiene consecuencias sobre la jerarquía de lo visible: en Roma, el entorno no es el fondo sobre el que se recortan las figuras sino una presencia activa que condiciona y define a quienes lo habitan. La casa de la colonia Roma, con sus patios y sus pasillos y sus techos, no es simplemente el escenario de la historia: es uno de sus personajes, el espacio que organiza las relaciones entre quienes viven en él y que hace visible, en su propia arquitectura, las jerarquías que esas relaciones reproducen.
La profundidad de campo extrema que Cuarón logra con la cámara de 65 milímetros produce otro efecto significativo: en Roma, el primer plano y el fondo son simultáneamente nítidos, lo que obliga al espectador a distribuir su atención de una manera que el cine de campo corto no permite. Esta distribución de la atención reproduce en cierto modo la situación perceptiva de alguien que tiene que estar atento a múltiples cosas al mismo tiempo: la situación, exactamente, de Cleo, que debe atender simultáneamente a los niños, a las tareas de la casa, a las dinámicas de la familia que la emplea y a su propia vida interior que debe mantener separada de todo lo anterior. Ver Roma con la atención que su estilo exige es ya una forma de aproximarse a la experiencia de quien está en el centro de esa imagen.
Cuarón ha señalado que su decisión de operar personalmente la cámara durante toda la filmación respondía a la necesidad de asumir la responsabilidad de la mirada: no delegar a otro la decisión de qué mostrar y cómo mostrarlo cuando lo que se muestra es la vida de una persona real, o de alguien basado en una persona real, que vivió en condiciones de invisibilidad social. Esta decisión ética tiene consecuencias estéticas que son visibles en cada plano: hay en la cámara de Roma una cualidad de presencia atenta que no es la presencia fría del observador científico ni la presencia cálida del voyeur sentimental. Es la presencia de alguien que mira porque siente que tiene la obligación de mirar, que sabe que lo que está viendo merece ser visto y que esa certeza organiza cada movimiento de la cámara.
La mirada que Roma construye no es neutral, aunque utilice una estética de la observación que podría confundirse con la neutralidad. Es una mirada comprometida con la experiencia de Cleo, una mirada que ha elegido su lugar y que mantiene ese lugar con una consistencia que es en sí misma un argumento: sobre quién merece ser el centro de la imagen, sobre qué experiencias merecen ser narradas con esta atención y esta densidad formal, sobre qué tipo de conocimiento produce el cine cuando decide ver desde el margen en lugar de desde el centro.
“Ver desde el margen no es ver menos: es ver lo que el centro sistemáticamente se niega a reconocer.”
2. Cleo en el cruce: clase, raza y género en la vida doméstica
Cleo se despierta antes que todos en la casa. Limpia el excremento del perro en el patio antes de que los niños salgan a jugar. Prepara los desayunos, lleva a los niños al colegio, recoge la ropa, plancha, cocina, baja la basura. Cuando la familia se sienta a cenar, ella sirve y espera. Cuando los niños se duermen, ella también puede dormir, en su cuarto pequeño en la parte trasera de la casa, separada del resto de la vivienda por una frontera que nunca se nombra pero que todos conocen y respetan escrupulosamente. Esta descripción de la rutina de Cleo no es la descripción de una opresión excepcional: es la descripción de una normalidad que millones de mujeres en México y en América Latina reconocerían sin dificultad. Y es precisamente esa normalidad lo que Roma se propone hacer visible y, al hacerlo, interrogar.
Crenshaw desarrolló el concepto de interseccionalidad para dar cuenta de experiencias que los análisis unidimensionales de la opresión sistemáticamente fallan en capturar. Una mujer negra en Estados Unidos no experimenta el racismo de la misma manera que un hombre negro, ni experimenta el sexismo de la misma manera que una mujer blanca: su experiencia está constituida por la intersección de ambas formas de opresión, que se refuerzan mutuamente y producen formas específicas de vulnerabilidad y de invisibilización que no pueden ser comprendidas atendiendo a una sola de ellas. Aplicado a Cleo, este marco analítico revela una complejidad que cualquier lectura simplificada de su situación oculta inevitablemente.
Cleo es pobre, es indígena de origen mixteca, es mujer y es trabajadora doméstica. Cada una de estas posiciones la coloca en un lugar específico dentro de las jerarquías sociales del México de los años setenta, y la combinación de todas ellas produce una forma de invisibilidad que es al mismo tiempo social, racial, de género y de clase. Es invisible porque es pobre en una casa de clase media alta. Es invisible porque es indígena en una ciudad que se identifica con la cultura mestiza. Es invisible porque es mujer en un mundo organizado para los intereses de los hombres. Es invisible porque es trabajadora doméstica, una categoría que en México ha estado históricamente excluida de las protecciones laborales básicas y que la sociedad trata simultáneamente como necesaria e insignificante.
Lo que Roma hace con esta invisibilidad es el gesto más políticamente radical de la película: la convierte en el centro de la imagen. Cleo no es el fondo sobre el que se desarrolla la historia de la familia que la emplea: es el punto desde el que toda la historia cobra sentido. Esta inversión no es simplemente una decisión narrativa; es una declaración sobre quién merece ser el sujeto de la historia y sobre qué historias merecen ser contadas con la atención y los recursos del cine de autor contemporáneo. En un contexto en el que el cine latinoamericano frecuentemente reproduce las jerarquías sociales que pretende criticar al elegir como protagonistas a personajes de clase media o alta, la decisión de Cuarón de centrar su película en la experiencia de una trabajadora doméstica indígena tiene un peso político que va más allá de la intención del director.
La relación entre Cleo y Sofía, la señora de la casa, es uno de los espacios donde la interseccionalidad se vuelve más visible y más compleja. Sofía también es mujer, también es abandonada por su marido, también experimenta formas de vulnerabilidad que el mundo no reconoce fácilmente. Cuando le dice a Cleo “siempre estamos solas”, hay una verdad en esa afirmación: ambas están siendo abandonadas por los hombres que debían protegerlas, ambas tienen que encontrar maneras de seguir adelante sin los recursos que esos hombres les prometieron. Y sin embargo, la soledad de Sofía y la soledad de Cleo no son la misma soledad: Sofía tiene un título universitario, una casa, una familia extendida, un automóvil, recursos económicos propios. Cleo tiene su cuarto en la parte trasera y el salario que Sofía le paga. La frase que las une también las separa, y Roma tiene la honestidad de no resolver esa tensión en ninguna dirección: no niega la solidaridad posible entre las dos mujeres, pero tampoco borra las diferencias de poder que hacen esa solidaridad asimétrica y precaria.
El embarazo de Cleo introduce otra dimensión de la interseccionalidad: la de la maternidad como experiencia radicalmente diferente según la posición social de quien la vive. Sofía, cuando su marido la abandona, puede reorganizar su vida con dificultad pero con recursos. Cleo, cuando Fermín la abandona, queda completamente sola con un embarazo que no planeó, sin red de seguridad, sin protección legal, sin la posibilidad de reclamar nada al hombre que la dejó. La escena en que Cleo va a buscar a Fermín y lo encuentra entrenando artes marciales con sus compañeros, y él la mira y la niega y sigue entrenando, es una de las más devastadoras de la película precisamente porque no tiene nada de dramático en el sentido convencional: es la representación perfectamente ordinaria de lo que la intersección de género, clase y raza produce en la vida real. No hay villano: hay una estructura que no necesita villanos porque funciona perfectamente sin ellos.

3. El plano secuencia como ética: tiempo, distancia y presencia
El cine tiene una relación particular con el tiempo que lo distingue de todas las otras artes narrativas: puede manipular el tiempo —acelerarlo, ralentizarlo, cortarlo, reordenarlo— pero también puede reproducirlo en su duración real, sin intervención, dejando que el mundo transcurra ante la cámara con la misma lentitud con que transcurre ante los ojos. Esta segunda posibilidad, que el montaje clásico tiende a evitar porque produce en el espectador una experiencia de aburrimiento que el cine de entretenimiento considera fatal, es en Roma una elección sistemática que tiene consecuencias éticas y estéticas que ningún análisis formal puede ignorar.
Los planos largos de Roma —algunos de varios minutos de duración sin corte— no son una demostración de virtuosismo técnico ni una herencia del cine de autor europeo adoptada sin reflexión. Son la consecuencia lógica de una decisión sobre cómo tratar a los personajes: si la película se propone mostrar la experiencia de Cleo con honestidad, debe mostrarla en su duración real, sin la compresión temporal que el montaje convencional aplica y que inevitablemente borra las partes de la experiencia que no son dramáticamente eficientes. La vida de Cleo incluye muchas horas de trabajo repetitivo, de espera, de atención a tareas que no tienen ningún valor narrativo en el sentido convencional pero que constituyen la sustancia de su existencia. Mostrar esas horas, aunque sea fragmentariamente, es ya un acto de reconocimiento.
Bordwell analiza cómo diferentes regímenes de duración temporal en el cine producen diferentes experiencias de conocimiento en el espectador. El montaje rápido produce la ilusión de velocidad y de eficiencia narrativa, pero también produce una experiencia de superficialidad: el espectador no tiene tiempo de habitar el espacio ni de conocer a los personajes en su profundidad cotidiana. El plano largo, en cambio, obliga al espectador a permanecer con lo que se le muestra, a desarrollar una relación con el espacio y los personajes que tiene algo de la relación que se desarrolla con las personas reales: a través del tiempo compartido, no a través de la información condensada.
Esta dimensión temporal del estilo de Roma tiene una resonancia específica cuando se la piensa desde la experiencia de Cleo. El trabajo doméstico es un trabajo que la cultura contemporánea valora en función de su resultado pero que tiende a invisibilizar en su proceso: se nota cuando no está hecho, no cuando está siendo hecho. El plano largo que muestra a Cleo limpiando el patio, fregando los platos, planchando la ropa, hace visible ese proceso en su duración real, le da al trabajo doméstico una presencia en el tiempo de la imagen que normalmente se le niega. En este sentido, la decisión de Cuarón de no cortar esas escenas es también una decisión sobre el valor del trabajo: mostrarlo en su duración es reconocerlo como trabajo, no como fondo invisible de la vida que la cámara realmente quiere mostrar.
La escena del hospital, cuando Cleo da a luz a su hija muerta, es posiblemente el momento en que el plano largo adquiere su dimensión más devastadora. La cámara no corta, no se aparta, no busca un ángulo más cómodo: permanece con Cleo en ese momento con la misma atención con que ha permanecido con ella a lo largo de toda la película. Este no apartar la mirada es un gesto ético antes que estético: es la negativa a tratar el dolor de Cleo como algo que puede ser gestionado mediante el corte, suavizado mediante la elipsis, administrado para que resulte tolerable para el espectador. El dolor de Cleo debe ser tolerable en los mismos términos en que es tolerable para ella: sin escapatoria, sin distancia de seguridad, en tiempo real.
La distancia que la cámara mantiene con los personajes en Roma es otro elemento del estilo que merece atención. Cuarón raramente usa el primer plano en el sentido convencional del término: la cámara tiende a mantener una distancia media que muestra a los personajes dentro de su espacio, sin aislarlos de su entorno. Esta decisión produce una experiencia de conocimiento que es diferente a la que produce el primer plano: en lugar de acceder a la interioridad de los personajes a través de la expresión de sus rostros amplificada por el encuadre cerrado, el espectador los conoce a través de la observación de sus comportamientos en el espacio, de la manera en que se mueven, de lo que hacen con sus cuerpos cuando nadie los está mirando. Es un conocimiento más lento y más incierto, pero también más honesto: el tipo de conocimiento que se desarrolla con el tiempo en lugar del que se promete y se simula a través de la intimidad del primer plano.
“La historia que entra por la ventana no pide permiso: llega y transforma todo lo que encuentra, aunque nadie en la casa haya decidido recibirla.”
4. México 1971: la historia que entra por la ventana
Roma transcurre en 1970 y 1971, en un momento específico de la historia mexicana que la película no tematiza de manera explícita pero que tampoco deja fuera: está ahí, en los márgenes de la imagen, en los titulares de los periódicos que nadie lee en el primer plano, en la presencia de grupos paramilitares en las calles, en la tensión que se percibe en ciertos espacios públicos sin que nunca se nombre directamente. Este México de principios de los setenta es el México del año y medio después de la masacre de Tlatelolco, el de la llamada “guerra sucia” contra los movimientos sociales, el de un régimen que había demostrado que estaba dispuesto a matar para preservar el orden establecido.
La secuencia del Halconazo es el momento en que la historia irrumpe más directamente en la vida de Cleo. El 10 de junio de 1971, un grupo paramilitar conocido como Los Halcones atacó una manifestación estudiantil en Ciudad de México, matando a decenas de personas. Cuarón sitúa a Cleo en ese momento: está en una tienda de muebles buscando una cuna para su bebé nonato cuando la violencia estalla afuera. La elección de este escenario no es casual: Cleo está literalmente preparándose para traer una vida nueva al mundo mientras afuera el Estado está arrebatando vidas. Esta contraposición no es un recurso simbólico grosero; es la descripción precisa de cómo la historia y la vida privada coexisten en el mismo espacio y el mismo tiempo sin que ninguna de las dos anule a la otra.
Lo que la escena del Halconazo revela sobre la posición de Cleo en la estructura social es tan importante como lo que revela sobre la violencia política. Cleo se encuentra en ese momento en un espacio que no le pertenece exactamente —una tienda de muebles de clase media— haciendo algo que no debería tener que hacer sola —elegir una cuna para el hijo del hombre que la abandonó. La violencia que entra por la puerta la encuentra en esa posición de triple vulnerabilidad: pobre, embarazada, sola. Y la violencia no la reconoce como un objetivo político —no es una estudiante, no es una manifestante— pero la alcanza de todas maneras, porque la violencia que se ejerce en nombre del orden no distingue con precisión entre quienes amenaza ese orden y quienes simplemente están ahí cuando el orden decide defenderse.
Genette distingue entre la historia —los eventos que se narran— y el discurso —la manera en que se narran. En Roma, la historia política de México en 1971 está presente en el discurso de una manera que no es la del cine político convencional: no se explica, no se contextualiza, no se debate. Entra en la imagen de la misma manera en que entra en la vida de Cleo: sin anuncio, sin marco de comprensión, como algo que ocurre y que hay que sobrevivir sin tener necesariamente las herramientas conceptuales para entender completamente por qué ocurre. Esta manera de mostrar la historia desde la experiencia de quien no tiene acceso a su comprensión completa es una de las operaciones narrativas más honestas de la película.
La relación entre la historia grande y la historia pequeña en Roma no es la de fondo y figura: es la de dos escalas temporales que coexisten sin fusionarse completamente. La familia de la colonia Roma vive sus propias crisis —la separación del matrimonio, las tensiones económicas, la reorganización de la vida doméstica— mientras el país vive las suyas. Estas dos escalas se tocan en momentos específicos, como el del Halconazo, pero la mayor parte del tiempo corren en paralelo, cada una con su propia lógica y su propio ritmo. Esta estructura narrativa reproduce algo verdadero sobre la experiencia del tiempo histórico: la historia no siempre irrumpe dramáticamente en la vida cotidiana; frecuentemente la rodea, la condiciona sin que quienes la viven sean plenamente conscientes de cómo los está formando.
El México de 1971 en Roma es también el México de ciertos cambios culturales que la película registra con la misma atención oblicua que dedica a la violencia política: la llegada de la televisión a los hogares de clase media, el proceso de modernización urbana que está transformando la colonia Roma, la relación entre la cultura popular estadounidense y la cultura mexicana que se manifiesta en los gustos musicales, en los automóviles, en las aspiraciones de la clase media. Estos cambios culturales no son inocentes: son parte del mismo proceso de modernización que produce simultáneamente el bienestar de la familia que Cleo sirve y las condiciones de su propia exclusión. La televisión que los niños ven en la sala es también el símbolo de una modernidad que no tiene lugar para Cleo excepto como servidora de quienes sí acceden a ella.

5. Memoria prostética y justicia visual: lo que Roma devuelve
Landsberg propone que el cine tiene la capacidad de producir lo que llama memorias prostéticas: recuerdos de experiencias que el espectador no vivió personalmente pero que incorpora como propias a través de la experiencia afectiva de la representación cinematográfica. Estas memorias no son falsas ni son simplemente empatía: son una forma de conocimiento incorporado que transforma la relación del espectador con el pasado y, a través del pasado, con el presente. Roma produce este tipo de memorias en espectadores de distintas generaciones y distintos contextos nacionales, y la pregunta sobre cómo las produce y qué efectos tienen es una de las más productivas que el análisis de la película puede plantearse.
Para los mexicanos que vivieron los años setenta en contextos similares al de la familia de la película, Roma produce algo que tiene la calidad del reconocimiento: no simplemente “así era” sino “así era y nadie lo había mostrado de esta manera”. Para los mexicanos más jóvenes que no vivieron ese período, produce algo más complejo: la experiencia afectiva de un pasado que no es el suyo pero que reconocen como constitutivo de la realidad en la que viven. Para los espectadores de otros países, produce algo diferente pero igualmente significativo: el reconocimiento de que la experiencia de Cleo, aunque específicamente mexicana en sus detalles, tiene resonancias con experiencias que existen en sus propios contextos bajo formas distintas.
Esta capacidad de Roma de producir memorias prostéticas en espectadores tan diferentes entre sí no es accidental: es el resultado de decisiones formales específicas que construyen una experiencia de conocimiento que trasciende la información. El espectador de Roma no aprende sobre la vida de las trabajadoras domésticas en México en los años setenta en el sentido en que aprende sobre un tema después de leer un artículo o ver un documental: experimenta algo que tiene la textura de la memoria, algo que deja una marca afectiva que persiste más allá del tiempo de la proyección.
La noción de justicia visual que el ensayo propone como clave interpretativa final no es una categoría establecida en la teoría cinematográfica: es una manera de nombrar algo que Roma hace y que los marcos teóricos disponibles capturan solo parcialmente. Hay una deuda histórica acumulada en el hecho de que las experiencias de millones de trabajadoras domésticas en México y en América Latina hayan sido sistemáticamente excluidas del archivo cultural: de la literatura, del cine, de las artes que una sociedad produce para reconocerse a sí misma y para transmitir a las generaciones futuras una imagen de lo que fue. Roma comienza a saldar esa deuda, no de manera completa —una sola película no puede saldar una deuda de esa magnitud— pero sí de manera significativa.
Lo que la película devuelve no es simplemente visibilidad: es la complejidad de una subjetividad. Cleo no es en Roma un símbolo de la clase trabajadora ni una víctima ilustrativa de la injusticia social: es una persona específica, con sus propios deseos, sus propios miedos, su propio humor, su propia manera de querer a los niños que cuida y de procesar el abandono del hombre que amó. Esta especificidad es lo que convierte la representación en acto de justicia y no simplemente en gesto de buena voluntad: la justicia visual no consiste en mostrar a los excluidos sino en mostrarlos con la misma densidad y complejidad con que el cine habitualmente muestra a quienes están en el centro.
Roma es también una película sobre la culpa y sobre las limitaciones del reconocimiento tardío. Cuarón ha señalado en múltiples ocasiones que la película es en parte un acto de gratitud hacia Libo, la mujer real en la que Cleo está basada, y también, implícitamente, un reconocimiento de que esa gratitud llega décadas tarde, que durante años la persona que fue más importante en su vida fue también la más invisible en su mundo social. Esta honestidad sobre las limitaciones del propio gesto no invalida el gesto: lo complica de una manera que lo hace más verdadero. La justicia visual que Roma intenta practicar no pretende ser suficiente; pretende ser honesta sobre su propia insuficiencia mientras hace lo que puede dentro de esos límites.
La cámara de Roma, que Cuarón operó personalmente durante toda la filmación, es en ese sentido una metáfora de la responsabilidad de la mirada: no delegar a otro la decisión de qué mostrar cuando lo que se muestra es la vida de alguien que el mundo sistemáticamente ha elegido no ver. Esta responsabilidad no produce una película perfecta ni resuelve las contradicciones estructurales que hacen posible que la experiencia de Cleo sea lo que es. Pero produce algo que quizás es más valioso que la solución: la imagen de una experiencia que merece ser vista, recordada y transmitida, porque lo que no se recuerda no puede ser transformado, y lo que no se nombra no puede ser reclamado.
Bibliografía
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