Moisés Robles (México)

Moisés Robles

(México)

Escribo

(a modo de biografía)

Escribo todavía
con la pijama puesta
con el beso de mamá en la frente.

No es una pose, aunque a veces lo parezca. Es más bien una forma de aceptar que el poema ocurre antes de estar listo, antes del café, antes de que amanezca, antes de entender del todo qué quiero decir. Escribo desde ahí: desde una especie de desajuste con la hora.

Hola, soy Moisés Robles y soy poeta, aunque esta sea la primera vez que lo diga y sienta al instante, un poco de pena al declararlo.

Nací en Tlaxcala, México, en marzo de 1984 y empecé a escribir después de que mamá firmara con mi nombre poemas suyos, y yo con ocho años, no supiera que responder a las preguntas de gente que me interrogaba como un niño interrogaría a un anticuario.

Mi proceso no es ordenado. Leo un correo, me distraigo, miro por la ventana, dejo que una imagen se quede más tiempo del necesario. A veces el poema empieza cuando ya debería haber terminado. A veces no empieza y solo queda la sensación de que algo estuvo a punto de pasar; casi nunca escribo cuando estoy en paz, escribo para salvarme de la ansiedad y el el tedio, de la prisa y de mi dolor de rodillas.

Escribo mientras doy clases a adolescentes, mientras corro del trabajo a la parada del camión y de la parada del camión a la casa de mi hijo. Escribo mientras lo veo jugar, mientras me abraza y me siento insuficiente para sus sueños y los míos; en el trayecto de regreso, cuando miro a mi lado y encuentro miradas perdidas, camisas sudadas, cuerpos poseídos por el cansancio y la explotación, ahí también escribo.

Me interesa lo mínimo: un martes, un gesto, un recuerdo, un semáforo que mira cuando nadie lo ve, una frase en bucle hasta que pierde sentido o encuentra otro. Me siento cómodo con la repetición como quien insiste en una puerta, no para abrirla necesariamente, sino para escuchar cómo suena. Creo en el humor, pero en un humor que se queda un poco incómodo, como si no supiera si reír o no, como si no supiera de quienes reírse aunque lo sepa bien.

Escribo escuchando. No solo a otros, también a mis dudas; en la poesía no encuentro respuestas sin fricciones. Me interesa cuando la voz se interrumpe, cuando el poema parece equivocarse. Ahí, en ese pequeño error, suele haber algo más honesto que en las certezas.

Mis influencias no son nombres que enumero fácilmente. Son más bien formas de mirar: la conversación que no llega a ningún lado, el pensamiento que se desdobla sobre sí mismo, el lenguaje que se quiebra apenas. Me interesan los poemas que parecen inacabados, como si alguien los hubiera dejado abiertos para que algo más ocurra; me inspiran los poemas escritos por niños o por adultos que no se olvidan de ser niños, los artistas que hacen de un gesto una declaración de principios.

Escribo para ver qué pasa.

Escribo para quedarme un poco más en una palabra.

Escribo porque no termino de entender lo que hago.

Y supongo que ahí está el punto.

Preguntas sobre mi proceso creativo

  • ¿Cuáles son las principales influencias o inspiraciones en tu obra?

En mi escritura me siento cada vez más cercano a poéticas que presentan lo pequeño como revelación de lo bello, como una fractura por donde mirarse en la tensión con lo rutinario. Me resulta importante una línea de cotidianidad intervenida, donde lo doméstico se vuelve pensamiento. Ahí resuena mucho Frank Ohara y algunos otros autores de la Escuela de Nueva York como Ron Padggett, Ted Berrigan y Kenneth Koch, donde su frecuencia dislocada, humor y espontaneidad valoró mucho.

  • ¿Cómo inicias generalmente tu proceso?

A veces ni lo noto, creo que mi escritura es producto del azar o algo así, al menos en un primer momento; en ocasiones me encuentro repitiendo una palabra o frase que se me ha instalado en la mente de haberla escuchado o leído por ahí y cuando me hago consciente de ella, entonces empiezo a explorarla para encontrarle forma, la sigo repitiendo para ver las diferentes vías en que puede indagar.

Estoy muy influenciado por el collage, técnica visual que también practico, creo que eso también es parte de mi trabajo literario: jugar con las formas y texturas sin tener nada definido o sí, pero sin ser tajante en la manera de llegar a ello.

  • ¿Qué temas o inquietudes aparecen con mayor frecuencia en tu escritura?

Si tuviera que condensar mis obsesiones poéticas diría que lo que más me inquieta es la experiencia de estar vivo dentro de una realidad que parece normal, pero no termina de encajar.

Me ocupo mucho del tiempo como percepción no tanto como cronología, la identidad como duda constante, lo doméstico como terreno filosófico, la repetición como síntoma y evidencia de algo; todo esto a través de cafés, cafés y más cafés… y mi gato y las plantas y el desorden de mi casa.

  • ¿Qué buscas expresar o explorar a través de tus obras?

La necesidad de entender la experiencia cotidiana frente a la imposibilidad de fijar un sentido estable en ella. Escribo para observar cómo lo cotidiano se vuelve extraño, y como en ese proceso el yo se vuelve inestable.

Otra cosa que me interesa a través de lo que escribo es cuestionar las estructuras sociales imperantes, haciendo de lo cotidiano un campo para lo político, para la exposición de una subjetividad que no encaja dentro del campo de la normalidad al que el stablishment intenta limitarnos.

  • ¿Cómo dialoga tu obra con el contexto cultural o personal en el que creas?

Siempre con prisa y en fragmentos, pero con la atención y profundidad necesaria para oír hablar a las demás y a las cosas, y que me digan y que les diga, cómo nos sentimos y reír juntos un rato.

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Moisés Robles (México)

Creció en un entorno donde la escritura llegó antes que la consciencia de ella: su madre firmaba poemas con su nombre cuando él tenía ocho años, sembrando sin saberlo una voz que tardaría en reconocerse propia.
Su poesía habita lo mínimo y lo cotidiano —un martes, un gesto, el trayecto en camión, el cansancio de los cuerpos— y los convierte en territorio filosófico y político. Con influencias de la Escuela de Nueva York, especialmente Frank O'Hara, Ron Padgett y Ted Berrigan, Robles cultiva una escritura de humor incómodo, espontaneidad y fragmento, cercana también al collage, técnica visual que practica en paralelo a su obra literaria.
Escribe en movimiento y sin orden: entre clases a adolescentes, en paradas de camión, mientras ve jugar a su hijo. Su proceso nace del azar, de una palabra que se instala y se repite hasta abrirse en múltiples sentidos. Le interesan los poemas que parecen inacabados, las voces que se interrumpen, los pequeños errores donde algo más honesto aparece.
Escribe, dice, para ver qué pasa. Y para quedarse un poco más en una palabra.

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