
Tan pronto ingresamos al dominio de la ira, el pecado se manifestó de forma inmediata: un gigantesco campo de batalla. Cientos de almas peleaban en la extensión de una ciudadela, iracundas; mordiscos, puñetazos y patadas volaban sin cesar, junto con cualquier objeto que pudiera servir como arma: ladrillos, palos y piedras. El combate era perpetuo: muerte y renacimiento constantes, mientras cientos de guardianes demoníacos con rostros de lobos —fuertemente equipados— incitaban a luchar incluso a quienes intentaban resistirse. Escapar era posible, pero extremadamente complicado.
Antes de ingresar al dominio, el ángel de la muerte nos advirtió:
—Todos los dominios infernales presentarán un desafío, pero el de la ira será el peor para ustedes, sororitas.
Tenía razón.
Pronto la lucha nos alcanzó. Algunas sororitas pelearon contra las almas, contra los guardianes… y contra nosotras mismas. Intentamos huir, pero la violencia se extendía en todas direcciones. Qué fácil era dejarse arrastrar por la ira: una palabra encadenaba a otra, un gesto a una acción más concreta, más brutal.
No sé cuánto tiempo huimos —el tiempo era caótico—, pero estoy segura de que fueron muchas horas; tal vez días, quizá semanas.
Tras un lapso indeterminado, abriéndonos paso entre la batalla y perdiendo a cientos de compañeras, logramos llegar al castillo de Amón: una estructura horrible, ensangrentada, erizada de picos, cuchillas y artefactos de tortura.
Avanzamos hasta una amplia arena de gladiadores donde aguardaba el líder demoníaco: un guerrero fornido, iracundo e impulsivo, custodiado por la misma clase de demonios del exterior.
Exhalé, agobiada, exhausta y maltrecha.
“Dios, perdónanos… porque tendremos que luchar”.
—¡Bastardas! —rugió al vernos, arrojando una silla que impactó el dorso de sor Eva.
El golpe debió fracturarle varias costillas, porque no logró levantarse.
—¡¿Sor Eva?!
—¡Ja, ja, ja, ja…!
El maldito carcajeó mientras alcanzaba a sor Caterina y la golpeaba sin piedad hasta matarla. Poco pudimos hacer.
—¡No…! —sentí la última exhalación de sor Eva.
Furiosa, intenté atacarlo, pero Amón exhibía una destreza impresionante en la esgrima.
Pronto Narcisa y Romola murieron también. Narcisa cayó al protegerme de una lanza que un guardián arrojó directo a mi cabeza.
El conteo de víctimas crecía de forma vertiginosa.
Sentí cómo me desbordaba: frustración, resentimiento… una amarga sed de venganza. Ira.
“No”.
Y cuando creí tener la oportunidad de asestarle un espadazo por la espalda, un guardián me apuñaló en la parte baja de la espalda. Caí al suelo de inmediato, aterrada y confundida. Todo impulso cesó cuando sentí el pinchazo y luego el calor del líquido brotando de la herida.
Que Dios me perdone por jurar, pero juro que estaba en pánico.
—¡Agh! —grité mientras las lágrimas afloraban, rodando por mis mejillas hasta mezclarse con el suelo sucio y ensangrentado—. ¡Dios, apiádate de nosotras!
Vi a un guardián acercarse lentamente, empuñando un mangual.
Imaginé mi cabeza destrozada, la sangre y los sesos esparcidos sobre la arena.
“¡Dios…!”
Cerré los ojos, creyendo llegado mi final. Pero escuché gritos femeninos, confusos.
Al abrirlos, vi a sor Serafina, malherida, usando su ballesta bendecida para abatir al guardián. Me tomó del brazo y, mientras sanaba mi herida con una oración, exclamó:
—¡No puedes morir, líder Dominica! ¡Debes guiarnos hasta el final!
¿Acaso dudé? Negué con la cabeza. Tras un agradecimiento apresurado, grité:
—¡Morirás, Amón!
Amón rugió con furia en el mismo instante en que Serafina le clavó varios virotes en el pecho. Aprovechando la confusión, Livia, Arianna y Felicia lo atravesaron con lanzas de atrás hacia adelante.
Amón observó las puntas afiladas asomando entre su carne.
—¡Imbéciles! —rugió.
Enloqueció. Adoptó la forma de un enorme búho con una larga cola de serpiente, que azotaba indiscriminadamente aliados y enemigos. Con su pico destrozó a tantas sororitas que no podría nombrarlas a todas; todo ocurrió demasiado rápido. Livia y Serafina murieron también. Desde su boca lanzó enormes llamaradas: mataba guardianes o destruía estructuras, no importaba, siempre que aniquilara sororitas.
Aproveché el caos para marcar sigilosamente los símbolos del destierro en monedas, colocándolas alrededor de la criatura.
Amón me vio y atacó de inmediato, sin darme tiempo de completar la oración.
—¡Ahg! —gemí al ser lanzada lejos por un coletazo.
Cuando intenté incorporarme, descubrí que mi pierna izquierda estaba fracturada. Lloré mi desdicha.
—¡Maldita humana! —rugió Amón, acercándose entre jadeos bestiales que sonaban como risas.
Saltó hacia mí para despedazarme con sus garras.
Logré esquivarlo por poco. ¿Cuántas veces me había salvado ya?
Mientras tanto, mis hermanas completaron el ritual, reubicando las marcas.
Y cuando todo estuvo listo, oramos juntas.
—¡Maldición…! —aulló Amón mientras se transformaba en un orbe de luz.
—¿Ganamos? —pregunté, incrédula.
—Ganamos… —respondió sor Arianna, aún temblorosa. Luego repitió—: ¡ganamos!
—¡Ganamos! —corearon otras sororitas.
—Sí —dije, esbozando una sonrisa débil, carente de verdadera alegría.
“¿Estábamos ganando realmente?”, pensé.



