La palabra habitada: cuerpo, género e identidad en la poesía de Rosario Castellanos

Rosario Castellanos nació en Ciudad de México en 1925, pero creció en Comitán, Chiapas, en una familia de terratenientes que perdió sus propiedades con la reforma agraria cardenista. Esa experiencia de desposesión, vivida desde el lado del poder que cede, marcó para siempre su manera de ver el mundo: con la rareza de quien pertenece a un lugar y al mismo tiempo lo observa desde afuera. Estudió filosofía en la UNAM y obtuvo una beca para estudiar estética en Madrid. Fue promotora cultural del Instituto Nacional Indigenista en Chiapas, embajadora de México en Israel, y una de las primeras columnistas feministas de la prensa mexicana. Murió en Tel Aviv en 1974, electrocutada accidentalmente. Tenía cuarenta y nueve años y todavía estaba en el centro de todo lo que pensaba y escribía.


Abstract

Este ensayo propone una lectura de la poesía de Rosario Castellanos como espacio donde el cuerpo femenino se convierte en territorio de interrogación: sobre la identidad, el género, la herencia indígena y la condición de quien existe en los márgenes de múltiples sistemas de poder. A partir de la teoría de la performatividad de género de Judith Butler, el análisis examina cómo Castellanos desnaturaliza los roles que la cultura le impone a la mujer, mostrando su artificialidad desde adentro, con un humor que duele. La crítica poscolonial de Gloria Anzaldúa permite leer su posición como escritora que habita la frontera entre el mundo mestizo y el indígena sin pertenecer completamente a ninguno. La semiótica del cuerpo de Julia Kristeva complementa el análisis al iluminar cómo la voz poética de Castellanos convierte el cuerpo en lenguaje y el lenguaje en cuerpo, produciendo una escritura que no describe la experiencia sino que la encarna. El ensayo argumenta que Castellanos no escribió sobre las mujeres: escribió desde el interior de lo que significa ser mujer en una cultura que no sabe bien qué hacer con quienes piensan.

“Yo también soy la máscara / que cubre un rostro / que no existe.” — Rosario Castellanos, Poesía no eres tú

El poema como espejo que miente

Hay una pregunta que recorre la poesía de Rosario Castellanos de principio a fin, a veces susurrada y a veces dicha en voz alta: ¿quién soy cuando nadie me está mirando? No es una pregunta filosófica en abstracto. Es una pregunta que nace del cuerpo, de la experiencia de haber sido definida siempre desde afuera, de haber aprendido desde niña que la identidad de una mujer es algo que otros construyen y entregan terminada, como un traje que debe ponerse sin preguntar si quedó a la medida.

Castellanos llegó a la poesía desde esa incomodidad. No desde la urgencia de expresarse, sino desde la necesidad de entenderse, de encontrar en el lenguaje un lugar donde la experiencia de ser mujer, escritora, chiapaneca, mestiza en un mundo indígena, intelectual en un mundo que desconfiaba de las mujeres que pensaban, pudiera ser examinada con honestidad. Sus poemas no son confesiones: son análisis. Pero análisis hechos desde adentro, con el calor de quien está diseccionando su propia vida mientras la vive.

La máscara es una de las imágenes más persistentes en su obra. Aparece no como metáfora decorativa sino como descripción precisa de algo que Castellanos conocía bien: la distancia entre el yo que se muestra y el yo que existe, entre la versión de sí misma que el mundo esperaba y la que ella encontraba cuando se quedaba sola. Butler diría que esa máscara no cubre un rostro verdadero: es ella misma la que produce la ilusión de que hay algo verdadero debajo. Castellanos lo intuía antes de que existiera ese vocabulario teórico, y lo decía con más elegancia: la máscara cubre un rostro que no existe. Lo que hay debajo es otra pregunta, no una respuesta.

Esta conciencia de la construcción del yo femenino hace de su poesía algo poco habitual: un espejo que sabe que miente. No porque quiera engañar, sino porque todo espejo es ya una interpretación, una versión del mundo filtrada por el ángulo desde el que se mira. Castellanos miraba desde un ángulo que pocos habían ocupado antes que ella en la literatura mexicana: el de una mujer que se negaba a ser simplemente el objeto del poema y exigía ser también su sujeto.

Hablar desde el margen: identidad indígena y escritura mestiza

“La escritura que viene del margen no describe la frontera: la habita, la respira, y desde ahí ve cosas que el centro nunca ve.”

Castellanos pasó años trabajando con comunidades indígenas en Chiapas como promotora cultural del Instituto Nacional Indigenista. Esa experiencia dejó una huella en su escritura que no es simplemente temática: es de postura. Quien ha vivido cerca de la pobreza que no es la suya, quien ha intentado llevar alfabetización a comunidades que tienen sus propios sistemas de conocimiento, aprende a mirar el mundo con una modestia específica: la de saber que el lugar desde el que uno habla importa tanto como lo que se dice.

Su poesía sobre el mundo indígena chiapaneco no es exotismo ni documentación antropológica. Es algo más incómodo: el reconocimiento de que ella, la mujer mestiza con educación universitaria, también era una extranjera en ese mundo, aunque hubiera crecido dentro de él. Anzaldúa habla de la conciencia de la mestiza como una conciencia de la frontera, un estado de in-between que no pertenece completamente a ninguno de los mundos que la forman. Castellanos vivía esa frontera en su propia piel: demasiado indígena para el mundo letrado mexicano que la publicaba, demasiado mestiza para las comunidades sobre las que escribía.

Esta posición liminal produjo una escritura que tiene una honestidad incómoda. Castellanos no pretende hablar por los indígenas: habla de su propia relación con ese mundo, de la culpa heredada por su origen familiar terrateniente, de la dificultad de escribir sobre la pobreza desde una posición de privilegio relativo sin traicionar ni a los pobres ni a la verdad. Esa dificultad no la paralizó: la convirtió en material de escritura. La tensión entre el lugar de enunciación y el objeto del poema es en Castellanos una tensión productiva que genera una poesía que no resuelve los problemas que plantea pero que los hace visibles con una claridad que las buenas intenciones solas no producen.

Hay en su obra un poema que resume todo esto con la economía de los grandes textos: Lamentación de Dido. No es sobre Chiapas ni sobre los indígenas: es sobre el abandono, sobre la mujer que queda sola después de que el hombre se va a fundar su destino. Pero en esa historia clásica reactivada hay algo que viene de las mujeres que Castellanos conoció en los Altos de Chiapas, de las que vio cargar con el peso del mundo mientras sus maridos tomaban las decisiones. La frontera entre el mito griego y la realidad chiapaneca es más delgada de lo que parece, y Castellanos la habitó con una naturalidad que solo es posible cuando se ha vivido en los dos lados.

El cuerpo como argumento: erotismo, maternidad y silencio

La poesía erótica de Castellanos es una de las más extrañas de la literatura mexicana del siglo XX, y lo es precisamente porque no hace lo que la poesía erótica suele hacer: no celebra, no seduce, no embellece. Interroga. Sus poemas sobre el deseo y el cuerpo tienen la cualidad de quien examina algo que le resulta simultáneamente cercano y ajeno, algo que le pertenece y que sin embargo no reconoce completamente como propio. Esta extrañeza no es frialdad: es la extrañeza de quien ha aprendido que su cuerpo es también el cuerpo de otro, que ha sido definido, nombrado y apropiado por fuerzas que no le preguntaron.

Kristeva señala que la escritura poética tiene acceso a un registro del lenguaje que está ligado al cuerpo antes que a la significación simbólica, un registro que el lenguaje ordinario aplana pero que el poema puede liberar. En Castellanos, este acceso al cuerpo a través del lenguaje no es inconsciente ni involuntario: es deliberado. Sus poemas sobre el erotismo son también poemas sobre la propiedad, sobre quién tiene derecho a definir lo que el cuerpo desea y lo que le está permitido desear. Escribir el cuerpo femenino desde adentro, con sus ambivalencias y sus contradicciones, fue en el contexto cultural mexicano de los años cincuenta y sesenta un acto que tenía algo de transgresión aunque no buscara serlo.

La maternidad en su poesía es aún más compleja. Castellanos tuvo un hijo, Gabriel, y la experiencia de la maternidad aparece en su obra no como plenitud ni como sacrificio sino como algo más difícil de nombrar: una relación de amor y de extrañeza simultáneos, el asombro ante un ser que salió del propio cuerpo y que sin embargo es radicalmente otro. Esta manera de escribir la maternidad, que ni la celebra sin más ni la rechaza, fue recibida con incomodidad por algunos lectores que esperaban o la devoción o la denuncia. Castellanos ofreció algo más verdadero: la ambigüedad.

El silencio en su poesía es también un tema corporal. No el silencio como ausencia sino el silencio como práctica, como lo que las mujeres aprenden a hacer con sus voces cuando el mundo les dice que hablar demasiado es una forma de indecencia. Castellanos escribió sobre ese silencio aprendido con la precisión de quien lo conoce desde adentro y ha decidido, con toda la conciencia que eso requiere, romperlo.

El humor como filosofía: Castellanos y la ironía que libera

“El humor de Castellanos no aligera la carga: la muestra en toda su magnitud y dice, al mismo tiempo, que es posible no aplastarse bajo ella.”

Una de las cosas más llamativas de la poesía de Castellanos, y también de sus ensayos y su periodismo, es el humor. No el humor que distrae ni el que protege con la risa, sino algo más incisivo: la ironía que analiza mientras divierte, que desnuda mientras parece simplemente observar. Este humor tiene raíces filosóficas que van más allá de la gracia personal de una escritora inteligente: es una manera de conocer el mundo, una epistemología que funciona precisamente porque no se toma a sí misma demasiado en serio.

El poema Kinsey Report es quizás el ejemplo más conocido de este humor, y también el más malinterpretado. Presentado como una serie de respuestas femeninas a una encuesta sobre comportamiento sexual, el poema usa la voz de distintas mujeres para mostrar cómo la sexualidad femenina es siempre definida en relación con lo que el hombre necesita o permite. La ironía es tan precisa que a veces se la lee simplemente como comedia de costumbres, sin ver lo que está debajo: una crítica estructural del sistema de género que opera con más eficacia que cualquier denuncia directa.

Butler señala que la parodia puede ser una estrategia de subversión de los roles de género: al exagerar la performance hasta el punto de que su artificialidad se vuelve visible, la parodia desestabiliza la naturalidad que esos roles se arrogan. Castellanos practicó esta estrategia con una maestría que no tenía nombre en su tiempo. Sus poemas parodian los roles de esposa, madre, amante, escritora fracasada, vieja soltera, con una precisión que hace reír y doler al mismo tiempo, porque en esa risa hay el reconocimiento de algo verdadero que hasta ese momento estaba sin nombre.

El humor de Castellanos es también una forma de supervivencia intelectual. Ser mujer escritora en el México de los cincuenta y sesenta requería una capacidad de aguantar la condescendencia sin perder la dignidad, de tomar en serio el propio trabajo sin esperar que el mundo lo tomara en serio al mismo tiempo. El humor le dio a Castellanos una distancia que no era indiferencia: era el espacio desde el que podía seguir pensando sin que el peso de lo que pensaba la aplastara.

5. Lo que queda cuando la máscara cae

Al final de una lectura de la poesía de Castellanos, lo que queda no es una respuesta sino una pregunta más precisa. Empezamos preguntando quién era Rosario Castellanos y terminamos preguntando qué significa habitar un cuerpo que la cultura ha decidido de antemano, qué cuesta pensar desde un lugar que el mundo ha declarado secundario, cómo se escribe cuando el lenguaje mismo está lleno de las huellas de quienes siempre escribieron en tu lugar.

Su obra no resolvió esas preguntas. Las formuló con una claridad que las hizo ineludibles, y eso es más importante que cualquier respuesta. La literatura que importa no es la que cierra: es la que abre, la que hace que después de leerla el mundo ya no pueda verse exactamente igual. La poesía de Castellanos hace eso con una economía de medios que sigue sorprendiendo: con pocos elementos, con una voz que no alza más de lo necesario, dice cosas que el lenguaje ordinario no puede decir porque está demasiado comprometido con reproducir el orden que ella estaba cuestionando.

La herencia de Castellanos en la literatura latinoamericana es difícilmente exagerable, aunque frecuentemente se la mencione de manera que no captura su verdadera naturaleza. No es simplemente la precursora del feminismo literario mexicano, aunque lo sea. No es simplemente la escritora que puso a Chiapas en el mapa de la literatura nacional, aunque también lo haya hecho. Es alguien que encontró en la escritura una manera de existir que el mundo no le ofrecía de otra forma, y que esa escritura sea todavía hoy tan viva, tan capaz de hacer sentir algo a quien la lee, dice más sobre su importancia que cualquier clasificación académica.

Lo que queda cuando la máscara cae en la poesía de Castellanos no es un rostro verdadero, como ella misma advirtió. Es la conciencia de que la pregunta por el rostro propio es ya en sí misma un acto de libertad. Y que hacerla en voz alta, en un poema que alguien más va a leer, es convertir esa libertad en algo compartido.

Bibliografía

Anzaldúa, Gloria. Borderlands/La Frontera: The New Mestiza. San Francisco: Aunt Lute Books, 1987.
Butler, Judith. El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad. Barcelona: Paidós, 2007.
Castellanos, Rosario. Poesía no eres tú: Obra poética 1948–1971. México: Fondo de Cultura Económica, 1972.
Castellanos, Rosario. El uso de la palabra. México: Ediciones de Excélsior, 1974.
Franco, Jean. Plotting Women: Gender and Representation in Mexico. Nueva York: Columbia University Press, 1989.
Kristeva, Julia. La revolución del lenguaje poético. Madrid: Fundamentos, 1981.
Medina, Ofelia. Rosario Castellanos: Una escritura en busca de libertad. México: UNAM, 2002.
Milán, Eduardo. La poesía latinoamericana en sus momentos críticos. Barcelona: Tusquets, 2013.
Poniatowska, Elena. ¡Ay vida, no me mereces! México: Joaquín Mortiz, 1985.
Rivero, Eliana. "Rosario Castellanos and the Feminist Perspective." Latin American Literary Review, vol. 8, núm. 15, 1979, pp. 55–67.

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Sabak' Ché México

Antes de tener nombre, ya existía como impulso. Desde gestos culturales informales y un teatro ambulante de títeres y escenas vivas, hasta convertirse en foro cultural virtual, Sabak' Ché lleva décadas convencido de que el arte debe circular, llegar, tocar. Su nombre proviene del maya: el árbol del que se extrae la tinta para escribir. Desde ese árbol nacieron la Revista Mimeógrafo y la Biblioteca Itzamná. Un proyecto que creció, pausó, se transformó y regresó con raíces más profundas y una visión más clara: que el arte, en todas sus formas, encuentre un lugar donde existir y permanecer.

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