Nunca llegó la aurora
a quien esperó en paz el alba,
observando una sobrada gota
sobre el cieno escarlata.
La turba irrumpió
el solemne espacio
para desflorar el rosario
de las esperanzadas almas.
Reptan las serpientes
verdes, azules negras
y abren la corriente grana
cuando clavan sus colmillos
para apagar las voces
de una plegaria.
Llegó la silente crueldad
como un lobo fiero,
acechó la pueril inocencia
que no sabía de odio ni rencor,
hallando jamás la explicación.
Con el duelo hagamos
recuerdo de las ánimas que crecen
y ensalcemos la hermana sangre
de las Abejas que, volando desfallecen.
Mientras, las frágiles gotas de Acteal,
las del Bravo hasta el Suchiate,
ignorando la guerra y la venganza,
abrirán sus manos en aras
de una luz blanca.
Sólo la duda el recuerdo hiere:
¿quién sedujo con terrible saña
para acribillar el mañana?
¡Erguido hombre de barro!
Retrocede al mando equivocado
de las fundidas hojas al canto errado,
tus armas no son de explosión,
forja en arado lo que un día rugió,
apaguen las voces bélicas
que sólo repique el corazón.
Y juntos caminemos con la esperanza
de encontrar la paz que un día se perdió.
No dejemos huecos en la memoria
para abordar el camino del honor
y llegará la gloria…
No quedarán las palabras
como una perdida causa.
Hagamos un réquiem para los caídos
y guirnaldas para quien la voz levanta.




