(Tomado de “Pentalogía de San Fernando”)
Bajo la ventura de tu cielo de constelaciones dormidas,
tramado de espectrales horas en la claridad oscurecida,
remembrados contentos y beldades,
tornando en presente eternidades,
se adentran en tu apacible mundo
hasta el centro de un tiempo más profundo.
En tu tierra dura de impactos silenciosos
donde no existen árboles enormes ni bosques de colosos,
entre pastizales bajos e intrincados y arbustos retorcidos
que dan una impresión de soledad y de letargo compartido,
cuando los pájaros son escasos y tu quietud obsequiosa
tiembla la incesante vaguedad de tus bañadas tenebrosas.
En el sosiego inexpugnable escarcha y niebla amalgaman,
preserva tu suelo las pisadas del indio que flaman
inasibles como el aire mudo, frío y yerto
sobre el fondo ulterior de tus confines abiertos.
Ni la llegada lenta de los pesados trenes,
ni los locales de material clausurados en los andenes,
retrasan al finalizar la estación triste,
la prímula, el canto del zorzal, la ilusión que al hombre asiste,
o el paulatino despertar del honesto comerciante,
de las lanchas, de los buses, de los vendedores ambulantes.
Ocupan en tus memorias un lugar privilegiado
los trabajos de limpieza y arreglos de las riberas del Canal acompañados
del continuo bregar del fabricante de lignarios muebles del Paraná,
y la construcción del dique de carena y el camino del Carupá.
Cuando arde el sol con su luz más amarilla,
resplandecen tus calles y las arenas de tu orilla,
la antigua edificación desaparece y se moderniza
y emerge el recuerdo de tu tambo y la vaca asombradiza.
No supo tu modesta cooperativa láctea lo importante
que fue tu imagen colectiva en aquel instante
fortalecida por la feria de productores isleños
cuando atezados y con hábil desempeño
arribaban con sus lanchas a los muelles y escalinatas
portando sus canastos de fragante fruta barata,
sillas de mimbre, cortinas de junco, atados de leña,
y maceteros colgantes forrados en greña.
Cuando el viento de marzo despierta
y las cañas de Castilla yacen, muertas,
cuando las hojas de tus olmos y palmeras soportan el relente
de la cotidiana lluvia en efímeros ponientes,
en el agua del tiempo, proyectados,
emergen sin prisa como un recuerdo delicado
los sueños de tu gente entrañable,
la bondad de la idea y el esfuerzo loable.
Dilecto de la suerte tú has logrado
clubes barriales, sociedades de fomento, y el primer asfaltado,
la adquisición de los terrenos necesarios para un barrio obrero,
las veredas de mosaico, la iglesia, el dinámico aserradero.
Conserva, Carupá, tu nombre, un eco místico y errabundo
de las tribus ancestrales que poblaron este mundo,
que entre datos históricos falaces
arriesgan etimologías audaces,
perpetuando tu voz en variados intentos
van buscando el ansiado acercamiento
con toponimias que aducen inseguras
a las plantas, a la panga, a la tierra más pura.
Alojas especies nativas en insólitos parajes,
la Boca de Dragón en las cornisas, el palán palán, hinojos salvajes
junto a la vías férreas, y fardachos en tus galpones y veredas,
y contra los enrejados, exóticas enredaderas.
Y en tus calles finales, el color de la tarde
exhibe la policromía de tu firmamento que arde
recortando caprichosamente en la comba del cielo,
el vuelo póstumo de las aves que transitaron tu desvelo.




