En un periódico leo el anuncio que me llama la atención. Como siento en el cuerpo la efervescencia del estrés que me pide alguna clase de fuga, considero el momento idóneo para darme un capricho. Sin pensarlo mucho, llamo y concreto la cita. Quedo de estar ahí en una hora. Llego al lugar. La tarde se aplaca y una tenue oscuridad empieza a adueñarse de la ciudad. Veo que la entrada no tiene puerta. Sólo se ven unas escaleras. Al final hay una puerta, en la cual se puede leer: “Puerta para entrar”. Arriba, un letrero más grande: “Lo que no es no existe y si no existe es porque no es”. A continuación, otro: “Casa para habitar”. Frunzo los hombros ante la curiosidad y toco la madera con los nudillos. Luego de escucharse un sonido seco, la puerta se abre sola.
—¿Usted llamó por teléfono e hizo una llamada hace una hora? —dice una voz que parece provenir de una anciana.
—Sí —le contesto.
—Entre pa’ dentro —me dice.
En cuanto entro en la casa, observo con los ojos una sala amueblada, un televisor con pantalla, una mesa plana y pequeña y encima un teléfono para llamar. Cada uno tiene una leyenda escrita que dice: “Sala para esperar o conversar”, “Muebles para sentarse”, “Teléfono para hacer llamadas”, “Televisor para ver televisión”. Un poco más allá se extiende un pasillo largo y angosto hasta el fondo.
—Siga hasta la tercera habitación, la que está después de la segunda y antes de la cuarta.
Camino con los pies echando ojo a las paredes planas, decoradas por cuadros pintados hechos por pintores famosos. En cada uno hay una respectiva escritura hecha con letras: “Cuadro pintado por un pintor”. Reconozco algunos porque los he visto en otros lugares, aunque no me acuerdo de los nombres apelativos de los autores.
El cuarto es una habitación de cuatro paredes, también todas planas y decoradas de la misma manera. Sólo hay una cama para acostarse, una mesita de noche para poner cosas y un televisor para ver televisión, como dicen sus leyendas escritas. También una botella con agua para beber.
Me siento, colocando las posaderas en la cama, a esperar a la mujer femenina del anuncio del periódico de papel. Pasan algunos minutos en el reloj de pulso que tengo en la muñeca de la mano. Nada, no pasa nada. Enciendo la televisión apretando el botón de power y sale una escena pornográfica con mujeres y hombres desnudos teniendo sexo. Dejo transcurrir unas cuantas escenas más hasta que me aburro de esperar, pues la mujer femenina no llega ni está presente.
Salgo del cuarto por la entrada y empiezo a recorrer el pasillo largo y angosto hasta la habitación siguiente, la cuarta, porque ya estuve en la tercera. Pero la puerta está cerrada, sin abrir. No se puede entrar ni acceder. Forcejeo con fuerza el picaporte, pero no cede ni se abre la puerta. Cada una de las otras habitaciones de paredes planas están igual sin cambio. Al parecer no hay nadie en esa casa. Regreso sobre mis pasos a donde estaba antes y llego a la sala. Ahí mis ojos se detienen en el teléfono para llamar. Es uno de esos aparatos viejos antiguos, con disco numérico, de color tono café claro. Debajo en la parte de abajo está anotado con bolígrafo en papel el número, en una ranura especial para eso. Saco con la mano el periódico de papel del interior de la mochila que llevo terciada al hombro de la espalda, y busco la página del anuncio. El número telefónico para llamar es el mismo. Pienso en usar el celular, pero primero tomo con la mano el auricular y me lo pongo en la oreja. Tiene tono porque suena tuuuuuuuuuu. Hay línea. Marco al celular y una voz me dice que el número no existe. Vuelvo a repetir la marcación y lo mismo de antes. Reviso el celular y está en perfectas buenas condiciones. Después tecleo en las teclas del celular el número del anuncio y también me dice que no existe. Extrañado cuelgo y me dispongo a irme y a marcharme.
—Lo esperan en la tercera habitación, la que está después de la segunda y antes de la cuarta —dice la voz de la anciana de mucha edad.
Sin decir palabra por la boca, cuelgo la bocina con la mano y me encamino con los pies hacia la puerta de salida para salir afuera. Quiero escapar de ahí, pero se cierra sola, sin la intervención de nadie.
—Lo esperan en la tercera habitación, la que está después de la segunda y antes de la cuarta —repite otra vez la voz de la anciana de mucha edad.
Me dirijo caminando hacia donde se me indicó. En la cama hay una mujer acostada horizontalmente. Me acerco a ella muy al lado. Ya está desnuda y completamente sin ropa. Me quito la mía del cuerpo. Ella me espera con las piernas abiertas, separadas una de la otra. En sus senos hay etiquetas que dicen: “Senos para dar leche y mamar”, “Ojos para ver”, “Boca para hablar y comer”, “Nariz para respirar”, “Manos para agarrar cosas”, “Piernas para caminar”, “Vagina para sexo”…
—Despacio, con cariño, no te apresures —me dice con una mezcla combinada de palabras y gemidos, después de que la penetro entrando en la vagina.
Le ofrezco una sonrisa con los labios y le beso un seno con la boca. Una de las etiquetas se queda pegada adherida a mis labios. ¡Y el seno desaparece quitándose de la vista! También la mano se esfuma y no existe. Al igual lo mismo que una de las piernas. Las etiquetas estaban en su brazo y en su pierna, respectivamente con relación a cada una.
Me asusto y con rapidez aprisa busco la ropa para vestirme. Casi me caigo para abajo cuando intento ponerme los pantalones en las piernas. No me importan los calcetines ni los zapatos que van en los pies. Reviso si tengo la billetera para guardar billetes y papeles, las llaves para abrir la puerta de la casa y el celular para llamar. Me pongo la camisa con las manos y corro con los pies hacia la sala, con la puerta de salida en la mente. El corazón me palpita tan, tan, tan, tan dando tumbos rápidos, puedo escucharlo y golpear el pecho con fuerza. Llego a la sala, agarro el picaporte de la puerta con la mano y esta desaparece. ¡Grito! El picaporte también se desvanece y ya no está. En mi mano sólo flota la etiqueta que reza: “Picaporte para abrir la puerta”.
¡Mi brazo desaparece y se evapora!
¿Qué me está pasando y ocurriendo?
¿Qué ocurre y acontece?
¡Que alguien me lo explique y manifieste!
¡Después mis dos pares de piernas!
Pero aun así no me caigo para abajo.
Pienso en qué me comí por la boca, o qué toqué con las manos. ¿Tal vez fue la mujer acostada horizontalmente en la cama para dormir?
¡Luego el torso y el cuerpo!
Falta mi cabeza. ¡Y así pasa y acontece! Ya no existo ni estoy presente.
¡Sólo me queda la voz con la que me hago escuchar… mi voz aún me pertenece!
¡Pero… puedo ver todo con los ojos! ¡La casa para habitar aún está ahí!
Veo venir a la mujer femenina. El pecho-seno está en el lugar al igual que la mano. En ella trae una cajita cuadrada, la cual por supuesto tiene una etiqueta con una leyenda escrita con letras. La mujer la abre frente a mí.
—Tranquilo —me dice con la boca, como si fuera un caballo cuadrúpedo brioso.
Ella saca una etiqueta del interior de la caja cuadrada y me la pone en la frente arriba de las cejas. Siento un leve calor ardiente en el rostro. La mujer hace lo mismo de nuevo con las manos, y yo las puedo ver de regreso. Sucede lo mismo con todas las partes del cuerpo… Hasta que termino vestido como la mujer: desnudo y con varias etiquetas en la piel.
Me abalanzo sobre ella para demostrarle alegría.
—Cuidado —me dice— se te pueden desprender.
—¿Pero por qué…? —intento preguntar, pero con un gesto de sssshhhhh me convida a caminar un poco por la morada.
Con las etiquetas ya en todo mi cuerpo, escucho la voz de la mujer. Me dice que se llama Clarisa. Cuando ella llegó a esta casa, Ruth, la anciana cuya voz escuché en varias ocasiones, ya vivía aquí. Ruth encontró este lugar por pura casualidad. Solía vagar por las calles y un día de lluvia se refugió en la entrada. Se llenó de curiosidad y subió las escaleras. Abrió la puerta y al no hallar resistencia entró. Al percatarse de que nadie la ocupaba, habitó la casa como si fuera suya. Desde ese día fue descubriendo sola lo que Clarisa me enseñó.
Puesto que no podía salir de la morada, a menos que deseara desaparecer para siempre, Ruth empezó a aburrirse de vivir sola. Llamó a una agencia y puso un anuncio solicitando una mujer que quisiera emplearse como dueña de la casa. Clarisa rentaba un cuarto, pero ya sentía deseos de tener su propio lugar para realizar su trabajo sin tener que ir a los domicilios de los clientes o a los hoteles. Cuando leyó el anuncio, le pareció curioso y la mejor oportunidad para cumplir su anhelo. Decidió llamar y preguntó si no era una broma. Ruth le dijo que no, ella siempre había sido una mujer destinada para obedecer y anhelaba que alguien la guiara. Ruth era de las personas que necesitan de un primero para poder sentirse seguras.
A Clarisa le gustó la casa, la independencia, pero cuando descubrió que no podía salir intentó matar a la anciana. Ruth, como ya sabía los secretos, se quitó las etiquetas y desapareció para explicarle a Clarisa cómo funcionaban las cosas. De ella dependía si quería seguir existiendo o no. Quedarse en la casa, era continuar con vida; diferente pero con vida. Salir de ella era desaparecer para siempre, sin ningún rastro. Cuatro personas que habían respondido al anuncio antes que ella fueron más incrédulas y abrieron la puerta.
—¿Pero de qué vamos a vivir para seguir y continuar existiendo? ¿Cómo haremos para hacer cosas simples como salir a comprar con dinero comida para comer? —había preguntado Clarisa soberanamente angustiada.
—No hay necesidad necesaria. Aquí en este lugar ya no sentimos en el cuerpo hambre por comer. Como puedes ver con los ojos, ni baños hay —respondió la anciana.
La reacción inmediata de Clarisa fue tomar un florero y arrojarlo al suelo por su impotencia, pero este no se rompió a pesar del golpe tan fuerte. Tomó otro, y sucedió lo mismo. Se dirigió a la puerta y tocó el picaporte decidida a abandonar la casa, pero al desviar un poco la mirada de refilón se fijó cómo se desprendía sola la etiqueta del florero y este desaparecía.
—¿Estás segura de que quieres abrir la puerta de entrada? —le preguntó Ruth.
Clarisa trató de identificar de dónde venía la voz de la anciana.
—¿No temes con miedo desaparecer y dejar de existir para siempre? —continuó Ruth.
—¿Quién es que es? ¿Qué quiere y desea de mí? —le gritó.
—Mi nombre apelativo es Ruth, soy una persona normal que entró en esta casa por la entrada y ya no pudo salir para afuera, como tú misma. Sólo quiero y deseo que seas mi dueña y ama.
—¿Pero sin embargo por qué a mí misma?
—No lo sé ni lo conozco, también yo me preguntaría interrogativa por qué tú misma, pero fuiste tú la que respondió al llamar al número del anuncio y la que no ha abierto la puerta de acceso aún. Es tu decisión resolutiva.
Hubo un silencio. La duda en el rostro de Clarisa se reflejaba en sus ojos asustados y su ceño fruncido.
—Toma con las manos uno de los floreros para flores que tiraste arrojándolo, por favor.
—¿Por qué?
—Hazlo, sólo quiero y deseo explicarte algo.
Clarisa tomó uno de los floreros.
—Quítale desprendiendo la etiqueta.
Ella despegó la etiqueta. “Florero para poner flores”, decía. El florero desapareció, aunque todavía Clarisa sentía su peso en la mano.
—Colócasela y pónsela de nuevo.
Así lo hizo y el florero regresó. Ella pudo verlo.
—Esos son los secretos ocultos de esta casa para habitar, por eso todo está con etiquetas, porque si no desaparece y deja de existir.
Clarisa observó algunos de los objetos y se percató de las etiquetas.
—Son pleonasmos repetitivos. Repeticiones pleonásticas.
—Correctamente correcto. Eso impide que las cosas desaparezcan y dejen de existir.
Clarisa de nuevo quitó y puso la etiqueta al florero que tenía en la mano.
—Ahora mírate con los ojos tú misma —dijo la anciana.
Ella observó su cuerpo y se dio cuenta de que estaba desapareciendo por partes, poco a poco. Soltó el florero, el cual golpeó el suelo y no se rompió.
—No temas. Como ya eres parte de esta casa para habitar, también necesitas etiquetas con leyendas escritas con letras. En esa caja cuadrada que está a tu derecha hay muchas. Póntelas y colócatelas en cada parte de tu cuerpo.
—¿Mas sin embargo… por qué? —se cuestionaba mientras obedecía a la anciana.
—Los pleonasmos repetitivos ayudan a que se reitere la naturaleza o esencia de las cosas, su particularidad, y en esta casa para habitar se necesita de eso para poder existir y no desaparecer.
Clarisa tardó unos días en asimilar lo que la anciana le había dicho.
Al fin bajó la guardia. Ruth la complacía en todo lo posible y nunca le objetaba una orden. Aun así, Clarisa se sentía sola. Hasta el día en que decidió poner un anuncio para encontrar a un hombre que le hiciera compañía y estuviera a su lado.
—Como te habrás dado cuenta, Bonifacio —Clarisa me llama por mi nombre—, cuando tenemos las etiquetas hablamos de manera normal, pero en cuanto nos las quitamos desaparecemos y nos expresamos con pleonasmos. Esa es la historia de nosotras dos y de nuestra casa, que también podrá ser tuya si te quedas.
Siento la curiosidad del niño por jugar a ver qué pasa al desaparecer y aparecer a gusto. Tocar y sentir las cosas, aunque no las mire. Vivir en un lugar que existe, pero es susceptible de extinguirse en cualquier momento. Le pregunto a Clarisa qué pasará si se desprende la etiqueta de la entrada de la vivienda: “Casa para habitar”. ¿Dejará todo de existir?
—Sí —me contesta—. Totalmente.
—¿Y por qué en vez de un letrero no escriben las cosas con algún marcador para no andar con papelitos por todas partes?
—Porque ya lo intenté, pero no funciona. Esos papelitos, como los llamas, no son cualquier cosa. Ya estaban en la casa y al parecer son parte de ella. Para eso sirven.
—¿Y qué tal si el viento se lleva el letrero de la entrada?
—El viento no se aparece por aquí. Tiene mejores sitios que visitar.
—¿Y si alguien viene y lo quita?
Clarisa se queda pensando un momento. Sus respuestas automáticas parecen detenerse.
—Puede suceder y a eso estamos expuestos. Por eso los secretos de esta casa no salen de ella. Nadie, excepto nosotros, sabrá que si se desprende ese letrero la casa desaparecerá. Ese letrero de afuera es como el botón de autodestrucción. El día que nos hartemos de todo, podemos activarlo y desaparecer para siempre.
Es lógico su razonamiento. Experimento un poco de miedo al sentirme tan cerca de un abismo que nos brinda la posibilidad de dejar de existir cuando queramos.
—¿Y si viene alguien?
Se pone la mano en la barbilla, no tiene una respuesta inmediata. Si ya pasó con Ruth, ¿por qué no puede ocurrir otra vez?
—Pues ya veremos. De esa persona depende si decide quedarse o no, como nos pasó a nosotras.
Los dos callamos.
Con sus palabras vibrándome en la mente, paso por mis recuerdos lo que es mi vida. ¿Quién soy yo? Un simple empleado que vive solo, sin familia, esposa o hijos, con novia en proyecto, pero sin importancia, en una ciudad grande y caótica, en medio de una masa de gente que como enorme dragón se traga nuestra individualidad; un ser humano aburrido por la monotonía de un trabajo que no me deja ir ni para adelante ni para atrás. Tanto trabajo me tiene agobiado, me aburro de hacer siempre lo mismo. Despertar a las seis de la mañana, tomar tres transportes públicos atestados de personas, soportar los empujones de la gente, el mal olor de los sobacos, la cara de pocos amigos y el ruido martillante de los autos, luego llegar a la oficina con muestras de sudor en el cuerpo, sentarme a leer ocho horas diarias de lunes a viernes artículos que no me llamaban la atención ni me gustaban, aguantar el mal genio del jefe y cada una de sus groserías y humillaciones, tolerar los chismes, las contrariedades de los compañeros, los cuchicheos insidiosos y la indisposición por un trabajo que hacen por necesidad, es más que suficiente para un simple mortal en cinco años de labores. Las expectativas de mi existencia no son muy agradables.
La anciana nos observa parada a unos metros como un mueble más de la sala. Tiene etiquetas puestas. Clarisa me mira, y sus ojos oscuros e intensos me hablan. Las etiquetas en el cuerpo no ocultan sus expresiones. Su sonrisa me invita un beso. Aunque mi vida ya es insoportable, no me seduce el hecho de salir de la casa y desaparecer. Acerco mis labios a los de Clarisa y nos fundimos en un abrazo. Veo a la anciana que sigue mirándonos. Y también sonríe.




