Dicen que los poetas deben tener una estrella en la frente.
O por lo menos un dedo metido en el culo
para no ser confundidos con algún sicario.
Y gozar de tarifa preferencial en los baños turcos
hasta la madre de sudor y semen.
En esta ciudad de pezones rosados
deberían de tritura la lengua del poeta.
Apostata de la palabra.
Arrojarla hecha mierda sobre el cemento
de la Avenida Central
y bailar hasta al amanecer
sobre la sangre asfáltica de toda la ciudad.




