Andrea Vásquez C. – Sueño de un viejo ciego

Sueño de un viejo ciego

Andrea Vásquez C.

Aquella noche el viejo estaba más iracundo y nervioso. Farfullaba, maldecía, lamentándose por su atrofiada vista que empeoraba cada vez más. Sin esmero realizaba su trabajo en aquel edificio, barría y tiraba la basura, cuando pudo ver a poca distancia una hoja de papel rugoso en el piso. No la desechó, el color apergaminado de la hoja le había agradado y enseguida la guardó en el bolsillo de su abrigo. El viejo apenas podía leer, ese acto le era fastidioso. Seguramente habría en el papel algo que no alcanzaría a comprender, sin embargo, él la guardó. Torpemente dio fuego al pabilo y con pesadumbre continuó arrastrando la escoba por todo el edificio, explorando a veces los objetos no a la luz sino al tacto de los dedos. En las noches se alumbraba el paso ya inútilmente, pues la ceguera volvía más estrecho cualquier hilillo o camino de luz.  

Las dos oscuridades comenzaron a dificultar el trabajo. Apretó los dientes con furia, dejó escapar su canino aliento, luego desempañó los cristales con la misma furia. ¡Bah! es inútil, se dijo, ya no puedo comprobar si están limpios. Marchó hacia su casa con pasos lentos y seguros. Pensaba en su Leonora y en la cena caliente que esperaba encontrar sobre la mesa, como cada noche, a las nueve menos cuarto.

Iba tanteando cada muro con sus manos y trataba de abrir los ojos, sorteando con esfuerzo los peligros de la calle. Entonces el viejo tuvo otra inusual sensación. Sentía que todo aquello que vivía ya lo había soñado alguna vez: levantar un objeto, recorrer la oscuridad, tener la noción de haber soñado algo parecido. Últimamente había tenido sueños que no comprendía. ¿Soñar que estaba soñando? ¡Qué absurdo! De pronto el viejo se sintió confundido. Pensó que en ese momento, bien podría soñar –de todas formas parecía que en su rostro siempre era de noche y él dormía, a causa de la parcial ceguera que tanto lo angustiaba.

El viejo ya había adoptado un humor más enfurecido y al mismo tiempo nostálgico. Apenas cruzó el umbral de la casa llamó a su esposa: ¡Leonora! –gritó desesperado– ¡no he tenido un buen día y espero encontrar la comida servida! Pero ningún ruido de su mujer se oía en la casa. El viejo buscó en la oscuridad. Alcanzó a ver una garrafa que se hallaba sobre una mesita de la esquina. Bebió. No había que tener demasiado cuidado al andar, pues la casa del viejo no tenía muchos muebles, estaba casi vacía. Las paredes mal hechas con las costras de cal desprendidas, el olor de la humedad del algodón, el hierro oxidado… Los objetos más grandes se hallaban pegados a las paredes para que el viejo no tropezara en su oscuridad. En la cocina había un cuadro de frutas comprado en su cumpleaños, tenía pintada una canasta con higos, manzanas y mandarinas verdes, las favoritas del viejo, que ahora ignoraba. Él se sentó a la mesa y no encontró la cena.

Asómate, Leonora, que ya llegué, ¿dónde diablos te has metido?  –volvió a gritar y volvió a beber. Pero la mujer jamás respondió, sólo la gota del grifo sobre los trastes, el motor de los carros en la calle, el refrigerador, sólo el segundero del reloj. La media noche. El viejo estaba por desfallecer. Había agotado su escasa fuerza en llamar a la mujer. Pero él no buscó más, nunca se esforzaba por algo que daba por perdido.

El viejo gustaba del griterío y el lloriqueo ante cualquier situación, pero la ausencia de la mujer esa noche le provocó una impresión más grave: aunque el viejo lo negara, él no había concebido su supervivencia sin Leonora. “¡Ah! ¡Leonora! tú eres la causa de todos mis males.” Lloró y contrajo los ojos con tanta fuerza que ya no quiso volver a abrirlos. Entonces, decidió que Leonora había desaparecido. No era que ella se hubiera marchado porque ya no soportara al viejo, no, sino que él lo decidía. Ella se esfumaba de la casa, se iba del mundo, de su vista, como si su mujer fuese parte de un mal sueño, en sus imágenes difusas, del que podía borrar recuerdos.

Una mano se desliza por las paredes acuosas, asciende el calor por su cabeza. El lugar luce estrecho, pálido y lleno de agua. Partículas rojas, casi líquidas que su boca intenta comer. Pero otra es la boca por la que se alimenta. A su oído sólo el sonido de un temblor de garganta, la cabalgata de algún guerrero rojo, los ríos de sangre sin desembocadura, una risa, un llanto femenino, el eco de la recia tempestad del instante.

Desplegó los párpados. Pudo sentir los rayos del sol sobre su piel pero ya no la vio amarillenta. Alzó el brazo derecho y no pudo ver la hora, ni el reloj ni sus dedos ni nada. El viejo había quedado ciego definitivamente. No recordó en ese momento el sueño que acababa de tener. Se levantó de inmediato en busca de algún reflejo suyo. Nada. Había amanecido totalmente ciego.

En sigilo lloró como siempre, como nunca. ¿Qué haría ahora? Pensó que no había recibido de la vida nada valioso hasta entonces ni lo recibiría. La prolongación de la desgracia con sus lamentos. Un torrente pesado de sonidos lo aturdió. Se esforzó en imaginar. Nunca había escuchado el sonido de su saliva, que ahora sonaba como el oleaje de un mar. Inmenso. ¿De qué tamaño era su boca? ¿Cómo lucía bajo el encanecido bigote? ¿Cómo podía no saberlo? Pocas veces una boca es contemplada en toda su extensión frente al espejo. El viejo pensó largo rato. Él no podría contemplar nada con los ojos que ya no le servían. Comenzó a preguntarse por todo.

El viejo había llegado a un nuevo sitio. No podía estar seguro de nada. Se preguntó si el golpeteo proveniente de la ventana era provocado por algún roedor o si se trataba del picoteo ahogado de un pájaro sobre la madera. Y las preguntas seguían elaborándose en su mente. Los ruidos de la calle de pronto perdieron su sonoridad, llegaron a él entre rumores, como si afuera, en la lejanía, las sombras calientes de la mañana le pidieran que se asomara al mundo. Andando despacio, exploró su hogar como un recién llegado. Cada uno de sus pasos dejaba un eco distinto. Le pareció que sus pies desaparecían cuando sobre la alfombra se silenciaba su andar.

El viejo se volvió menos iracundo. Prefirió el silencio, el suyo, el que resultaba del sólo ejercicio de pensar, de entretenerse con sus pensamientos. Se dio cuenta de que las palabras, antes de nacer de la boca brotaban primero en la oscuridad, en la mente. Pero el viejo ya no quería escuchar sus palabras. Atendía los sonidos del exterior. Aprendió a realizar su trabajo percibiendo cada movimiento y cada sonido con su correspondiente eco. Una mañana, mientras el viejo barría el enorme patio del edificio, recordó el sueño de aquella noche. Pensó que su ceguera podía parecerse a la ceguera de los niños que están por nacer, la del feto que escucha el exterior mientras asciende el calor por su cabeza. El viejo pasó su mano por el abrigo que había vuelto a usar. Encontró en el bolsillo el papel rugoso casi deshecho. Lo sostuvo un momento e imaginó que leía aquel papel. Ahora el viejo no podía negarse a ver.

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