Amparo Dávila (México) — El huésped

El huésped

Amparo Dávila (México)

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje.
Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.

No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.
Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” –dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…” No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.
N fui la única en sufrir su presencia. Todos los de la casa –mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito- sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí.
Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.
Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado.
La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las bugambilias.
En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera.
Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo veces que, cuando estaba preparando la comida, veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado.
Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre.
Cuando salía de su cuarto comenzaba  la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. “¡Allí está ya, Guadalupe!”, gritaba desesperada.
Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: -allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él…
Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, pudo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más.
Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas las tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían… 
Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté de la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró de golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló contra el piso de ladrillo y la gasolina se inflamo rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa.
Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado.
Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto.
Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.
Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podría matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. “Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.”
Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como huérfano.
Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto.
-Esta situación no puede continuar –le dije un día a Guadalupe.
-Tendremos que hacer algo y pronto –me contestó.
-¿Pero qué podemos hacer las dos solas?
-Solas, es verdad, pero con un odio…
Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.
La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días.
No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta.
Guadalupe y yo pasábamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia…
Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer.
Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos.  Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. NO hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.
Los días que siguieron fueron espantosos, vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas…
Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.
Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.

Amparo Dávila publicó “El huésped” en 1959, dentro de su primer libro Tiempo destrozado. El cuento fue durante décadas uno de los textos más discutidos de la literatura fantástica mexicana, aunque Dávila tardó en recibir el reconocimiento institucional que merecía: lo obtuvo apenas en 2015, cuando el Instituto Nacional de Bellas Artes le otorgó la Medalla de Bellas Artes. Fue Juan José Arreola quien impulsó la publicación de su obra temprana, pero la voz que Dávila construyó no le debe nada al magisterio masculino: es una voz propia, tensa, precisa, que sabe exactamente cuándo callar y cuándo mostrar.

La casa que devora: lo siniestro doméstico y la violencia invisible en “El huésped”

“Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso.”
— Amparo Dávila, El huésped

Abstract

Este ensayo analiza "El huésped" de Amparo Dávila como una exploración del terror doméstico desde una perspectiva feminista. A través de la figura del huésped como proyección de lo siniestro freudiano, el cuento construye una alegoría de la violencia conyugal y el encierro femenino en el matrimonio patriarcal. La lectura se apoya en la noción de lo siniestro de Freud y en los estudios del espacio doméstico como campo de poder. El objeto central de análisis es la narradora como sujeto atrapado que solo puede actuar en ausencia del marido, y el huésped como figura que materializa lo que el matrimonio le ha hecho.

I. La casa y su monstruo: cuando el hogar es el infierno

El cuento comienza con una declaración que parece inocente y lo dice todo: la narradora no era feliz. Esa frase abre el relato antes de que el huésped llegue, antes de que el horror comience. Y al hacerlo establece algo fundamental: el infierno no lo trajo el huésped. El infierno ya estaba. El huésped solo le puso un cuerpo.

La casa que Dávila construye es grande, con jardín en el centro y corredores cubiertos de enredaderas. Una casa que en otro contexto sería hermosa. Pero la narradora la describe como una casona: el sufijo no es casual. Sus dimensiones no representan amplitud sino el peso de lo que hay que sostener sin ayuda, sin reconocimiento, en un pueblo incomunicado y distante de la ciudad. La llegada del huésped no cambia la estructura de ese encierro; lo hace visible.

Bachelard escribió que la casa es el primer universo del ser humano, el espacio que nos cobija y nos define. Pero ese espacio puede cobijarnos o aplastarnos según quién lo habite y en qué condiciones. El jardín que la narradora cuida con amor —crisantemos, pensamientos, begonias, heliotropos— es el único espacio que le pertenece. Y es también el único espacio donde el huésped la acecha. Esa invasión del jardín no es accidental: es la colonización del único territorio propio. El horror no viene de afuera; viene de adentro de lo que debería ser suyo.

II. El huésped sin nombre: lo siniestro como proyección del matrimonio

“El huésped no tiene nombre porque no lo necesita: es lo que el matrimonio ha depositado en la casa y que nadie quiere llamar por su nombre.”

Lo más perturbador del cuento no es lo que el huésped hace sino lo que es. Dávila nunca lo nombra, nunca lo describe con precisión suficiente para identificarlo. Sabemos que tiene grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo. Sabemos que duerme de día y se mueve de noche. Sabemos que come solo carne. Esos detalles apuntan hacia algo animal, pero el cuento nunca lo confirma. El huésped existe en el umbral entre lo humano y lo no humano, entre lo real y lo sobrenatural, y Dávila lo mantiene ahí deliberadamente.

Freud definió lo siniestro como aquello que debería haber permanecido oculto pero que ha salido a la luz: no lo ajeno sino lo familiar que se ha vuelto extraño, la casa propia que se llena de terror, el espacio conocido que ya no protege. El huésped encarna esa lógica con precisión. No llega de un mundo exterior aterrador: lo trae el marido, como parte de la vida doméstica. Es un familiar que se instala como invasor.

Desde una lectura alegórica, el huésped es lo que el matrimonio patriarcal deposita en la casa y que la mujer tiene que soportar sin poder nombrarlo. El marido lo trajo, el marido lo protege, el marido dice que es completamente inofensivo. La narradora sabe que no lo es, pero su conocimiento no tiene valor frente a la autoridad del marido. El huésped es el privilegio masculino hecho cuerpo: visible para todos, tolerado por el que tiene poder, sufrido por quienes no lo tienen.

El hecho de que la narradora y Guadalupe nunca lo nombren refuerza esta lectura. Nombrarlo sería hacerlo real de una manera que obligaría a enfrentarlo públicamente. El silencio no es cobardía: es la estrategia de quienes saben que el sistema no está de su lado. Él, él, él. El pronombre como única forma de señalar lo que no puede decirse.

III. La narradora atrapada: cuerpo, miedo y parálisis

“El miedo de la narradora no es irracional: es la respuesta lúcida de alguien que sabe exactamente cuáles son sus opciones y cuántas no tiene.”

La narradora sabe desde el principio que quiere irse. Lo dice con claridad: pensé en huir de aquella casa, de mi marido, de él. Pero no tiene dinero, los medios de comunicación son difíciles, no tiene amigos ni parientes a quienes recurrir. El encierro no es solo físico: es económico, social, afectivo. La casona es una trampa que se cierra perfectamente sobre alguien que depende de quien la mantiene ahí.

El cuerpo de la narradora registra este encierro como terror sostenido. No puede dormir, no puede moverse por su propia casa sin miedo. El huésped la acecha en la cocina, en el jardín, en el corredor. Cada espacio que debería ser suyo está colonizado por esa presencia que el marido instaló y que el marido protege. Cuando el marido la llama histérica, el lector sabe que tiene razón en tener miedo: el huésped casi mató al hijo de Guadalupe. El peligro es real. La parálisis de la narradora no es un defecto de carácter sino la respuesta coherente de alguien que no tiene ningún recurso institucional disponible.

Lo que el cuento muestra con mayor honestidad es que el miedo no la inmoviliza del todo. La narradora actúa dentro de los límites de lo que puede: cierra la puerta de su cuarto, encierra a los niños, vigila al huésped, planifica. La parálisis no es total. Es la parálisis de quien no puede actuar de la manera en que querría pero no deja de pensar en cómo actuar de otra.

IV. Guadalupe: la alianza femenina como única salida

“Guadalupe no salva a la narradora por bondad ni por lealtad abstracta: la salva porque también ella está atrapada, y porque el odio compartido es la única forma de poder que les queda.”

Guadalupe es el personaje más importante del cuento después de la narradora, y también el menos analizado por la crítica. Es la trabajadora doméstica, la que ayuda en los quehaceres, la que cuida a su propio hijo Martín mientras la narradora cuida la casa. Tiene su propio miedo, su propio dolor, y una furia que el cuento describe con una sola frase devastadora: ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.

La alianza entre las dos mujeres no es una amistad romántica ni una solidaridad abstracta basada en la hermandad femenina. Es una alianza de supervivencia entre dos personas que comparten un peligro y una impotencia. Ninguna de las dos tiene poder individual suficiente para actuar. Juntas lo tienen. Esa diferencia es la que el cuento explora sin sentimentalizarla.

Es significativo que Guadalupe sea quien toma la iniciativa práctica en el momento decisivo: ella corta las tablas mientras la narradora busca martillo y clavos. La división del trabajo no es jerárquica sino funcional: las dos saben lo que tienen que hacer y lo hacen juntas, en silencio, conteniendo la respiración. El llanto con que se abrazan cuando terminan no es alivio sentimental. Es la descarga de un terror sostenido durante meses, y el reconocimiento tácito de lo que acaban de hacer.

V. El crimen sin nombre: justicia doméstica y silencio

“Lo que Dávila no llama crimen es exactamente lo que es. Pero la narradora sabe que nombrar las cosas como son es un lujo que las mujeres sin poder no siempre pueden permitirse.”

La muerte del huésped ocurre sin que el cuento la nombre como tal. La narradora describe el proceso con la misma precisión clínica con que ha descrito el resto: clausuraron la puerta, él golpeó durante días, los gritos se apagaron, luego el silencio. Esperaron dos días más antes de abrir. No hay duelo, no hay arrepentimiento, no hay reflexión moral. Solo la narración de lo que ocurrió.

Esta economía narrativa no es frialdad: es precisión política. La narradora sabe que lo que hicieron no tiene nombre aceptable en el sistema que la rodea. No hay un marco legal ni moral que ampare su acción, porque ese sistema nunca reconoció el peligro que ella y sus hijos corrían. La mentira al marido —muerte repentina y desconcertante— no es un signo de culpa sino de inteligencia práctica. Decirle la verdad sería exponerse a consecuencias que no puede permitirse. El silencio es la única forma de protección disponible.

El cuento termina sin resolución moral, sin juicio, sin catarsis. La narradora no se justifica. Simplemente narra. Y en esa posición reside la mayor honestidad de Dávila: no hay absolución disponible para quienes actúan fuera del sistema, aunque ese sistema haya fallado primero. El silencio final no es paz. Es la continuación de la misma estrategia de sobrevivencia que organizó toda la vida anterior al crimen.

VI. Lo que Dávila no dice: el fantástico como lenguaje político

“Dávila eligió el género fantástico no para escapar de la realidad sino para decir de ella lo que el realismo no habría podido decir sin volverse panfleto.”

“El huésped” puede leerse como cuento fantástico, como alegoría feminista, como exploración psicológica del miedo, como crítica al matrimonio patriarcal. No son lecturas excluyentes. Son capas del mismo texto, y la riqueza del cuento reside en que ninguna capa cancela a las demás. Dávila nunca cierra la ambigüedad: no confirma que el huésped sea un animal ni que sea una metáfora. Lo deja en el umbral porque es en ese umbral donde el texto trabaja con mayor libertad.

Lo que el género fantástico le permite es decir lo que el realismo no podría sin volverse explícito y por tanto vulnerable. Un cuento sobre una mujer que mata a su marido habría sido recibido de manera diferente en el México de 1959. Un cuento sobre una mujer que clausura la habitación de un ser misterioso puede decir exactamente lo mismo sin activar los mecanismos de censura moral que habrían clausurado el texto antes de que llegara al lector.

Lo que Dávila guarda en ese cuento es lo que muchas mujeres guardaban en silencio en el México de mediados del siglo XX: el terror de una vida doméstica en que el peligro venía del interior, de lo que el matrimonio había instalado en la casa, de lo que nadie iba a nombrar ni a resolver. El género fantástico no enmascara esa realidad. La hace visible de la única manera que entonces era posible: haciéndola extraña. Y lo extraño, en Dávila, siempre es más real que lo real.

Bibliografía

Dávila, Amparo. "El huésped." En: Tiempo destrozado. México: Fondo de Cultura Económica, 1959.
Freud, Sigmund. "Lo siniestro." En: Obras completas, vol. XVII. Buenos Aires: Amorrortu, 1992.
Bachelard, Gaston. La poética del espacio. México: Fondo de Cultura Económica, 1965.
Gilbert, Sandra M. y Susan Gubar. La loca del desván: la escritora y la imaginación literaria del siglo XIX. Madrid: Cátedra, 1998.
Trejo Fuentes, Ignacio. "Amparo Dávila: la escritura del miedo." Revista de la Universidad de México, núm. 45, 2007.
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Microscopía Literaria [México]
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