Parte 4: dominio de la lujuria [Infierno en la tierra]

Tal como el ángel de la muerte nos había advertido, Jerusalén había cambiado de manera radical. El tiempo dentro de la ciudad seguía un ritmo caótico: no era claro si avanzaba o retrocedía. El espacio se había expandido de forma antinatural, consumido por un colosal desierto interno, adornado con ruinas, pilares rocosos y castillos demoníacos envueltos en niebla.

El cielo, antaño de un azul puro, ahora ardía en tonos amarillos y rojos, como si permaneciera eternamente en llamas. Mientras avanzábamos entre las dunas, nuestro objetivo era un castillo visible en la distancia. Sin embargo, antes de alcanzarlo, nos encontramos con una escena perturbadora.

Dentro de una ciudadela derruida, miles de almas atrapadas estaban inmersas en una orgía brutal. Gemidos de placer y gritos de lamento saturaban el aire. Algunos intentaban huir, pero eran perseguidos por súcubos e íncubos vestidos con túnicas ceñidas, quienes los tentaban para que regresaran.

Intenté centrar mi mente en lo espiritual, alejándome de la carnalidad de aquella visión. Sin embargo, algunas sororitas no lograron resistir. Una de ellas, gimoteando, saltó de su caballo, se despojó de la armadura y corrió hacia la orgía. Varias la siguieron, cayendo presas del pecado que habíamos jurado erradicar.

—¡Resistan! —grité, desesperada.

Pero para muchas ya era tarde.

Pronto, hordas de personas desnudas y enajenadas nos rodearon. Intentaban tocarnos, atraparnos. Sus gemidos eran una mezcla de placer y dolor.

Ordené desenvainar las armas. Algunas sororitas lograron defenderse, pero otras fueron derribadas; sus armaduras arrancadas mientras sus gritos de terror se transformaban en gemidos de sometimiento. Comprendí entonces que los demonios no atacaban al azar: seleccionaban a quienes mostraban debilidad mental. Y cualquiera que intentara rescatar a una hermana caída se convertía en el siguiente objetivo.

—¡Mantengan sus mentes puras! —grité, recordando que la lujuria solo se contrarresta con la castidad.

Pero resistir era un desafío monumental.

El caos se extendía y las sororitas caían una tras otra. Finalmente, entendí que nuestra única opción era avanzar. Tiré de las riendas de mi caballo y di la orden.

Durante mi formación como sororita, descubrí que algunas escapaban por las noches. No lo reflexioné demasiado, aunque sospeché el motivo: encuentros sexuales. Con dolor debo admitir que yo misma he sentido deseos lujuriosos e incontrolables. Soy humana…

—¡Dios, apiádate!

—¡Ahg! —gritó sor Micaela.

—¡Vámonos! —clamó sor Alba desde atrás, sacándome de mis pensamientos—. ¡¿Qué haces, sor Dominica?!

Cierto, pensé. Aunque habíamos sido entrenadas para resistir la tentación, los demonios conocían el pecado mejor que nadie y diseñaban complejas estratagemas para alcanzar sus fines.

Entonces espoleé a mi caballo, liderando un avance desesperado hacia el castillo, cruzando entre —y sobre— cientos y cientos de cuerpos desnudos que volaban a nuestro alrededor como hojas arrastradas por el viento. Algunas compañeras, durante la retirada, cayeron definitivamente en el sendero de la lujuria.

Ciento veintitrés sororitas desaparecieron.

—¡Cuán fácil es caer en la tentación! —vilipendié entre dientes—. ¡Malditos demonios! ¡Ya están malditos, pero los maldigo una y mil veces más!

—¡Avancen al castillo! ¡No miren atrás!

Cruzamos dejando atrás a las hermanas que no resistieron. Ciento veintitrés sororitas quedaron en el camino. No solo era una pérdida; era un recordatorio de cuán frágil es la voluntad humana.

Ingresamos al castillo y combatimos a otros guardianes: nada que las armas bendecidas no pudieran dominar. Avanzamos por pasillos y galerías hasta el corazón de la estructura: un enorme salón colmado de personas desnudas, todas encadenadas por el cuello.

En el centro se erguía un hombre de rasgos dominantes —quizá teutón, quizá godo—, alto, fornido, de cabello castaño. Portaba un estoque enfundado al costado y un hacha a la espalda.

—¿Quién…? —susurró sor Ángela.

—Es el líder demoníaco de este dominio —respondí.

—Pero no tiene apariencia demoníaca…

—No se confíen —advertí—. Los demonios son reyes del engaño —lo encaré—. ¿Asmodeo?

—Ustedes… —respondió con desdén— podrían al menos bajar de esos sucios caballos.

Observó la escena con asco y negó con la cabeza.

—Hablan de decoro, santidad y pureza, y carecen de modales. Llegaron lejos, sororitas, pero hasta aquí resistieron la lujuria.

—¡Malnacido demonio! —escupí—. Perdimos a muchas hermanas.

Asmodeo sonrió, perturbador. Desenfundó su estoque y apuntó hacia mí.

—Dejémonos de estupideces. Sabemos por qué vinieron —ordenó, volviéndose hacia los encadenados—. ¡Ataquen!

Las personas desnudas se liberaron y cargaron contra nosotras con furia salvaje: puños, patadas y dentelladas.

Resistimos los primeros minutos, pero pronto la superioridad numérica nos superó. Varias sororitas fueron derribadas de sus monturas, gritando aterradas.

Asmodeo se teletransportó frente a mí, blandiendo su estoque con destreza sobrenatural. Logré bloquear una y otra estocada; cada choque contra el mármol arrancaba chispas. Retrocedí saltando, esquivando punzadas que atacaban como el aguijón de un escorpión.

—Veo que no eres como otros humanos, sor…

—¡Cállate, demonio! —jadeé.

Extendió su palma derecha en gesto provocador.

Gruñí y arremetí, descargando una ráfaga de ataques. Tras el cuarto, lanzó mi espada lejos.

—Hábil… pero no lo bastante fuerte —sonrió, avanzando hacia mí.

—La humanidad tiene inventiva…

—¿Qué…?

Saqué un crucifijo dorado, ricamente ornamentado, apenas del tamaño de mis palmas.

—¡¿Qué es eso?!

Inicié una oración en latín arcaico, reservada para desterrar demonios de alto rango.

—¡Ja, ja, ja! —rió—. No funcionará, sor. Primero debes delimitar la zona…

Se detuvo al notar el suelo. Durante el combate, cada choque había marcado el círculo ritual.

Estaba atrapado.

—¡Maldita humana! ¡Engañadora!

Reveló su verdadera forma: un coloso de tres metros, con tres cabezas —una humana, una bovina y una caprina—, ocho senos en el vientre y patas híbridas de oso y león.

—¡Regresa al abismo, demonio!

Envuelto en un haz de luz, Asmodeo fue desterrado entre alaridos.

—Requiescat in pace… —murmuré.

El crucifijo ardió y lo arrojé. Cada líder demoníaco requería un sacrificio así… o debía ser forzado a revelar su forma.

Cuando Asmodeo desapareció, los cuerpos desnudos se transformaron en orbes de luz blanca que ascendieron al exterior.

No tuvimos tiempo de contemplarlo: el castillo comenzó a colapsar.

—¡Corran!

Huimos, montadas o a pie.

Afuera, el dominio se reconfiguraba: el espacio y el tiempo se contraían, regresando a su forma original. Las almas flotantes acudieron al ángel de la muerte, quien avanzó lentamente.

—Buen trabajo, sororitas. Ahora me toca a mí.

Chasqueó los dedos. Pop. Las almas desaparecieron.

Poco después comprendí que ciento tres sororitas habían caído antes de dirigirnos al dominio de la gula.

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Cristian Fernando Guevara Hincapié (Colombia)

(Cali, Colombia, 1989) es escritor y psicólogo, residente en Yumbo. Su obra transita entre la poesía y la narrativa breve con una inclinación marcada hacia el suspenso, la ciencia ficción y el terror, géneros desde los cuales explora el sufrimiento humano, la fragilidad de la identidad y los límites de lo real.
Influenciado por autores como Philip K. Dick, H. P. Lovecraft, Ray Bradbury y Ursula K. Le Guin, construye atmósferas envolventes que anclan lo perturbador en situaciones cotidianas, logrando que el lector reconozca algo propio incluso en lo profundamente extraño. Su formación en psicología atraviesa su escritura: no le interesa solo lo que ocurre, sino cómo se experimenta por dentro.
Es autor de las novelas El precio de una rosa y Desde la inventiva de Hefesto hasta las llamas del infierno, y ha publicado en más de 170 revistas y antologías a lo largo de su trayectoria. Se concibe a sí mismo como un observador de lo humano que utiliza la escritura para cuestionar, reinterpretar y expandir la realidad: abrir fisuras en las certezas y dejar en el lector una inquietud que persiste más allá de la última página.

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