
El día no podía haber comenzado mejor. La mañana, clara y fresca, presagiaba ya la incandescente prepotencia del sol. Decidí hacer una escapada a la famosa playa de Lomas, sobre la cual había oído casi míticos elogios.
El autobús que hacía diariamente el recorrido entre Nazca y Lomas era una simpática y destartalada miniatura, en la cual ni los lugareños podían viajar sin encogerse, aunque eran en general más menudos de cuerpo que yo. Los costados de la carrocería ostentaban un nombre jactancioso, fileteado con caracteres rimbombantes: “Capitán Maravilla”. Conseguí asiento del lado de la ventana, sobre el eje trasero.
Los pasajeros, mujeres en su mayoría, transportaban cestos, paquetes, bolsas de todos los tamaños y, prendidos a sus costados, mocosos juguetones. Parecían haber hecho esta excursión a menudo y conocerse entre sí. Instaron repetidamente al conductor a arrancar de una vez, lo cual me hizo recordar un cantito aprendido de chico en la escuela y que repetí para mis adentros como una insensata plegaria (“Chofer, chofer, apure el motor, que se nos va la nafta por el carburador”). Por fin partimos.
Los demás pasajeros, oriundos sin excepción, hablaban entre sí, todos contra todos, por encima de pescuezos, bagallos y asientos. La inusual presencia de un extranjero, de insoslayable piel blanca, no podía pasarles desapercibida. Hicieron al respecto mordaces comentarios en castellano y en quechua, en los cuales resaltaba, despectivamente, la palabra “gringo”. No les dejé notar que me mortificaba el evidente desdén que el apodo implica, y que yo creía no merecer. Algo similar me había ya ocurrido en otras regiones del Perú y de Bolivia. Esta vez el asunto no pasó a mayores, así que no me dejé amargar el día por los chistes y burlas que me dedicaban más o menos abiertamente. Ya se aburrirían de escarnecerme, de asombrarse por mi presencia, de comentarla.
A pocos minutos de haber abandonado Nazca, el conductor sumió la disonante algarabía en una “salsa” atronadora que copó el autobús desde los parlantes estratégicamente esparcidos por el interior. El equipo debía tener un desperfecto, porque la música se arrastraba penosamente, cambiaba en un mismo pasaje de compás, se detenía por instantes, para avanzar luego descontrolada. Las canciones, graznadas sin esmero y sin alardes vocales, aducían una y otra vez las palabras “cariño”, “deseo”, “traición’, alusiones groseras y fallos gramaticales que no parecieron molestar a nadie.
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La situación era, en cierto sentido, insoportable, pero, dispuesto como estaba a no dejarme enturbiar el ánimo, decidí gozarla como algo exótico. Ya que no cabía esperar que renunciaran al tumulto por consideración hacia mí, me plegué al barullo que la corrupta cinta proponía. Dupliqué el ritmo con mis manos, tamborileando contra el respaldo del asiento anterior. Atareados con sus propias conversaciones, los demás terminaron por no prestar atención a la música ni a mí.
Para llegar a Lomas, ubicada a unas tres horas de distancia (las distancias no se miden allí en kilómetros, ya que dependen de la clase de vehículo que se utilice, del estado de los caminos, del clima) debíamos atravesar una vasta zona, árida y despoblada. Un recorrido enervante, según pensé, una bambalina monótona y estéril, una pérdida de tiempo, un lánguido entreacto, que apenas me permitiría una o dos horas de playa. Lo único que atrajo de vez en cuando mi atención fueron los diminutos edificios con forma de iglesia, pero del tamaño de una casucha para perros, pintados de rosa, de blanco o de celeste, que jalonaban el camino. Me enteraría más tarde de que eran capillas, construidas en recuerdo de quienes fallecieran en accidentes, erigidas en el sitio mismo donde se habían producido los decesos. La carretera a Lomas era un largo y sinuoso cementerio.
En cierto momento, aproximadamente a mitad del tramo a recorrer, sentí un ruido bajo los pies, y poco después uno mayor. El conductor aminoró la velocidad mascullando palabrotas, detuvo el vehículo y dio orden de descender. Bastó un breve examen para comprobar que las dos llantas traseras izquierdas habían reventado.
Tras bajar, la mayoría de los pasajeros permaneció a la derecha del autobús, donde aún había sombra. Algunos, yo entre ellos, del otro lado, sentados a la vera del camino, bajo el impertinente sol.
El chofer, secundado por dos muchachos, se dio a la tarea de desmontar ambas ruedas. Concluido el engorroso procedimiento, se instaló la de repuesto, mientras uno de los chicos se llevó, en un camión detenido a ese efecto, una de las inservibles para cambiarla en Nazca por otra.
Si bien un contratiempo, la situación no era dramática. Según parecía, el muchacho regresaría pronto con una llanta en buen estado y proseguiríamos enseguida el camino. El sol picaba bastante, pero por suerte había escuchado a la dueña del hostal en que me alojaba (una “dama franciscana”, según me confesara en una charla, aludiendo a su trabajo en la parroquia), quien me había impuesto un sombrero de paja para protegerme de los rayos solares. Me lo puse de vez en cuando, indeciso e incómodo por la sensación de ridículo, fastidiado por caprichosos remolinos de viento que me lo arrancaron una y otra vez de la cabeza.
No participé en el cambio de ruedas; un inepto como yo sólo habría estorbado. Pero después, sin embargo, tendría oportunidad de ofrecer mi contribución al grupo, ya fuese apartando a los más pequeños de la carretera cuando venían autos, ya ayudando a bajar del techo del autobús cajones de gaseosas frescas o de “raspadilla”: hielo molido rociado con colorante, que no me atreví a beber, temiendo no sé qué contaminaciones. Los chicos que pensaban vender estas cosas en Lomas y llevaban al efecto cajas de material aislante envueltas en lienzos húmedos, con las cuales conservaban los productos frescos, hicieron un buen negocio.
Algunos pasajeros con prisa, con negocios pendientes en localidades cercanas, detuvieron coches o camiones y se hicieron llevar. La mayoría, a la que me asocié por desidia, había decidido quedarse y esperar la rueda faltante. Alguien propuso que se pusiera música, y como el chofer, resignado a la inactividad, recostado bajo el autobús, no se opusiera, volvió a tronar la “salsa”. Me fui de paseo, sin alejarme demasiado.
El desierto a ambos lados del camino, hasta ahora apenas un obstáculo entre el mar y yo, una aridez ampulosa y carente de sentido, a la que no había prestado mayor atención, empezó a revelarme su majestuosa y secreta policromía, invisible para quien lo mira desatento. Ni la reseca llanura que los lugareños llaman “pampa colorada”, ni los montes que la interrumpen, similares a saurios vencidos, a paquidermos echados a dormir con la cabeza bajo tierra, como para esconderla del calor, son más que a tramos del mismo tono. El desierto está como rasgado, salpicado de timbres y matices diferentes. La tierra bajo las piedras, bajo los desmenuzados restos de caracoles y cangrejos dejados atrás por algún aluvión prehistórico, es de un blanco sucio. Los cantos rodados, inmóviles desde hace siglos, son de un rojo oxidado. Las laderas de los montes son a veces ocres, a veces negras, resquebrajadas como en gruesas fetas por el recalcitrante calor. Aquí y allá, inexplicables, tonos de verde que no pertenecen a planta alguna, un poco de amarillo, y, por encima y entre todo, la disuasiva presencia del sol, que parece envolver el ambiente con finas gasas.
No sé cuánto tiempo permanecí abstraído, expuesto al disolvente influjo del desierto, a su adusto misterio, a su amenazadora vastedad. Me avergonzó un poco no haberlo tomado en serio desde el principio, disfrutar por casualidad, sin mérito propio, gracias a un afortunado accidente, de la posibilidad de verlo en su re- catado esplendor.
Regresé al redil. No había novedades. Las horas pasaron sin traer señas del muchacho. Entre tanto era ya más del mediodía, y el asunto había perdido su encanto inicial. La gente ya no hablaba, la música había cesado, y un silencio pesado y sudoroso dominaba la atmósfera.
Éramos como náufragos arrojados a una isla pequeña e inhóspita, hastiados ya de la obligatoria convivencia.
Un sonido extraño, proveniente de algún rincón del desierto, interrumpió el sopor que reinaba en el autobús, donde nos habíamos repantigado, y provocó algunas carcajadas y comentarios. Comprendí que la gente conocía el origen del ruido; presté atención a lo que se decían.
Consigno lo que oí, lo que creí entender y lo que aportó mi imaginación, indefensa ante los supuestos, sometida a los densos efluvios del aire, al tortuoso encanto de la tragedia invocada a mi alrededor.
Quien haya visitado Lima alguna vez, sabe que los semáforos no alcanzan, en el centro, para encauzar el tráfico de vehículos. Decenas de policías de tránsito, distinguidos por una gorra colonial, se esfuerzan vanamente por insuflar en sus compatriotas respeto por las normas más elementales del buen conducir, incluido el que merecen la vida y los bienes de los transeúntes.
Uno de esos policías, apostado habitualmente en una de las esquinas de la Plaza San Martín, había alcanzado una notoria y risueña perfección en el oficio. Alegre y rebosante de energía, movía los brazos con ademanes perentorios a la vez que corteses, se comunicaba con los conductores mediante movimientos de cabeza ya conciliantes, ya reprendedores, chillaba con su silbato a los rezagados o a los impacientes, apaciguaba disputas, piropeaba a las mujeres con acartonada galantería, o repartía caramelos a los niños que lo remedaban desde la vereda. Con el tiempo, había llegado a convertirse en un personaje conocido y estimado en el barrio, que le tomaba a bien el empeño invertido, los retruécanos espontáneos y jocosos, la silvestre fineza, la incansable pluralidad de recursos.
Disponía de varios silbatos, que había acumulado con la programática paciencia de un coleccionista. Había de todo entre ellos; algunos producían sonidos sólo audibles para perros y caballos, otros eran capaces de aturdir las inmediaciones. El agente operaba virtuosamente con su lujoso instrumentario, según la clase de transgresión a reprender, de accidente a evitar, o la distancia a la que se encontrara el responsable. A menudo debía utilizar más de un silbato a la vez, persiguiendo con una mueca a la izquierda de los labios un infractor, guiando al resto del tráfico con la derecha, sin que los bocinazos o la contumacia de los conductores le echaran a perder el buen humor, la vigorosa jovialidad.
Este artista del silbato había soñado alguna vez con hacer carrera, pero había elegido para ello el camino menos indicado. Algunas personas se desempeñan tan brillantemente en ocupaciones subalternas, que se vuelven imprescindibles en algún puesto nimio. El grácil genio de este agente había acarreado a su unidad una distinción comunal tras otra, aparte de artículos elogiosos en la prensa local, a los cuales sus superiores, comprensiblemente, no querían renunciar. De este modo, cuanto mejor su desempeño, cuanto mayor su eficacia y la simpatía que le brindaban conductores y pasantes, más inamovible su puesto rezagado en la escala jerárquica. Él era por un lado consciente de la paradoja, por otro incapaz de corregir su conducta. Esperaba año a año la promoción, sin sorprenderse de que no llegara, y sin lamentarlo. Los años pasaron sin otra novedad que las nuevas fintas que cada tanto inventaba, y los nuevos silbatos, refulgentes bajo el tozudo sol del mediodía.
Con alguno de los cambios de gobierno obtuvo su cuerpo un nuevo jefe, un jovencito inicuo y formal, de retardado apego al reglamento y ansioso de ascender pronto. Al enterarse de las simpáticas actividades de su subalterno, lo llamó personalmente al orden. Como el agente no cambiara su conducta dentro del plazo exigido, el jefe se encargó de hacerlo destituir. De nada sirvieron las súplicas del castigado, ni las proclamas de solidaridad de los colegas, ni las cartas abiertas de comerciantes y vecinos del barrio, gravemente perturbado en sus costumbres. El mismo jefecito fue destituido meses después con deshonor, al descubrirse su participación en ciertos trámites dolosos. El agente podría haber sido retomado en servicio, de no haberse vuelto inalcanzable para la voz y las ofertas humanas: ante el tamaño de su desdicha, ante la pérdida de su empleo, sólo había atinado a la insania, a la fuga. Vistiendo aún el uniforme y cargado de silbatos que colgaban de su cuello o sobresalían de los bolsillos, se había marchado al desierto, rumbo al sur, hacia algún punto indefinido, de donde, se suponía, había venido alguna vez, lustros atrás, escapando del desempleo y de la miseria. Su marcha estrambótica por los desolados pueblitos era coreada con risas y burlas, pero la gente, aunque humilde hasta el escarnio, se quitaba la comida de la boca para alimentarlo, ya que era, según decían, peor ser loco que ser pobre.
Tal, a grandes rasgos, la anécdota que escuché contar a mis compañeros de viaje, llena de sobreentendidos que debí elucidar por mi cuenta, ya que no me atreví a inquirir detalles.
Si la historia sonaba sombría y triste, si el desierto ya me había mostrado su plural y majestuosa inmisericordia, la imagen de ese hombre destruido por un arte incompatible con los reglamentos, echado a rodar por un capricho burocrático, me conmovió.
Entre tanto, el ruido indescifrable se había convertido en una avalancha de pitazos, en un coro anárquico de silbidos estridentes, chirriantes, exasperados. La atmósfera, hasta ahora pesada y monótona, se llenó de voces dispares, de gemidos, de rebuznos, de gruñidos y de una parafernalia deslumbrante.
Al fondo de la imagen, donde una especie de vapor parecía elevarse y formar islas fantásticas en el aire, empezó a discernirse un punto movedizo que crecía en nuestra dirección.
Los silbatos, manejados con visible nerviosismo, emanaban chispas, concentraban por fracciones de segundo los rayos solares, los desviaban después por todo el entorno, semejando fuegos artificiales, un sarpullido de estrellas en medio de la reseca llanura.
El agente despechado, herido vitalmente por ese amor mal correspondido, llevaba aún su viejo uniforme, ultrajado ya por la intemperie. Se acercó a nuestro autobús sin verlo, agitando brazos, meneando la cabeza, dirigiendo un tráfico imaginario con ojos desvariados.
Aquí y allá se elevaba a veces una columna de fino polvo, un remolino bailarín que se desplazaba a paso humano hasta deshacerse contra el costado de algún monte. El artista supremo de las calles de Lima sólo tenía ahora ojos para esas díscolas arenas trashumantes. Las dirigía de aquí para allá, les asignaba un sitio de reposo, las conminaba a entrechocarse, les ordenaba envolverlo, empolvarle otra vez los polvorientos cabellos.
Al verlo cruzar la carretera por detrás de nuestro autobús, sin atendernos, comprendí que ya no esperaba ascensos ni recompensas, que su vida ya no eran los coches ni el bullicio de la ciudad, sino el mundo fantasmal del desierto, el cortejo de piedras y viento, de montes y arenas silenciosas.
Los demás pasajeros habían perdido ya las ganas de reír, de burlarse. Fascinados por la estrafalaria figura, guardaban un silencio respetuoso, que parecía hacer eco a los desaforados pitazos. Unánimes en el desasosiego, lo vimos alejarse haciendo aspavientos, girando a veces sobre el propio eje sin detenerse, para dictar en todo momento su alucinado designio al desierto.
Cuando llegó a una duna, distante unos cien metros, vimos su silueta desgarbada y movediza recortada contra el candente horizonte. Se detuvo de repente sobre la línea máxima de la duna, alzó ambos brazos al cielo, silbó una maldición espeluznante y se derrumbó hacia atrás, como acalambrado por el esfuerzo.
No nos atrevimos a movernos. Tensos, casi molestándonos contra las ventanillas, esperamos verlo alzarse en cualquier momento para proseguir su inacabable misión. Los minutos pasaron, sin embargo, sin que la coraza de silbatos desparramada sobre su pecho se moviera.
Me levanté por fin, conjeturando en un murmullo que quizá necesitara ayuda. Nadie me acompañó hasta el cadáver, reseco desde mucho antes del infarto. Incrustados en la boca, apretujados entre los dientes, tres silbatos de diferente tamaño, todos pulcros y bruñidos, pero inútiles ya, mordidos por el cuello. Le dejé al muerto su ajuar de polvos y metales; me llevé tan sólo un silbato menudo que sobresalía como pus lustroso de un bolsillo, evitando que lo advirtieran los demás.
Convinimos en dejarlo allí tendido, ya que nada podíamos hacer por él. La noticia de su desaparición no interesaría a nadie. Tuve la sensación de que nos confabulábamos para dar nacimiento a una leyenda. Imaginé, por ejemplo, abuelas centenarias invocando su paso para intimidar a nietos remolones.
Me aparté de los otros, turbado por la emoción que ese sino malogrado me insufló. Di un nuevo paseo por el desierto, al otro lado de la carretera. Traté de comprender qué significa vivir años en él, a la carrera, sin destino fijo. El abigarrado panorama me pareció un enigma insoportable, un desafío perdido de antemano, una máquina trituradora de montañas y de hombres. Simulaba quietud, apatía, pero era a todas luces algo viviente y letal, una voluble tumba nómade, hambrienta de carroña.
El sol declinaba ya; no valía la pena ir a Lomas. Me dejé llevar de regreso a Nazca por el primer coche que atendió a mis señales. El conductor, un viejito amable e irónico, no hizo, por suerte, ninguna de las preguntas que la gente del lugar acostumbra a hacer a los turistas. Apenas intercambiamos palabra, sin que la situación se tornara incómoda. Nada le conté acerca de lo que acababa de presenciar, ni le mostré el silbato, el más significativo de mis souvenirs.



