¡Suéltame!

Siempre cabizbaja y pensativa. Pendiente de sus cuatro hijas. Intentando que nadie les hiciera daño. Caminando por las pocas calles que tenía su pequeño pueblo en busca de algo que comprar para que su marido comiera, como le repetía cada día él, en condiciones.

Como toda mujer, su matrimonio había sido convenido entre ambos padres. Alma no supo que se casaba hasta un mes antes de la boda. Su padre ya lo tenía todo previsto, meditado y comprado. Parecía querer apartarla de su lado, al menos eso sentía ella, pues desde que su madre muriera, hacía ya casi diez años, había sido criada por las vecinas.

Sin conocer a su futuro marido y llevando una desdeñada niñez hasta ese momento, Alma no quiso dejarse llevar por el romanticismo. La orden de su padre había sido clara, casarse y marcharse a vivir con ese desconocido.

Y así lo había hecho hacía ya casi quince años. Quince terroríficos años, en los que la felicidad había invadido su cuerpo únicamente con el nacimiento de sus hijas. Aunque a su marido, que no le hubiera dado un hijo varón, le reconcomía por dentro. De ahí, los insultos diarios que le lanzaba y los bofetones o puñetazos con los que la sometía. Y, si las niñas no estaban en ese momento delante, alguna que otra paliza un poco más fuerte la dejaba postrada en cama durante horas mientras él salía a cosechar.

Siempre taciturno y sin hablar con nadie del pueblo, Isidoro esperaba paciente a que llegara la hora de poder salir de su hogar. Un hogar que se había vuelto cada vez más incómodo, frío y tiránico. La que en los primeros meses de su boda había sido una amantísima y amorosa esposa, se había convertido en una verdadera arpía.

Isidoro rogaba cada día que aquel fuese un nuevo día, que fuera de forma diferente. Más alegre, más dinámico, más… feliz. Pero tal deseo parecía haber quedado en el olvido.

Su casa era la más próxima a la plaza por donde cruzaba día a día la mayor parte del pueblo. Y enrojecía sin remedio cuando su mujer lo insultaba una y otra vez a grito limpio dentro de su hogar, sabiendo perfectamente que desde fuera lo estaban escuchando.

—¡Sal ya de casa, vago! Vete al huerto y trae algo que llevarme a la boca. ¿No ves que tengo hambre? ¡Levántate de la silla, poco hombre! ¡No sirves para nada! —le gritaba una y otra vez su mujer.

Al final, Isidoro salía a la calle sin que los insultos hicieran mella en él. Tanto se había acostumbrado a ellos que ya no tenía ganas de mirarla mientras los enumeraba.

Así pues, Isidoro salió hacia el huerto. La mujer ya se había acostumbrado a ser la reina de la casa y, sin hijos a los que estar atada, era libre de vagar por el pueblo o incluso por la cantina de la que alguna vez la habían traído en desastrosas condiciones.

Los huertos de Alma e Isidoro estaban muy próximos el uno del otro en la vega, ambos se veían casi a diario y, entre miradas, compartían sus penas.

Cierto día, al terminar sus tareas, se esperaron en el río aún sin saber por qué.

Lejos de las miradas del pueblo y de las críticas de sus parejas, tal vez podrían ser ellos mismos.

—De nuevo luce un moretón en la mejilla. —Se aventuró a decir Isidoro, al tiempo que Alma se cubría con su mano.

—De nuevo ha tenido un mal despertar en su hogar —dijo la mujer.

—Soy un vago, ¿qué le vamos a hacer? —Isidoro, apesadumbrado, apoyó los codos en el tronco de madera que servía como barrera para ver el caudal del río.

—Y yo soy una mala mujer, incapaz de concebir un hijo varón. —Alma imitó el gesto de su compañero.

—Creo que ambos sabemos que no somos ni una cosa ni otra —afirmó él.

—Y creo que ambos habríamos sido más felices con otras parejas —sentenció tristemente ella.

—Yo pude elegir y me salió mal la jugada. De moza, María era una mujer encantadora, me casé verdaderamente enamorado de ella —se lamentó.

—Pero ¿no sigues enamorado de ella, verdad?

—Ya no sé lo que siento —respondió él.

—Una mezcla de rabia, dolor e impotencia. Eso lo que siento cada día. Rabia porque mi padre me entregó a un ser despreciable, dolor por las golpizas que recibo diariamente e impotencia porque no sé qué puedo hacer ni dónde ir para mantenerme alejada de él —explicó Alma.

—Ojalá pudiéramos escaparnos a algún otro lugar y empezar de cero.

—Yo preferiría que muriera pronto ese malnacido, para que mis hijas y yo viviéramos tranquilas y en calma —sentenció Alma.

Ambos se miraron momentáneamente a los ojos y sintieron como si estableciera mentalmente una conexión entre ellos. Ambos ansiaban la libertad.

—He de irme —se excusó Alma—. Si no he vuelto antes de que llegue, se pondrá furioso.

Isidoro no quería que se marchara. Con Alma podía hablar y se entendían a la perfección. Pero, claro, lo entendía, y tampoco quería ver su dulce rostro de nuevo maltratado, así que se despidió de ella levantando la mano a modo de saludo y la dejó marchar.

—Nos veremos mañana —se aventuró.

—En cuanto salga la luz del sol —asintió ella exhibiendo una hermosa sonrisa. ¡Qué bonita estaba cuando sonreía! Esa noche, Isidoro volvería a su casa con comida y con una nueva sonrisa en su pensamiento. La corta conversación con Alma le había dado nuevas alas y motivaciones para vivir la vida, o lo que le quedara de ella.

Una nueva promesa se instauró en los pensamientos de ambos. Juntos aunaron fuerzas para ser felices, aunque fuera lejos de su hogar. Y llegaría el momento en que todo cesaría. Alma ayudaría a Isidoro con las penas y él le haría el día más llevadero. Sin embargo, nadie podía saber de su amistad. Pondrían en peligro la vida de Alma.

Cierto día, llamaron a la puerta de Isidoro, y tristemente le comentaron que su mujer había fallecido. ¿Dónde? ¿Cuándo? En la cantina, a mitad de la noche, estaba bailando y saltando sobre una mesa completamente ebria y cayó al suelo con la mala fortuna de dar con el filo del escalón de entrada.

Las ancianas vecinas la amortajaron y en breves instantes la llevaron a su hogar para que tuviera lugar el sepelio.

Isidoro no sabía si reír o llorar. Se sentía liberado de unas fuertes cadenas que año tras año lo estaban debilitando, sin embargo, sabía que a partir de ese momento viviría en soledad.

Todo el pueblo se personó en casa de Isidoro, así que Alma, ataviada de negro como correspondía ese día, había entrado por el umbral con sus cuatro hijas y su marido. Isidoro vio cómo la estaba sujetando fuertemente del brazo y la mujer reprimía un gesto de dolor. Sin embargo, el recién enviudado Isidoro sabía lo que estaba pasando por dentro.

Cuando Alma se aproximó a él para darle su más sentido pésame, su compañero de fatigas pudo ver que en la parte izquierda de la cara tenía un profundo corte. ¿Acaso su marido había pasado ahora a una mayor violencia? Vio también su mano enguantada y todavía no hacía tanto frío. Algo más hubo de suceder en aquella casa.

Isidoro apretó fuertemente los dientes y se le marcó la mandíbula. Justo en el momento en que iba a levantarse para aclarar las cosas con ese malnacido, Alma sonrió. Una perfecta y hermosa sonrisa que inundó su corazón. Hizo un leve gesto con la cabeza para que no dijera nada y, un momento después, salieron tal cual entraron por la misma puerta.

Dos días después, el marido de Alma yacía sin vida en el campo. Los animales que tiraban del arado le habían pasado por encima y los filos de las cuchillas habían cortado algún miembro.

La gente del pueblo no sabía qué podía haberle ocurrido. Era un hombre de campo y jamás había sufrido un accidente.

La noche del sepelio, Alma lucía una sonrisa, parecía no estar con el resto, se hallaba muy lejos en ese instante en el que su corazón daba saltos de alegría al saberse libre de una vez.

Ella había conseguido un potente pero inicuo veneno que, incorporado al vino que su marido llevaba para comer en el campo, había hecho su función. Jamás volvería a molestarla. Ella lo había matado. No podía soportar más los golpes y las humillaciones. Y tras la última paliza, en la que además le hizo profundos cortes, decidió que eso debía terminar al momento.

Por fortuna, la gente del pueblo pensó que Alma estaba tan asustada y mermada en sus facultades por lo sucedido a su marido, que había quedado paralizada.

Al fin, Isidoro y Alma eran libres. Al fin, vivirían por y para ellos mismos, comenzarían a disfrutar de todo cuanto les rodeaba sin temor a insultos o golpes. ¡La vida ahora iba a ser hermosa!

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Do Pons Ruiz (España)
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