Lo llamaban el Tío Pimiento porque, según se decía, así es también como le apodaban a su padre, aunque nadie ya sabía decir por qué. Era más bien pequeño y enjuto, de cabeza completamente calva y ojillos grisáceos y escondidos, añadido a que nunca miraba directamente a los ojos. Vivía en una quinta apartada, en un barrio sin asfaltar a las afueras del pueblo, lindando con un lejío. Antes, mientras sus hijos eran aún jóvenes, vivió en la casa familiar junto a los suyos, suponiendo que para él eso de “suyos” significase algo. Aunque, bien mirado, tal vez lo significase todo: la propiedad completa de aquellos semovientes que se sentaban en su sofá, se alimentaban de su comida y se le cruzaban de por medio cuando él necesitaba moverse para ir al baño o a la puerta de salida.
Trabajó toda su vida, el Tío Pimiento, en la construcción. Su pasatiempo, no obstante, al parecer, era la destrucción; la de todo lo que se moviese a su alrededor y le hiciera la puerca vida un poco más difícil. Harto de trabajar, llegando a casa cubierto de polvo de cemento y de ladrillo, una vez dignificada su figura tras una buena ducha, el cabeza de familia gustaba de sentarse a la mesa en su silla presidencial, y exigía que el alimento estuviera servido con el calor, el color, la textura y la abundancia exactos al particular gusto de su, pongamos, exquisita alma de sibarita, cercenada por mor de una existencia chata e injusta que, a todas luces, no era la que le correspondía. Si el plato no le entraba por sus ojillos grises, muy bien podía cogerlo y, con un gesto de serena e impostada dignidad, elevarlo sobre la mesa, llevarlo hacia atrás sorteando la cabeza del comensal que tuviera al lado, y dejarlo caer al suelo para hacerlo añicos, sin importarle que parte de su contenido se estampase sobre las paredes o las cortinas de la ventana que daba al porche o la ropa de su mujer o hijos. Con esto lograba marcar de una vez dos casillas en su particular quiniela: resultado uno: me represento delante de todos como lo que soy, una víctima incomprendida y usurpada de la merecida veneración; resultado dos: los restos del plato roto y su contenido habrán de ser limpiados con esmero, así como el trozo de pared o cortina donde llegaron las salpicaduras. De lo contrario, atenerse a las consecuencias. A la casilla tres, que quedaba al albur del puro azar, ni la tenía en cuenta, porque… ¿qué habría de significar si era esa la que tocaba? Lo cierto es que no acertaba a imaginarlo.
Todo lo anterior lo fui sabiendo a medida que mis indagaciones sobre el interfecto fueron avanzando, al calor de la profunda impresión que sentí el día que me tocó, por imperativo profesional, ir a recoger su cadáver. Tales fueron las sensaciones que invadieron mi ser, que desde que terminé ese día mi jornada laboral y regresé a casa, supe que tenía que investigar, siquiera fuera someramente, en la vida de ese hombre que había vivido en soledad sus últimos (bastantes) años, desde que al poco de jubilarse tomara la decisión de abandonar su desavenido hogar. No era esa su previsión, desde luego, pero la perseverancia de su hijo mayor (un hombre ya forjado que llevaba años mirando a su padre con los ojos achinados) por permanecer en el domicilio familiar junto a su madre, disuadió al viejo de su no menos vieja idea de implantación de un régimen tiránico y sin observadores de convivencia dual junto a su esposa.
Se retiró, así, el Tío Pimiento a la inefable casa de solaz que él mismo había levantado bastantes años atrás, cuando sus varones eran aún niños muy pequeños y la niña ni siquiera había nacido. La adaptó a sus gustos chamarileros y pronto se vio rodeado de cachivaches, de ferralla y trastos oxidados que recogía por ahí, en sus escarbaduras en los basureros y lugares de recogida de chismes en desuso.
No era un Diógenes al uso: tomaba aquellos trastos viejos para arreglarlos y darles utilidad, actuando como un médico de los desahuciados para aquellos objetos. A veces, con varios de ellos en combinación fabricaba algo inusual, sorprendente, como un Juanelo Turriano de la quincalla. Fabricaba también lanzas con las astas hechas de caña endurecida que él mismo cortaba, secaba y curtía con grasa; y las moharras, de hierro acerado extremadamente afiladas, pues las limaba hasta que eran capaces de cortar sin el menor esfuerzo los materiales más sutiles, casi como si pretendiese con ellas atravesar fantasmas. Tenía varias de esas lanzas, aunque solo una habría de hacer de aquel hombrecillo un rival inexpugnable. Y dado que a decir suyo se trataba de armas defensivas, no se antoja imposible que su cerebro reservase un rinconcito para acomodar a la escolopendra agazapada de la paranoia, condición que tal vez solo se exacerbaba cuando la pequeña bicha era asustada y decidía salir de su escondrijo y darse un paseo por los estrechos pasadizos que la rodeaban. Porque, si bien podría tenerse su desempeño en la fabricación de armas blancas como algo cabal tratándose de un anciano que vivía solo frente a un campo de nabos, ese esmero en el pulimento de sus hojas hasta que pudieran hundirse en el pecho de cualquiera como en una barra de mantequilla, así como la manufactura en cadena de estas para esconderlas por todas partes de la casa, pareciera encerrar alguna otra cosa.
A pesar de cierta legitimidad en el apilamiento de todo tipo de objetos y como quiera que el Tío Pimiento tenía más ideas que tiempo para ejecutarlas, la acumulación en el ala de chatarrería que el viejo había habilitado en su vivienda empezaba a ser decididamente insalubre: un almacén alargado con las paredes abigarradas a base de la sobrecarga de morralla infecta o maquinaria amputada y grasienta donde, por culpa de los escollos que también aparecían al paso en una dependencia por lo demás sombría al carecer de suficientes aperturas de luz, solo él habría de poder caminar con solvencia.
Siempre tuve ese anhelo de hacer de mi vida algo más que la anodina existencia de un simple trabajador autónomo, pero mi carácter procrastinador y las agotadoras jornadas laborales me impidieron emplearme en alguna de esas ocupaciones tangenciales que le aportan sal a la vida, siquiera fuese como mero pasatiempo. El arte, y singularmente la pintura de siglos anteriores, eran objeto de mi genuino interés. Por alguna razón, la pintura demasiado actual adolecía para mi gusto de cierta falta de razón de ser. Con todo, no era la práctica de este arte lo que me llamaba, ni tampoco su estudio en sí mismo, sino el de ciertos significados profundos que la activaron en su práctica a lo largo de los siglos. Recuerdo haber leído en alguna parte sobre la existencia de un curioso lunar estrellado que aparece en el rostro de damas pintadas en diferentes lugares e incluso épocas, no sé si en retratos o tal vez en fotos de familia, tal vez en ambos. Como quiera que ese tipo de lunar no respondía a ningún diseño verdadero existente en el mundo, la cuestión supone un misterioso continuum artístico histórico. En verdad que son tantas las orientaciones que uno puede imprimir a la observación de una actividad humana dada, que a veces me asalta la duda de si no serán innumerables las nuevas disciplinas del pensamiento que aún podrían amanecer a poco que nos lo propusiésemos.
El caso es que fue durante este último tramo de su vida, apartado de casi todos, donde el Tío Pimiento empezó a desarrollar nuevas facetas de su alma agazapada, siendo una de las más chocantes el amor que adquirió por los gatos. Tanto, que pronto los esquivos felinos que merodeaban los campos y escombreras de los alrededores en busca de ratoncillos y saltamontes para su peleado y deficitario sustento, encontraron en la quinta del defenestrado viejo un lugar de acogida donde nunca les faltaba alimento y cobijo. Alguien me dijo -uno de sus hermanos, el único que aún visitaba al Tío de vez en cuando- que resultaba inaudito ver el espíritu de protección que había desplegado aquel hombre huraño con todos los gatos que hasta él se llegaban, habida cuenta de que antes de su conversión los había tratado como alimañas a las que se hacía necesario exterminar. Y lo cierto es que los animales actuaban con él en justa correspondencia, y no era raro observar cómo gatos asilvestrados de los alrededores terminaban por tratar al anciano con tanto afecto que a veces su ronroneo podía escucharse desde fuera de la casa.
También acusó, el Tío Pimiento, cierto cambio para con sus hijos, ya alejados de él desde hacía tiempo. Tan lejanos, en realidad, que la distancia que los separaba era mucho mayor que la estrictamente física, que solo los alejaba unos cuantos barrios porque el fruto de su semilla había germinado en aquel pueblo y de allí nadie lo había trasplantado. Sin embargo, no había conseguido el acercamiento correspondiente con ellos a pesar de su cambio de actitud. Todo lo más, y contra todo pronóstico, llegó a estrechar un poco cierto lazo con el hijo mayor, aunque este no diera pábulo en ningún momento al viejo a que pensase que podía volver a poner un pie en la vivienda que ahora habitara con su madre; cosa esta, en honor a la verdad, por la cual el Tío Pimiento no llegó nunca a abogar a pesar de que, en tanto no mediase una orden de alejamiento o cosa semejante, tenía derecho a hacerlo.
Era como si por fin hubiese aceptado, a regañadientes, una realidad al parecer incombustible: la de que su mujer no le pertenecía. Y fue así que, incluso, llegó a conformarse con la idea de que la suya era una separación de facto que no tenía vuelta atrás, y con el hecho de que su ya ex-posesión saliera por ahí con viejas amigas, que la incorporaron a su grupo septuagenario de mujeres más o menos liberadas, con el que se dio a frecuentar las terrazas del extrarradio y hasta a ir de visita a otros pueblos cercanos, que después de tantos años de familiar clausura, atropello y algún puñetazo en el estómago que llegó a dejarla tirada en el suelo sin aliento ante el pánico de los chiquillos, no era poca cosa. Con todo, el hecho de que su todavía propiedad legal hubiese sido vista hablando con algún otro viejo, lo catapultaba otra vez hasta la cima de su mayor encono; mas no tanto por eso que dicen de los celos como por el temor al qué dirán, sabiéndose en el barrio donde había vivido hasta hacía unos años, que no había mediado divorcio: el Tío Pimiento el Cornudo, así es como lo llamarían en un alarde de barroquismo en el noble arte en la forja de alias.
Como quiera que ya le era imposible cualquier margen de maniobra alrededor de su mujer, terminó por centrarse en otra cosa y se esforzó en olvidarse del asunto; además, la velada amenaza de su hijo mayor sobrevolaba su cabeza, y el viejo sabía que la posibilidad real de una demanda ante cualquier nuevo asomo suyo a la vida de su madre conllevaría casi con seguridad una orden de alejamiento, si no algo peor; no eran tiempos ya de andarse con ese tipo de asuntos. Mas la suerte, esa puerca, a veces va y premia la ignominia. Fue por eso que su mujer, que apenas había empezado a vivir aunque fuera con mucho retraso, empezó a funcionar con dificultad y le detectaron un mal extendido, terminal.
Inopinadamente, el Tío Pimiento empezó a salir más a menudo de la casa y caminar hasta el centro. Cuando su hijo mayor se enteró del nuevo hábito de su padre, quedó extrañado. La casa familiar no quedaba lejos de la zahúrda (así la llamaba él) donde el viejo vivía, así que lo había visto pasar por la amplia acera de la travesía con dirección al centro. La primera vez pensó que su padre se había desplazado para comprar algo, tal vez unos clavos en la ferretería, pero cuando lo vio por segunda vez y sucesivas, supo que algo no discurría con normalidad: ¿su padre, que apenas se movía de las inmediaciones de su terrón, caminando al centro cada día?… Lo dejó estar, no obstante. No era asunto suyo. Además, el viejo estaba cambiando y él no era quién para interferir en eso; en nada, en realidad. Pero, demonios, quién lo hubiera dicho, pensaba: el viejo cabrón, que siempre vio a los gatos como sabandijas a las que había que envenenar, va y se convierte en su mejor aliado; y ahora le da por salir por el centro… con suerte, el próximo paso será el de pedirle perdón a mi madre, que tanto lo sufrió durante tantos años; debería darse prisa, eso sí. Todo esto me lo dijo él mismo, el hijo mayor, que fue el primero de la familia que se dignó darme algunas informaciones cuando me dio por indagar. Quién sabía, por otra parte -me dijo también que llegó a pensar-, si al final no se iba a terminar por hacer buen vino de esa añosa cepa.
Por entonces, al hombre le había dado también por las plantas: las cultivaba de todo tipo, tanto del lugar como exóticas, aunque con estas últimas hubiese de tener un cuidado especial por culpa del clima tan variable de estos lares. El viejo las cultivaba, las trasplantaba, les hacía injertos a aquellas que se prestaban… aprendió muchos de esos nombres rarísimos que los botánicos les ponen a las diferentes especies; mandó pedir alguna que otra rareza al mejor herbolario de la provincia. Empezó por acomodarlas en amplias macetas, pero no tardó en comenzar a levantar poco a poco el suelo de hormigón del patio interior de su quinta para plantar directamente en la tierra las plantas de mayor tamaño, incluidas algunas especies majestuosas y bellísimas como el abeto azul de las Rocosas o el pinsapo de la sierra de Grazalema. Como el área del patio tenía sus limitaciones y convenía reservar espacio para otros especímenes, dio en plantar los árboles y arbustos más rústicos en la fachada de la quinta, de forma que no tardó en quedar tapada por una abigarrada y ecléctica pared vegetal que apenas dejaba espacio para las dos ventanas con las que contaba el frontal de la vivienda.
Entreveradas con sus trabajos de reciclaje de todo tipo de maquinaria obsoleta y herrería, la acogida de gatos y la cuestión botánica, el viejo aún recibía algunas visitas de otros jubilados a los que conocía, que se acomodaban sentados en la zotehuela o bien en la misma fachada de la casa; pero ni así permanecía mucho tiempo quieto, y mientras charlaba sin entusiasmo con sus visitantes, se daba en recortar con meticulosidad las puntas más rebeldes del ramaje de sus plantas, para que creciesen sanas y bien orientadas, o se desplazaba hasta el huerto que había hecho frente a la quinta en un trocito de la era mientras hacía como que los escuchaba. Su apreciación personal sobre aquellos dos o tres hombres que se sentaban allí a observarlo mientras trabajaba fluctuaba según la ocasión. A veces, su presencia no le molestaba demasiado e incluso le agradaba a su manera; hasta se dignaba a sentarse con ellos a hablar un rato de lo que fuera menester, siempre que la operación cursase con buena dosis de maledicencia. Para esto último contaba, sobre todo, con la eventual visita de un tal Portazgo, un jubilado de la Guardia Civil que lo tenía al tanto de cuanta habladuría salía por ahí.
Un día, el viejo se cansó de pronto de la lengua envenenada de Portazgo, y de algún otro como él, y los arrojó de su lado con cajas destempladas. El detonante fue algún chascarrillo sobre el mimo con el que trataba a las plantas. Era verdad, lo de las plantas; y era verdad que nunca más quiso saber de aquella gente. Y era sobre ellos de los que empezó hablando en la época en la que le dio por bajar al centro y tomarse una cerveza en el quiosco del parque, o un café. Él, que nunca había gastado una peseta en bares durante toda su vida; o más bien solo cuando estuvo de novio con su mujer, ahí sí que salían los dos. Los cuatro, en realidad, porque los solían acompañar su hermano y su novia de entonces. Eran épocas de cortejo, de bellas palabras hasta donde su rudimentaria impronta le daba; quién sabe si hasta de algún susurro al oído. Quién sabe también qué pasa por la cabeza de un hombre así en una etapa de la vida como esa, con la mirada ya esquiva como buscando otro ángulo de la realidad de las cosas; otro ángulo donde un alma enredada como la suya pudiera tener esperanzas de sobrevivir: el trabajo duro – la ira mal contenida – el trabajo duro; ese terminó siendo su esquema para enterrar apenas la mala baba mientras duraba, que era mucho. Y la sumisión ante el que detenta el poder cercano, y la tiranía con el más desposeído de cualquier tipo de fuerza que lo hiciera vulnerable. Y los celos, que no se me olvide lo de los celos, porque ese hombre sintió celos de su primogénito cuando este nació, y luego se lo hizo pagar durante toda su infancia. Sí, me lo contó el propio afectado, el hijo mayor, al que su madre le había dicho una vez que ese era el motivo de haberse llevado esas soberanas palizas.
Jamás miró el Tío Pimiento a otra mujer más que a la suya, si es que llegara a mirarla en su juventud, más allá de los primeros envites. Por eso es que resultaba chocante verlo cada tarde con los codos hincados en la pequeña barra de la ventana principal del quiosco del parque, hablando con la camarera. La mujer rondará los cuarenta y entonces estaba embarazada de unos cinco meses. El viejo la trataba con peculiar tacto, interesándose por su estado; no había tarde que no le dijera que estando ya relativamente avanzada no debía trabajar. Al principio, cuando comenzó a ir al quiosco, el viejo no le había entrado por el ojo al tal Pedro, el regente del pequeño negocio, porque pensaba que era uno de esos viejos verdes por hacer observaciones sobre la preñada camarera, que a la sazón era su mujer. Luego se dio cuenta de que no iban los tiros por ese lado y lo dejó estar, y al final hasta le cayó bien.
En el centro de la pequeña ciudad el Tío Pimiento era, para las generaciones más jóvenes, un perfecto desconocido, así que, si he de ceñirme a la versión de aquellos con los que congenió en esos meses previos a la reclusión, tendría que concluir que se trataba de un espécimen diferente al descrito por su hijo mayor. Un hombre atento, a decir de todos los que el quiosco frecuentaban por la tarde; desinteresado y no exento de cierto gracejo, si bien este último tamizado por la sobriedad propia del hombre de interior que lleva tiempo apartado del mundo. Siempre dispuesto a echar una mano desinteresada, como cuando ayudó a aquella asistente extranjera (peruana o así) a subir unos escalones del parque con la silla de ruedas de la anciana a la que conducía. O cuando echó una mano para descargar el furgón de reparto mal estacionado que iba a dejar género al quiosco, cosa que quedó para siempre en la retina del matrimonio regente del establecimiento.
Crecientemente asombrados por la nueva faceta de su padre, cuya nueva costumbre había trascendido, llegóse un día su única hija hasta el parque, aprovechando que tenía que pasar cerca para realizar unos recados, y lo observó en la distancia para no ser vista. Allí estaba, efectivamente, tal y como le habían dicho. Sentado a la mesa con un viejo matrimonio; departiendo con ellos animadamente, hasta le pareció ver que su padre sonreía, cosa inédita en él: se detuvo un momento para tratar de recordar, pero no obtuvo ni una sola imagen clara de su padre esbozando siquiera un amago de sonrisa. Tal vez cualquiera de sus hermanos mayores lo recordaran en uno de esos lances, quizá cuando ella nació lo pudieran ver sonreír, al menos por un lapso. Miró a su pequeña hija de cuatro años, que la acompañaba ajena del todo al hecho de que un poco más allá estaba su abuelo, y como nunca se le había visto. Pensativa, con la mirada dividida de tristeza y esperanza, la mujer acarició el pelo ondulado y rubio de su pequeña; se sorprendió mascullando mentalmente imágenes hipotéticas de la niña jugueteando con su abuelo. La chiquilla, de nuevo sonreía. Tal vez, quién sabe, pronto sería hora de hacer las paces con el viejo y normalizar, hasta donde fuera posible, la relación. Cuando reanudó el camino, con la niña de la mano, volvió la mirada atrás para echar un último vistazo a su padre y asegurarse, de paso, de que este no las había visto: ahora estaba en pie y charlaba con el matrimonio regente. Retomando el camino, miró de nuevo a su hija y esta le devolvió otra mirada, con una sonrisa impresa de oreja a oreja. Después recapacitó otra vez: aquel hombre, al menos desde que ella existía, había llevado una vida con clara vocación ascética. De un extraño ascetismo preñado de odio, moldeado por él. No le parecía posible en él aquel derroche de urbana mundaneidad, ni siquiera como puesta en escena. Entonces, si su padre estaba cambiando como todo parecía indicar, ¿por qué no solicitaba visitar a su todavía esposa y pedirle perdón por toda una vida de vulneración? La situación resultaba ahora especialmente ultrajante a ojos de todos sus hijos, con su madre aquejada de una enfermedad terminal que avanzaba sin demora y que ya la tenía postrada en una silla de ruedas. Le constaba que la procedencia de esa visita le había sido sugerida a su padre por su hermano mayor, obteniendo una callada por respuesta con los ojos clavados en el suelo, aunque mirando hacia un lado. Además, pensó, el viejo lo tenía fácil: también a su hijo mayor le debía una disculpa, qué menos que eso luego de la infancia zarandeada que le había dado, y golpeada, sojuzgada. Tampoco con él se había disculpado. Daba la casualidad (o más bien, no) de que las dos mayores víctimas de ese hombrecillo vivían juntas, razón de más para visitarlos a los dos, mujer e hijo, y matar los dos pájaros de un tiro.
Desde luego, no dejaba el Tío Pimiento de lado sus quehaceres en la quinta por haber dado este paso socializador. Por la mañana se encargaba de sus gatos, de sus inventos y del mimo de sus plantas, y lo dejaba todo en orden hasta su regreso. Si le era posible semejante desarrollo de actividad con los setenta ya superados era por su buen estado físico: el haber trabajado toda su vida, muchas veces subido a los tejados; el hecho de no dejar de moverse constantemente, su carácter nervioso y su propia constitución pequeña y enjuta le situaban en una posición de privilegio en relación con su edad. De manera creciente, cuando se acostaba acompañado de su gata predilecta y mansa, miraba un rato al techo antes de que el sueño lo venciera, y muchas eran las imágenes que sobre él proyectaba: la compra que había hecho, por primera vez en su vida, de ese cupón de la ONCE que, más allá de la posibilidad que ahora el azar le brindaba, lo situaba en un rango de confort consigo mismo que no tenía explorado, y que hundía raíces en la sensación de contribuir a una existencia digna para tanta gente, para otros que, de otra forma, tendrían imposible ganarse la vida. Pensaba también en la suya, su vida; y en sus hijos, con los que no debía haberlo hecho tan mal cuando ahí estaban, todos bien colocados y, aún más importante, todos ellos gente de bien. Tal vez con su primogénito, quizá… Hoy, seguro, lo habría hecho de otra manera. Pero ahí está, hecho un hombre, el único que se ha dignado quedarse a cuidar de su madre. Y el trabajo, claro, que tampoco le falta, aunque las más de las veces trabaje desde casa. No fue nunca mal chico, en realidad… tal vez yo debí… Ese día en concreto, pensó también en el viejo Portazgo, y en cómo trataba de manipularlo con sus habladurías sobre unos y otros, como tratando de envenenarlo por dentro. Le molestaba especialmente cuando, de manera sibilina, taraceaba sus chismorreos con cosas de su mujer, o de su exmujer, o lo que fuera. Hizo bien en echarlo de allí, vaya que sí… Menuda sorpresa que se llevó esa asquerosa víbora. Y el otro, bien mandado al carajo que está, igualmente… hablaba poco, pero no hacía más que asentir sobre todo lo que salía de la boca del grandullón. Es verdad que ese hubiera asentido a cualquier cosa que se dijera, pero… a veces hay que saber poner pie en pared, digo yo…
Ya estaba ahí otra vez: la figura de su esposa. Se había ido acercando a ella poco a poco, con el pensamiento, como tantas otras noches, antes de dormir. Trataba de recordar; sus hijos lo acusaban de haber agredido a su esposa, pero a él no le quedaba más que negarlo. Por una simple razón: no podía reconocer lo que no había hecho, porque no le constaba. A veces creía llegar a una especie de conato. Como a un trozo desleído de memoria que no agarraba a su cabeza, como una mosca cojonera que te muerde por debajo del calzón, pero cuya rapidez la hace imposible de atrapar. Pero no solo no era suficiente, sino que muy bien, incluso eso, podía ser una especie de ensoñación provocada por la terca acusación de sus hijos. ¿Por qué se habrían emperrado en eso? ¿Pensaban que por estar viejo iban a poder manipular su cabeza, así como así? Seguramente, distaba mucho de ser un marido ideal a vista de hoy, pero entonces eran otros tiempos… y aceptaba haber sido más bien severo, y lo que diríase bastante muermo. ¿Pero esas palizas?… él no podría vivir tranquilo con eso. Cada vez tenía más claro que todo aquello era un ardid ideado para poder ir abandonándolo poco a poco y empezar a salir por ahí con sus amigotes. Además, ¿dónde quedaba el acoso que aquella mujer había ejercido siempre con su propia hija? Ella fue la que le provocó esa migraña crónica que tiene, que no le permite llevar una vida del todo normal, sobre todo en lo laboral. Con aquellos insultos, con aquellas vejaciones continuas, amenazándola con pegarle un escobazo cuando solo era una niña. ¡Demonios!… ¿De eso no se acuerdan?
NOTA: esto último lo extraje de la declaración personal que me hizo el señor Barroso, hombre culto y de elevada posición social que entabló una amistad desigual con el ahora finado a partir de los diversos trabajos que este le realizó en su casa a través de los años. Al parecer, dada la lejanía que el Tío Pimiento atribuía al entendimiento del señor Barroso, aquel le eligió como confidente y, aún más, como consejero.
Ajena a estos pensamientos de su padre, la hija había hablado con su marido y tanteaba la posibilidad de un acercamiento, siquiera fuese para que aquel conociera de una vez a su nieta. Volvió a pensar si esperar a que el viejo diera el paso que ella estaba esperando; es decir, que su padre fuera a visitar a su madre, que era en verdad la mayor víctima de la aparición de semejante hombre sobre la Tierra. Ni siquiera su hermano mayor, con todo lo que se llevó, porque al menos él, llegado el momento, le supo parar los pies, enseñarle los dientes. Y, al fin y al cabo, el mediano y ella se habían librado de lo peor, entre otras cosas porque el otro les había servido ya de parapeto. Con ella, de hecho, adoptó el padre una posición más bien contemplativa y diríase que hasta protectora, a su manera. Y con el segundo… nunca le puso nunca la mano y hasta le pagó los estudios fuera, aunque eso implicara apretarse el cinturón. Pero no es que pudiera decirse que para ellos dos fuera un padre, no; sobre todo por el terror que provocaba su presencia en casa, que enrarecía el ambiente no más entraba por la puerta. A veces ocurre, le pareció en ese momento: no son los directamente aplastados los que inician la rebelión, sino los que, sin verse tan afectados directamente, se quedan en víctimas subsidiarias; de modo que fueron los dos hijos más jóvenes los que iniciaron la revuelta, que finalmente enraizó, eso sí, con la decisiva incorporación del hermano mayor.
Pero ya parecía un hecho consumado que el viejo había cambiado, y ella al menos, su hija, estaba dispuesta a darle una oportunidad. También deseaba procurársela a su madre: la de irse de este mundo con la conciencia tranquila, la de morirse estando bien con todo el mundo. Le dolía cuando pensaba esto, porque aquella mujer había cuidado de los suyos tan bien como pudo, aun a pesar de sus cosas; también había cuidado de su suegra durante sus dos últimos años porque su marido se la trajo a vivir a casa, y jamás recibió una simple palabra de agradecimiento por parte de nadie. Se la llevaban los demonios, como al hermano, cuando pensó, acto seguido, que justo cuando su madre había conquistado la libertad y empezaba a salir por ahí, le sobreviene la maldita enfermedad que la había de llevar a la tumba. Y por más que esto último no fuese culpa de su padre, hubo de obligarse a dejar de pensar por ese camino so pena de volver a cogerle ojeriza a ese asqueroso viejo. En todo caso, se reafirmó en una cosa que ahora volvía a ver clara: el acercamiento de la niña a su abuelo estaría supeditado a que este fuese a rendir cuentas ante su esposa, ante su madre. Y tenía esperanzas depositadas en este plan porque más de una vez el anciano había expresado su necesidad de ver a sus nietos, y tenía para siempre amputada esta posibilidad en el caso del tercero de sus hijos. Esta era, pues, una baza que la hija debía utilizar a su favor, pero antes tocaba hablar con su padre para ver por dónde respiraba.
Un par de días después la mujer decidió ponerse manos a la obra en la reconquista condicionada de su padre, pero, por precaución, resolvió visitar primero el pequeño establecimiento donde, de un tiempo a esa parte, el viejo pasaba las tardes. Si la prospección en aquel lugar no arrojaba resultados muy desfavorables, tal vez le pidiese a su padre hablar con él allí mismo, en alguna mesa apartada.
No solo desarrollaba allí una sana vida social, sino que, además, hacía florecer su espíritu ante los ojos de los parroquianos, que ese invierno llenaban día tras día el quiosco gracias a que dentro de la amplia carpa con estufas que había montado el adjudicatario del local, la temperatura era ciertamente agradable. Armada de arrojo ante la incógnita de lo que allí podía encontrarse, conocedora ya de la hora de asistencia del viejo a su reunión de todas las tardes, se plantó en el bar un rato antes de que este llegase. Se pidió una copa pequeña de Marie Brizard (necesitaba reblandecer los nervios y endulzar la situación a la vez) en la pequeña barra y barrió con la mirada a toda la concurrencia. Una vez apurada la copa se dirigió al matrimonio regente aprovechando un momento en que ambos estaban dentro de aquel cucurucho invertido que tenían por medio de vida. Utilizó el nombre de pila de su padre para presentarse como carne de su carne y les avanzó que necesitaba saber de sus andanzas en el centro porque estaba enfadado con la familia y esta precisaba contactarlo. Mintió al decir que no les abría la puerta y tampoco descolgaba el teléfono.
Los esposos miraron a la hija con desconfianza, así como dos o tres de los clientes que, acomodados en la terraza, a espaldas de la mujer, escucharon la conversación. Consciente de ello, aclaró que, en verdad, sus intenciones eran nobles, y que la urgencia para hablar con el viejo radicaba en un hecho que no contemplaba discusión: su madre se encontraba mortalmente enferma. Quería la mujer, con esta declaración, matar dos pájaros de un tiro: de un lado ganarse la familiaridad de aquella gente (nada hay en estas tierras que concite más la anuencia general que el sufrimiento de una madre), y, de otro, sondear el ánimo de los presentes sobre la figura introducida, la propia madre, pero en su otra vertiente, como esposa del todavía ausente. El tiro no pudo salirle mejor.
— Siento mucho oír eso… una madre es siempre una madre y ojalá que estuviese como un roble. Pero hay que saber separar una cosa de la otra… y lo que le hizo al bueno de tu padre no tiene nombre, por más que a una hija en sus circunstancias le cueste escucharlo — Dijo una señora de entre la clientela.
Ese fue solo el disparo de salida del consiguiente revuelo. Mas se trató de un revuelo comedido, sin plumas al aire ni casposo plumón, en gran medida por la capacidad de adaptación de la hija, que llegó mentalizada para esperar cualquier cosa. Contemporizó lo suficiente para hacerse oír sin aspavientos; cuando contó un poco de la verdad, la gente que allí la escuchaba no daba crédito; alguna empezó a claudicar: ¿sería posible que aquel hombre que a todos mostró su alma noble y desprendida, el mismo que ha prestado ayuda desinteresada sin caer en lo empalagoso, fuera, en realidad, un réprobo?; ¿es acaso cierto que el mismo anciano que desnudó ante todos su corazón herido por los continuos embates de una mujer impropia, sea, en verdad, el verdugo? Como quiera que no se trataba de descabalgar a su padre, sino de hacerle recapacitar, prefirió no continuar hablando hasta que el hombre llegara, puntualmente, en unos minutos. Se pidió un manchado y se acomodó en una mesa que había quedado libre tras la marcha de un señor muy ofendido. Sintió por un momento los ojos del matrimonio regente clavarse sobre ella con gravedad y temió que la invitasen a marcharse. Esperó.
En realidad, su primera intención era simplemente la de esperar allí hasta que su padre llegase y, luego, en algún rincón apartado, sentarse a hablar con él. Tal vez, pensó, se había equivocado mostrando sus cartas. Pero por algún motivo, una vez allí, su instinto le dictó que debía actuar como lo hizo, y aunque eso no le parecía garantía plena de haber gestionado bien la situación, era de las que pensaban que el instinto suele buscar los atajos más convenientes. Creyó, en fin, encontrar en aquel escenario, que sentía que había empezado a hacer un poco suyo, la palanca necesaria para sacarle al viejo un compromiso.
Algunos de los clientes – los más acuciados por el tiempo- se habían marchado justo antes de que el viejo hiciese acto de presencia, pero aún quedaban varias mesas ocupadas. Nuevos clientes que también conocían al viejo entraron en la carpa de la terraza y hubo cuchicheos entre mesas y ojos que señalaban a la hija con teórico disimulo. Por fin, el Tío Pimiento hizo su entrada estelar.
Ocioso me parece exponer aquí todo el proceso de toma de contacto entre padre e hija ante aquel público todavía secuaz: la sorpresa del anciano, su primer impulso de huida, la actitud transigente de ella, el nombre de la nieta sacado del baúl de los recuerdos; aquel abrazo empapado en lágrimas, más de ella que de él, porque él tenía desde hacía años los ojos casi secos. Y, por supuesto, el careo público. Finalmente, la careta del viejo cayó enseguida, porque solo sabía mentir cuando no tenía frente a sí a nadie que lo refutara. No era el Tío Pimiento hombre de argumentos, sino de esos que medraba a través del método de esconderse en las esquinas lóbregas de la desinformación de la gente, y de asomar plañideramente cuando creía que el terreno estaba bien abonado para su fin. Cuando, llegado el momento, la hija le hizo, delante de todos, la pregunta clave (¿vas a ir a visitar a mamá, antes de que sea tarde?), las neuronas del viejo parecieron colapsar en un marasmo que resultó definitivo ante la audiencia como alegato final inverso: «¡No!, ¡nunca!… ¡A tu madre, nunca!».
La historia hasta aquí referida es fruto, como adelanté, del impulso explorador que me asaltó sin reservas cuando tuve frente a mí el cadáver del Tío Pimiento, que falleció en algún momento indeterminado poco después del admonitorio reencuentro con su hija. Para su elaboración dediqué varios meses de esfuerzo y cierta cantidad de dinero, cosa que, tratándose el mío de un negocio blindado contra las crisis, estuvo lejos de resultar dañino para mi peculio. El motivo de este gasto fue consecuencia de las sucesivas visitas que hube de hacer (yo vivo fuera de la localidad y aquellos desplazamientos suponían gastos extra), pero, sobre todo, para obtener información a través de entrevistarme con los principales familiares, incluida la anciana madre a pesar de su estado. Digamos que, después de cierta fase de indignación en los familiares, y de genuina extrañeza en los motivos por mí declarados cuando mi plan de prospección en el personaje fue transmitido al clan alegando la escritura de una novela de ficción donde el fallecido solo me serviría de inspiración, siguió otra de duda y, finalmente, una última de aceptación a proporcionarme todos los pormenores a cambio de una cantidad que podría decirse respetable. Total, se dijeron, el viejo no había sido más que un cabrón despótico que no consintió ver a su mujer ni cuando supo que se estaba muriendo. Por mí, llegó a decir el hijo mayor, como si escribía la novela con nombres y apellidos.
Emprender una exploración de hechos con fines, en verdad, ambiguos, no es tarea que uno haga pisando suelo demasiado firme, pues no sabría decir si impera en la labor un carácter científico o, por el contrario, de alguna otra índole. Es evidente, por otra parte, que mi investigación adolece de un defecto de raíz: la no inclusión entre mi colección de testimonios al del propio Tío Pimiento, para actuar con plena justicia a la hora de poner sobre la mesa todos los puntos de vista y no resultar partidario. Pero eso sería tanto como pretender que en el juicio a un presunto homicida, el asesinado declarase. Además, si yo estaba allí haciendo todas aquellas preguntas era precisamente a partir de la extrañeza que me produjo la muerte del padre. Su forma de hacerlo, mejor dicho. La forma que adquirió su cuerpo, por hablar con propiedad. Él era, en definitiva, el Tío Pimiento, el señor Pimiento, quien había organizado todo este pequeño universo de relaciones dentro del Universo de siempre. Debo decir, con todo, que en ese momento todavía no se había operado en mí el giro esclarecedor que tomaría el caso de la extraña forma en que murió aquel hombrecillo.
Ocurrió de la siguiente manera: cuando hubo pasado el trance del cara a cara público entre padre e hija, ambos se marcharon a casa. No fue exactamente de enfado, sin embargo, el regusto que dejó la separación, al menos formalmente. Ella se dio por vencida, pero se vio tocada, sobre todo, por el amargo efecto de la conmiseración; él se marchó cabizbajo, sin decir nada a nadie. Empero, en los días sucesivos regresó al centro, acomodándose esta vez en el adocenado bar de la Casa del Obrero, que está situado en una esquina del parque, aunque fuera de él y con una calle de por medio. Desde allí, se asomaba de vez en cuando a la puerta para mirar al quiosco, que quedaría como a unos sesenta metros. Si sé esto es porque, a pesar de los cuidados del viejo por no ser visto, lo fue, de hecho, por Pedro, el regente y aun por algún que otro de los clientes que lo conocían. En opinión de ellos, el anciano estaba dejando pasar el tiempo y esperando el momento oportuno para regresar.
Quiso la suerte proterva que nos cayese entonces encima aquella avalancha en forma de pandemia, y que, tras ciertos titubeos, el Gran Gobierno decretase el encierro general de la humanidad. Una reclusión que cada uno pasó como buenamente pudo, ya saben. Y que, en el caso del Tío Pimiento lo devolvió, más que nunca, a la dedicación a tiempo completo a sus amados gatos, sus plantas y sus archiperres. Se supo de él por algunos del vecindario, pues no lejos del arrabal habían brotado un par de chalés en los últimos años, y los que allí vivían a veces sacaban a pasear a sus perros (cosa que el gobierno permitía) por los caminos de cabras que flanqueaban la quinta del viejo. Lo vieron allí, bien, serio, tirando a huraño tal como él era cuando no estaba en el centro. Ora regando sus plantas, ora cargando en una carretilla lascas de hormigón arrancado del suelo de su patio interior para tirarlo en una escombrera cercana, aprovechando que la policía tenía dejada la vigilancia de la zona de la mano de Dios. Otras veces se pudo ver la puerta de la quinta cerrada, pero de dentro salían ruidos de máquina, como de taladradora, y golpes. Luego, un poco más adelante, como a tres semanas del comienzo del encierro, ya nadie oyó nada, solo se veía la casa cerrada a cal y canto. Y así se siguió viendo durante semanas después de que el gobierno levantase el periodo de recogimiento; y se podía ver también a unos cuantos gatos por los alrededores, retornando a labores inmundas entre el detrito de los basureros; mirando a veces hacia la casa cerrada y muda del que venía siendo su protector. Y, ya después, como quiera que el viejo no daba señales de vida ni a propios ni a extraños y que el teléfono llevaba demasiado tiempo sin dar ningún tipo de señal y todo evidenciaba que la situación iba más allá de un simple enfurruñamiento con los dos hijos que todavía le hablaban, se llamó a la policía y allí lo encontraron muerto.
La agricultura intensiva de las tierras de alrededor, según explicaron en la prensa regional, que dio noticia de tan peculiar forma de morir, tenía aquellos suelos rezumantes de metales pesados, que se difundieron por todo el subsuelo de los alrededores, por eras y arrabales, pero también por debajo de las naves y las pocas viviendas de la zona. Quiso la suerte, tan ramera a veces, que al Tío Pimiento le diese el patatús mientras hacía un hoyo bastante profundo para plantar en el suelo de su patio, ya casi del todo expedito de la capa de concreto que lo cubría, un pino de buen tamaño que había comprado semanas antes y que mantenía provisionalmente hundidas sus raíces en un saco con sustrato. Ocurrió, pues, que quedó el viejo dentro del hoyo que estaba cavando de forma que, según todos los indicios, agonizó allí por un rato. Y lo que fueron las cosas: su cadáver, en lugar de descomponerse, quedó momificado por las características del suelo, por los metales pesados que contenía, por permanecer al aire libre y seca y por el propio contacto con la tierra reseca, que absorbe la humedad del cuerpo y evita que se descomponga. Y fue entonces que yo, que había recibido aviso en la funeraria, llegué para recoger el cadáver del anciano, una vez que la policía levantó acta y todo eso. Y, no más llegar, pude presenciar aquella rareza, singular maravilla. La que al final me trajo hasta aquí.
El cuerpo del anciano estaba retraído sobre sí mismo, intentando sin conseguirlo del todo una posición fetal. Pero lo verdaderamente sorprendente era la expresión que componía con sus manos y su rostro, porque era idéntica a otra obra de arte. Y eso, se pongan como se pongan, no ha de ser casualidad.
Edvard Munch pintó su serie El Grito hacia finales del XIX, pero la mejor acabada y famosa del conjunto, la que hizo fortuna como icono de una época y de todas las épocas, fue la que se muestra en la Galería Nacional de Noruega. Siempre sentí fascinación por ese cuadro, porque el grito se oye. Pero mi opinión sobre la obra es aquí completamente irrelevante, tal y como lo es, por cierto, en mi propia casa, a la hora de comer. Es más: me atrevería a decir que el propio cuadro, esa cumbre del arte que pocos se atreverían a discutir, resulta de una banalidad vergonzosa desprovisto del sentido que llegó a tener después de lo que vi el día que me tocó recoger, junto a un empleado de la funeraria, el cuerpo de aquel hombre, porque el cadáver, diríase que apergaminado, plegado sobre sí mismo, presentaba una expresión en el rostro perfectamente horrible, con los ojos desecados abiertos como platos y la boca formando un óvalo como remate de la apertura extrema de su mandíbula; las manos, abiertas a los costados de su rostro pero con los dedos perfectamente juntos, tapaban sus orejas, confiriéndole de paso al conjunto la evidencia pavorosa de una reacción paroxística ante una experiencia horrísona. Hasta la cabeza, completamente desprovista de pelo, ayudaba a dotar a la involuntaria composición el aspecto de pera invertida que caracteriza al personaje principal de la famosa obra expresionista. Si no fuera suficiente, aún potenciaba la fuerza del impacto la posición, con el cuerpecillo del muerto en forma de cuatro tumbado del costado izquierdo dentro del agujero, pero girado el rostro hacia la derecha, hacia afuera del hoyo, como para no perder detalle del horror de aquéllos que habrían de ir algún día a recogerlo. No hizo falta mayor constatación de este impacto que observar la faz cerúlea de al menos dos de los cuatro policías que allí había al momento de nuestra llegada. En contraste con ellas, una luz de trascendencia hubo de iluminar mi rostro.
No, no podía ser casualidad. Aquello distaba mucho de una mera coincidencia. Ahí arrancó mi odisea, la que me llevaría a sumergirme en el misterio del arte, pero como éter intangible, invisible, incorpóreo que navega por el tiempo como concepto de fondo, como espíritu eterno y mórbido de lo más profundo que recorre el mundo, la experiencia humana. Un ente solo accesible a determinadas mentes sensibles, tal vez atormentadas que atesoran además la capacidad de plasmarlo para conocimiento del hombre, quién sabe si para que este pueda ser fedatario de que no basta con eludir mezquinamente a la moral natural para actuar con ventaja, pues la factura será finalmente pasada. Y he aquí que, llevado como de una fuerza natural que desbordó cualquier dique mental, me vi inmerso en la investigación profunda de aquella energía esencial y arcana que, de una forma u otra, todos los hombres sobrellevamos. Diríase, incluso, que algunos llevamos dentro.
En mis indagaciones intramuros de la cuestión no me fue difícil descubrir algo que la mayoría de los aficionados al arte suele ignorar: Munch no es el autor original de la obra maestra. Es decir, sí; pero no del estímulo que instantáneamente literalizó su idea o representación mental que luego la hizo dar a luz. Su inspiración posterior, que otorga valor propio a su criatura, se basó, literalmente, en algo preexistente: una momia peruana que una vez vio en un museo parisino, cuya expresión le desasosegó de tal forma que después la reprodujo, en parte, para dejar constancia. Así pues, el famoso pintor sirvió de eslabón entre dos entidades separadas en el espacio y en el tiempo, la momia peruana y la del Tío Pimiento. Y es en este punto donde entro yo a formar parte de esta sucesión de acontecimientos recurrentes, ocupando una posición parecida a la que en su momento representó el propio Munch, toda vez que él no podía ser consciente de que esta nueva y casi idéntica representación, este nuevo aviso, aparecería.
La profunda y progresiva dedicación de mi vida a lo que solo puede tenerse de causa capital, fue situándome cada vez más ante su trascendental significado, y mi obligación, así lo sentía en ese punto de mi consagración a la causa, era la de advertir al hombre de la verdadera naturaleza de estos hallazgos: asomos, por orificios cada vez peor tapados por el Katechon a causa de su creciente debilidad, ya posiblemente terminal, del Antikaimenos, y del caos que nos espera que, tal vez, en lugar de guerra de todos contra todos, termine por implantarse a través de la locura. De la implantación de un global estado psicótico.
Por cierto que no debe entenderse lo anterior como menosprecio al autor de la famosa obra maestra, del genial pintor noruego; todo lo contrario: se trata de un agente fundamental en todo esto, y por doble motivo. En primer lugar, se convierte en fedatario de la causa del Hijo de la Perdición, como aviso máximo al hombre occidental de nuestro tiempo. Una alerta de la que, desde luego, no puede decirse que no haya tenido difusión; cosa distinta es que no haya pasado desapercibida. Pero además de certificador, Munch se erige él mismo en una manifestación más de la acción de El Quemado, en calidad de víctima del comienzo de los nuevos tiempos, tal y como víctimas fueron también el antiguo guerrero peruano y el propio Tío Pimiento. Pero existe esa diferencia: el artista, si bien víctima verdadera del escapismo del Antikaimenos, realizó en su obra un aviso lúcido de la acción de este, del que, en su caso, resultó un superviviente. Cabe recordarse para entender su experiencia lo que él mismo dejó escrito como motivo último (o primero, según se mire) para emprender la pintura de su famosa obra: “[…] Mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad. Sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza”.
No estaría completa mi odisea si no concluyese con lo que finalmente pasó con el cadáver perfectamente momificado del anciano. Y déjenme decirles que el formato en el que decidí escribir estos hechos me ha terminado brindando, sobre la marcha, la oportunidad de hacerlo abiertamente, dado el carácter “ficticio” de lo que aquí acontece. Procedo, por tanto, a concluir con lo acaecido.
Dada mi posición dentro de la funeraria familiar de la que soy parte, se entenderá que las oportunidades de realizar actos poco edificantes están, dentro de las cuatro paredes del amplio local que nos alberga, ciertamente servidas. Más aún en un caso como este, que, dicho sea de paso, concitó poco interés en la gente del pueblo, de la que solo un puñado de personas se dignaron a venir a dar el último adiós al Tío Pimiento. La maldita pandemia, naturalmente, no ayudó a que más gente se animara a venir al velatorio, máxime teniendo en cuenta que la mayoría de los pocos acólitos que el finado tuviera eran ancianos que no estaban dispuestos a trasladar por la ciudad sus esqueletos en plena fase activa, aún, de la enfermedad flotante. La sospecha de que el viejo Tío Pimiento pudiera haber sucumbido ante la enfermedad tampoco acompañaba, a causa del temor cerval que imperaba en la sociedad hacia la posible virulencia de la peste, que bien podría permanecer rabiosa incluso en un cadáver de meses y momificado, según criterio popular. Ello, a pesar de que el ataúd del muerto no solo se hallaba especialmente precintado ante la eventualidad de que hubiera fallecido a causa del virus (cosa que no se tenía clara, pues si bien el colapso mientras cavaba el hoyo donde fue encontrado estaba bastante claro, se especuló si este podía haber sido consecuencia de sufrir la enfermedad) y, además, estuviese expuesto detrás de un acristalamiento perfectamente, a su vez, sellado. Apenas un rato estuvieron sus hijos en la funeraria, mirando la caja barata tras el cristal. Se trataba de una caja económica que durante el estrago se utilizó mucho como último lecho, porque resultaba práctica por facilitar el sellado. Sin embargo, no era en absoluto fea; por el contrario, estaba rematada con buen gusto y tenía de serie el color dorado claro propio del pino con las que fueron elaboradas.
Ante la caja, como digo, permanecieron por un rato los dos hijos principales de esta historia, que prescindieron de llevar a la madre para no exponerla, en su fase final, a la enfermedad que vagabundeaba por las calles. De todos modos, hacía tiempo ya que la anciana no distinguía, muchas veces, la realidad de sus ensoñaciones. El tercer hijo también se pasó por allí, aunque apenas echó un vistazo al expuesto cajón. Donde sí coincidieron fue en la misa de despedida, que se celebró en nuestra propia capilla; pero se acomodaron en asientos distantes, dos por un lado y uno por libre. Apenas, al cruzarse, se saludaron con un leve gesto de cabeza. La caja fue transportada por uno de mis hermanos y por mí mismo. La llevamos desde la vitrina expositora hasta la capilla, para que el cura le rindiera la misa y darle oficialmente el último adiós.
Además de los hijos, apenas cuatro o cinco personas asistieron a la ceremonia y a dar el pésame. La hija fue la última que se marchó de la capilla, y también la única que se fue de allí con los ojos anegados. Quién iba a decirle a ella, a todos, que la caja estaba lastrada. Que, a esas alturas, el padre, el Tío Pimiento, estaba muy lejos de allí.
Como dije, mi posición de privilegio como uno de los regentes (el principal administrador, de hecho, después de la jubilación de mi padre) de la funeraria, me colocaba en lugar ideal para efectuar el latrocinio. La situación general, presidida por la pandemia, resultó de decisiva ayuda. Hoy, el cuerpo momificado del Tío Pimiento descansa en un sótano del que no existen planos ni ubicación legal, aunque no parezca del todo que descansa por la posición vertical que le he procurado dentro de su vitrina, que ya me encargué de que esté herméticamente lacrada, pero no por temor a un virus, sino para la perfecta conservación del cadáver momificado. Pueden juzgarme como buenamente quieran, naturalmente. Pueden incluso juzgar mera casualidad el hecho de que, de entre todas las circunstancias potenciales que podrían haber concurrido entre el hecho de la excepcional manera de morir del anciano y todas las personas que podrían haber tenido acceso a su cadáver, haya sido precisamente yo el que lo haya hecho. Porque, evidentemente, no se trataba de una ocasión que pudiese dejar escapar. Los motivos para ello son dos, fundamentalmente: el primero es de importancia universal, humanista, escatológica: el cadáver del anciano debía ser preservado como una verdadera reliquia de importancia incalculable como lo que es, un nuevo asomo de la impiedad del Caído, que conforma ya una tríada (que se sepa), junto con el de la vieja momia peruana y el cuadro de Munch. Por tanto, goza por sí solo de valor histórico (antihistórico, en rigor).
En cuanto a la razón personal no es, ni mucho menos, menor: la vitrina con la nueva momia preside el sótano, como dije, donde se exhibe solo para mí, por supuesto. Pero ese escondite hermético y casi imposible de rastrear no es solo mi museo particular (donde nunca se exhibirá nada más que a la momia, lo contrario significaría mancillar con vulgaridad el espíritu de lo otro eterno, de la eterna luz que busca alumbrar un mundo nuevo sobre las cenizas del antiguo imperio del hombre), sino también mi lugar de trabajo; de mi verdadero trabajo a partir de ahora. Una labor ímproba, la que me espera, en sustitución de otra que, en principio, me había autoencomendado tras la aparición del cadáver. Esta última me hubiera llevado a trabajar día tras día para avisar a la humana condición de la debilidad creciente del dique levantado por la vieja Roma; por el Katechon.
Mas alguna cosa se operó en mí que me decantó hacia el lado opuesto, el de la causa de Lucifer. Lo comprendí un día cualquiera, en una especie de epifanía, mientras miraba a la momia. Fue como un resplandor que lo iluminó todo y, arrobado, me hice consciente. ¡Debía, claro, trabajar para la luz!… para la causa verdadera y por milenios enterrada. ¿O es que alguien, en su sano juicio, duda de que la labor histórica del vencedor, del hombre nacido del Gran Imperio de Occidente, haya sido la que ha terminado por erigir este crecientemente extraño mundo de oscuridad?




