«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.» — Gabriel García Márquez, Cien años de soledad (1967)
Llego a Macondo en mitad de un recuerdo.
No en el principio de la historia, sino en su mitad: un hombre está a punto de morir y en ese momento su memoria lo lleva a otra parte, a una tarde lejana, al asombro de un niño frente a algo frío y translúcido que nunca había visto. García Márquez me recibe así: con el tiempo doblado sobre sí mismo, con el final habitando el principio, con la muerte convocando la infancia. Aprendo desde la primera línea que en Macondo el tiempo no va hacia adelante. El tiempo regresa.
Me instalo en el pueblo fundado por José Arcadio Buendía con la misma naturalidad con que uno se sienta en casa ajena que de algún modo reconoce. Aquí la lluvia puede durar cuatro años. Las alfombras vuelan. Una mujer sube al cielo entre las sábanas mientras las tiende. Un hombre lleva consigo una nube de mariposas amarillas donde quiera que va. Ninguna de estas cosas requiere explicación. Ocurren con la misma materia de que están hechos los lunes, los mercados, las sequías. García Márquez no me pide que suspenda la incredulidad: simplemente escribe como si lo extraordinario fuera siempre parte del inventario del mundo, y en ese gesto —tan casual, tan seguro de sí mismo— me convence.
Camino por las calles de Macondo y entiendo que lo que este libro hace no es mezclar lo real y lo fantástico. Lo que hace es recordarme que esa distinción siempre fue una convención, no una ley. Lo mágico no interrumpe la realidad en Macondo: la constituye. Y en esa constitución hay una verdad sobre América Latina que García Márquez no podría haber dicho de ninguna otra manera: que la historia de este continente es tan desmesurada, tan improbable, tan llena de violencias y milagros y repeticiones, que el realismo a secas resulta insuficiente para contenerla.
Los Buendía se repiten. Los nombres se repiten. Los destinos se repiten. Hay diecisiete Aurelianos que se parecen entre sí en los gestos y en la soledad. Hay Úrsulas que viven cien años manteniendo la casa en pie mientras el mundo se deshace a su alrededor. Hay guerras que terminan y vuelven a empezar con otros nombres pero el mismo agotamiento. La repetición en este libro no es descuido: es el argumento central. La estirpe está condenada a repetir porque no aprende, porque no recuerda, porque la soledad es también una forma de no ver a los demás.
Me siento junto a Úrsula en la cocina mientras prepara dulces de animalitos que vende en el pueblo, y mientras los prepara refunfuña sobre los hombres de su familia que inventan guerras o leen manuscritos o buscan el oro de los piratas o simplemente desaparecen, como si desaparecer fuera una profesión hereditaria. Úrsula lleva cien años siendo el centro gravitacional de todo, la que sostiene, la que recuerda, la que regaña y perdona. Y en esa figura —tan humana, tan cansada, tan indispensable— García Márquez guarda algo que el resto de la novela no puede decir directamente: que son las mujeres quienes mantienen en pie lo que los hombres sistemáticamente desbaratan.
El coronel Aureliano Buendía pelea diecisiete guerras civiles y las pierde todas. Hace esto con una convicción que con el tiempo se va vaciando, hasta que al final no pelea por ninguna causa sino porque ese es el único modo de existencia que conoce. Hay algo en esa imagen —el hombre que continúa haciendo lo que sabe aunque ya no recuerde para qué— que trasciende la historia política de Colombia y toca algo más amplio: la pregunta sobre qué queda cuando se agotan las razones y uno sigue de todas formas.
No voy a contar qué dice el último pergamino de Melquíades. Pero sí voy a decir que cuando llegué a ese final entendí que había estado leyendo una profecía todo el tiempo. Que la novela sabía su propio final desde la primera línea y que todo lo que pasó en el medio fue simplemente el tiempo que tomó llegarse.
Salgo de Macondo con el tiempo desacomodado. No sé bien qué año es. Sé que hace calor y que en alguna parte hay hielo y que alguien lo está viendo por primera vez.
Contexto de la obra
Cien años de soledad fue publicada en junio de 1967 por Editorial Sudamericana en Buenos Aires. Gabriel García Márquez, colombiano, ya era conocido en círculos literarios latinoamericanos, pero esta novela lo catapultó a la fama mundial. Fue escrita en dieciocho meses durante los cuales García Márquez hipotecó su automóvil y gastó todos sus ahorros para pagar el envío del manuscrito a la editorial. La primera edición de ocho mil ejemplares se agotó en dos semanas. Desde entonces ha sido traducida a más de cuarenta y cinco idiomas y vendida en más de cincuenta millones de copias. En 1982, García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura. La novela es considerada la obra cumbre del realismo mágico y uno de los textos más importantes del siglo XX.




