Mariano Ruiz Montani (Argentina) — San Fernando

San Fernando

Mariano Ruiz Montani (Argentina)

Posterior a las aguas del pleistoceno ya te alzabas
con tu loma modesta entre tórridas barrancas, bañada
por las crestas marrones del río zurcado de naves
orientales y vikingas, repletas de invasores acosados por las aves
que del suelo alejaban planeando sobre el viento
al verlos enfrentarse con el indio en combates sangrientos,
brindando con su crúor, a las tierras de tu costa, un color rojizo
que atrajo luego al conquistador español, al religioso insumiso
que las creencias seráficas e infernales de  Soychu y Gualichu no desvirtuaron
ni movieron de tu pampa al querandí, al chandul de las islas, y con ellos mestizaron
dando origen a una copiosa descendencia
que vadearía con certeza los siglos, entusiasta y con paciencia,
pues para buscar  a Dios tenía que vivir
la dulce, la cándida ilusión, sufrir.
En la expedición de su tío, el Hidalgo Don Pedro de Mendoza,
el capitán Don Pedro de Luján llegó hasta tus costas sinuosas,
y en la batalla del Corpus Christi enfrentó a los nativos,
su alma ofrendó y otorgó así nombre al río.
Marcharon sobre tus tierras, durante las invasiones inglesas,
Liniers y sus soldados cargando el fusil, la mano tiesa,
para perseguir en la noche y el día oscurecido
la voz divina y trémula del patriota enardecido.
En la íntima pobreza de ranchos embrionarios,
abstracto vieron tu diseño temerario,
y entre piedras, cañadas, pastizales te soñaron,
en medio de pendientes y ambiguas llanuras te inventaron
con canales, terraplenes y frondosas arboladas
sacudidas por los vientos del Pampero y la imprevista Sudestada.
Ordenó acertado el marqués de Sobremonte, luego de un gran temporal,
la creación de una villa, y la excavación del canal
y ocupaste de este modo  San Fernando una pequeña altura que descendía bruscamente
al río por el este y se inclinaba, suave, hacia el poniente
por los campos de Pacheco de salitre recargados
y hacia el Partido de las Conchas de barro acaudalado.
En época de los Jueces de Paz  colmaron tus baldíos
las casas, el barrio, el carro y el caballo, los frutos caídos
del durazno, de la parra, de la higuera infesta de bichos canasto,
y peptídicas babas del diablo que yacían sobre el pasto.
Caudillos y gobernadores dieron  al vecindario puesto en jaque garantías
ante las montoneras revolucionarias que alejaban y volvían,
y se construyó en el Estero Bellaco el cementerio local
donde se sepultaron las víctimas de la primera elección municipal.
Hacia fines del siglo con esmero refaccionaron
la iglesia parroquial, y sus torres levantaron
y su vibrante campana de bajo-relieves adornada
convocó al fiel jornalero, al peón, a la obrera fatigada
que al hincarse sobre el mármol frío, inalterado
escuchaban atroz y hermoso, lento, el dictado
expectante que alumbra las auroras, y el alma consuela
rearmando el temple proletario con moderación y cautela.
Aprovechando las renuentes canículas del estío,
en tus playas, en tus ribereñas casas buscaron fresco, retiro,
o en las verdes praderas salpicadas de diminutos bosques, de hoyos,
en el ancho tajo de tus barrancas, o en la quietud de tus arroyos.
Poco después fundose, con nombre de dama, el Hospital,
luego los Bancos, el Correo, la Ayudantía Marítima en el canal,
y la Sociedad de Bomberos Voluntarios con estatuto
y su moto bomba de un mil litros de agua por minuto.
Ennoblecida por el trabajo, sobre la húmeda tierra delictuosa,
tu fisonomía se singularizó con perfiles propios, sentenciosa,
y el mágico resorte dió vida renovada al fulgorante progreso, a la esperanza,
medró de la industria y repartió la pitanza.
Se levantaron entonces nuevos edificios, se arbolaron tus avenidas,
y se acicalaron tus plazas y paseos de gracia indefinida.
Y San Fernando que antaño fueras la villa aristocrática por excelencia en el verano
donde descansaban las familias del más rancio abolengo metropolitano
te colmaste de mansiones señoriales
recobrando así la animación de otros días
y tus muros que en un tiempo la ofrenta del olvido padecían
reverdecieron de lianas, hiedras y enredaderas
aromando con un fresco sabor de optimismo la arquitectura severa.
Oh San Fernando, ciudad generosa por ser joven tú realizes
el milagro del progreso en la  trayectoria franca y precisa,
que acrecienta el orgullo legítimo, poderoso e incansable
y levanta a tu pueblo calado de un fervor inagotable,
y como centro de producción, a orillas de un río, creces
compartiendo tus riquezas, tus hallazgos, tus peligros y tus mieses,
que forman a pocos pasos de la gran urbe un depósito
de las mejores reservas económicas, anhelado propósito.
Tu delta es el gran emporio del futuro
donde la tierra próvida alberga al inmigrante, ambicioso y duro,
que codicia las maderas más ricas, las plantas más valiosas,
las frutas más delicadas y exquisitas, y las setas venenosas.
Son tu islas fatigosas fuente de prosperidad y belleza
con su floración acuática, sauces, lirios, paisajes de encaramada rareza,
y el perplejo movimiento de tu puerto se acrecienta, inclaudicable,
con la nerviosa agitación de aserraderos, fábricas y talleres formidables.
Y en el auge del comercio y el tráfico se advierten las palpitaciones
del jornalero afanado de infinitas superaciones.

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