Parte 1: Larga marcha al infierno en la tierra
Cabalgábamos sobre áridas dunas, dejando efímeras marcas de herraduras. Dos mil hermanas bajo el estandarte de la rosa: escuadrón principal de las Sororitas ad infernum, purificadoras de la desgracia infernal extendida en el plano terrenal.
Brillaban, bajo los rayos del pujante sol, nuestras lustradas armaduras plateadas y doradas, mientras las cotas de malla, bajo el laminar, calentaban extremidades y zonas blandas, provocando —además de quemaduras— ampollas y ulceraciones.
Dominica Testa Mizrachi es mi nombre. Líder de las sororitas. Marchaba al frente, sobre un fuerte caballo blanco. Cargaba un gran yelmo cruzado con una enorme cruz roja.
—¡Sor Dominica…! —habló sor Eva, porque “sor” era la forma de llamarnos entre hermanas, cuando divisó el cielo lejano, rojizo e innatural, a menos de tres kilómetros: resultado de lo terrible que allí sucedía—. ¡Pronto estaremos en Jerusalén…!
Cuando sor Eva mencionó Jerusalén, varias expresaron murmullos ansiosos; el malestar se acrecentó conforme nos acercábamos.
—¡Que no se turben nuestros corazones! —clamé, buscando infundir calma, porque, aunque inevitable, estar turbadas nos haría demasiado vulnerables. Valientes palabras, cierto; aunque por dentro estaba inmersa en aprehensión, pues éramos débiles mortales: sacos de carne, huesos, sangre y vísceras. Pendíamos de un hilo. Y de nuestra fe.
Media jornada demoramos en arribar. Nos encontramos con otro grupo de al menos cuarenta sororitas tras una empalizada: el octavo escuadrón del clavel, combatientes a distancia. No podían asaltar la ciudad; habían perdido demasiadas vidas, incluidas las tropas de asalto frontal. Aun así, protegían a los escasos refugiados: niños y niñas, y algunos hombres y mujeres demasiado jóvenes.
Cruzando las enormes murallas exteriores se alzaba la ciudad, de donde brotaban cientos de alaridos agonizantes. Jerusalén había sido reconvertida en un infierno desde el mismo momento en que los demonios decidieron hacerse con el control del plano terrenal, dirigidos por Lucifer, príncipe de las tinieblas, ángel caído.
La líder del octavo escuadrón del clavel, seguida de tres combatientes de apariencia mugrienta —propia de la extenuante batalla—, llegó hasta nosotras. Rápidamente enfocó su atención en mí.
—¡Sor Dominica! —gritó la líder, mostrando una mirada apenada—. ¡Bienvenida a Jerusalén…!, aunque no sea en realidad una “bienvenida”.
—Gracias, sor Agustina —respondí, afable.
Retiré el yelmo, reflejándose en el pulido peto de sor Agustina mi rostro de cuarenta y siete años: cabello negro, corto hasta el cuello, y varias cicatrices, destacando aquella que cruzaba el puente de mi nariz hasta desaparecer en la mejilla izquierda. Miré alrededor, analítica.
—La situación es terrible…
—Sí, sor Dominica. Algunos demonios poderosos salieron de la ciudad y arremetieron contra nosotras, aniquilando muchas de nuestras unidades —señaló el campo donde cientos de cadáveres yacían arrojados. Cuerpos abiertos, mutilados y reventados; una escena grotesca, aunque ya estábamos acostumbradas—. Y además… ese custodio en la entrada…
—¿Qué custodio? —pregunté, sorprendida—. ¿Quién? ¿Algún demonio?
Sor Agustina negó lentamente con la cabeza, temerosa, e hizo una seña para que la siguiera.
También avanzaron sor Eva, sor Alegra, sor Alba y sor Micaela, quedando atrás el resto de las sororitas. Ascendimos la empalizada hasta su punto más alto: una torre de aproximadamente veinte metros.
Entonces lo vi.
En la entrada de la ciudad se encontraba el ángel de la muerte: oscuro, siniestro. El pavor me atravesó.
—Es… —intenté decir.
—Sí… —aseveró sor Agustina—. Tenemos de custodio al mismísimo ángel de la muerte.
Los demonios lo evitan; es poderoso. Hace poco desterró a diez demonios con un solo movimiento de su guadaña.
Si bien algunos considerarían a la personificación de la muerte una fuerza de la naturaleza hecha sustancia, nuestra hermandad lo entendía como un ángel de altísimo rango que decidió desligarse del cielo para facilitar su tarea: conducir almas desde la tierra al cielo… o al infierno. Al igual que ángeles y demonios, recibía decenas de nombres distintos. Yo prefiero llamarlo simplemente el ángel de la muerte.
—¿Qué… qué hace aquí? —pregunté, trémula, impactada ante la lejana figura vestida con una túnica negra como la noche. Aquella pregunta tenía una respuesta obvia… o quizá no.
La figura, sosteniendo una enorme guadaña sobre los hombros, estaba rodeada por innumerables cuervos. De inmediato noté cómo, desde la distancia, nos observaba.
Nuestras miradas se cruzaron. Me sobresalté.
—No lo sé —respondió sor Agustina—. No ha intentado agraviarnos.
—Así que la muerte nos da la bienvenida al infierno… paradójico —analicé, exhalando profundo. Luego, con la mirada afilada, añadí—: ¡Vamos!
—¿Va… vamos…?




