ESTE jardín nos cede su delicia,
Nos cede el árbol de manzanas lleno.
Fuente de dioses a la sed propicia,
Pan del instinto, para el hambre, bueno.
No cortemos la fruta deleitosa
Y mira el alma en una nube rosa…
ALFONSINA STORNI
si bien se quiere dar concepto a uno de los movimientos más sorprendentes de precedente ideología, economía, política, y de cultura inmersa en literatura, pintura, escultura, ese es el modernismo, movimiento de renovación cultural que se manifestó en la obra de creadores provenientes de distintos países de Europa e Hispanoamérica; por ello fue el primer fenómeno cultural “internacional”, pues sus variadas manifestaciones se desarrollaron en dos continentes con evidentes vínculos entre estas.
Sus principales fuentes de inspiración son la naturaleza y los motivos exóticos, tanto de origen fantástico como de culturas orientales; especialmente formas y materiales provenientes de Japón y China, que los estetas modernistas contribuyeron a difundir. En el campo de la literatura, resulta significativo que la mayor parte de los creadores escogieran la poesía como medio de expresión. Su líder incuestionado fue Rubén Darío entre otros que no dejan de ser importantes, pero que por lo menos en este texto no se harán presentes en nuestro discurso; sin duda alguna la poesía es el medio artificioso de lenguaje mágico, sincero, que sufre metamorfosis de fineza erótica, y como el titulo nos denota a quien se le hará el reconocimiento de ese logro de vivencia fértil, libre de tapujos, sincera, dulce, sensual, firme, inhibida de su existencia legitima y libertada por la palabra, la mujer Storni, Delmira Gustini, Ibarbourou, la mujer modernista, hija del vino Dionisiaco, guerrera armada de pasiones, de flechas hechas de deseos, de espada hecha de lenguaje poético, de sandalias hechas de libertad, de baile de gacela.

Yo danzaré en la alfombra de verdura,
Ten pronto el vino en el cristal sonoro,
Nos beberemos el licor de oro
celebrando la noche y su frescura.
Yo danzaré como la tierra pura,
como la tierra yo seré un tesoro,
y en darme pura no halaré desdoro,
Quedarse es una forma de altura.
Yo danzaré para que todo lo olvides
Y habré de darte la embriaguez qué pides
Hasta que Venus pase por los cielos…
(Agustini Storni)
En el poema anteriormente citado de Alfonsina Storni titulado Moderna, se pone en manifiesto lo moderno como epidermis sensual del lenguaje poético de una mujer, lo moderno, lo dionisiaco, que trasciende lo apolíneo que traduce en danza en símbolo liberador, entre vino, y fertilidad de imagen de tierra, lo mítico en la diosa de la belleza, la danza que torna en la poeta la pagana de un siglo empobrecido.
La imagen tradicional del poema aceptada en los círculos modernistas era la del poeta-hombre-dios y la mujer objeto del poema, no cabe duda que la vehemente búsqueda de identidad que tanto trataban de hallar los poetas modernismo de marcar diferencias entre su autenticidad colectiva e individual y la urgencia de ubicarse históricamente y culturalmente, las mujeres poetas de visión de alma y pasiones sujetas a la vida sujeta a poesía, ya habían descubierto y experimentado al ser libres de vida y pensar, tal como lo alude Showalter “la naturaleza de la escritura femenina reside en la problemática y atormentada relación con la identidad femenina” con ello se funde la subjetividad del yo con la imagen femenina, rompe con la tradición patriarcal y la mujer se convierte en sujeto y objeto del poema.
Cabe mencionar que en el interior de una sociedad en la que no gozaban con plenitud de derechos civiles y políticos, no sólo toman decisiones amorosas sin ataduras ni prejuicios sino que se consagran al ejercicio de la literatura, esa actividad siempre sospechosa cuando se trata de una mujer. Les tocó vivir una época de cambios, de desgarramientos entre los sectores tradicionales y los nuevos actores sociales, conformada a partir del auge inmigratorio y de nuevos roles en el mundo del trabajo. Un período en el que se gestan nuevos pactos de convivencia y en los que la mujer debió conquistar su lugar a través de una afanosa y dura lucha. Inmersas en la violencia del mundo, rodeadas de prejuicios y mezquinas limitaciones, ensayaron una vida libre e independiente. Se arriesgaron a escribir cómo siente el cuerpo de la mujer, a ponerle letra al deseo femenino. No midieron consecuencias y la soledad o el repudio fue a veces, una nueva forma de marginación.

Delmira Agustini poeta uruguaya, participa de la categoría de literatura femenina y su núcleo temático es el erotismo. Su originalidad reside en el hecho de a sumir una voz poética identificada con un yo sexual femenino, mientras la imagen tradicional del poeta aceptada que con antelación aludía, en los círculos modernistas, era la del poeta-hombre-dios, y la mujer era sólo el objeto del poema. Hay en discurso poético de Agustini una búsqueda constante de identidad. A lo que el representante Rubén Darío expresaría es: “la primera vez que en lengua castellana aparece un alma femenina en el orgullo de su inocencia y de su amor, a no ser Santa Teresa en su exaltación divina”. Y que Federico de Onís señala: “No hay duda de que Delmira Agustini ha expresado con extraña intensidad y exaltación su sentimiento del amor y que ha mostrado las profundidades de su alma apasionada y anormal con la sinceridad del delirio o trance inconsciente en que, según parece, estaba mientras escribía…Esta mujer ha convertido en arte verdadero las oscuridades de su profunda vida instintiva y subconsciente”.
La poeta desea y dice su deseo a través del yo. El erotismo de Agustini necesita decirse, inscribirse con triunfante placer. En la época en la que la mujer vive puertas adentro, en el seno del hogar, en la que las pautas de conducta están signadas por la represión y la moral victoriana, Delmira se anima en su poesía a escribir su deseo, el deseo femenino, desafiando abiertamente los códigos morales burgueses dominantes y cargados de prejuicios. Puede apreciarse la sostenida metáfora erótica en el poema El Intruso:
Amor, la noche estaba trágica y sollozante/ Cuando tu llave de oro cantó en mi
cerradura;/ Luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,/ Tu forma fue una
mancha de luz y de blancura.// Todo aquí lo alumbraron tus ojos de
diamante;/ bebieron en mi copa tus labios de frescura,/ Y descansó en mi
almohada tu cabeza fragante;/ Me encantó tu descaro y adoré tu locura.// Y
hoy río si tú ríes, y canto si tu cantas;/ Y si tú duermes duermo como un perro
a tus plantas!/ Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;? Y tiemblo
si tu mano toca la cerradura, Y bendigo la noche sollozante y oscura/ Que
floreció en mi vida tu boca tempranera! (Agustini Storni)
La mujer en La Ninfa cuento parisiense de Azul de Rubén Darío simbolizada en Lesbia es la sagaz poetiza, libre con definida identidad de espíritu moderno:
Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada-¡Bah! Para mí los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si esto fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os advierto que más que a los sátiros adoro a los monstruos robustos, sólo por oír las quejas del engañado que tocaría su flauta llena de tristeza…yo estaba feliz-¡Oh- exclamé-, yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques… ¡pero las ninfas no existen!- dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunes; y con voz callada para que sólo yo la oyera-: ¡Las ninfas existen, tú las verás!. Después Lesbia con su alegre voz. ¡El poeta ha visto las ninfas!

En la literatura de los modernistas, los personajes femeninos son simplemente objetos, porque han sido completamente deshumanizados por sus creadores masculinos. La amenaza de la nueva mujer independiente emergente infundió miedo a la sociedad patriarcal y planteó bastantes problemas sustanciales a la visión tradicional de la familia y la nación. Las mujeres que cruzaron las fronteras sociales aceptadas fueron consideradas fatales o fatídicas, porque amenazan con acabar con estas restricciones sociales que las forzaban a permanecer como seres inferiores y serviles a los hombres. El erotismo de los hombres, junto con el miedo a perder su control sobre las mujeres, es parte de la razón por la que ellos solamente imaginaron a las mujeres de dos maneras distintas- la mujer frágil y la mujer fatal- como evidencia la literatura modernista.
Atraídos por diferentes aspectos inherentes a los dos arquetipos femeninos de la dicotomía, los modernistas crearon intentar una mujer ideal mediante la escritura, la cual era una síntesis paradójica de estas dos imágenes de la mujer. De ese modo, los modernistas deshumanizaron más a las mujeres. Las reducían a tonos de blanco y rojo, flores y alhajas simbólicas y las asociaban con figuras míticas. Rara vez permitieron a la mujer hablar; generalmente las mujeres (o los personajes femeninos) no tenían la oportunidad de expresarse en la literatura de los modernistas.
En el poema Mujer Juana de Ibarbourou usa frases en el imperfecto de subjuntivo como “(sí) yo fuera hombre” para expresar su deseo imposible de tener las mismas libertades que los hombres en la sociedad. Aunque el título del poema es Mujer, esta mujer está muy limitada porque tiene que imaginarse que es un hombre para lograr la autonomía; ella no puede seguir siendo mujer y, al mismo tiempo, tener una independencia comparable con la de los hombres. Si ella tuviera la oportunidad de vivir como un hombre, el hecho de que ella, sólo “ambularía” como vagabundo, es una indicación de la situación opresiva de la mujer en la sociedad patriarcal.
En resumidas cuentas, durante el modernismo, el rol cambiante de la mujer latinoamericana provocó numerosas transformaciones en la manera en que los hombres y la sociedad la veían. La mujer fatal, la intocable e independiente, la contrastaba con la mujer tierna, virginal, e inocente. Las autoras del llamado Post-modernismo usaron sus obras para destruir el predominio masculino sobre la representación de la mujer en el canon literario y en la sociedad en general. Utilizando los mismos símbolos y temas que usaron los modernistas y cambiando los roles tradicionales del género, las postmodernistas socavaron, transformaron y trataron de eliminar las imágenes de la mujer frágil, la mujer fatal y la mujer paradójicamente ideal. Estas mujeres se propusieron devolver la humanidad a la mujer completamente deshumanizada y declararla independiente del hombre. En efecto, valiéndose de su producción literaria, las mujeres del modernismo empaquetaron las idealizaciones de los escritores coetáneos y las sellaron con una nota que decía “devolver al remitente”.




