| Cuando dejé aquel mar, una ola se adelantó entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además, las miradas coléricas de las mayores me paralizaron.Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha salido del mar. Me miró seria: “Su decisión estaba tomada. No podía volver.” Intenté dulzura, dureza, ironía. Ella lloró, gritó, acarició, amenazó. Tuve que pedirle perdón. Al día siguiente empezaron mis penas. ¿Cómo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la policía? Es cierto que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría nuestro acto. Tras de mucho cavilar me presenté en la estación una hora antes de la salida, ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él a mi amiga. El primer incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acercó otra sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante me detuvo. La señora tomó un vasito de papel, se acerco al depósito y abrió la llave. Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miró con asombro. Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvió abrir el depósito. Lo cerré con violencia. La señora se llevó el vaso a los labios: -Ay el agua esta salada. El niño le hizo eco. Varios pasajeros se levantaron. El marido llamo al Conductor: -Este individuo echó sal al agua. El Conductor llamó al Inspector: -¿Conque usted echó substancias en el agua? El Inspector llamó al Policía en turno: -¿Conque usted echó veneno al agua? El Policía en turno llamó al Capitán: – ¿Conque usted es el envenenador? El Capitán llamó a tres agentes. Los agentes me llevaron a un vagón solitario, entre las miradas y los cuchicheos de los pasajeros. En la primera estación me bajaron y a empujones me arrastraron a la cárcel. Durante días no se me habló, excepto durante los largos interrogatorios. Cuando contaba mi caso nadie me creía, ni siquiera el carcelero, que movía la cabeza, diciendo: “El asunto es grave, verdaderamente grave. ¿No había querido envenenar a unos niños?”. Una tarde me llevaron ante el Procurador. -Su asunto es difícil -repitió-. Voy a consignarlo al Juez Penal. Así pasó un año. Al fin me juzgaron. Como no hubo víctimas, mi condena fue ligera. Al poco tiempo, llegó el día de la libertad. El Jefe de la Prisión me llamo: -Bueno, ya está libre. Tuvo suerte. Gracias a que no hubo desgracias. Pero que no se vuelva a repetir, porque la próxima le costará caro… Y me miró con la misma mirada seria con que todos me veían. Esa misma tarde tomé el tren y luego de unas horas de viaje incómodo llegué a México. Tomé un taxi y me dirigí a casa. Al llegar a la puerta de mi departamento oí risas y cantos. Sentí un dolor en el pecho, como el golpe de la ola de la sorpresa cuando la sorpresa nos golpea en pleno pecho: mi amiga estaba allí, cantando y riendo como siempre. -¿Cómo regresaste? -Muy fácil: en el tren. Alguien, después de cerciorarse de que sólo era agua salada, me arrojó en la locomotora. Fue un viaje agitado: de pronto era un penacho blanco de vapor, de pronto caía en lluvia fina sobre la máquina. Adelgacé mucho. Perdí muchas gotas. Su presencia cambió mi vida. La casa de pasillos obscuros y muebles empolvados se llenó de aire, de sol, de rumores y reflejos verdes y azules, pueblo numeroso y feliz de reverberaciones y ecos. ¡Cuántas olas es una ola o cómo puede hacer playa o roca o rompeolas un muro, un pecho, una frente que corona de espumas! Hasta los rincones abandonados, los abyectos rincones del polvo y los detritus fueron tocados por sus manos ligeras. Todo se puso a sonreír y por todas partes brillaban dientes blancos. El sol entraba con gusto en las viejas habitaciones y se quedaba en casa por horas, cuando ya hacia tiempo que había abandonado las otras casas, el barrio, la ciudad, el país. Y varias noches, ya tarde, las escandalizadas estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas. El amor era un juego, una creación perpetua. Todo era playa, arena, lecho de sábanas siempre frescas. Si la abrazaba, ella se erguía, increíblemente esbelta, como tallo líquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecía en un chorro de plumas blancas, en un penacho de risas que caían sobre mi cabeza y mi espalda y me cubrían de blancuras. O se extendía frente a mí, infinita como el horizonte, hasta que yo también me hacia horizonte y silencio. Plena y sinuosa, me envolvía como una música o unos labios inmensos. Su presencia era un ir y venir de caricias, de rumores, de besos. Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de ojos me encontraba arriba, en lo alto del vértigo, misteriosamente suspendido, para caer después como una piedra, y sentirme suavemente depositado en lo seco, como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en las aguas, si no es despertar golpeado por mil alegres látigos ligeros, por arremetidas que se retiran riendo. Pero jamás llegué al centro de su ser. Nunca toqué el nudo del ay y de la muerte. Quizá en las olas no existe ese sitio secreto que hace vulnerable y mortal a la mujer, ese pequeño botón eléctrico donde todo se enlaza, se crispa y se yergue, para luego desfallecer. Su sensibilidad, como las mujeres, se propagaba en ondas, solo que no eran ondas concéntricas, sino excéntricas, que se extendían cada vez más lejos, hasta tocar otros astros. Amarla era prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas lejanas que no sospechamos. Pero su centro… no, no tenía centro, sino un vacío parecido al de los torbellinos, que me chupaba y me asfixiaba. Tendido el uno al lado de otro, cambiábamos confidencias, cuchicheos, risas. Hecha un ovillo, caía sobre mi pecho y allí se desplegaba como una vegetación de rumores. Cantaba a mi oído, caracola. Se hacia humilde y transparente, echada a mis pies como un animalito, agua mansa. Era tan límpida que podía leer todos sus pensamientos. Ciertas noches su piel se cubría de fosforescencias y abrazarla era abrazar un pedazo de noche tatuada de fuego. Pero se hacía también negra y amarga. A horas inesperadas mugía, suspiraba, se retorcía. Sus gemidos despertaban a los vecinos. Al oírla el viento del mar se ponía a rascar la puerta de la casa o deliraba en voz alta por alas azoteas. Los días nublados la irritaban; rompía muebles, decía malas palabras, me cubría de insultos y de una espuma gris y verdosa. Escupía, lloraba, juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, las estrellas, al influjo de la luz de otros mundos, cambiaba de humor y de semblante de una manera que a mí me parecía fantástica, pero que era tal como la marea. Empezó a quejarse de soledad. Llené la casa de caracolas y conchas, pequeños barcos veleros, que en sus días de furia hacía naufragar (junto con los otros, cargados de imágenes, que todas las noches salían de mi frente y se hundían en sus feroces o graciosos torbellinos) ¡Cuántos pequeños tesoros se perdieron en ese tiempo! Pero no le bastaban mis barcos ni el canto silencioso de las caracolas. Confieso que no sin celos los veía nadar en mi amiga, acariciar sus pechos, dormir entre sus piernas, adornar su cabellera con leves relámpagos de colores. Entre todos aquellos peces había unos particularmente repulsivos y feroces, unos pequeños tigres de acuario, grandes ojos fijos y bocas hendidas y carniceras. No sé por que aberración mi amiga se complacía en jugar con ellos, mostrándoles sin rubor una preferencia cuyo significado prefiero ignorar. Pasaba largas horas encerrada con aquellas horribles criaturas. Un día no pude más; eché abajo la puerta y me arrojé sobre ellos. Ágiles y fantasmales, se me escapaban entre las manos mientras ella reía y me golpeaba hasta derribarme. Sentí que me ahogaba. Y cuando estaba a punto de morir, morado ya, me depositó en la orilla y empezó a besarme, humillado. Y al mismo tiempo la voluptuosidad me hizo cerrar los ojos. Porque su voz era dulce y me hablaba de la muerte deliciosa de los ahogados. Cuando volví en mí, empecé a temerla y a odiarla. Tenía descuidados mis asuntos. Empecé a frecuentar los amigos y reanudé viejas y queridas relaciones. Encontré a una amiga de juventud. Haciéndole jurar que me guardaría el secreto, le conté mi vida con la ola. Nada conmueve tanto a las mujeres como la posibilidad de salvar a un hombre. Mi redentora empleó todas sus artes, pero, ¿qué podía una mujer, dueña de un número limitado de almas y cuerpos, frente a mi amiga, siempre cambiante –y siempre idéntica a sí misma en su metamorfosis incesantes? Vino el invierno. El cielo se volvió gris. La niebla cayó sobre la ciudad. Llovía una llovizna helada. Mi amiga gritaba todas las noches. Durante el día se aislaba, quieta y siniestra, mascullando una sola silaba, como una vieja que rezonga en un rincón. Se puso fría; dormir con ella era tirar toda la noche y sentir cómo se helaba paulatinamente la sangre, los huesos, los pensamientos. Se volvió impenetrable, revuelta. Yo salía con frecuencia y mis ausencias eran cada vez más prolongadas. Ella, en su rincón, aullaba largamente. Con dientes acerados y lengua corrosiva roía los muros, desmoronaba las paredes. Pasaba las noches en vela, haciéndome reproches. Tenía pesadillas, deliraba con el sol, con un gran trozo de hielo, navegando bajo cielos negros en noches largas como meses. Me injuriaba. Maldecía y reía; llenaba la casa de carcajadas y fantasmas. Llamaba a los monstruos de las profundidades, ciegos, rápidos y obtusos. Cargada de electricidad, carbonizaba lo que rozaba. Sus dulces brazos se volvieron cuerdas ásperas que me estrangulaban. Y su cuerpo verdoso y elástico, era un látigo implacable, que golpeaba, golpeaba, golpeaba. Huí. Los horribles peces reían con risa feroz. Allá en las montañas, entre los altos pinos y los despeñaderos, respiré el aire frío y fino como un pensamiento de libertad. Al cabo de un mes regresé. Estaba decidido. Había hecho tanto frío que encontré sobre el mármol de la chimenea, junto al fuego extinto, una estatua de hielo. No me conmovió su aborrecida belleza. Le eché en un gran saco de lona y salí a la calle, con la dormida a cuestas. En un restaurante de las afueras la vendí a un cantinero amigo, que inmediatamente empezó a picarla en pequeños trozos, que depositó cuidadosamente en las cubetas donde se enfrían las botellas. |
“Mi vida con la ola” fue publicado por primera vez en 1949, dentro del libro Arenas movedizas, y luego incorporado a El llano en llamas en algunas ediciones latinoamericanas por error editorial, confundiéndolo con obra de Rulfo. El equívoco no es completamente absurdo: hay en el cuento de Paz una misma aridez emocional, una misma frialdad ante lo extraordinario, que recuerda al narrador rulfiano. Paz lo rescató para ¿Águila o sol?, donde encontró su lugar definitivo entre textos que exploran el sueño, el deseo y la imposibilidad de nombrar lo que se siente. Tenía treinta y cinco años cuando lo escribió, y ya cargaba la certeza de que el lenguaje poético no describe la experiencia: la construye.
Lo que el agua no perdona: deseo, disolución y domesticidad en “Mi vida con la ola”
B. Itzamná
“Jamás llegué al centro de su ser. Nunca toqué el nudo del ay y de la muerte.” — Octavio Paz, Mi vida con la ola
Abstract
Este ensayo analiza "Mi vida con la ola" de Octavio Paz como una exploración del deseo como fuerza irreductible e incompatible con la domesticidad. A través de la figura del agua como sustancia imaginante —siguiendo la poética de los elementos de Bachelard— y de la noción batailliana del erotismo como experiencia que bordea la disolución del yo, el ensayo rastrea el arco del relato desde el rapto inicial hasta la traición final. El objeto central de análisis es el agua no como metáfora sino como cuerpo: algo que el narrador intenta poseer, domesticar y finalmente vender, sin comprender nunca su naturaleza.
I. El rapto y la promesa: cuando el deseo elige por nosotros
El cuento comienza con una escena que invierte el orden habitual del deseo: no es el narrador quien elige a la ola, sino la ola quien lo elige a él. Se adelanta entre todas, se cuelga de su brazo, se va con él saltando. El narrador no la invita, no la seduce, no la busca. La ola simplemente decide, y él, paralizado por las miradas de las mayores, no sabe cómo detenerla.
Esta inversión inicial es fundamental. En la mayoría de los relatos de deseo, el sujeto que desea es también el sujeto que actúa. Aquí, desde el primer párrafo, esa lógica se desmonta. El narrador es elegido, arrastrado, y su primera respuesta no es el gozo sino la incomodidad: le da pena avergonzarla ante sus compañeras. El deseo llega como un problema antes de llegar como un placer.
Paz instala desde el inicio la tensión que organizará todo el relato: la incompatibilidad entre la naturaleza de la ola y el mundo que el narrador habita. Explicarle que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba no es solo una advertencia práctica. Es el primer intento de domesticar algo que por definición no puede ser domesticado. El narrador sabe, desde ese momento, que algo no va a funcionar. Y sin embargo cede.
Ese ceder no es debilidad: es la lógica del deseo. Bataille escribió que el erotismo comienza donde termina la prudencia, donde el sujeto se abandona a una fuerza que lo excede. El narrador de Paz no elige a la ola porque sea conveniente o posible. La elige porque ya no puede no elegirla. El rapto es mutuo, aunque solo uno de los dos lo sepa desde el principio.
La promesa que inaugura el relato no se pronuncia en voz alta. Está en ese primer movimiento: él no la detiene, y eso equivale a decir sí. Todo lo que sigue es la consecuencia de ese silencio inicial, de esa renuncia a la cordura que define el comienzo de cualquier historia de deseo verdadero.
“La ola no destruye la casa por malicia: la destruye porque su naturaleza y la de los muros son incompatibles desde el principio.”
II. La casa inundada: el espacio doméstico como campo de batalla
Cuando la ola llega al departamento, ocurre algo extraordinario: el espacio se transforma. Los pasillos oscuros se llenan de aire y sol, los rincones abandonados son tocados por sus manos ligeras, el sol entra y se queda más de lo habitual. La presencia del deseo reorganiza el espacio doméstico, lo vuelve habitable de una manera nueva. La casa deja de ser un recipiente neutro y se convierte en un cuerpo que respira.
Bachelard, en su estudio de los elementos, señala que el agua es la sustancia imaginante por excelencia: no tiene forma propia sino la del recipiente que la contiene, y sin embargo siempre la desborda. El departamento del narrador funciona exactamente como ese recipiente: intenta contener a la ola, organizarla dentro de sus límites, hacerla compatible con la vida cotidiana. Y por un tiempo lo logra. Pero la ola nunca deja de ser ola.
El deterioro del espacio doméstico comienza cuando la ola empieza a quejarse de soledad. El narrador llena la casa de caracolas, conchas y pequeños barcos veleros, pero nada alcanza. Lo que la ola necesita no puede ser provisto por los objetos de una habitación. Necesita extensión, movimiento, la presencia de todo su ecosistema. Pedir a la ola que se conforme con un departamento es pedir al océano que quepa en una taza.
Lo que sigue es la guerra. Los muebles rotos, las palabras duras, la espuma gris y verdosa, los gemidos que despiertan a los vecinos. El espacio doméstico no resiste la naturaleza de lo que contiene y comienza a desmoronarse. Pero Paz no presenta esto como una falla de la ola: es una falla del intento de contención. La violencia no surge de la maldad sino de la incompatibilidad estructural entre lo que la ola es y lo que el departamento puede ofrecer.
En este sentido, la casa inundada es también una metáfora de la relación amorosa cuando el deseo intenta instalarse en la rutina. No es que el amor se acabe: es que el espacio que se le asigna es demasiado pequeño para lo que el amor exige. La ola no destruye la casa por malicia. La destruye porque su naturaleza y la de los muros son incompatibles desde el principio.
“El narrador no describe el amor: describe el borde donde el yo deja de saber dónde termina y dónde empieza el otro.”
III. El cuerpo del agua: erotismo y disolución del yo
El pasaje central del cuento es también su momento más alto como prosa poética. Paz describe la relación erótica con la ola con una precisión sensorial que va más allá de la alegoría: se siente como descripción directa de una experiencia corporal. Entrar en sus aguas, ahogarse a medias, ser depositado suavemente en lo seco como una pluma. La experiencia del deseo como pérdida y recuperación del yo, como movimiento perpetuo entre la disolución y el retorno.
Bataille definió el erotismo como la aprobación de la vida hasta en la muerte. Lo que le interesa no es el placer como satisfacción sino el placer como riesgo: la experiencia en que el sujeto se acerca al límite de sí mismo, donde la frontera entre el yo y el otro se vuelve porosa. En “Mi vida con la ola”, ese límite se materializa literalmente. El narrador entra en el agua y sale transformado. No hay posesión posible porque cada encuentro lo disuelve.
La confesión más honesta del narrador aparece casi de pasada: “Jamás llegué al centro de su ser.” No es una queja sentimental. Es el reconocimiento de que el objeto del deseo no tiene centro fijo, que su esencia es la movilidad, la transformación, la excentricidad en el sentido literal. Las olas no se propagan hacia adentro sino hacia afuera, cada vez más lejos, hasta tocar otros astros. Amar a la ola es prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas lejanas. Es un amor que expande en lugar de concentrar.
Pero esa expansión tiene un precio. El vacío en el centro, parecido al de los torbellinos, chupa y asfixia. El deseo que disuelve el yo no siempre lo devuelve intacto. Hay momentos en el cuento en que el narrador está a punto de morir, morado ya, antes de ser depositado en la orilla. El erotismo aquí no es metáfora: es experiencia literal de la pequeña muerte, del borde donde el placer y la aniquilación se tocan.
Paz construye un cuerpo que no es humano pero se comporta como tal: tiene humor, temperamento, momentos de ternura y momentos de violencia. Y al hacerlo invierte la relación habitual entre el sujeto que desea y el objeto deseado. La ola no es un objeto. Es un sujeto con su propia lógica, su propia naturaleza, sus propias necesidades. El narrador es quien intenta adaptarse a ella, y fracasa.
“El invierno no mata el deseo: lo congela. Y lo congelado no desaparece, solo espera en una forma que ya no puede tocarnos.”
IV. Los estados del agua: del éxtasis al hielo
El cuento sigue, sin que Paz lo nombre explícitamente, la lógica de los estados del agua. Hay una fase líquida: el movimiento, el erotismo, la transformación perpetua. Hay una fase gaseosa: los momentos en que la ola se convierte en vapor, en penacho blanco, en lluvia fina. Y hay una fase sólida: el invierno, el hielo, la estatua sobre la chimenea.
Este arco no es solo climático: es emocional y relacional. La relación entre el narrador y la ola sigue exactamente el mismo recorrido. Comienza en la fase líquida, en la fluidez del deseo que todo lo transforma. Pasa por momentos de vapor, de exaltación que se disipa en el aire. Y termina en el hielo: la rigidez, el silencio, la forma fija que ya no puede sorprender ni herir.
Bachelard señala que el agua inmóvil es el agua muerta. El movimiento es la condición de vida del elemento acuático. Cuando la ola se congela, no es solo que haga frío: es que ha perdido su naturaleza esencial. La estatua de hielo sobre la chimenea es una ola que ha dejado de ser ola. Conserva la forma pero ha perdido el movimiento que la definía.
El invierno en el cuento no es solo una estación: es el momento en que la relación pierde su fluidez. La ola se vuelve fría, quieta, siniestra. Masculla una sola sílaba como una vieja que rezonga en un rincón. El lenguaje se reduce, el movimiento cesa, la temperatura baja. Lo que era expansión se convierte en contracción. Lo que era apertura se convierte en encierro.
Y el narrador, que había intentado contener la fluidez del deseo, descubre que tampoco puede tolerar su rigidez. Había aprendido a vivir con el movimiento perpetuo, con la violencia y el éxtasis alternados. Pero el silencio helado lo expulsa de la casa antes de que él la abandone definitivamente. El hielo es, paradójicamente, más inhabitable que la tormenta.
“Venderla a un cantinero que la pica en trozos no es crueldad: es la lógica fría de quien ya no puede seguir cargando lo que no supo amar hasta el final.”
V. La venta: frialdad, traición y la pequeña muerte sin nombre
El final del cuento es uno de los más perturbadores de la literatura mexicana del siglo veinte, no por su violencia sino por su indiferencia. El narrador encuentra a la ola convertida en estatua de hielo, la mete en un saco de lona y la vende a un cantinero que la pica en pequeños trozos para enfriar botellas. No hay duelo. No hay arrepentimiento. Solo la transacción y su utilidad práctica.
Esta frialdad final es el espejo invertido del rapto inicial. Al principio, la ola eligió al narrador con una intensidad que no admitía negativa. Al final, el narrador la desecha con una eficiencia que no admite sentimiento. La simetría es brutal: lo que comenzó como un exceso de vida termina como un exceso de pragmatismo.
Pero hay algo más en ese final que la simple crueldad. Vender la ola a un cantinero no es solo deshacerse de un problema: es reducir el deseo a su utilidad más banal. La ola que fue expansión, erotismo, transformación, ahora sirve para enfriar botellas. El deseo domesticado al extremo no desaparece: se degrada. Se convierte en servicio.
Bataille escribió que la trasgresión no niega lo prohibido sino que lo supera y lo completa. En este sentido, la venta no es el fin del deseo sino su última transformación. El narrador no mata a la ola: la entrega a otra forma de uso. Y en ese gesto hay una confesión implícita: nunca supo qué hacer con ella. No porque fuera incapaz de amar, sino porque el tipo de amor que la ola exigía —total, disolvente, sin centro fijo— era incompatible con el tipo de yo que el narrador estaba dispuesto a ser.
La pequeña muerte que Bataille asocia al erotismo aparece aquí en su forma más literal y más prosaica. No es la muerte en el éxtasis sino la muerte en el olvido. La ola no muere en un momento de intensidad; muere picada en trozos sobre una cubeta. Y eso, más que cualquier otra cosa, dice todo sobre lo que el narrador perdió sin saber que lo perdía.
“Paz no escribe sobre el amor: escribe sobre lo que le hacemos al amor cuando intentamos que quepa en nuestra vida.”
VI. Lo que Paz guarda en el agua: alegoría, deseo y la imposibilidad de poseer
“Mi vida con la ola” es un cuento que se lee en minutos y que tarda años en terminarse de entender. No porque sea oscuro, sino porque cada lectura añade una capa que la anterior no había tocado. Es un texto que crece hacia adentro.
Lo que Paz guarda en el agua es una pregunta que el cuento no formula directamente pero que organiza cada una de sus escenas: ¿qué le hacemos al deseo cuando intentamos que conviva con la rutina? La respuesta del cuento es implacable: lo degradamos. No de golpe, no por maldad, sino por la lenta presión de la cotidianidad sobre algo que solo puede existir en el movimiento y la transformación.
La alegoría funciona porque Paz no la fuerza. En ningún momento el cuento dice: la ola es el deseo, el departamento es la vida burguesa, el invierno es el desamor. Todo eso está ahí, pero nunca nombrado. Lo que aparece en el texto es siempre concreto: el depósito de agua del tren, la llave que se cierra con violencia, la espuma gris y verdosa, la estatua sobre el mármol de la chimenea. La alegoría emerge de los detalles, no a pesar de ellos.
Y en eso reside la lección más profunda del cuento como artefacto literario: la poesía no ilustra ideas abstractas con imágenes concretas. Hace lo contrario. Parte de lo concreto con tal precisión y densidad que las ideas emergen solas, inevitablemente, como el agua que sube por capilaridad.
El narrador de Paz no es un villano. Es alguien que intentó algo imposible y no supo reconocer a tiempo cuándo debía soltarlo. Su fracaso no es moral sino existencial. No pudo ser lo que la ola necesitaba que fuera. Y en lugar de reconocerlo, esperó al invierno.
El agua, al final, sigue siendo agua. Picada en trozos, depositada en cubetas, enfriando botellas en un restaurante de las afueras. Transformada, sí. Pero agua. Paz lo sabía: el deseo no desaparece cuando lo traicionamos. Solo cambia de estado. Y en su nueva forma, inútil ya para nosotros, sigue haciendo lo único que sabe hacer: enfriar lo que toca.
Bibliografía
Paz, Octavio. "Mi vida con la ola." En: ¿Águila o sol? México: Fondo de Cultura Económica, 1951.
Bataille, Georges. El erotismo. Barcelona: Tusquets, 1979.
Bachelard, Gaston. El agua y los sueños: ensayo sobre la imaginación de la materia. México: Fondo de Cultura Económica, 1978.
Bachelard, Gaston. La poética del espacio. México: Fondo de Cultura Económica, 1965.
Paz, Octavio. La llama doble: amor y erotismo. Barcelona: Seix Barral, 1993.
Oviedo, José Miguel. Historia de la literatura hispanoamericana, vol. 3. Madrid: Alianza Editorial, 2001.




