De cómo se instaló la gata dentro de la choza

De cómo se instaló la gata dentro de la choza

Cuento popular de Zimbabue
Cuento popular de Zimbabue

Había una vez una gata, una gata salvaje, que vivía sola en el matorral. Cuando al cabo del tiempo se cansó de su soledad, tomó por esposo a otro gato salvaje que, a sus ojos, era la criatura más espléndida de la selva.

Paseaban juntos cierto día por un sendero entre la hierba alta, cuando, zas, de la pradera salió de un brinco el Leopardo y le pegó un revolcón al marido de la gata, que quedó despanzurrado en el suelo.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Mi marido ha mordido el polvo; ahora comprendo que la criatura más espléndida de la selva no es él, sino el Leopardo –y la Gata se fue a vivir con el Leopardo.

Vivieron muy felices hasta que un día, cuando cazaban en el matorral, de pronto, catapún, de entre las sombras saltó el León, aterrizó en el lomo del Leopardo y se lo zampó.

–¡ Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida de la selva no es el Leopardo, sino el León.

Y la Gata se marchó a vivir con el León.

Vivieron juntos muy felices hasta que un día, cuando acechaban a sus presas en el bosque, una figura enorme se cernió sobre ellos y fu–chu, el Elefante plantó su pata sobre el León y lo dejó planchado.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida no es el León, sino el Elefante.

Así pues, la Gata se fue a vivir con el Elefante. Trepaba en su lomo y se acomodaba ronroneando en su cuello, justo entre las orejas.

Vivieron juntos muy felices hasta que un día, cuando paseaban entre las altas cañas de la margen del río, ¡pa–wa!, se oyó una fuerte detonación y el Elefante se desplomó en la tierra.

Al mirar a su alrededor, la Gata solo alcanzó a ver un hombrecillo con una escopeta.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida de la selva no es el Elefante, sino el Hombre.

Y, así, la Gata echó a andar detrás del Hombre y, al llegar a su casa, se encaramó de un salto al techo de paja de la choza.

–Por fin he encontrado a la criatura más espléndida de toda la selva.

Vivió felizmente en el techado de la choza y comenzó a atrapar a los ratones y las ratas de la aldea. Hasta que un día, mientras se calentaba al sol sobre la choza, oyó ruidos procedentes del interior. Las voces del hombre y de su esposa fueron subiendo de volumen poco a poco hasta que ¡wara–wara–wara…yo–ui!, por la puerta salió despedido el hombre y aterrizó en el polvo.

–Con que sí, ¿eh? –dijo la Gata–. Ahora sé quién es de verdad la criatura más espléndida de la selva: la Mujer.

La Gata descendió del techo, entró en la choza y se arrellanó junto al fuego.

Y allí está instalada desde entonces.

FIN


Los cuentos populares de Zimbabue pertenecen a una tradición oral viva, transmitida principalmente por mujeres mayores alrededor del fuego durante las noches. En muchas culturas shona y ndebele, los animales funcionan como espejos del comportamiento humano: no son fábulas moralizantes en el sentido occidental, sino mapas del mundo social. Este cuento en particular circula en distintas versiones por el sur y el este de África, y su protagonista —la gata— es en varias de esas versiones explícitamente femenina, lo que carga su peregrinaje de un sentido que va más allá del origen doméstico de los felinos.


De garras y gramática: el poder como aprendizaje en un cuento popular de Zimbabue

B. Itzamná


“Ahora sé quién es de verdad la criatura más espléndida de la selva: la Mujer. La Gata descendió del techo, entró en la choza y se arrellanó junto al fuego.” — Cuento popular de Zimbabue


Abstract

Este ensayo analiza el cuento popular zimbabuense "De cómo se instaló la gata dentro de la choza" como un texto político en miniatura. A través de la figura de la gata como sujeto que cartografía el poder sin pertenecer a ninguna jerarquía, el cuento despliega una teoría implícita del poder como relación dinámica y desplazable. La lectura se apoya en la noción foucaultiana del poder como circulación, y en los estudios sobre la tradición oral africana como forma de transmisión de conocimiento social. El objeto central de análisis es la epistemología de la gata: su método de observación, aprendizaje y elección final junto al fuego.

I. La selva como sistema: el poder antes de la choza

Antes de que la gata entre a la choza, el cuento construye un mundo. Y ese mundo tiene una lógica precisa: la selva es un sistema de jerarquías en movimiento. El leopardo vence al gato, el león al leopardo, el elefante al león, el hombre al elefante. Cada victoria anula a la anterior y reordena el mapa. No hay estabilidad; hay secuencia.

Esta lógica no es azarosa. En la tradición oral africana, la acumulación no es un recurso estilístico decorativo: es una forma de enseñar. El oyente aprende junto al protagonista. Cada eslabón de la cadena añade información sobre cómo funciona el mundo, y la repetición de la estructura —siempre el mismo gesto, siempre el mismo asombro— no aburre sino que instala un ritmo de expectativa. El cuento entrena al oyente para anticipar el siguiente movimiento y, al mismo tiempo, para sorprenderse cuando ese movimiento no llega.

Lo que la selva muestra, antes de cualquier giro, es que el poder es relacional. Nadie es poderoso en abstracto: el leopardo es poderoso frente al gato salvaje, pero no frente al león. Esta idea —que el poder no es una sustancia que se posee sino una posición que se ocupa temporalmente en relación con otros— es la premisa que el cuento instala sin nombrarla. La selva funciona como demostración.

Y la gata observa. No participa en las luchas, no desafía a nadie, no reclama territorio. Está ahí, mirando. Esa posición de observadora no es pasividad: es el método. La gata acumula información sobre el sistema mientras el sistema se despliega ante ella. En ese sentido, la selva no es solo el escenario del cuento, sino su primera aula.


“La gata no traiciona: revisa. Su lealtad no es a las criaturas sino al aprendizaje, y eso la vuelve el único sujeto verdaderamente libre del cuento.”

II. La epistemología de la gata: aprender mirando caer

Hay un verbo que se repite con insistencia en el cuento y que define a la gata mejor que cualquier adjetivo: ver. “Ahora comprendo”, “ahora veo”, “ahora sé”. Cada vez que un poder cae, la gata no llora ni huye: registra. Actualiza su mapa. Corrige su hipótesis anterior y formula una nueva. Su método es empírico, frío y perfectamente coherente.

Esto convierte a la gata en algo inusual dentro de la literatura popular: un sujeto epistemológico. No actúa por instinto ni por emoción, sino por un sistema de observación y revisión continua. Cada derrota del compañero anterior no es una pérdida afectiva sino un dato. El cuento no nos dice que la gata sufriera cuando el leopardo devoró al gato salvaje, ni cuando el elefante aplastó al león. Lo que nos dice es lo que la gata concluye. El duelo, si existe, no aparece en el texto. Lo que aparece es el pensamiento.

Esta frialdad de la gata ha desconcertado a algunos lectores occidentales, acostumbrados a protagonistas que actúan desde el deseo o el afecto. Pero leerla como crueldad es un error de marco. La gata no es cruel: es racional en un sentido que el cuento valida. Su racionalidad no es la del cálculo egoísta sino la del aprendizaje genuino. Cada elección que hace es la más lógica dado lo que acaba de presenciar. No hay traición porque nunca hubo lealtad ciega: hubo una hipótesis que los hechos van corrigiendo.

Foucault escribió que el poder no existe fuera de las relaciones que lo producen, que no hay un lugar desde el cual el poder se ejerce de forma estable y definitiva. La gata, sin haber leído a Foucault, opera exactamente bajo esa comprensión. Sabe —o aprende a saber— que ningún poder es permanente, que toda cima es provisional. Por eso no se aferra a ninguna. Por eso siempre está lista para moverse.

Lo que hace extraordinaria a la gata no es su astucia sino su método. Aprende mirando caer. Y eso, en un sistema donde todos los demás pelean por ocupar la cima, la convierte en el único personaje verdaderamente libre del cuento.


“El hombre necesitó una escopeta para derrotar al elefante. La mujer no necesitó nada: su poder no destruye, organiza, y por eso es el único que no se derrumba.”

III. La voz que derriba sin garras: el poder doméstico como cima

El giro final del cuento es su momento más subversivo, y también el más silencioso. El hombre no cae ante otro depredador mayor. No hay un animal más poderoso que lo derrote. Lo que lo saca volando por la puerta de la choza es la voz de su esposa. El cuento no describe esa voz con detalle: solo dice que las voces fueron subiendo de volumen hasta que el hombre aterrizó en el polvo. El mecanismo es sonoro, no físico. Y eso lo cambia todo.

Hasta ese momento, el poder en el cuento ha sido siempre corporal: garras, colmillos, patas, escopetas. La jerarquía de la selva se mide en capacidad de destrucción física. El hombre interrumpe esa lógica cuando derriba al elefante con una escopeta: introduce la tecnología, la inteligencia como extensión del cuerpo. Pero la mujer va más lejos. Derriba al hombre sin ninguna extensión, sin herramienta, sin fuerza física visible. Solo con la voz. Con el lenguaje.

Aquí el cuento desliza una distinción crucial entre poder y dominación. El poder que la cadena de la selva ha mostrado hasta ahora es dominación: la capacidad de anular físicamente al otro. Pero el poder de la mujer en la choza es de otra naturaleza. Es el poder de quien organiza el espacio, regula las relaciones, define lo que ocurre dentro. Es un poder estructural, no espectacular. No necesita mostrarse porque no necesita derrotar a nadie: simplemente define las reglas del interior.

La gata lo reconoce de inmediato. Y su reconocimiento no viene de una simpatía de género, sino de la misma lógica que ha aplicado desde el principio: ¿quién sostiene el poder más estable? No el leopardo, que cayó. No el elefante, que cayó. No el hombre, que también cayó. La mujer, que no cae. Que está en la choza antes de que el cuento empiece y seguirá estando cuando termine.


“La estructura acumulativa no repite: demuestra. Cada ciclo añade un nivel de comprensión hasta que el último peldaño revela que el poder más duradero no hace ruido.”

IV. La estructura acumulativa como forma de conocimiento

No se puede leer este cuento separando el qué del cómo. La forma no ilustra el contenido: lo produce. La estructura acumulativa —cada episodio repitiendo el mismo patrón con una variación— no es una convención inocente. Es el modo en que las culturas de oralidad construyen y transmiten conocimiento sobre el mundo.

En la tradición oral africana, la repetición tiene una función pedagógica y mnemónica. Permite que el oyente aprenda el patrón y luego registre la excepción. Cada ciclo del cuento instala la expectativa de una nueva derrota y una nueva elección de la gata. El oyente aprende a predecir y, al predecir, comprende la lógica del sistema. Cuando esa lógica se rompe —cuando la mujer derrota al hombre sin fuerza física— el oyente ya tiene el marco necesario para entender el peso de esa ruptura.

Esto distingue la estructura acumulativa de la simple repetición. No se trata de contar lo mismo varias veces: se trata de construir una escalera donde cada peldaño prepara al siguiente. La gata sube por esa escalera junto al oyente. Y cuando llega al último peldaño, ambos comprenden que no hay más arriba. Que la choza es el final del recorrido no porque sea el lugar más poderoso en términos físicos, sino porque es el lugar donde el poder se vuelve cotidiano, permanente, invisible.

La brevedad del cuento refuerza esta economía. No hay descripción de paisajes, no hay psicología de los personajes, no hay diálogos extendidos. Todo lo que no aporta a la demostración ha sido eliminado. Lo que queda es el mecanismo puro: observación, caída, aprendizaje, movimiento. El cuento es casi un diagrama del poder.

Y sin embargo no se siente frío. Porque la gata, con su secuencia de “¡vaya!”, con su asombro repetido pero nunca agotado, introduce una dimensión humana. Su sorpresa no disminuye con cada nueva caída. Sigue sorprendiéndose, sigue aprendiendo. Eso la hace simpática incluso dentro de su racionalidad.


“La gata no eligió a la mujer: eligió el fuego. Y en esa distinción está todo: no buscaba afecto sino permanencia, no compañía sino el centro que no se derrumba.”

V. El fuego y la mujer: permanencia frente a jerarquía

El cuento termina con una imagen que merece toda la atención: la gata se arrellanó junto al fuego. No junto a la mujer, aunque es la mujer quien la recibe. Junto al fuego.

En las culturas de la región —shona, ndebele y muchas otras del sur de África— el fuego del hogar no es solo calor. Es el centro organizador de la vida doméstica, el lugar donde se cuentan las historias, donde se toman las decisiones familiares, donde los mayores transmiten conocimiento a los jóvenes. El fuego es el corazón de la choza, y la choza es el corazón de la comunidad. Instalarse junto al fuego no es un gesto de comodidad: es un gesto de pertenencia a lo más central.

La gata, que ha recorrido toda la jerarquía de la selva buscando lo más espléndido, termina junto a lo más permanente. No junto al más fuerte, sino junto al centro. Y ese centro no es un individuo: es una práctica, una forma de vida, un espacio de reproducción cotidiana. La mujer que echa al hombre por la puerta no es simplemente un personaje: es la guardiana de ese centro.

Hay algo profundamente político en este final que el cuento no subraya. No hace falta. La gata ha llegado sola a la conclusión que el cuento quería transmitir: que el poder espectacular —garras, colmillos, escopetas, incluso la autoridad del hombre en el espacio público— es siempre provisional. El poder que dura es el que organiza la vida desde adentro, el que no necesita derrotar a nadie porque define las condiciones en que todos los demás existen.

El fuego no se apaga al final del cuento. Sigue ardiendo. Y la gata sigue ahí, desde entonces.


“El cuento no necesita decir nada sobre el poder: lo demuestra. Y esa demostración, transmitida de boca en boca durante generaciones, sigue siendo más exacta que muchos tratados.”

VI. Lo que el cuento guarda: oralidad, género y política en miniatura

Un cuento tan breve no debería poder hacer todo lo que este hace. Y sin embargo lo hace, y lo hace sin esfuerzo aparente, con la naturalidad de algo que ha sido contado miles de veces hasta encontrar su forma exacta.

Esa es quizás la primera lección que este texto ofrece al lector literario: la oralidad no es una versión menor de la escritura. Es una forma de conocimiento con sus propias leyes, su propia economía, su propia precisión. El cuento popular zimbabuense no es un esbozo que espera ser desarrollado por la literatura escrita. Es ya una forma completa, con una estructura que no admite nada superfluo y un mecanismo que funciona con la exactitud de un reloj.

La segunda lección tiene que ver con el género. El cuento no hace de la mujer una heroína. No la celebra, no la enaltece, no le da voz propia. Lo que hace es más sutil: la coloca en el lugar donde el poder real reside, y deja que la gata —observadora neutral, sin agenda ideológica— lo descubra por sí misma. La conclusión no se impone desde afuera: emerge de la lógica del relato. Eso la hace más duradera que cualquier moraleja explícita.

La tercera lección es política, en el sentido más amplio. El cuento muestra que el poder no está donde se exhibe. Que la espectacularidad de la fuerza —el leopardo, el elefante, la escopeta— es siempre vulnerable. Que lo que dura no es lo que destruye sino lo que organiza. En un mundo que confunde poder con violencia, este cuento de la tradición oral africana ofrece, con la economía de un puñado de frases, una teoría alternativa.

Y la gata, instalada junto al fuego, sigue siendo la única que lo supo ver.


Bibliografía

Cuento popular de Zimbabue. "De cómo se instaló la gata dentro de la choza." Versión consultada: tradición oral del sur de África, recogida en antologías de literatura africana.
Foucault, Michel. Vigilar y castigar. México: Siglo XXI, 1976.
Foucault, Michel. Microfísica del poder. Madrid: La Piqueta, 1979.
Finnegan, Ruth. Oral Literature in Africa. Oxford: Oxford University Press, 1970.
Okpewho, Isidore. African Oral Literature: Backgrounds, Character, and Continuity. Bloomington: Indiana University Press, 1992.
Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí. The Invention of Women: Making an African Sense of Western Gender Discourses. Minneapolis: University of Minnesota Press, 1997.
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Microscopía Literaria [México]
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