“Si puedes ver, mira. Si puedes mirar, observa.” — José Saramago, Ensayo sobre la ceguera (1995)
Puedo ver.
No sé por qué puedo ver cuando todos los demás no pueden. Saramago no me da una explicación y he aprendido, en el tiempo que llevo dentro de este libro, que pedirle explicaciones a lo que ocurre aquí es un ejercicio inútil. La ceguera llegó sin explicación. Mi visión permaneció sin explicación. El mundo de Saramago no funciona con las reglas de causa y efecto a las que estamos acostumbrados: funciona con las reglas de lo que revela cuando se le quita algo fundamental, y lo que revela no siempre es lo que esperábamos encontrar.
Entro en la ciudad el día en que todo empieza a cambiar. Un hombre se queda ciego en su auto, en un semáforo, sin aviso. La ceguera que lo golpea no es oscuridad: es una blancura total, un blanco que lo llena todo, que no deja sombras ni contornos ni la menor referencia de lo que existía antes. Es, pienso mientras lo observo desde la acera, la forma más cruel de perder la vista: no la noche sino su opuesto, no la ausencia de luz sino su exceso, como si el mundo hubiera decidido volverse tan visible que dejara de serlo.
Nadie más lo nota todavía. La ciudad sigue su ritmo habitual, ese ritmo que las ciudades mantienen con una inercia que resiste cualquier catástrofe individual. Los autos pitan. Alguien ayuda al ciego a llegar a casa. La vida continúa con esa indiferencia que no es maldad sino costumbre: estamos entrenados para seguir aunque algo se rompa cerca, porque si nos detuviéramos ante cada ruptura nunca llegaríamos a ningún lado.
Pero la ceguera se expande. Primero uno, luego otro, luego los que estuvieron cerca del primero, luego los que estuvieron cerca de esos. Sigo el rastro con mis ojos que todavía funcionan, y hay algo en ese seguir que empieza a pesarme antes de que entienda por qué: soy testigo de algo que no puedo detener, y ser testigo sin poder intervenir es una de las formas más difíciles de estar en un lugar.
El Estado hace lo que los estados hacen cuando no entienden lo que ocurre: aisla. Un manicomio abandonado en las afueras de la ciudad, puertas que se cierran desde afuera, soldados que disparan si alguien intenta cruzar el perímetro. Entro con el primer grupo porque necesito ver lo que ocurre adentro, aunque entrar signifique quedarme atrapado con ellos, aunque nadie sepa que puedo ver y yo haya decidido, por razones que no termino de articular todavía, no decírselo.
La mujer del médico puede ver también. Somos dos en un mundo de ciegos, pero ella llegó aquí por amor —siguió a su marido aunque no estaba obligada, aunque podría haberse quedado afuera— y yo llegué por otra cosa, por esa necesidad del viajero de estar donde las cosas ocurren, de no mirar desde lejos lo que puede mirarse desde adentro. La diferencia entre nosotros es importante: ella tiene responsabilidades que yo no tengo. Ella cuida. Guía. Toma decisiones. Yo observo.
Y lo que observo me cambia.
El manicomio se llena. Los ciegos llegan en grupos cada vez más grandes y el espacio que fue diseñado para contener a los que el mundo consideraba rotos ahora contiene a los que el mundo considera peligrosos, que es diferente aunque desde afuera parezca lo mismo. Me muevo entre ellos con el cuidado de quien sabe que su visión es un privilegio que no pidió y que no sabe cómo justificar. Evito chocar con nadie. Aprendo a caminar en silencio, a estar presente sin anunciarme, a ser el fantasma que ve lo que los demás no pueden ver y que carga con esa visión sin saber bien qué hacer con ella.
Lo que veo es demasiado para resumirlo con orden. Veo personas que se organizan con una dignidad que el lugar no merece. Veo otras que no. Veo el momento exacto en que la civilización, entendida como el conjunto de acuerdos tácitos que nos permiten vivir juntos, empieza a ceder bajo el peso de las circunstancias. No cede de golpe. Cede despacio, casi imperceptiblemente, primero en los márgenes y luego en el centro, como el hielo que se adelgaza desde abajo antes de que la superficie muestre las grietas.
Hay un grupo que toma el control de la comida. Lo veo organizarse con esa eficiencia fría de los que descubrieron que el poder es posible cuando los demás no pueden verte. No son monstruos: son personas que encontraron una oportunidad en el caos y la tomaron, que es lo que hacen ciertas personas en ciertas circunstancias, y el horror no está en ellos solamente sino en las circunstancias que los hicieron posibles. Saramago lo muestra sin excusarlos y sin simplificarlos, que es la única manera honesta de mostrar el mal humano.
La mujer del médico actúa cuando yo no puedo. Hace lo que tiene que hacer con una determinación que no es heroísmo sino necesidad: cuando no queda nadie más que pueda hacer lo que debe hacerse, lo haces tú aunque no quieras, aunque el precio sea demasiado alto, aunque después no puedas dormir. La miro y entiendo algo sobre la diferencia entre ver y hacer: yo veo todo pero no hago nada, y ella hace lo necesario aunque no pueda ver todo. No sé cuál de las dos condiciones es más difícil de sostener.
Hay una noche en que llueve y los ciegos salen al patio del manicomio y levantan las caras hacia el agua que cae. No pueden ver la lluvia pero la sienten, y ese sentirla tiene una intensidad que la visión quizás amortigua: cuando no puedes ver, los demás sentidos se vuelven más verdaderos, más completos, más presentes. Los miro desde una ventana, sus caras hacia arriba, el agua cayendo sobre ellos, y pienso que hay formas de percibir el mundo que la vista impide, que perder algo siempre abre algo aunque nunca en la misma proporción y nunca sin dolor.
La ciudad afuera también se rinde. Cuando salimos del manicomio —cuando las puertas que estaban cerradas desde afuera ya no tienen a nadie que las custodie porque los custodios también están ciegos— encontramos un mundo que reconozco en su geografía pero no en su funcionamiento. Las calles que conozco están ahí pero lo que ocurre en ellas ya no obedece a ninguna de las reglas que las organizaban. La ciudad aprendió a moverse a tientas, y ese aprendizaje tiene su propia lógica, sus propias jerarquías nuevas, sus propios códigos que no están escritos en ningún lado porque nadie puede escribirlos.
Sigo a la mujer del médico y a su grupo. Los guío sin que sepan que los guío, corrijo su rumbo cuando van a chocar con algo que no pueden ver, los llevo hacia el agua cuando tienen sed y hacia la sombra cuando el sol aprieta. Soy su ángel invisible y esa invisibilidad que antes me parecía un privilegio empieza a sentirse como una forma particular de soledad: estar rodeado de personas que no saben que estás ahí, ayudar sin que nadie lo sepa, ver sin ser visto.
Hay un momento —no voy a decir cuándo ni cómo— en que algo regresa. Saramago lo hace despacio, con la misma lentitud con que llegó la ceguera, y en ese regreso hay una pregunta que queda flotando en el aire y que el libro no responde porque no puede responderse desde afuera: ¿qué van a hacer ahora con lo que vieron cuando no podían ver? ¿Qué hace uno con el conocimiento de lo que somos capaces cuando las condiciones nos lo permiten?
Salgo de este libro con los ojos cansados. Cansados de ver lo que vi, de cargar con imágenes que no pedí y que no puedo devolver. Y entiendo, al fin, por qué Saramago eligió no darme nombre ni historia ni voz propia: porque lo que soy en este libro no importa. Lo que importa es lo que vi. Y lo que vi es demasiado verdadero para pertenecer a un solo personaje.
Pertenece a cualquiera que pueda ver.
Si es que eso sigue siendo un privilegio.
Contexto de la obra Ensayo sobre la ceguera fue publicado en 1995 y es considerado una de las obras cumbres de José Saramago, escritor portugués que en 1998 recibió el Premio Nobel de Literatura, siendo el primero —y hasta ahora único— autor en lengua portuguesa en obtenerlo. La novela fue escrita en un contexto de profunda reflexión política y ética: Saramago, de formación marxista y con una larga trayectoria de compromiso social, exploró en ella los mecanismos del poder, la fragilidad de la civilización y la capacidad humana para la crueldad y para la solidaridad. Ha sido adaptada al cine por Fernando Meirelles en 2008 y sigue siendo una de las obras más leídas de la literatura portuguesa contemporánea. Su título, aparentemente paradójico para una obra de ficción, remite a la tradición del ensayo filosófico: Saramago usa la novela como laboratorio de ideas sobre lo que significa ver, y sobre lo que elegimos no ver cuando podemos.




