Virreyes

(tomado de “Pentalogía de San Fernando)

Un asombro de espacios, un ansia inclemente, un extraño recelo,
dentro de sus someras charcas, sus antiguos Cuarteles, sin rielo
entiban su paisaje de indeciso consuelo con memorias profanas,
sus alterados confines de villa, su grave plenitud de linfa baqueana.
Dilatado en la terrible imprecisión de sus días,
en las sentenciosas y primitivas voces que a distancia aún porfían
su idiosincrasia, el ambiguo fervor de deprimida llanura,
de borroso paraje y de patria ignota, con premura
halla con inadvertida suerte la explayada latencia
en el estremecimiento del suelo, en la inclaudicable persistencia
de cíclicas estaciones, en la huella vital de la costumbre,
en el nacimiento de animales y plantas, entre las piedras, en la mansedumbre
de existencias transcurridas sin verticalidad y sin tiempo,
con una flema imprevista que apuntala, lento,
la génesis salvaje de esta tierra de bañados y no pierde
su fuerza solitaria allí donde el terreno se achata y hierve.
En confinada humedad, con incierto terror, con vaguedad
a lo largo de asfaltados caminos, sobre rieles, en severa vialidad,
adecuada a su intrépida noción de destino y sin reveses
surge párvula e indiscutida la presagiada imagen de Virreyes.
Fecunda como un árbol, ha dejado
ideas que son de un fario agraciado,
la ininterrumpida conciencia de estar situados, la consabida
espacialidad de la inquietud, la dinámica de la vida,
y refrenado el silencio, el ayuno, peculiaridades del mero estar
con palabras seguras, con meticulosas ideas, afirmado pilar.
Es Virreyes un amontonamiento de poblaciones diversas y coherentes,
firmamentos estriados de vetas multicolores cual mármoles, con transparentes
nubes como vidrios irisados, solitarios y vastos como ombúes
mil variedades de pastos que se agrupan compactos, bambúes
que se enfilan como un principio de desbande sin recato
y van por la loma, abajo, hacia el regato
orillado de gasones, sauces y aguaribás melenudos,
claros desamparados y angulares, cipreses con follajes verde-oscuros.
Si los filósofos de la sospecha han aportado
un plus más allá de las cosas, estudiado,
los pensadores del sentido del acontecimiento postularon, vehementes,
lo singular como respuesta a lo universal, indubitablente,
diferenciándose así con líneas armoniosas y puras, con arte,
del precepto de la ciencia que va de la totalidad a la parte.
Kusch, Castro Barros, Quijano, Milton Santo,
a ejemplo de estos sabios, desde América sostuvieron, con encanto,
la esperanza de la Filosofía del Posicionamiento Colectivo,
anclados en los supuestos que nos rodean, enunciativos,
más cercanos a nuestra vida para cuestionar lo obvio,
profundos y reflexivos, lejanos a todo oprobio,
ampliando los horizontes de lo fagocitado que nos inhibe
generar otro relato, otra acción, y concibe
sin alteridad vanguardista pero en comunidad, prescindiendo de dobleces
la terrible dicha de ser americano, argentino, de Virreyes.
Dejando como un cometa su rastro luminoso,
a lo largo de bulevares y zanjones sinuosos,
aprisionado entre trenes y viaductos
que atraviesan con cementados puentes los reductos
arbolados, en medio del tráfago de vehículos y el vaho penetrante
que huele a palmera y geranio, sobre la superficialidad sofocante
salpicada de locales comerciales y casas blancas,
mientras uno a uno los ruidos en el centro, en los barrios, en los suburbios cantan
las crecientes disonancias del día y de las horas que faltan,
discurre la encendida conciencia de estar-siendo, indestronable
en las formas de la tierra incesantes y admirables,
como en otra existencia, con una sutileza y tenebrosidad casi impía,
allí donde el pensamiento ha alumbrado, lo ha de sobrepasar todavía.

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Mariano Ruiz Montani (Argentina)
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