XXIV
Nos has derramado estas melodías
para consagrarnos, provistos de reverentes estribillos,
en la composición –aunque, es obvio, sin la sonora resonancia tuya-
de estas remotas epifanías y solemnes himnos cantados con los
nostálgicos corazones (profundamente hendidos los latidos),
que te invocan en cada elegíaca estrofa para recogerse -algún día-
(según los designios de tu insular voluntad) sobre tus consoladores
/abismos…
XXV
Estos cánticos que ofrecemos nacen de nuestras soledosas
/profundidades,
de esas que -tertulia perpetua de nuestros suplicantes corazones-
aún pronuncian -aunque los remotos pentagramas, por el paso del
tiempo, ya nos sean ilegibles- las abisales tribulaciones de los
/latidos,
y las inconmensurables tablaturas del viento;
arrastrando, sin embargo, hacia tus complacidos oídos (afligidas estas
voces que repercuten todavía dentro de nuestras atávicas elegías),
con la milenaria nostalgia confinada dentro de estos abismos,
estas mortales –y, por lo tanto- imperfectas palabras.
XXVI
Estoy muy –pero muy- triste,
esta quejumbrosa noche impone contritamente
/a mi alma:
Los implacables resuellos de su melancolía,
los atribulados gemidos de su mortecino corazón,
los irredentos cantares de sus más oscurecidas nostalgias,
inaudibles palabras diseminadas por la inmensa soledad de
/nuestros latidos;
pero qué palabras son entonces las que nos conmueven,
eternizándose, arrastrándonos -compasivas, condoliéndose
por estas sollozantes elegías- hacia una intangible insularidad…




