Las cuatro moscas - Elena Garro
“Siempre estaban en peligro y las nuevas leyes contra los extranjeros los tenían paralizados de terror.”

Las cuatro moscas
Elena Garro
(México)
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Biblioteca Itzamná
Microscopía Literaria
(Cita)
Las persianas de hierro estaban rotas y un desconocido las espiaba por las noches desde la terraza. Temían desvestirse en el cuarto destartalado del hostal oscuro y silencioso. Lola buscaba con sus ojos cristalinos la figura furtiva del hombre que fisgaba. El miedo la volvía loca: deseaba correr, encontrar un refugio seguro, y de puntillas se dirigía al enorme armario y se encerraba allí. Prefería la oscuridad a ser vista por el hombre sin cara que espiaba desde las sombras heladas de la terraza. Petrouchka por el contrario avanzaba a pasos lentos hasta situarse junto a la ventana y miraba con fijeza a la sombra invisible y peligrosa colocada detrás de la persiana rota. Cuando descubría el brillo sombrío de los ojos fisgones entre las ranuras de la persiana, huía despavorido en busca de algún rincón, pero ningún rincón era capaz de ocultarlo. Las rendijas de la persiana rota permitían abarcar desde la terraza toda la habitación.
La señora Lelinca colgó su viejo abrigo sobre la cortinilla transparente de la ventana y por la noche salió a la terraza y miró el interior del cuarto. El abrigo servía de poco: evitaba algún ángulo de la habitación, sus dos camas de hierro, su lavabo y su armario de madera rayada. Era preferible desvestirse a oscuras.
—¡Oiga! Esto no puede seguir así. Pronto se va a tener que largar de mi casa —gritó Jacinto, el dueño del hostal, que con un cubo de agua en la mano regaba los geranios viejos esparcidos en tiestos pequeños sobre las losetas rotas de la terraza. A Jacinto le irritaban sus huéspedes. No debían estar allí, eran incompatibles con su hostal; se acercó a la ventana y lanzó el agua del cubo al interior de la habitación. “¿Por quién se toman?” Repa, su mujer, lo contempló complacida desde el lavadero y le dijo: “Vamos, Jacinto, que la culpa es tuya por haberlas recibido”. La señora Lelinca contempló el charco oscuro formado en las duelas sucias y tranquila se acercó a la ventana.
—¿Qué es lo que no puede seguir así, Jacinto? —preguntó, iracunda
—¡Esto! Que cuelgue usted sus ropas en las cortinas de mi ventana —contestó el hombre.
La señora Lelinca lo vio alejarse y tender, sobre las cuerdas verdes que cruzaban la terraza, sábanas y calzoncillos. El hombre parecía satisfecho, tan satisfecho que le produjo miedo.
—Ahora mismo quito el abrigo… pero ¿sabe usted? Lo colgué porque hay alguien que fisga por la noche… —explicó.
—¡Aquí nadie fisga! Eso se lo ha inventado usted y esto no puede seguir así —contestó el hombre pasándose la mano húmeda sobre el flequillo que le cubría la frente
Petrouchka y Lola escucharon en silencio, ocultos debajo de las camas. Siempre estaban en peligro y las nuevas leyes contra los extranjeros los tenían paralizados de terror. ¿Cómo podían justificar sus entradas económicas si no tenían ninguna? Los dos vivían de lo que buenamente les daba la señora Lelinca. Eran dos parásitos, no trabajaban, eran refugiados, carecían de permanencia pues no tenían papeles y nadie tenía poder suficiente para darles un pasaporte. Consternados escucharon las amenazas de Jacinto. El hostal era malo, muy malo, el más barato de Madrid; tenía algo sombrío, algo peligroso y sin embargo gozaban del cuarto más grande que existía en la ciudad, aunque fuera sucio y sus muros resultaban tenebrosos. “No está el horno para bollos”, había aprendido Petrouchka y lo repetía constantemente para justificar su pasividad que a veces resultaba cobardía.
Al matrimonio no le gustaban aquellas dos mujeres; no eran seguras. Repa amaba a sus huéspedes masculinos y Jacinto también los amaba con la misma pasión que amaba sus geranios. Debía evitar que las dos mujeres hablaran con sus huéspedes. Sus huéspedes eran muy especiales y Jacinto, provisto de un libro, vigilaba la bifurcación de los pasillos y dominaba las puertas de las habitaciones y las de los excusados. ¡Las zorras eran capaces de meterse en una habitación o en el cuarto de baño para hacer cualquier porquería o entablar amistad con algún huésped! La vigilancia de Jacinto tranquilizaba a Repa.
La señora Lelinca y Lucía estaban inermes. Si las echaban a la calle ¿adónde irían? Las leyes nuevas habían alertado a los posaderos y les sería imposible ocultar la presencia clandestina de Lola y de Petrouchka. Además, carecían de dinero para transportar la maleta y la caja de libros a otro hostal cualquiera. Guardaron silencio y trataron de calmar a sus amigos.
La señora Lelinca descolgó el abrigo, resignada a ser vista por el hombre que fisgaba en la noche. Quizás su gesto calmaría a Jacinto. El hombre contempló con disgusto la docilidad de su huésped. “Si cree que va a arreglar algo…”, se dijo y abandonó la terraza para sentarse en el banquillo con un libro en la mano y vigilar todas las puertas.
Por la noche, Lucía apagó la bujía amarillenta y en silencio se metieron en las camas heladas. ¡Hacía frío, mucho frío, y el cuarto rezumaba humedad! Lola y Petrouchka eran friolentos, estaban nerviosos y lloraban. A pesar de ser ya muy mayores se comportaban como niños y reñían por la menor cosa.
Los días en el hostal eran amargos, se diría que siempre era el mismo día, se diría que alguien había abolido los domingos, las fechas y las fiestas y que ya no quedaba espacio para ningún sueño. El tiempo de soñar había terminado. La memoria había escapado a la memoria: quedaba solo una hoja en blanco mojada por las lágrimas de los cuatro. También quedaba un miedo permanente ante la continua vigilancia de Jacinto y Repa. Por la noche, en la oscuridad, quedaba la presencia de los ojos que fisgaban y la repetición de las mismas sombras.
—Amanecerá algún día… —aseguró la señora Lelinca en voz baja, en medio de la noche oscura.
“Sí, amanecerá algún día”, repitió, y le llegaron los perfumes del Portal de los Varilleros. Allí había puestos de cintas de colores, trozos de sedas columpiándose a la luz de las farolas de petróleo, pañuelos tendidos como palomas con las alas abiertas, borlas pequeñas de peluche de color albaricoque para ponerse polvos rosa sobre las mejillas. Ella no podía usarlas, no había llegado el tiempo de cubrirse las pecas con polvos aromáticos. Solo podía admirar las maravillas que ofrecía el Portal de los Varilleros. Por ahí paseaban las hermanas Ifigenia y Amparo, con sus lunares dibujados en forma de media luna sobre la mejilla izquierda y las mangas de sus trajes abiertos como abanicos. Las hermanas paseaban al atardecer por el Portal de los Varilleros en busca de esencia de vainilla, pañuelos y chalinas de gasa para atárselas en sus cabezas de rizos negros. Ambas eran menudas y delgadas; sus dientes blanquísimos se mostraban golosos ante las maravillas desplegadas; ignorantes de los jóvenes de pantalón y camisa blanca que las perseguían.
“Algún día seremos grandes”, aseguraba Evita, atontada por la belleza de Ifigenia y de Amparo. Sí, y algún día fueron grandes y no pasearon por el Portal de los Varilleros… ¡La vida es inesperada! Ahora, “amanecerá algún día…” y una noche muy lejana, que resultó ser esa misma noche oscura en el hostal de Jacinto y de Repa, Lelinca entró a la jabonería en la que solo había pilas enormes de jabones de color ámbar, que dejaban la ropa tan blanca como las propias nubes. En lo alto de la pila más alta de jabones estaba la criatura. Era una muñeca enorme, de celuloide, rosada, desnuda, con la boquita entreabierta. La muñeca sostenía en cada mano un ramillete de flores. En la derecha tenía amapolas rojas hechas en papelillo transparente y rizado y, en la izquierda, margaritas de terciopelo blanco, con los centros amarillos como soles. Lelinca contempló la figura angelical que presidía la jabonería. Don Tomás, el jabonero, metido en una camisa blanca, la observó con curiosidad y ella se dejó contemplar por aquel hombre enormemente gordo, que se impacientó ante su terquedad de permanecer en su jabonería admirando la muñeca que sostenía los gloriosos ramilletes.
—¿Qué quieres, niña?
Lelinca contempló a aquel ser privilegiado que parecía ser el propietario de la diosa colocada sobre la pila más alta de jabones.
—Quiero esa muñeca —balbuceó.
Don Tomás se hinchó de ira, su piel tomó el color de una berenjena, se irguió y la miró indignado.
—Esa muñeca es mía. ¿Por qué la quieres?
—Me gusta, me gusta mucho y quiero llevármela a mi casa…
Don Tomas se pasó la lengua por sus labios gruesos y su color berenjena se oscureció aún más.
—Así son los gachupines, todo se lo quieren llevar a su casa. ¡Pues no se va a poder! ¡Es mía! La tengo yo para regalo de mis ojos. ¡Y mi dinero me costó!
—¿Y si le pido dinero a mi papá y se la compro?
—¡Así son los gachupines, creen que todo se compra! Esta muñeca es mía, no se vende. ¡No tiene precio, es mía!
Lelinca permaneció en la jabonería mucho rato contemplando a la diosa adornada de margaritas y de amapolas. Era una pena ser gachupín; si no lo fuera, don Tomás le regalaría la muñeca. Volvió triste a su casa y notó que sus padres y sus hermanos no se parecían a don Tomás, ni a Ifigenia, ni a Amparo. Todos tenían el pelo rubio y vivían muy solos en su casa llena de libros con estampas de dioses casi tan perfectos como la muñeca de la jabonería.
—¿Qué te sucede? Pareces muy preocupada —le dijo su padre, que no hablaba como don Tomás.
Lelinca fijó sus ojos en el plato de avena con leche y explicó su descubrimiento en la jabonería. Si su padre quisiera hablar con don Tomás… aunque era inútil, era gachupín. Su padre movió la cabeza: “No se trata de ser gachupín, no confundas; don Tomás ama esa muñeca”, le contestó. Su padre no entendía nada. ¿No se había dado cuenta de que no era mexicano? Lo miró con curiosidad; con razón Evita cuando hablaba de sus padres decía: “Estos señores no entienden nada”. Guardó silencio y contempló la avena que se cuajaba en su plato.
—Si tanto deseas esa muñeca te compraré una igual —oyó decir a su padre.
—¿Igual? ¡Imposible! No hay otra igual —contestó Lelinca.
Su padre se echó a reír y su madre dijo: “Esta pobre chica es tonta. Hay miles de muñecas de celuloide”. Evita puso los codos sobre la mesa y se sostuvo la barbilla entre las manos. “¿Ves? Tengo razón”, le dijo a su hermana. Evita sí entendió que su hermana solo podía amar a la muñeca de don Tomás.
Don Tomás se acostumbró a su visita diaria a la jabonería. Ahora ya no iba sola; la acompañaba Evita, que, con asombro, contemplaba a la muñeca adornada con margaritas y amapolas.
—¿Cuántas flores tendrá en cada mano? —preguntó Evita.
Era muy difícil contarlas pues su número cambiaba de acuerdo con los días; de eso estaban muy seguras. Una tarde, don Tomás les proporcionó un banquito para que pudieran admirar a la pequeña diosa, sentadas oliendo a jabones y en un silencio recogido. No hablaban para que don Tomás olvidara que eran gachupinas; evitaban cualquier peligro que les impidiera entrar al santuario. Una tarde exclamaron:
—¡Qué limpia está! En ella nunca se ha parado una mosca.
Don Tomás se acarició las mejillas lampiñas y las miró con malicia.
—¿Las moscas? No se atreverían jamás. La mosca que se acerque a ella se muere en el mismo instante. Por eso, niñas, eviten convertirse en moscas volanderas y molestas —les advirtió con severidad.
Se quedaron preocupadas. Había que evitar convertirse en mosca… aunque las moscas poseían dos alas muy pequeñas, estriadas y transparentes, hechas con el papel más fino que soñó el maestro del papel de seda. Con esas alas dibujadas con la tinta más exquisita podían volar y posarse en la boquita abierta de la criatura inaccesible o acariciarle las mejillas casi tan rojas como las amapolas. Para las moscas no existían las alturas ni la pila de jabones amarillos sobre la que descansaba la diosa con los brazos gordezuelos extendidos.
—Pídele a Dios que nos convierta en moscas por un día —le pidió Lelinca a su hermana.
Evita caminó a la calle observando los matices de las piedras, sin atreverse a levantar los ojos por temor de ver el cielo y encontrarse con la cara de Dios. ¡En verdad que su hermana era caprichosa! Y sobre todo: ¡terca!, como decía su padre, que a veces, muy pocas veces, llevaba la razón en algo. Escuchó repetir a Lelinca: “¡Pídele a Dios que nos convierta en moscas por un día!”
—Se lo pediré, pero moriremos en el mismo instante —contestó Evita, que debía morir para satisfacer el capricho de su hermana.
Entraron al Portal de los Varilleros pidiéndole a Dios que las convirtiera en moscas, pero a esa hora las moscas se habían ido a dormir y Dios había olvidado su forma y su tamaño. Y el milagro no les fue concedido. Caminaron entre los vendedores de ungüentos, de cintas y sedas, sin mirarlos. Tampoco aspiraron los perfumes de las lociones de los barberos ambulantes, ni el de las aguas de violeta que vendía Trinidad, sentado bajo su toldo blanco y rodeado de farolas de petróleo.
—¿Qué preferirías: ser mosca o ser reina? —preguntó Eva cuando pasaron cerca de Ifigenia y de Amparo, que con sus gasas de color malva atadas a las cabezas parecían dos reinas paseando entre sus súbditos. Lelinca las miró con despego y contestó decidida:
—Preferiría ser mosca.
—¡Hum!, no entiendes, yo te hablaba de la reina Victoria de España o de Isabel la Católica —contestó Evita para enfatizar la gravedad de su pregunta.
Lelinca pensó que las dos reinas, la viva y la muerta, eran españolas, y que don Tomás nunca les permitiría acercarse a la muñeca que sostenía las amapolas y las margaritas. ¿De qué les serviría ser reinas?
—Preferiría ser mosca —dijo con terquedad.
En su casa cenaron en silencio. Sus padres no les preguntaron nada y sus hermanos estaban ocupados con Churruca, con Moctezuma, con don Nicolás Bravo y con Pinocho. Durmieron preocupadas y a la tarde siguiente volvieron a entrar de puntillas en la jabonería.
—Ya sé que andan pidiendo milagros malignos —les dijo don Tomás y no les ofreció el banquito para que se sentaran a contemplar a la diosa.
Ambas enrojecieron. ¿Cómo se había enterado don Tomás? La única que había escuchado sus plegarias era Tefa, que las encontró arrodilladas sobre sus camas: “Te rogamos, Señor, humildemente, que nos hagas el milagro de convertirnos en dos moscas”. Tefa se enfadó y sopló en los quinqués. “Ya no saben ni lo que piden, perversas; ojalá que Dios no las escuche”, les dijo muy disgustada. Se sintieron culpables frente a don Tomás, que ahora conocía sus malas intenciones.
—No se preocupen, algún día se les hará el milagro. Todo se alcanza cuando en verdad se desea y se pone el corazón en la plegaria —les dijo don Tomás mirándolas de reojo.
¿Y ahora en dónde estaba don Tomás? Lelinca lo ignoraba. Tampoco sabía a dónde se había ido su casa con sus padres, con sus hermanos y con sus libros. Estaba segura de hallarla en el lugar más inesperado. Pensó que tal vez se hallaba entre las páginas de un libro, como aquellas rosas disecadas que su madre ponía en los libros de Heine o de Novalis. Con esas rosas disecadas señalaba sus pasajes predilectos. ¡Ah!, debía de estar entre las páginas de El paraíso perdido, el libro que leía su madre en los días de la muerte de su padre, pero ¿en dónde hallar el libro? Necesitaba recorrer el mundo entero, revisar todas las librerías de viejo y era difícil salir del cuarto oscuro por el que circulaban corrientes de aire frío, lejos, muy lejos de ese libro, de sus padres y de la puerta estrecha de la jabonería. Oyó decir: “Amanecerá algún día…” No supo si ella, Lucía, Lola y Petrouchka estaban dormidos, cuando un olor penetrante a jabón inundó el cuarto. Oyó saltar a Lola con alegría y Petrouchka, que se cobijaba en el armario, abrió las puertas a patadas y anunció que estaba listo. En el muro del fondo se hizo una raya de luz que fue ensanchándose hasta convertirse en la puerta de la jabonería, el templo de la diosa con ramilletes de amapolas y de margaritas. Un calor suave y dorado entró por aquella puertecita. Lola estaba harta de tiritar de frío y corrió por los aires hacia la puerta abierta en el muro. Petrouchka la siguió, haciendo zigzags, y Lelinca vio aparecer a don Tomás con la muñeca en una mano. La diosa de celuloide brillaba como un ángel celestial y sus ramilletes desparramaban aromas delicados. Don Tomás se la tendió con una sonrisa milagrosa.
—Vengan, vengan mis moscas. Han ganado a la reina de las flores. ¡Pobres moscas!, han esperado tantos años y han sufrido tantos fríos…
Había algo extraño: don Tomás ya no hablaba como mexicano. Sorprendida, Lelinca buscó a Lucía, pero esta, con sus alas minúsculas, hechas con el papel de seda más fino producido en la China, volaba hacia la puerta en la que brillaban los jabones de don Tomás convertidos en placas de oro. Sí, amanecía y ambas moscas, Lelinca y Lucía, entraron en el reino de oro del jabón al que ya habían entrado sus amigos Lola y Petrouchka. Los cuatro se posaron sobre las mejillas rosadas de la diosa, que nunca dejó de sonreír. ¡Eran las primeras moscas que tocaban su rostro!
Por la mañana, Jacinto y la Repa recogieron sus ropas ya muy usadas. Repa guardó los zapatos en una caja de cartón.
—¡Hay que quemar todas estas porquerías! —dijo la Repa.
—¡Quémalas tú! Yo debo hacer otras cosas, ya lo sabes; los chicos nos ayudarán en todo, como siempre… Necesito descansar un rato, después de la noche que he pasado —dijo Jacinto.
Las moscas escucharon sus voces, que cruzaron la puerta de oro cerrada para siempre. Sabían que jamás, jamás volverían a dormir en esas camas de hierro… Petrouchka saltaba entre las pilas del jabón de oro y Lola estaba quieta. La frase “Andamos huyendo Lola…” nunca más la volvería a escuchar.
“Las cuatro moscas” pertenece a la etapa madrileña de Elena Garro, escrita durante su exilio europeo. En este periodo, Garro explora con insistencia la experiencia del desarraigo, la vigilancia y la fragilidad legal y simbólica de los cuerpos desplazados. El cuento articula lo político y lo fantástico sin ruptura: la persecución cotidiana y la metamorfosis final forman parte de una misma lógica de supervivencia.
Las cuatro moscas:
Deseo, vigilancia y metamorfosis en el espacio del miedo
B. Itzamná
Abstract
Este ensayo propone una lectura microscópica del relato a partir del análisis del espacio cerrado, la vigilancia cotidiana y las formas mínimas de violencia que estructuran la experiencia de los personajes. El texto examina cómo el hostal opera como un territorio sitiado donde mirar y ser mirado se convierte en un mecanismo de control, y cómo el deseo —encarnado en un objeto imposible de poseer— revela una lógica excluyente basada en la propiedad y la negación. A través de figuras menores como la muñeca, las moscas y el amanecer suspendido, el ensayo explora formas alternativas de acceso al mundo que el orden social no logra asimilar. El cierre atiende a la quema final como gesto de borramiento y expulsión, entendida no como clímax narrativo sino como consecuencia lógica de un sistema que elimina aquello que no puede regular. El análisis sitúa el cuento como una experiencia límite donde la desaparición sustituye a la resolución y la esperanza se reduce a un resto frágil, apenas perceptible.
“Siempre estaban en peligro y las nuevas leyes contra los extranjeros los tenían paralizados de terror.”
(Elena Garro - Andamos huyendo Lola)
El hostal como espacio sitiado
Vigilancia, precariedad y el cuarto como frontera inestable.
El hostal no funciona en el relato como un simple escenario de paso, sino como un espacio sitiado desde dentro. No hay muros visibles ni guardias armados, pero sí una lógica constante de control: miradas que vigilan, cuerpos que se evalúan, presencias que pesan incluso cuando no hablan. El hostal es un lugar donde nadie está del todo a salvo porque nadie está del todo solo.
La precariedad del espacio se manifiesta en su fragilidad material. Puertas delgadas, persianas rotas, habitaciones que no aíslan sino que exponen. El cuarto —tradicionalmente pensado como refugio— se convierte aquí en una frontera inestable: separa, pero no protege; delimita, pero no resguarda. Estar dentro no implica intimidad, solo una ilusión momentánea de resguardo.
Garro construye el hostal como un organismo atento. Todo parece escuchar, todo parece ver. La vigilancia no es únicamente ejercida por los personajes, sino por el propio espacio: pasillos que conducen siempre a alguien, paredes que no amortiguan el ruido, ventanas que permiten observar sin ser visto. La arquitectura se vuelve cómplice de la violencia latente.
Este carácter sitiado se refuerza por la condición transitoria del lugar. Nadie pertenece realmente al hostal; todos están de paso, y sin embargo nadie puede salir con facilidad. La estancia se prolonga, se espesa, se vuelve un tiempo suspendido. En ese intersticio, la precariedad no es solo económica o material, sino existencial: vivir ahí es habitar una espera sin garantías.
El hostal es también un espacio jerárquico. No todos ocupan el mismo lugar simbólico dentro de él. Hay quienes observan y quienes son observados, quienes controlan y quienes se adaptan. El cuarto asignado, la cercanía al patio o a la calle, incluso la posición de una cama, marcan diferencias sutiles pero decisivas. El espacio distribuye poder sin necesidad de nombrarlo.
Así, el hostal se revela como una frontera viva: entre lo público y lo privado, entre el deseo y la prohibición, entre la presencia tolerada y la expulsión inminente. No es un refugio frente al mundo exterior, sino una versión concentrada de su violencia. Quien entra al hostal no escapa: queda expuesto a una forma más íntima, más constante, de amenaza.
“La mirada no irrumpe: se instala, y desde ahí gobierna el cuerpo ajeno.”
Mirar y ser mirado
El ojo que fisga, la persiana rota y la violencia de la exposición.
En el relato, mirar nunca es un gesto neutral. No se trata de una simple percepción del entorno, sino de una forma de poder. Quien mira ocupa una posición de dominio; quien es mirado queda expuesto, vulnerable, convertido en objeto. Esta asimetría atraviesa el cuento y se condensa en una serie de imágenes insistentes: ojos atentos, rendijas abiertas, persianas incompletas que permiten ver sin ser vistos.
La persiana rota no es un detalle escenográfico: es un dispositivo narrativo. Funciona como una metáfora precisa de la violencia de la exposición. No se abre por completo —no hay transparencia—, pero tampoco se cierra del todo. En ese punto intermedio se instala la amenaza. El personaje no sabe cuándo está siendo observado, ni por quién, ni con qué intención. La incertidumbre vuelve constante la vigilancia, incluso cuando no hay nadie mirando de forma explícita.
Ser mirado, en este contexto, equivale a perder el control sobre el propio cuerpo. El cuerpo se vuelve visible antes que voluntario, expuesto antes que deseante. La mirada ajena no reconoce intimidad ni consentimiento: toma, registra, evalúa. El hostal, que ya era un espacio sitiado, se transforma ahora en un espacio escópico, donde todo puede ser visto y nada puede ocultarse del todo.
Garro construye una atmósfera en la que la mirada no necesita manifestarse con violencia física para ser violenta. Basta con la sospecha de ser observado. Esa sospecha modifica conductas, restringe movimientos, obliga a la autocensura. El personaje aprende a moverse como si siempre hubiera un ojo presente, incluso en la soledad del cuarto. La vigilancia se interioriza.
Mirar también implica deseo, pero un deseo deformado. No es un deseo que busque encuentro o reconocimiento, sino apropiación. La mirada no se dirige a un sujeto, sino a un objeto disponible. De ahí su carácter invasivo: no pregunta, no espera respuesta, no se detiene ante la incomodidad del otro. El acto de mirar se vuelve una forma silenciosa de agresión.
En este juego de miradas, la persiana rota marca una frontera simbólica crucial. Es el punto exacto donde lo privado se vuelve público sin dejar de ser íntimo. El interior del cuarto —espacio de descanso, de vulnerabilidad— queda expuesto a una exterioridad hostil. No hay escena íntima que no pueda ser interrumpida por la posibilidad de ser vista.
La violencia de la exposición no necesita culminar en un acto explícito para ser efectiva. Su eficacia reside en la espera, en la anticipación constante del daño. La mirada que fisga no actúa de inmediato: amenaza. Y esa amenaza basta para producir miedo, inmovilidad, silencio. El cuerpo observado aprende a desaparecer sin moverse.
El deseo imposible
La muñeca, la propiedad y la lógica excluyente del “no se vende”.
El deseo, en este relato, no se articula como una pulsión erótica convencional, sino como una forma de apropiación simbólica. La muñeca no es deseada por lo que es, sino por lo que representa: posesión, control, dominio sobre un objeto que no responde, no resiste y no decide. El deseo no se dirige a un otro, sino a una cosa.
La frase “no se vende” introduce una paradoja central. No marca un límite ético, sino un límite de acceso. Lo que no se vende no se protege: se reserva. El objeto no es inviolable por respeto, sino por exclusividad. La lógica del deseo se convierte así en lógica de propiedad: lo que no se puede comprar debe ser tomado por otros medios.
La muñeca funciona como un cuerpo simbólico. Carece de voz, de voluntad, de historia propia. Su valor no está en su existencia, sino en su disponibilidad. Por eso resulta tan potente como figura narrativa: condensa la cosificación absoluta. No hay alteridad, no hay reciprocidad, no hay vínculo. Solo hay objeto y deseo de posesión.
El “no se vende” no detiene el deseo: lo intensifica. Lo transforma en obsesión. Lo convierte en desafío. El límite no opera como contención, sino como provocación. En este punto, Garro desmonta una lógica profundamente arraigada: aquello que no está disponible públicamente se vuelve más deseable, no por su valor intrínseco, sino por su carácter exclusivo.
El deseo se vuelve entonces estructuralmente violento. No busca consentimiento porque no reconoce subjetividad. No necesita diálogo porque no hay un otro al cual dirigirse. La muñeca no puede decir no, pero tampoco puede decir sí. Está fuera del lenguaje, fuera de la decisión, fuera del mundo moral. Es pura materia disponible.
Esta lógica excluyente construye un deseo sin horizonte ético. El objeto no importa como presencia, sino como trofeo. La posesión se vuelve más importante que la experiencia. Tener sustituye a sentir. La adquisición reemplaza al vínculo. El deseo ya no busca relación, busca control.
Garro introduce aquí una crítica silenciosa pero radical a las economías simbólicas del deseo. No se trata solo de mercado, sino de mentalidad: la idea de que todo lo que existe puede ser apropiado, aunque no esté en venta. El deseo se convierte en una forma de colonización: ocupar lo que no se ofrece, tomar lo que no se entrega.
La muñeca, inmóvil y muda, condensa esta violencia estructural. No necesita ser dañada para ser violentada: basta con ser deseada bajo esta lógica. La cosificación ya es una forma de destrucción. El cuerpo-objeto deja de ser cuerpo incluso antes de ser tocado.
Aquí, el deseo imposible no es trágico: es patológico. No nace de la falta, sino del exceso. No surge de la ausencia, sino de la voluntad de posesión total. Es un deseo que no soporta el límite y que, por ello, convierte cualquier frontera en agresión.
“En un mundo saturado de miradas, solo lo insignificante puede moverse con libertad.”
Moscas y cuerpos menores
Metamorfosis, insignificancia y formas alternativas de acceso.
La aparición de las moscas introduce un desplazamiento decisivo en la lógica del relato. Frente a los cuerpos vigilados, regulados y deseados bajo condiciones de propiedad, los cuerpos menores —insectos, presencias ínfimas— se mueven fuera del orden humano. No son observados con detenimiento, no despiertan deseo ni sospecha; precisamente por eso, acceden.
La mosca es el reverso del cuerpo deseado. No es poseída ni protegida, tampoco es mercancía. Es tolerada apenas como molestia, como ruido, como vida irrelevante. Su insignificancia le concede una libertad que los cuerpos humanos han perdido. Donde el sujeto humano encuentra límites, el cuerpo menor atraviesa grietas.
La metamorfosis, explícita o implícita, no opera aquí como fantasía, sino como estrategia narrativa. Transformarse en cuerpo menor no es una degradación moral, sino una vía de escape frente a un sistema de vigilancia total. El cuerpo humano es visible, nombrable, controlable; el cuerpo insecto es residual, descartable, por lo tanto libre.
Garro subvierte así una jerarquía clásica: lo superior no es lo más poderoso. La pequeñez se convierte en ventaja. La capacidad de pasar desapercibido funciona como una forma alternativa de acceso al mundo, un modo de existir fuera de la lógica de la posesión y el control.
Las moscas entran y salen sin permiso. Cruzan ventanas, persianas rotas, grietas invisibles. No reconocen la frontera del cuarto ni la autoridad del ojo que mira. Mientras el deseo humano se frustra ante el “no se vende”, el cuerpo menor ignora la prohibición porque no entiende el lenguaje de la propiedad.
Esta transformación señala una crítica profunda a la condición humana dentro del relato. Ser humano implica quedar atrapado en un entramado de miradas, normas y deseos ajenos. Volverse cuerpo menor significa, paradójicamente, recuperar una forma primaria de autonomía: existir sin ser objeto de apropiación.
La mosca también es una figura de lo abyecto. Su cercanía con la basura, la descomposición y lo residual la coloca fuera del ideal de pureza. Sin embargo, es precisamente esa cercanía lo que le permite moverse en espacios vedados. Lo que el orden rechaza se vuelve su punto ciego.
En este sentido, la metamorfosis no promete redención, sino desplazamiento. No hay mejora, solo escape. El relato no idealiza la transformación: la presenta como una salida extrema frente a un mundo que ha clausurado otras posibilidades de existencia.
Los cuerpos menores encarnan una ética de la supervivencia mínima. No aspiran a poseer, ni a dominar, ni a ser vistos. Su éxito radica en su invisibilidad. Frente a la violencia estructural del deseo humano, la mosca responde con indiferencia.
Garro sugiere así que, en ciertos contextos, la única forma de resistir es volverse irrelevante. La grandeza moral no salva; la pequeñez estratégica sí. El cuerpo menor no confronta el poder: lo elude.
La promesa del amanecer
Tiempo suspendido, memoria y esperanza mínima.
El amanecer aparece en el relato no como una resolución, sino como una promesa frágil, casi impropia. No inaugura un nuevo orden ni restituye lo perdido; apenas insinúa una variación en la densidad del tiempo. La noche ha sido larga no solo en términos cronológicos, sino simbólicos: es el espacio de la vigilancia, del encierro y del deseo frustrado. El amanecer no cancela esa experiencia, pero la desplaza.
Aquí el tiempo deja de avanzar de manera lineal. El relato se instala en una suspensión donde el antes y el después pierden nitidez. El amanecer no es futuro, es intervalo. Un momento en el que todavía no ocurre nada irreversible, pero en el que algo ha dejado de ser posible. La esperanza que propone es mínima, casi indecible, y por eso mismo verosímil.
No se trata de una esperanza heroica ni transformadora. Nadie se salva plenamente con la llegada de la luz. Lo que se ofrece es apenas la posibilidad de continuar, de persistir un poco más en un mundo que no se ha vuelto justo ni hospitalario. El amanecer no repara la violencia, solo la hace visible.
La luz introduce una forma distinta de memoria. Lo vivido durante la noche no se disuelve; se sedimenta. El amanecer actúa como una superficie donde los restos de la experiencia nocturna se inscriben sin dramatismo. No hay catarsis, solo reconocimiento. La claridad no libera: expone.
En este punto, Garro trabaja con una temporalidad ética. El amanecer obliga a los personajes —y al lector— a asumir lo ocurrido sin el amparo de la oscuridad. Lo que durante la noche podía ocultarse bajo la ambigüedad ahora queda fijado como recuerdo. La memoria se vuelve una carga silenciosa.
La promesa, entonces, no es la del cambio, sino la de la continuidad. Seguir existiendo después de la noche implica aceptar que el mundo permanece intacto en su crueldad. El amanecer no trae justicia; trae conciencia. Y esa conciencia es, en sí misma, una forma mínima de resistencia.
Hay también una ironía profunda en esta luz naciente. Tradicionalmente asociada al inicio y a la claridad moral, aquí funciona como un recordatorio de los límites. Nada esencial se ha modificado. La vigilancia puede reactivarse, el deseo puede reaparecer, la exclusión sigue operando. El amanecer no garantiza nada.
Sin embargo, en su precariedad, ofrece un respiro. Un momento en el que el tiempo parece conceder una tregua. No es un regalo, sino una pausa. Y en esa pausa se inscribe la única forma de esperanza que el relato considera legítima: la que no promete salvación.
Garro evita deliberadamente cualquier gesto redentor. La promesa del amanecer no clausura el conflicto, lo posterga. Y esa postergación es suficiente para sostener la vida, aunque sea en condiciones mínimas. La esperanza, aquí, no es un ideal: es una estrategia de supervivencia.
El amanecer no devuelve lo humano al mundo. Apenas permite habitarlo un poco más.
“La persecución culmina cuando ya no queda nada que vigilar: solo un vacío administrado.”
De la persecución a la desaparición
La quema final y la salida del mundo humano.
La persecución que atraviesa el relato no es únicamente física ni explícita. No se manifiesta siempre como una cacería abierta, sino como una presión constante que reduce los márgenes de existencia. Miradas, silencios, prohibiciones y advertencias configuran un cerco que no necesita moverse para ser efectivo. El hostigamiento no acelera el ritmo del relato; lo asfixia lentamente.
En este punto final, la violencia deja de ser una amenaza latente y se convierte en acto irreversible. La quema no funciona como clímax espectacular, sino como gesto de borramiento. No castiga un cuerpo concreto: elimina una posibilidad. Aquello que no puede ser poseído, regulado o incorporado al orden social es destruido para restablecer una ilusión de control.
El fuego opera como un dispositivo de limpieza simbólica. No busca justicia ni reparación; busca clausura. La quema no responde a un exceso pasional, sino a una lógica administrativa: lo que incomoda debe desaparecer. En ese sentido, el acto final no es una anomalía, sino la culminación coherente del sistema de vigilancia y exclusión que ha regido desde el inicio.
La desaparición que se consuma no es únicamente material. Con ella se extingue una forma alternativa de acceso al mundo. Todo aquello que escapaba a la lógica de la propiedad, del intercambio o del deseo normado es expulsado del campo de lo visible. El relato no narra una muerte ejemplar, sino una supresión silenciosa.
Salir del mundo humano no implica aquí una huida liberadora. Es una expulsión. El fuego marca la frontera definitiva entre lo tolerable y lo intolerable. No hay tránsito posible de regreso. La persecución, al finalizar, ya no necesita perseguir: ha cumplido su función.
En este cierre, Garro evita cualquier forma de duelo explícito. No hay llanto ni lamentación prolongada. La desaparición se impone con una sobriedad inquietante, como si el mundo narrativo aceptara con naturalidad la pérdida. Esa normalización del borramiento es, quizá, la crítica más dura del relato.
El lector queda entonces frente a un vacío. No como espacio metafórico de reflexión, sino como ausencia concreta. Algo ya no está y no puede ser recuperado. El texto no ofrece consuelo ni moraleja. La desaparición no enseña: advierte.
Así, el relato se cierra expulsando también al lector de cualquier posición cómoda. No hay identificación heroica ni resolución ética clara. Solo queda la conciencia de que el mundo humano, tal como está organizado, produce inevitablemente sus propias zonas de exterminio.
La quema final no es el fin del conflicto, sino su forma más honesta.
Bibliografía
Garro, Elena. La semana de colores. México: Universidad Veracruzana, 1964.
Garro, Elena. Cuentos completos. México: Fondo de Cultura Económica, 2016.
Benjamin, Walter. Para una crítica de la violencia. Madrid: Alianza, 2001.
Foucault, Michel. Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. México: Siglo XXI Editores, 2009.
Agamben, Giorgio. Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida. Valencia: Pre-Textos, 1998.
De Certeau, Michel. La invención de lo cotidiano. México: Universidad Iberoamericana, 2000.
Piglia, Ricardo. Formas breves. Barcelona: Anagrama, 2000.

