
“Los muertos no muerden, ya lo sé. Pero me gustaría saberlo con más certeza.”
— Robert Louis Stevenson, La isla del tesoro (1883)
Tengo trece años y un mapa en las manos.
No sé todavía lo que significa tenerlo. Lo miro como se mira un objeto cuya importancia uno presiente sin poder medirla, con esa mezcla de fascinación y vértigo que producen las cosas que van a cambiar todo sin pedir permiso. El papel es viejo, los trazos son irregulares, y en algún punto de esa geografía dibujada a mano hay una equis que promete algo que ningún niño que haya tenido trece años podría ignorar.
Me llamo Jim Hawkins. O al menos, mientras dure este viaje, lo que soy y lo que Jim es se vuelven la misma cosa.
Vengo de una posada junto al mar, la Almirante Benbow, donde crecí entre marineros de paso y historias que llegaban con el viento y se iban con la marea. Hay una clase de educación que no ocurre en los libros: la que uno recibe escuchando a los que han estado en lugares que la mayoría no se atreve a imaginar. Aprendí a leer el peligro en la manera en que un hombre sostiene su vaso, a distinguir la fanfarronería del miedo verdadero, a saber cuándo un silencio es simplemente silencio y cuándo es la calma que precede a algo que conviene no esperar sentado.
El viejo marinero que llegó a quedarse en la posada traía consigo ese tipo de silencio. Un silencio pesado, lleno de cosas que no quería recordar y que sin embargo recordaba todo el tiempo. Lo vi declinar, lo vi temer, lo vi mirar el horizonte con ojos que no buscaban el paisaje sino algo más urgente. Y cuando murió, dejó tras de sí una caja y dentro de la caja, entre otras cosas que no importan ahora, el mapa.
Un mapa de una isla.
Una isla con un tesoro.
Stevenson escribió este libro en 1881, primero como entretenimiento para su hijastro Lloyd, dibujando él mismo el mapa antes de escribir una sola página. Y esa secuencia importa: el mapa primero, la historia después. Como si la geografía imaginada tuviera que existir antes que los personajes que la habitarían, como si el territorio creara a sus propios exploradores. Cuando entro en este libro siendo Jim, entiendo por qué: el mapa no es un accesorio de la aventura. Es su origen. Es lo que hace que todo lo demás sea posible.
El viaje en barco tiene sus propias leyes. La Hispaniola navega con una tripulación que yo, con mis trece años y mi ingenuidad razonablemente calibrada, tardé demasiado en leer correctamente. Hay hombres a bordo que sonríen con la boca pero no con los ojos. Hay conversaciones que se interrumpen cuando uno se acerca. Hay una energía en cubierta que se parece a la calma pero que es, en realidad, una tensión contenida esperando el momento de soltarse.
Y luego está Long John Silver.
Silver es la figura más compleja que la aventura de Stevenson produce, y uno de los personajes más fascinantes que he habitado desde adentro en todos mis viajes por los libros. No es un villano simple. Es un hombre que ha elegido la piratería con la misma deliberación con que otros eligen cualquier oficio, que es inteligente de una manera que la mayoría de los hombres honrados no son, que sabe exactamente lo que hace y por qué lo hace y que puede, al mismo tiempo, ejercer una influencia sobre Jim —sobre mí— que no es manipulación exactamente sino algo más difícil de resistir: carisma genuino mezclado con peligro real.
Lo escucho hablar y entiendo cosas que no quiero entender. Entiendo que la lealtad es un concepto que Silver usa con precisión quirúrgica, aplicándolo donde conviene y retirándolo cuando deja de ser útil. Entiendo que hay personas que pueden quererte y traicionarte en el mismo gesto, no por hipocresía sino porque en su sistema moral esas dos cosas no se excluyen. Y entiendo, incómodamente, que una parte de mí lo admira aunque sepa lo que es.
Eso es lo que Stevenson hizo con Silver que ningún escritor de aventuras simples habría hecho: lo hizo humano. Cojo, con su loro al hombro y su voz que convence incluso cuando uno sabe que no debería convencerse, Silver es la prueba de que los mejores antagonistas no son los que encarnan el mal abstracto sino los que encarnan la ambigüedad concreta. No puedo odiarlo del todo. Y esa incapacidad me dice algo sobre mí mismo que preferiría no saber a los trece años.
La isla llega con una belleza que desorienta. Uno espera, quizás, algo más inhóspito, más claramente amenazante. Pero la isla de Stevenson es hermosa: tiene playas, tiene vegetación, tiene esa calidad de los lugares que parecen esperar a alguien. Y ese contraste —la belleza del escenario, el peligro que lo habita— es parte de lo que hace que la aventura aquí no sea nunca completamente cómoda. No es el tipo de aventura donde el héroe sabe desde el principio que va a ganar. Es el tipo donde cualquier paso puede ser el último, donde el mapa que prometía riqueza puede también llevarte a un lugar del que no regresas.
Hay un momento en el libro donde me escondo en el tonel de manzanas y escucho sin querer una conversación que no debería escuchar. En ese momento preciso el niño que soy deja de ser niño en el sentido más importante: no físicamente, no en la manera en que el mundo me trata, sino en la manera en que el mundo me aparece. Saber lo que sé después de ese tonel es saber que la traición existe, que la lealtad tiene un precio, que los adultos en los que confías pueden estar usando esa confianza para algo que no te conviene. Es una forma de perder la inocencia que no tiene reversa.
Y sin embargo sigo.
Eso es lo que más me asombra de Jim Hawkins, de mí en estas páginas: que sigo. Que el miedo no paraliza sino que moviliza, que cada revelación sobre el peligro real en que estoy produce no la parálisis sino una especie de claridad acelerada, una capacidad de actuar que no sabía que tenía hasta que no quedó otra opción que tenerla. La valentía aquí no es la ausencia de miedo: es exactamente su opuesto, el miedo pleno y consciente que se convierte, por necesidad, en movimiento.
Ben Gunn, el náufrago que lleva años solo en la isla, me enseña algo sobre la soledad que ningún libro de aventuras convencional se detendría a enseñar. Un hombre solo durante suficiente tiempo cambia. No de manera dramática ni irreversible, pero cambia: los bordes de la personalidad se ablandan o se endurecen en las direcciones que nadie puede predecir desde afuera. Ben Gunn habla de queso con una nostalgia que debería ser cómica y que en cambio resulta melancólica, porque uno entiende que el queso no es el queso: es todo lo que el queso representa, el mundo ordinario y cotidiano del que fue arrancado y que extraña con una intensidad que las cosas extraordinarias no pueden compensar.
La aventura tiene eso: te muestra cuánto vale lo ordinario precisamente al alejarte de ello.
El tesoro, cuando aparece, no es lo que esperaba. No porque no esté ahí, no porque la promesa del mapa haya sido falsa, sino porque el camino para llegar a él cambió lo suficiente para que el tesoro mismo parezca diferente al final que al principio. Empecé queriendo el tesoro. Terminé queriendo haber sobrevivido, haber aprendido, haber visto lo que vi y regresado para contarlo. El oro es real pero lo que pesa más es otra cosa: la certeza de haber estado completamente vivo durante todo el tiempo que duró el peligro.
Salgo de este libro siendo Jim pero llevando algo que Jim también lleva al cerrar la última página: el sueño recurrente. Las olas que rompen, la voz de Silver, el loro que repite su cantinela. Stevenson no termina la historia con un punto final limpio. La termina con un eco, con algo que no se va del todo, con la sugerencia de que los viajes verdaderos no terminan cuando uno regresa a casa.
Terminan cuando uno deja de soñar con ellos.
Y eso, en el caso de La isla del tesoro, puede llevar toda una vida.
Contexto de la obra
La isla del tesoro fue publicada en forma de libro en 1883, aunque Robert Louis Stevenson la escribió originalmente como una historia por entregas para una revista infantil en 1881. La obra nació, según el propio autor, de un mapa que dibujó junto a su hijastro Lloyd Osbourne durante unas vacaciones lluviosas en Escocia: el mapa vino primero, la novela después. Stevenson, que sufría de tuberculosis y pasó gran parte de su vida buscando climas que aliviaran su enfermedad, volcó en la isla todo el deseo de aventura y movimiento que su cuerpo le negaba. La novela definió el género de la literatura de piratas tal como lo conocemos y estableció convenciones —el mapa del tesoro, la calavera, el loro del pirata, la isla desierta— que la cultura popular ha reproducido desde entonces sin agotar su fuerza original. Long John Silver, en particular, se convirtió en uno de los personajes más influyentes de la literatura en lengua inglesa: el antagonista carismático cuya ambigüedad moral es más interesante que cualquier villano de trazo simple.



